viernes, 26 de marzo de 2021

Todo un caballero






¡Viernes de relato! Si recordáis, hace pocas semanas os traje un cuento propio en cuyo título figuraba un lema plenamente unido al campo de la alquimia (no así del todo el contenido del relato, que exploraba otro tipo de "Praxis"). En esta ocasión tengo el gusto de presentaros una nueva y excelente colaboración: Manuel Juan Prieto Álamo nos trae este excelente cuento, premiado en el certamen "Cuentos ocultistas" de la editorial Cthulu. Os pido, por favor, que leáis con mucha atención, que analicéis en profundidad cada una de las personalidades presentes en este relato (y con esto ya os he dicho de más) y, sobre todo, que disfrutéis como yo de una conclusión que, no sé si fue pretendida por el autor o no, pero me dejó un sabor más dulce que amargo. ¡Leed!




Sur l'oreiller du mal c'est Satan Trismégiste 
Qui berce longuement notre esprit enchanté, 
Et le riche métal de notre volonté 
Est tout vaporisé par ce savant chimistre. 

Charles Baudelaire, Les Fleurs du Mal. 


Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto 
Que mece largamente nuestro espíritu encantado, 
Y el rico metal de nuestra voluntad 
Está todo vaporizado por este sabio químico



Era mi primer día de residente de psiquiatría en el prestigioso centro ********, en la amplia zona periférica de París que llaman el banlieue. Esperaba incluir aquella estancia en mi curriculum enfocado a mi verdadera vocación: la investigación bioquímica con nuevos antipsicóticos, menos agresivos para  el paciente. El edificio era una curiosa mezcla entre la arquitectura antigua de antes de la Segunda Guerra Mundial, todo ladrillo y molduras, con los nuevos usos más asépticos y funcionales. Entregué mis credenciales al Doctor Lenormand, un hombretón recio, de cejas anchas y rostro colorado, al que en lugar de la bata blanca le hubiera ido mejor un mono azul de metalúrgico. Me avergoncé al instante de aquel pensamiento clasista, sobre todo cuando iniciamos la entrevista de rigor, porque el director de la institución era inteligente y perspicaz. No le pasó inadvertido el libro que había colocado distraídamente en la mesa, junto a la carpeta de mis títulos y diplomas, Secretos de la Alquimia, editorial Étoile Noire, famosa por sus publicaciones sobre temas "ocultos". 

   Vaya por Dios. Un científico que juega con el pensamiento mágico. ¿Pero realmente le encuentra sentido a esas cosas? ¿No seguirá por casualidad las noches del sábado ese programa de Celine Junot, Fronteras de lo Imposible, eh? rió con franqueza, mientras se encendía un puro, a pesar de la prohibición de fumar en los recintos hospitalarios, guiñándome un ojo. Confieso que lo veo algunas veces. Me encantan las psicofonías y ese médium susurrando en las ruinas eso de ¿hay alguien ahí?, ¿cuál es tu nombre?. 

  Me sentí algo azorado por aquellos comentarios, pero al final acabé contagiándome de sus carcajadas y chanzas al novato. Compulsó mis documentos e hizo una llamada a administración. 

  —Muchacho, bienvenido a bordo. Preséntese a Madame Morbihan para que le incluya en el personal externo. Y ya que le gusta todo eso de la alquimia, pregunte por el paciente 31, Monsieur Ménard. Una herencia de mi predecesor en el cargo. Va a disfrutar aún más que con el programa de la Junot, se lo aseguro. Me quedaría más rato aquí con usted, pero me toca consulta. Ya me contará. Recuerde, Ménard, número 31. Que tenga un buen día.

  Apagó el habano contra un cenicero de grueso cristal, y me dejó allí sentado, asimilando aquel recibimiento tan poco usual. 

 La señora Morbihan rozaba los cincuenta años: elegantemente arreglada y maquillada, con corte de pelo moderno y cabello cobrizo teñido, aún resultaba bastante atractiva. Tenía aire de persona eficiente, profesional y seria. Tras entregarme la bata con la placa de identificación, me hizo de guía en un tour por todo el recinto, explicándome en detalle los pormenores y normas de cada tarea o zona de la clínica. Aunque al principio la juzgué algo antipática, poco a poco fue declinando a un aire más cordial, hasta maternal. Debía considerarme un pardillo recién licenciado que aún necesitaba algo de tablas en aquel oficio. Cuando iba a despedirse, pregunté como al descuido:

     —¿El paciente número 31?

   Formulé la interrogación con la mejor de mis sonrisas, pero aquella mujer no tenía nada que ver con las profesoras de mi facultad o las enfermeras en prácticas. 

     —¿Robert Ménard, el viejo dandy? —lo pronunció con sorna y desprecio—. Parece que el director ya le ha ido con el cuento. 

  Al observarme mejor, reparando en el libro como ya lo hiciera antes Gèrard, meneó la cabeza, y apoyada en la barra de la recepción, hizo algunas anotaciones en un papelito.

  —Que se divierta. No soporto a los tipos que odian a las mujeres.

  Y se marchó sin más, con un revoloteo de la bata que llevaba abierta. 

  ‹‹Bien empezamos. Haciendo amigos, sí señor››, pensé desolado. 

  Siguiendo las indicaciones de la jefa de personal, me hallaba algunos minutos más tarde —porque me despisté varias veces— en una amplia sala donde estaban los pacientes leves. La típica zona en la que se administra medicación y puedes ver a uno haciendo puzles, el otro ensayando algunas risas y muecas con el compañero de al lado, o la otra como embobada mirando al vacío. No me hizo falta indagar sobre él entre los celadores, porque contrastaba con toda aquella galería frenológica, lo mismo que lo haría una garza real en una jaula de loros. Era mayor, le calculé unos setenta años, de cabello cano que raleaba en la parte superior de la cabeza, con un bigotito de corte antiguo y finas gafas metálicas, enfundado en un traje algo pasado de moda, pero impoluto. Allí estaba aquel personaje. Arrellanado cómodamente en una butaca y enfrascado en la lectura de una antología de poemas de Mallarmé, Baudelaire y Rimbaud, como si fuese un pensionista de posibles en unas vacaciones de todo incluido. Antes de presentarme a él, llamé a uno de los vigilantes, un sujeto enorme con aires de Jean-Claude Van Damme, y un físico de muchas horas de gimnasio. Al nombrarlo, sonrió y me llevó aparte. 

    —Todo un caballero de los de antes. Estudios de Medicina y Química por la Sorbona, antes de la guerra. Es encantador, diga lo que diga esa harpía de la Morbihan. Un día tuvimos que reducir entre tres compañeros a un fulano —señaló vagamente a los internos —con un brote psicótico de cojones. Habló con él, con palabras suaves, lo miró a los ojos, lo tocó, y el tipo se quedó manso como un corderito. Incluso alguna vez nos ha sacado de un marrón. Paul equivocó las píldoras de aquella chica de allí. Nos citó todos los principios activos y ni siquiera nos dio tiempo a darle las gracias. Así es él. Si no fuera por su historial, casi diría que está cuerdo, el jodido. 

  —Pero, ¿qué ha hecho para estar aquí? —le sonsaqué intrigado —. No me ha dado tiempo de ver su expediente. 

  —Asesinato, y el incendio de una antigua mansión por la zona de ********. Qué se le va a hacer. Ya sabe usted lo que se cuece en estos sitios. El pobre no lo niega, como hacen otros, y menos mal que lo tomaron por chiflado. Eso le libró de la guillotina en aquellos tiempos. Perdone. 

  Dio un par de zancadas y cogió suavemente por el cogote a un tipo encanijado y orejón, supuestamente por haber susurrado obscenidades a la chica de la medicación equivocada; mientras le retahilaba una buena filípica, el orejudo me miraba a hurtadillas con sonrisas de crío picarón. Tomé asiento frente a Ménard en otra butaca, y suavemente le llamé la atención. Bajó el libro, se ajustó un poco las gafas para verme mejor y me estrechó la mano. Preguntándome qué podía hacer por mí, le comenté mi afición por la alquimia. El anciano palideció y bajó la cabeza. Luego me hizo levantarme y salimos a un jardín por unas amplias puertas acristaladas. 

   —Lenormand me tiene aquí como a una atracción de feria, pero después de muchos años sé juzgar a las personas. Si le ha mencionado todo esto, espera sin duda que le explique por qué llevo aquí tantos años, desde la década de los cincuenta. Señaló un banco de listones blancos con una mano venosa —. Ármese de valor, y por el amor de Dios, si sigue tomándome por loco, al menos deje esas porquerías esotéricas.

  sacó una petaquita de coñac y le dio un sorbo, chasqueando la lengua. Algo me dijo que era algún tipo de intercambio de favores con el personal.

  —Etienne Schumann. Nieto de un conde alsaciano, un niño rico. Fue compañero mío en la facultad. Se especializó en química. Un tipo brillante, sí, y un monstruo. La alquimia era para él más que una afición. Una auténtica obsesión. Insistía en que aún no se había dicho la última palabra sobre la Gran Obra. Debería haber visto su biblioteca. Berthelot, Ruska, las obras clásicas de los antiguos griegos y árabes, y qué decir del esplendor de la Edad Media y los siglos XVI al XVII: Flammel, el Liber Mutus, Salomón Trismosin y el Splendor Solis, Basilio Valentín, Paracelso, Van Helmont. Hasta ese chalado de Fulcanelli.... 

  ››Durante la guerra se alistó en el bando de los boches, pero no como un cualquiera. Oficial de la SS, división Carlomagno. Le perdí la pista durante años. Hasta aquel día en el café *******. Me costó reconocerle, porque parecía no haber pasado el tiempo por él. Cabello oscuro, sin arrugas. Me invitó a su mansión familiar, y maldito el día en que acepté. Entre copas empezó una disertación sobre la transmutación, el vientre de la tierra, la preferencia de la vía húmeda sobre la seca, la maduración de los cuerpos cual embriones, el mercurio filosofal como flujo o menstruo, el azufre como seminis operativum, el varón espíritu racional y la mujer materia prima y soror mystica, de cómo el alquimista perfecto no debe imitar a la Naturaleza, sino operar sobre ella.. Y sobre todo que sus predecesores habían errado en la naturaleza del atanor y del huevo. 

  Dejé a Ménard perorar a sus anchas. Conocía todos aquellos términos vagamente por la lectura superficial del librito que llevaba conmigo, pero lo que vino después... Si era un delirio, podría escribir una tesis sobre él. Si no lo era, pobre hombre... Entre resignado y angustiado, prosiguió: 

  —Al ver mi gesto de incredulidad me hizo pasar a un laboratorio contiguo al salón. Sacó de un frasco un cuerpo irregular, del tamaño de una nuez, graso, rojizo y traslúcido. Triunfante, me declaró que tenía en las manos una porción del Lapis, la mismísima Piedra Filosofal. Como siguiera tratándole con complacencia manipuló un pequeño crisol en el que fundió una cantidad de plomo, y entiendo de esas cosas, porque mabuelo era joyero. Añadió el cuerpo con algo de cera y papel, y volvió a fundirlo, con parsimonia, como un ilusionista de chaqué ante su público. Lo que quedó en el fondo del crisol de cerámica blanca refractaria... era oro. Hasta me tendió una piedra de toque y algunos reactivos para que hiciera las comprobaciones oportunas. Dijo que se inyectaba aquella sustancia licuada en excipientes apropiados, y que gracias a aquello no había envejecido un ápice. Y era cierto. 

  ››Estaba estupefacto. Le intenté convencer de que aquello era un logro histórico. Que debía darlo a conocer, y entonces se echó a reír. Para mi decepción me declaró que era imposible, y que le entendería mejor viendo lo que él llamaba su auténtico laboratorio, su capilla filosofal. Una gran cámara anexa. Aquello parecía más una mezcla entre quirófano y nave industrial. El hedor a productos químicos era casi insufrible. Me señaló un enorme bulto cubierto por una sábana, de la que brotaban cables y tubos, y en el que era audible el sonido de ciertas maquinarias que emitían sonidos rítmicos, como los del pulso humano y la respiración. Entonces oí aquel gemido lastimero, justo cuando descorrió la gran tela. 

  ››Unido de maneras imposibles a todo aquel amasijo de tubos, cables y máquinas estaba un cuerpo humano, el de una mujer de edad mediana. Monstruosamente obesa y pálida. En estado semivegetativo. Su vientre hinchado era una cubierta de cristal, como la panza de una retorta, empañada por fermentaciones y reacciones gaseosas. Aquel engendro se jactó ante mí. 

  ››¿Cómo si no, sería posible sintetizar ese milagro, mi querido Robert? ¡Este es el atanor perfecto! ¡La verdadera vía húmeda, el menstruo embrionario del mercurio sófico, la mujer-materia prima! Por eso me uní a esa pandilla de andrajosos arribistas, lacayos de ese pintor de brocha gorda. ¡No sabes cuánto "material" pusieron a mi disposición esos necios!... 

   ››¿Entiende ahora por qué le asesiné e incendié aquel antro abominable? —me agarró por un brazo con la voz temblorosa y lágrimas en los ojos —.¿Entiende cómo hice morir a aquella infeliz criatura empotrada en esa maquinaria diabólica y por qué no soporto imaginar mujeres desnudas, sin que sea un misógino ni un machista como cree Morbihan? ¿Entiende por qué odio la alquimia y por qué llevo pudriéndome aquí todos estos años, mi pobre muchacho?...



viernes, 19 de marzo de 2021

Entrevista a Manuel Gutiérrez

 






¡Viernes de entrevista! Caosfera tiene el gusto de presentaros al escritor Manuel Gutiérrez, ganador del I premio de poesía I.E.S Antonia María Calero, del primer concurso de relatos cortos de la organización El Elfo Gordo, redactor en la revista Yellowbreak y colaborador de Radio Universo Literario, entre otras muchas cosas. Dentro de poco verá la luz su primer trabajo literario, y en Caosfera hemos querido hacernos eco de esta novedad. ¡No os lo perdáis!



1. ¿Quién es Manuel Gutiérrez?

Pues yo, ni más ni menos; para bien o para mal. Un ingenuo cínico de los que entienden lo malo para tratar de valorar lo bueno, y me hace ser consciente de que soy lo suficientemente listo como para entender que no dejo de ser un idiota con potra.

  También un apasionado del cine, la literatura, los videojuegos y cualquier soporte que se use para contar una historia. Estudié comunicación audiovisual y, aunque la eterna búsqueda de una “estabilidad” me haya hecho pivotar hacia otros ámbitos, no dejo de buscar tiempo para poder hacer cositas que me llenen realmente.

  A mi nombre siempre añado el CS en redes. Un tributo a mis padres; que siempre promovieron mi pasión por la lectura.


2. ¿De dónde nace tu interés por el ámbito literario?

Supongo que, como a todos, desde muy pequeño. Desde enano me encantaba leer. Recuerdo devorar toda la sección de R. L. Stine de la biblioteca de mi pueblo, y era aquel niño con el que estabas seguro de acertar si le regalabas algo de fantasía. Con Tolkien me terminó de volar la cabeza. Si era fantástico o de terror podía pasar días leyendo. Se me olvidaba hasta comer.


3. ¿A qué edad comenzaste a juntar las primeras letras?

Desde que tengo memoria para ser sincero. Muchas veces me reimaginaba la historias o pelis que veía y trataba de darle forma escribiendo sobre ellas… ¡O me ponía yo de prota, ya que estamos! Si tenía un sueño o una pesadilla potente buscaba la forma de escribirla, y aún lo hago. Me gustaba crear historias y darles vueltas. Incluso dibujé algún cómic, aunque he de reconocer que el dibujo no era lo mío ni de coña.


4. ¿Tienes algún autor o autora de cabecera?

Lo que tengo es un cacao curioso de escritores de cabecera. Desde R.A. Salvatore hasta Pratchett. De Stephen King a Clive Barker. No solo en literatura: aún paso miedo recordando el colegio de Silent Hill, o flipo con cada red line que revienta Garth Ennis. Lo paso pipa con el humor de Rumiko Takahashi, y quedé fascinado con las historias de Marjane Satrapi. Si me evoca un sentimiento real y fuerte, estás en mi Top Ten de los mil autores de cabecera que me fascinan y guían.


5. Ahora la pregunta “inconfesable”, ¿existe algún clásico literario que no soportes?

Pues…, no caigo en ninguno. Al menos si hablamos de clásicos, claro.

  En mi niñez detestaba los que me obligaban a leer en el cole. Supongo que imperaba la “obligación” sobre el “disfrute”. Luego uno crece y ve las cosas con otros ojos cuando lo hace por uno mismo.


6. ¿Cómo ves la situación, a nivel internacional, de géneros literarios como el terror, la fantasía, la ciencia ficción u otro tipo de géneros ligados a estas ramas?

Pues mientras más, yo encantado. Aunque sí que creo que estamos bombardeados por los mismos tropos, tampoco me parece especialmente malo. Disfrutar de lo recurrente hace que nos explote más el tarro cuando nos dan una buena vuelta de tuerca; cuando nos muestran cosas a las que no estamos acostumbrados.

  Tal vez peque de bobo, pero creo que son géneros con muchísimo público. Nos abstraen de realidades más primales, y mucho menos desenfadadas que las que no expone el telediario.


7.¿Cuál es el germen de tu obra?

¿En mi caso, y omitiendo a los referentes literarios citados? El rol.

  Mi novela empezó como una trama para una partida de D&D. Me gustó como estaba quedando y quise escribirla. Cree los personajes y desarrollé los pulsos.

  Mis jugadores no podrán jugar esta partida, claro. Pero podrán leerla. Y me sé a más de uno que se verá representado en algún que otro personaje.


8. ¿Qué podemos encontrar en Crónicas del nuevo mundo: Cambios?

Magia, espadas y monstruos. A fin de cuentas, soy hijo de los noventa. También me gusta oscurecer la fantasía; hacerla más sombría y espeluznante.

  Me fascinan las líneas grises de personajes que pueden caerte como una patada en el estómago, y que se desarrollan por lados creíbles que acaban atrayendo la empatía del lector. Y eso, y al contrario, también va por los héroes. A fin de cuentas, todos somos humanos, ¿no?

  También hay bastante sangre. No busco ser escandaloso, pero creo que el ser humano es carne, ergo frágil. Y es una forma de hacer entender al lector que nadie es intocable. Ni siquiera los protagonistas.


9. ¿Cómo se te ocurrió abordar esta temática?

Una cosa que aborrezco a la hora de preparar la enésima partida de rol, de algo jugado cien veces antes, es perder el asombro por parte de los jugadores al introducirles en un mundo que ya conocen de antemano. Así que pensé en crear algo de cero, alejado del arquetipo “milenario” que tanto se usa en fantasía. Quería algo que fuera el origen y no la resolución de leyendas asentadas miles de años atrás.

  “Cambios” viene justo de eso. De lo antiguo a lo nuevo. De los que se lloran lo perdido y los que se enamoran de las posibilidades que brinda lo nuevo. Aunque sea una recesión de las virtudes y libertades obtenidas por la sociedad moderna, nunca he querido ver mi obra como algo postapocalíptico; aunque entienda que muchos de sus personajes así lo vean. También habrá otros que busquen profundizar en esas nuevas posibilidades, y son las que en su trama crearán las leyendas que sustentarán ese mundo de fantasía que, en el momento que abarca la novela, acaba de descubrir los pañales.


10. ¿Prefieres convertirte en un autor comercial o hacer lo que te dé la gana?

Pues haré honor a mi descripción y pecaré de ingenuo cínico: entendiendo que, aunque sea casi imposible, lo soñado sería hacer pasta haciendo lo que me da la gana.

  Ahora en serio, no me veo escribiendo “por encargo” salvo que sea algo que me fascine de veras. Es como lo que dije antes de cuando la “obligación” pesa más que el “disfrute”. No quisiera comerme el día de mañana mis palabras, pero no me veo escribiendo sobre algo que no me gusta.


11. Háblanos acerca del proceso creativo de tu obra.

Pues, para empezar, no soy capaz de escribir si no tengo muy claro hacia donde quiero llegar. Puedo ser escritor de brújula al empezar, pero si no quiero acabar dejando de lado la obra acabo fabricándome un mapa más temprano que tarde.

  No me da miedo improvisar, aunque me gusta tener atado el trasfondo general y una sucesión de pulsos. Soy flexible con una idea si descubro que no funciona, o que no termina de cuajar, haciéndome reescribir capítulos enteros si hace falta. Pero entiendo una creación que se sienta orgánica, y no una sucesión de guiones en un esquema, depende mucho de la personalidad de los actantes que desarrollan el argumento.


12. Explícale a nuestros lectores cómo pueden conseguirla.

Actualmente “Cambios” se encuentra en fase de preventa y puede reservarse en la página web de la editorial Titanium. Más adelante, cuando salga, podrá conseguirse desde la misma web o en librerías que trabajen con la distribuidora de la editorial. ¡Espero que llegue a muchas, y de ellas a muchas casas!


13. ¿Tienes proyectos inmediatos? Añade todo lo que desees.

Pues no dejo de escribir, aunque con tanto vaivén actual, lo haga menos de lo que me gustaría.

  Siempre tengo alguna que otra idea en la cabeza que acaba dando luz en forma de relato corto, y me gustaría juntar todos los que tengo (que no son pocos) para publicarlos.

Por otro lado, estoy terminando la segunda parte de Crónicas del Nuevo Mundo, que llevará el título de “Verde Oscuro”; a la que actualmente le falta un capítulo para su conclusión. Aunque, claro, luego tocará revisar, corregir, e incluso rescribir lo que falle y mejorar lo que funcione. El “punto final” puede llegar a tener poco significado.



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viernes, 12 de marzo de 2021

Magia con plumas (Parte 9)

 




¡Nueva entrada! Después de varias semanas, aquí tenéis un nuevo episodio de la sección Magia con plumas. ¿Qué nueva especie os presentaremos hoy? Leed lo que sigue a continuación:





ALCA TORDA


1.Fiel

2.Ágil

3.Protectora

4.Competitiva



  Perteneciente a la familia Alcidae y con una envergadura alar en torno a los sesenta centímetros, este ave es común en las colonias marinas, a pesar de ser única en su especie. Siente gran predilección por las islas y zonas rocosas, en nuestro país es raro encontrarla, mientras que es común la proliferación de ejemplares en Islandia, América del Norte, la costa Atlántica o Francia. Son criaturas buceadoras, muy ligadas al mar, y teniendo en cuenta que en esta sección hemos recalcado más de una vez el simbolismo del agua como representación del mundo de los sentimientos, podemos afirmar que en el campo de la mageia se tienen por un tótem profundamente sentimental. Tanto la hembra como el macho se hacen cargo del cuidado del nido y sus polluelos, por lo que se trata de criaturas eminentemente protectoras. También tienen un cortejo muy elaborado, lo que las designa como entregadas en el amor. La tonalidad de sus plumas es oscura, con una raya blanca muy delgada por detrás. En el resto del cuerpo pueden apreciarse tonalidades blancuzcas o tostadas. Las plumas de Alca con ideales para personas que recién han ascendido en el campo laboral y se encuentran ante nuevos retos, para padres primerizos o para personas que se encuentran emocionalmente vulnerables. Vamos a trabajar con estas tres cuestiones. 


RITUAL PARA EL ASCENSO LABORAL

  Para llevar a cabo este ritual, hoy vamos a apoyarnos también en el uso de especias, ítems muy valorados en este campo. En esta ocasión utilizaremos el perejil, amuleto de protección contra la mala suerte e ideal para la atracción de buenas energías. 

  Depende del color que sea la pluma de Alca que nos hemos encontrado, procederemos de una forma u otra. Si es negra vamos a dejar que absorba la luz lunar durante una noche completa, mientras que si es blanca la cargaremos de luz solar durante un día. En caso de que sea negra, es preferible que la coloquemos junto a la ventana durante una noche de luna en cuarto creciente, para potenciar la idea de ascensión en nuestros objetivos. 

    Una vez la tengamos recargada, la colocaremos, con la mano izquierda, en el centro de una habitación donde pasemos la mayor parte de nuestro tiempo, cortaremos el perejil en trocitos y lo esparciremos sobre la pluma. Para que el ritual funcione es importante que nos concentremos en nuestros deseos y nos libremos durante un momento de todas y cada una de nuestras preocupaciones. Solo cuando nos sintamos completamente tranquilos sabremos que nuestra ritualística se ha llevado a cabo con éxito.


RITUAL PARA PADRES PRIMERIZOS

  Para llevar a cabo esta segunda incursión nos vamos a valer del poder del centeno, que simboliza la entrada del sustento en el hogar. 

  Igual que en el caso anterior, recargaremos la pluma en función de su color y también la colocaremos en el centro de una habitación que nos ofrezca seguridad. Lo único que cambiaremos será el proceder, depositando las semillas de centeno sobre la pluma. En esta ocasión además de permanecer un rato en periodo de relajación, daremos tres vueltas en torno a la pluma, tres en alusión al significado de este número como crecimiento familiar y espiritual.


RITUAL PARA LA VULNERABILIDAD EMOCIONAL

  Vamos a utilizar en este caso una ramita de laurel en alusión a la felicidad perenne.

   Tras recargar la pluma, vamos a envolverla en un paño blanco simbolizando la transparencia de nuestros sentimientos. Junto a esta envolveremos la ramita de laurel y, cuando lo tengamos todo, procederemos a colocarlo cuidadosamente bajo la almohada. Notaremos sus efectos a través de nuestros sueños, ya que cada mañana nos despertaremos plenos de energía positiva. De no ser así, es que estamos fallando en algo.



OBSERVACIONES


  La importancia de las especias nos llega desde los albores de la historia, allá por el siglo XIV, protagonizado por malas cosechas, guerras, miseria y hambre, tenían una importancia crucial a la hora de aromatizar alimentos en mal estado para que fueran comestibles. Ni más ni menos que ingenio ante la escasez. De ahí, que su importancia a nivel mágico tenga igualmente un carácter importante. Como ejemplo de su valía hablaremos brevemente de las aquí citadas:

  Perejil: En la época de Grecia y Roma, era costumbre colocar en las tumbas una ramita de perejil para facilitar el transito del espíritu hacia el otro mundo. Es también sabido que los gladiadores portaban una ramita en su armadura para asegurarse buenos augurios y la victoria. 

    Centeno: Aunque no es una especia, ha sido utilizado aquí como símbolo del sustento del hogar, dado que su uso está muy extendido en la fabricación del pan, omnipresente en todas las mesas.

    Laurel: Ya hemos hablado de él en alguna ocasión. Consagrado al dios Apolo, en la antigua Roma el laurel era considerado como símbolo de victoria y gloria. Esta asociación se conserva incluso durante la Edad Media. Resulta un gran aliado a la hora de llevar a cabo nuestros objetivos.


NOTA FINAL


  Nuestro aspecto psicológico es muy importante a la hora de que estas acciones surtan efecto. Jamás debemos intentar nada con desesperación y escepticismo, igual que no debemos hacerlo durante etapas depresivas o cargadas de negatividad. Intentemos no complicar más las cosas y, si vemos que algo nos afecta demasiado, lo mejor es alejarse.



NIEVES


Magia con plumas parte 1

Magia con plumas parte 2

Magia con plumas parte 3

Magia con plumas parte 4

Magia con plumas parte 5

Magia con plumas parte 6

Magia con plumas parte 7

Magia con plumas parte 8




viernes, 5 de marzo de 2021

Ana Fuck

 




¡Viernes literario! Ya sabéis que en Caosfera nos encanta hacernos eco de novedades literarias y, sobre todo, nos encanta descubrir nuevos autores y autoras. Os presentamos hoy a Silvana Reyes-Vasallo que nos presenta recién salida del horno su obra titulada Ana Fuck

  Según nos cuenta la propia autora en la sinopsis del libro, Ana Fuck es la historia de amor entre una adolescente y un sicario narrada en primera persona por la propia protagonista. El libro se adentra en el campo de la denuncia social con temas como la violencia contra la mujer, el machismo, los amores tóxicos y otros temas escabrosos para la sociedad peruana.

   Editorial Trotamundos Eirl nos trae esta novedad que llega ilustrada por la pluma de Alexandra Torres Novoa. Si os ha picado la curiosidad y deseáis adentraros en el mundo de Ana Fuck, podéis adquirirlo a través del siguiente enlace:





    
   
   Os deseo una feliz semana.





viernes, 26 de febrero de 2021

¿Qué es lo lovecraftiano?: verdades y mitos sobre el Necronomicón

 





¡Viernes literario! Tengo el gusto de volveros a presentar a nuestro colaborador Francisco Negrete, alias El conde de Betancourt que nos trae esta interesante desmitificación del Necronomicón, como bien nos dice Francisco la obra más famosa de Lovecraft y sobre la que, sin duda, pesan más leyendas y supersticiones. Os invitamos a leer y sacar vuestras propias conclusiones. 



¡El Necronomicón! Quizás la obra más famosa de Lovecraft. Voy a ir directo al grano para evitar a toda costa los rodeos: este libro ha sido una de las principales causas que ha malformado por entero lo Lovecraftiano y Los Mitos de Cthulhu por igual. Basta con poner las tan temidas palabras clave en el buscador de Youtube, o de cualquier otra plataforma que albergue contenido audiovisual, para ser bombardeados con cientos y cientos de aportes sin sentido que únicamente desinforman a los ingenuos, haciéndolos pensar que esta obra se trata de un auténtico libro de hechizos.

  No voy a negar que la literatura ocultista y esotérica existe en el mundo real. Hablar sobre este tema es como intentar buscar una aguja en un pajar, siendo el asunto muy similar al de otras polémicas de porte equiparable y que no quiero mencionar porque terminaríamos por quedar varados en un punto muerto. No obstante, esto no pasa con el Necronomicón: un libro de magia ficticio que no es otra cosa que un elemento que explica varias «lagunas literarias» que existen dentro de Los Mitos Cthulhu y que los lectores de Lovecraft bien podrían aprovechar en lugar de estar actuando como imbéciles. Sí, he dicho imbéciles.

  Quizás algunos puedan estar pensando que es ahora cuando donde comenzaré a echar pestes sobre el contenido de DrossRotzank y del resto de hacedores de creepypastas, ¿cierto? Si bien merecido se lo tienen, la verdad es que la leyenda urbana del Necronomicón se remonta mucho antes del uso del internet tal y como lo conocemos en la actualidad, y esto no lo digo para sonar profundo o convincente; es que es la verdad. ¿O es que ya se olvidaron de la trilogía original de Evil Dead?

  Supongo que cualquier mexicano que se respete conocerá el tan afamado programa radiofónico de La mano peluda: unos episodios que aún hoy se transmiten durante las noches en la estación de Radio Fórmula, en donde se tocan temas de lo insólito como los espectros, los troles, y por supuesto, el Necronomicón. Al menos para mí, es imposible no reírme de la veracidad de ciertos temas aquí tratados y de algunos testimonios que han aportado determinados radioescuchas, aunque lo que sí no me causa gracia es la muerte que sufrió su más entrañable anfitrión, Juan Ramón Sáenz, misma que está rodeada de un halo macabro.

  El documento que nos deja ver con más claridad cómo Lovecraft fue construyendo El Necronomicón es la famosa carta del 27 de noviembre de 1927 que le envió a Clark Ashton Smith en donde describe levemente el fondo de la trama principal, es decir, la historia de Abdul Alhazred, el libro en sí y El horror de Dunwich, además de otros datos interesantes. Les recuerdo que gran parte de las cartas de Lovecraft han sido publicadas por Hippocampus press, todas ellas en varios volúmenes que cuentan con la participación del genial S.T. Joshi, aunque claro, cabe resaltar que el tema de la correspondencia Lovecraftiana es bastante extenso, y que hablar de él es casi imposible a raíz de que algunas misivas forman parte de colecciones privadas. En fin, según el mensaje:

  No he tenido ninguna oportunidad de producir material nuevo este otoño, pero he estado clasificando apuntes y sinopsis como preparación para algunos cuentos monstruosos más luego. En particular, he elaborado algunos datos sobre el célebre e inconfesable Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred. Parece que esta blasfemia espantosa se produjo por un autóctono de Sanaá, en Yemen, quien florecía alrededor del año 700 d.C. y hacía muchas peregrinaciones misteriosas a las ruinas de Babilonia, las criptas de Memfis y los estériles páramos llenos de diablos de los grandes desiertos del sur de Arabia — en Roba de Khaliyeh— donde afirmaba haber hallado señales de cosas más viejas que la raza humana, y aprendido la adoración de Yog-Sothoth y Cthulhu.

  El libro fue un resultado de la vejez de Abdul, que pasaba en Damasco, y el título original fue Al Azif — azif (cf. las notas a Vathek de Henley) era el nombre que se ponía a esos extraños ruidos de la noche (de insectos) que los árabes atribuyen al aullido de demonios. Alhazred murió —o desapareció— bajo circunstancias terribles en el año 738. En el año 950, Al Azif se tradujo al griego por el bizantino Theodorus Filetas bajo el título Necronomicón, y un siglo después el libro fue quemado por orden de Miguel, Patriarca de Constantinopla. Se tradujo al latín por Olaus en el año 1228, pero fue puesto en el Index Expurgatorius por el Papa Gregorio IX en 1232. El texto original se perdió antes del tiempo de Olaus, y la última copia conocida de la versión griega se estalló en Salem en 1692. La obra fue publicada en los siglos XV, XVI y XVII, pero pocas copias son existentes. Dondequiera que exista, se guarda cuidadosamente por el bien de la sensatez y bienestar del mundo. Una vez, un hombre leyó la copia en la biblioteca de la Universidad Miskatonic, en Arkham —lo leyó y huyó desenfrenadamente al campo—... ¡Pero eso es otro cuento!

  Me resulta bastante curioso cómo alguien que se dedicó a resaltar en demasía los defectos del género gótico en su célebre ensayo, El horror sobrenatural en la literatura, haya utilizado un elemento tan característico de éste al escribir el Necronomicón y atribuirle un pasado tan tumultuoso como el del Codex Gigas, sin olvidarnos de que también nos hace creer que lo que tenemos en nuestras manos es una traducción de un libro bastante añejo.

  A partir de aquí es que debo de hacer un pequeño paréntesis, ya que al contrario de lo que mucha gente piensa, Lovecraft jamás formuló esta serie de «prácticas mágicas», ya que no existe un dato en sus biografías o fuentes validadas por S.T. Joshi que haga constatar que haya concebido un libro de tal contenido. Sólo se hace mención de que escribió el relato de Historia del Necronomicón en 1938 —fecha que está muy próxima a la de la carta dirigida a Clark Ashton Smith— y cuya premisa ya mencioné por accidente. Lo pueden leer tranquilamente en el Volumen II de la Narrativa completa, impresa por Valdemar.

  Este inciso me estaba provocando un gran quebradero de cabeza, hasta que mi buen amigo Mario Garcéz —el chico que me vendió el ejemplar de Más allá de los eones— me recordó la existencia de El Necronomicón de Simon. Pero, ¿qué es El Necronomicón de Simon? Básicamente es una miscelánea del relato que he mencionado hace unos instantes y varios preceptos de la Magi(k) ceremonial de Crowley, es decir, una sofisticada estructura psicológica para entablar contacto con el Sí más elevado del iniciado, vinculando a los personajes de Lovecraft con los dioses del panteón sumerio y babilónico. De ahí que se mencionen entidades como Marduk, Pazuzu o Lilith, además de ciertas pronunciaciones fonéticas como Kutulu, destinada para nuestro cefalópodo favorito, Dios Loco del Caos para Nyarlathotep y Azag-Thoth, para el Caos Nuclear.

  Podríamos pensar que su asombrosa estructura no termina aquí, puesto que, si nos acercamos y tomamos un ejemplar de cualquier librería, seremos capaces de advertir que su estética literaria tira por emular la de determinados «grimorios» que rondan por ahí, como por ejemplo, la típica Clavícula Menor y Mayor del Rey Salomón, El Grimorio De Aka Paimon y varios ejemplares que se pueden conseguir sin mucho esfuerzo a través de la editorial Manus Sinistra. Mi amiga Nieves Guijarro concuerda en este punto. Les recuerdo que ella, además de su labor literaria, sube a su blog Caosfera lo que tiene a la mano sobre magia del caos, tótems, sin olvidar de que comulga con la doctrina del luciferismo. Tal y como lo dije en el vídeo anterior: el verdadero conocimiento arcano no se distribuye tan fácil y únicamente se limita a ser compartido por miembros de grupos muy selectos.

  Se mezclan también otros conceptos como el HADES, presente en algunas malas traducciones para el término Sheol (o Infierno judío) en las creencias cristianas y como nombre del carismático dios griego de la antigüedad. Yo sé que tras revisar las supuestas invocaciones uno se puede llegar a impresionar en demasía, pero el «¡IA! ¡IA! ¡Cthulhu!» de algunos rezos, terminan por delatarlo.





  La idea de entrelazar los caminos de Crowley y Lovecraft no es tan vieja tampoco. Si bien el blog de El espejo gótico tiene un artículo sobre ello, la información y análisis completo lo pueden consultar en la primera sección del propio Necronomicón de Simon impreso por La Factoría de Ideas —no confundirla con una antología de relatos del mismo nombre y editorial— cuyo enlace de compra en su versión digital de la Google Playstore voy a dejar en el comentario fijado.

  Cabe resaltar también, como dato curioso, que existe una secta denominada como La Orden Tifoniana que mira a nuestro hombre como un auténtico profeta. Esto último no me extraña, sabiendo que existe una religión en torno al canon de Star Wars llamada Jediismo. Ya lo comentaban los verdaderos sabios: el abuso del politeísmo llevó al monoteísmo, el abuso del monoteísmo al ateísmo, y mi aporte para tal idea es que el ateísmo se desvió hacia estas cosas. Y ahora que me atreví a mencionar al ateísmo, tengo serias cuestiones sobre lo que Lovecraft, un duro ateísta, habría pensado sobre lo que se cree actualmente de su persona si nos basamos en la declaración que le hizo a Clark Ashton Smith al momento de escribir El horror de Red Hook, diciendo que tales congragaciones no eran sino un nido de gente inculta que solía estar relacionado con los inmigrantes.

  Si voy un paso más allá, considerando una misiva hacia Willis Conover del 29 de julio de 1936, Lovecraft dice:

  Ahora bien, sobre «los libros terribles y prohibidos», me fuerzan a decir que la mayoría de ellos son puramente imaginarios. Nunca existió ningún Abdul Alhazred o el Necronomicón, porque inventé estos nombres yo mismo. Luwdig Prinn fue ideado por Robert Bloch y su De Vermis Mysteriis, mientras que el Libro de Eibon es una invención de Clark Ashton Smith. Robert E. Howard debe responder de Friedrich von Junzt y su Unaussprechlichen Kulten.... En cuanto a libros escritos en serio sobre temas oscuros, ocultos, y sobrenaturales, en realidad no son muchos. Esto se debe a que es más divertido inventar trabajos míticos como el Necronomicón y el Libro de Eibon.

  Me hace mucha gracia que De Vermis Mysteriis aparezca en el Necronomicón de Simon de La Factoría de Ideas como un trabajo de Lovecraft cuando, tal y cómo se apreció, es una inventiva de Robert Bloch que aparece en El vampiro estelar. En resumen, al menos por parte de sus verdaderos padres, no existe ningún Necronomicón, De Vermis Mysteriis o Libro de Eibon. Al menos no físicamente.

  Para rematar con la serie de inconsistencias que he estado enumerando, me gustaría citar a un «hermano gemelo» de El Necronomicón de Simón que se hace llamar Grimorium Imperium o El libro de los viejos espíritus de un tal John Dee. Creo que no existe discusión cuando una obra literaria está bien realizada, pues ésta llega a tener a varios admiradores que intentan reproducirla, algo que, como ya repasamos, también hizo Lovecraft con Dunsany, Poe y Machen. Le pasó también a Ann Radcliffe, a Cervantes y a Conan Doyle. Lo que me sorprende es que el problema no sólo persiste en el habla hispana: los angloparlantes tienen también sufren por él. Veamos, gracias a la herramienta de traducción instantánea, lo que un comprador de Amazon opina tras haberlo adquirido…

  Si nos apoyamos en una versión electrónica que tengo a la mano, veremos que aparece muchas veces la palabra de Nyarlathotep…

  Regresando al verdadero Necronomicón, al ficticio, la condición de libro maldito es algo que Lovecraft utilizó muy bien y que los más versados en el terror saben que tomó de la genial novela de El rey de amarillo, de Robert William Chambers; así que las supuestas maldiciones que podrían ocurrir tras leerlo no son lo que aparentan. Pero entonces, ¿qué son todos esos hechos inexplicables, esas calamidades que ocurren luego de que la gente lea estos supuestos conjuros? Tantas personas no podrían estar equivocadas, ¿o sí? Al menos dentro de lo poco que yo entiendo de estas cosas, esas «fuerzas misteriosas» son una manifestación del poder energético de la propia mente, y no me refiero a la sugestión y otros problemas psiquiátricos y psicológicos, sino a algo parecido al fenómeno poltergeist. Al final, lo que Juan Ramón Sáenz decía en su programa no estaba del todo tan incorrecto; únicamente mal enfocado. En serio, deberían de tenerle más consideración al poder del pensamiento humano.

  Sin embargo, me estoy olvidando de lo verdaderamente importante: del valor literario del Necronomicón dentro de Los Mitos de Cthulhu. Me sorprende que BitielAventura, un creador de contenido que se enfoca por entero a los videojuegos, entienda mucho mejor lo Lovecraftiano que otros que se dedican a subir vídeos de terror. Y es que en la comparativa que hace entre Bloodborne y la literatura de El solitario de Providence, Bitiel comenta que al igual que Los Grandes en la obra de Fromsoftware, los Great Old Ones de Lovecraft, o Los Grandes Antiguos, no son dioses en su totalidad, sino extraterrestres que se encuentran en un plano superior de la existencia y que aparentan ser deidades a nuestros débiles ojos porque no somos capaces de comprender su naturaleza. Y es aquí en donde entra Abdul Alhazred y el Necronomicón, demostrando a leguas nuestro estéril entendimiento. Los Great Old Ones son entidades a las que se les puede hacer daño, como a Cthulhu en la parte final de la novela, o a la mismísima aberración de El horror de Dunwich. De hecho, algunos piensan que los poderes de los Great Old Ones no son otra cosa que tecnología avanzada que aparenta ser magia, aspecto que se hace constatar en Las montañas de la locura con los shoggoths. Siempre que veo la litografía de H. R. Giger llamada también Necronomicón, se me viene mucho a la cabeza todo esto.

  Regresando al Necronomicón de Simon, diré que me estoy basando en la segunda edición de 2008 publicada por Editorial TOMO. Sí, he dicho bien: la marginal Editorial TOMO. Mucho he especulado sobre por qué este libro no se encuentra en mejores condiciones. Tras mirar este meme sobre Los hornos de Hitler, creo entender el motivo.

  Y es que para empezar, las mismas editoriales y librerías también han alentado a esta ola de desinformación al colocar al Necronomicón de Simon junto a los ejemplares de santería, horóscopos y tarot. El maquetado, empastado e imagen de cubierta que le dan no ayudan mucho tampoco pues aparenta ser un libro de ese estilo, sin descartar que se lo atribuyen totalmente a Lovecraft y de que tampoco tiene el nombre correcto.

  Existe, no obstante, una alternativa hispanoamericana que se ha arriesgado a darle una cara lujosa a la obra y rescatarla de esta podredumbre. Me estoy refiriendo, faltaba menos, al colectivo peruano llamado Editorial Cthulhu. Ellos lo dotaron con un empastado de madera asombroso. Honestamente, pese a las diferencias que tengo con la editora y algunos de sus escritores, animo a toda mi audiencia peruana a que lo compren, dado a que es una edición muy bonita que admito que yo mismo quisiera tener. Eso sí queridos paisanos y resto de espectadores: absténganse de preguntar en su página de Facebook sobre si hacen envíos al extranjero, que esta editorial suele mostrarse bastante hostil por ello (si lo sabré yo). Intentan ser profesionales en el ramo, aunque realmente no lo son. De cualquier modo, la mala publicidad es siempre nula.





  Los chicos de Editorial Mirlo también apuestan por darle un enfoque adecuado al Necronomicón, quiero decir, meramente literario. No tengo su creación, pero por lo que sé, se encuentra ilustrada. En mi opinión, este rasgo le da un toque muy artístico que me llama mucho la atención. Por lo poco que he visto de su índice en un par de fotos, parece que también cuenta con algunos cuentos como Los otros dioses, lo que podría reforzar la experiencia.

  Regresando a la edición de TOMO, el libro comienza muy bien con la explicación de cómo fue el verdadero proceso de imprenta de Historia del Necronomicón; según nos dicen, Lovecraft no tenía pensado publicar ya que sólo era para distribuirla a sus amigos. En 1938 se editaron 80 ejemplares como panfleto conmemorativo de la Rebel Press, después la reimprimiría Derleth en 1943 en la antología Beyond the Wall Sep y de ahí en adelante iría publicándose de manera subsecuente. Me gusta mucho un fragmento de una carta dirigida a Harry O. Fischer de 1937 que dice:

  El nombre Necronomicón (nekros: cadáver; nomos: ley; icon: imagen = Una imagen [o representación] de la ley de los muertos) se me ocurrió durante un sueño, aunque la etimología es perfectamente válida.

  Desgraciadamente, este genial punto se ve rápidamente dilapidado cuando se mezcla la historia del árabe loco sin detenerse a explicar dónde comienza la realidad y dónde la ficción. Todos conocemos la trama: Abdul Alhazred se interna en las ruinas de la vieja Babilonia, entonces, aparecen unos seres de naturaleza desconocida, que en lugar de matarlo para preservar su conocimiento, se lo transmiten a lo largo de los años. Al final, el erudito muere despedazado de día, a ojos de miles de testigos, por culpa de una bestia invisible. Las páginas siguientes son sólo un compilado de sellos, embrujos y demás rituales varios que sirven, como no, para fines netamente materialistas.

   Pero, ¿quién es Abdul Alhazred? El tipo no es más que otro alter ego de Lovecraft al igual que Randolph Carter. La creencia popular dice que es una referencia hacia Las Mil y una noches —aspecto que dudo en demasía porque no encontré ningún nombre parecido ahí en la Edición de Edhasa, la más fiel—; mientras que Spregue De Camp nos dice que no era más que un sobrenombre que Lovecraft utilizaba en su infancia durante sus juegos y que fue sugerido por un viejo amigo de la familia; y por último, S.T. Joshi nos comenta en un libro de la Hippocampus Press del 2017 —mismo que reúne todas las cartas dirigidas, nuevamente, a Harry O. Fischer— la relación del poeta loco con el libro y el motivo por el que se complementan perfectamente entre sí:

   El nombre Necronomicón se me ocurrió en el curso de un sueño. Al asignar un autor árabe a un libro de nombre griego, estaba invirtiendo caprichosamente la condición por la cual el monumental trabajo astronómico del griego Ptolomeo (Megalê Syntaxis Tês `Astronomias) se conoce comúnmente por el nombre árabe Almagesto (o más verdaderamente, Tabrir al Magesthi), el cual, se desarrolló a partir de la corrupción del título original cuando los árabes hicieron su traducción…

  A manera de conclusión, volveré a repetir de que si bien la gran mayoría de creadores de creepypastas son culpables de difundir una mala información sobre el Necronomicón, y que las ofensas que algunos le lanzan están más que justificadas —en donde algunos como Dross no les queda otra cosa sino que que admitir, en letra muy pequeña, que sus vídeos son solamente para entretener— la realidad es que los verdaderos culpables en todo esto son ustedes: los espectadores, puesto que se quedan con la primera información que encuentran sin siquiera tener la iniciativa de compararla con otra, aunque tampoco ayuda mucho si esa «otra» son también puras mentiras. Un refrán que decimos en la ingeniería que se aplica por entero aquí es que cuestionen siempre lo que escuchen. De hecho, únicamente créanme la mitad de lo que les acabo de decir y de la otra duden, pero traten de averiguarlo ustedes. Recuerden que estaba por equivocarme con el nombre de El Necronomicón de Simon.

  Quizás no soy el más original o el más pacífico al momento de mostrar mi contenido; sin embargo, si trato de ser el más honesto debido a que yo mismo pasé por esto cuando me adentré al mundo de la literatura de terror; y sinceramente, sentí mucho coraje cuando me di cuenta del tipo de ideas absurdas que tenía en la cabeza por culpa de unos idiotas. Vulgarmente diré que me vieron «la cara de oaxaco». Así que todos, en algún momento, hemos llegado a pensar que El Necronomicón es un libro real de magia y que entre sus páginas moran las fórmulas mágicas para hacer aparecer a los Great Old Ones.


versión audio en el canal de El conde de Betancourt






viernes, 19 de febrero de 2021

Solve et coagula

 




¡Viernes de relato! Escribí este texto hace unos años con motivo de una convocatoria en la que se pedían textos relacionados con el esoterismo y/o brujería. Finalmente, este cuento terminó publicado en la excelente web almas oscuras allá por el año 2016. No obstante, al revisarlo años después quedé muy descontenta con el resultado y es por eso que hoy os traigo esta versión revisada y corregida en la que mejora tanto la historia como el aspecto narrativo. No os voy a decir nada, tan sólo os invito a que leáis y saquéis vuestras propias conclusiones...




Más de seis decenios revelaban su iniquidad sobre aquella frente protuberante y surcada de pliegues apergaminados, síntomas de la senectud que comenzaba a encorvar su imponente figura. El amplio rostro abrigaba la luz de una mirada inquieta y desafiante. Contraídos en una mezquina mueca, sus labios se fruncían hasta casi desaparecer entre la cenicienta foresta que se extendía a lo largo de aquel mentón prominente. El peso de los años se cebaba en la persona de Alphonse, hombre de intenso temperamento que prefería aceptar con dignidad los estragos propios de la inevitable vejez.

  Anclado desde su niñez en el impulso vocacional de sus inquietudes religiosas, el incombustible Alphonse había luchado en pos de encontrar un sustento en su completa entrega a la fe, vocación que había logrado satisfacer aún a pesar de la dificultad devenida de la humildad de sus orígenes. Aceptaba la religión como una parte incorruptible e ineludible de su ser, pues apreciaba en ella una nueva y confrontada visión de las debilidades competentes a la raza humana. Su mente rememoraba, con emoción, los primeros años de estudio en Saint-Nicholas-Du-Chardonnet, cuando tan sólo era una imberbe criatura de quince años sin un ápice de picardía, un muchacho fácilmente impresionable por la austeridad de aquellos muros lineales y sagrados situados en pleno centro de París. En aquellos momentos la ciudad se agitaba por los excesos de la fiebre liberal que sacudía una Europa heredera de los principios de Rousseau. Corría el año mil ochocientos veinticinco por aquel entonces, fecha imprimida en su alma como el inicio de una prometedora carrera. Bien era cierto que Saint Nicholas había sido sólo el primero de los seminarios en los cuales había completado su formación, pues los nada desdeñables años en Issi y Saint sulpice habían acabado de brindarle la fortaleza y experiencia necesarias para alimentar aún más su necesidad espiritual, sin embargo sentía especial predilección por la figura de aquel lugar consagrado donde se había iniciado su despertar. Con setenta y tres años a sus espaldas, Alphonse podía preciarse de una vida tan erudita como asombrosa. Su corazón había experimentado sentimientos como el amor terrenal y divino, el desengaño, la rendición y, en definitiva, toda una suerte de intensas emociones que habían curtido su frágil espíritu.

  La victoria estaba escrita en su sangre, o al menos eso decía siempre su querida madre cuando tan sólo era un niño inquieto. El pequeño Alphonse, una mente prodigiosa como pocas surgida del alimento de sus propias convicciones, había crecido tanto física como espiritualmente. Tal fue su esfuerzo que logró  un puesto privilegiado entre los principales sectores de la sociedad parisiense del momento. Su compañía era solicitada, sobre todo, en el marco de las más altas esferas culturales, donde se le consideraba un osado profeta capaz de remover el mundo al grito de sus nuevas y revolucionarias doctrinas propias de un hereje. Curiosa definición para aludir a un hombre amante de la integridad que, aferrado a unos principios rayanos al socialismo utópico, pretendía rescatar los dogmas de la cristiandad de su tumba institucional. Alphonse sólo vivía para defender aquella fe bajo cuyo escudo se le había mostrado una realidad tergiversada por el sectarismo de epígonas doctrinas.

  Absorto en el empeño pragmático que comenzaba a ocupar el primer plano de sus dedicaciones, no tardó en verse seducido por la extraña petición de aquel aclamado y extravagante círculo que, conocedor y admirador de sus censuradas obras, rabiaba de morbo ante la necesidad de nuevas emociones.

  Esclavo de la debilidad humana, así era como el bueno de Alphonse podría haberse definido en aquellos momentos, tanto como para entrar en la espiral de aquel juego macabro que sólo alimentaba su resurgida vanidad; por momentos, una temible inseguridad parecía brotar en sus pensamientos a la velocidad del elegante trotar de los caballos sobre el empedrado de las calles de aquel foco de miseria. Con emoción, recordaba la impresión que la caótica Lvtetia le había causado en su primera visita, el espanto que sus ojos experimentaron ante la contemplación de aquella mundanidad desaforada. Su ilusión se desvanecía ante la máscara de sofisticación que disfrazaba la miseria que se adueñaba de una parte importante de la urbe: pestilentes y estrechos suburbios colmados de insalubridad donde proliferaba la pobreza a la par que el rancio olor a excrementos. Mientras contemplaba este cuadro de decadencia se había llegado a preguntar, en más de una ocasión, si su Dios era realmente tan misericordioso como quería creer. Es por ello que sentía un inmenso alivio ante el positivo cambio orquestado por las ansias modernistas de Napoleón III, lo único que consideraba valorable de la política del emperador al cual se había atrevido a comparar abiertamente con Calígula, atrevimiento que pagó enclaustrado durante meses entre los muros de una infecta prisión. Sin embargo, Alphonse jamás se amedrentaba ante las malas experiencias que, lejos de derrumbarle, parecían insuflarle un valor desaforado.

  Aquella noche, el anciano había sido presa de agitadas y nerviosas ensoñaciones que inconscientemente interpretó como un posible augurio. Sea como fuere, lo cierto es que estas elucubraciones no habían supuesto impedimento alguno para que Alphonse cayese rendido a mitad del viaje, siendo, horas después, arrancado de su letargo por las insistentes sacudidas del joven cochero que, haciendo gala de un  francés mancillado por su agudo tono de voz, le indicaba el final de su destino. Asombrado, contempló la magnífica villa rodeada de una amplia extensión sembrada de exótica flora e hileras de árboles frutales. La clara influencia de los preceptos neoclásicos revestía la fachada principal con su excesiva sobriedad. En contraste con aquel ampuloso conjunto lineal precedido por un amplio soportal de columnas corintias, destacaba la verticalidad de dos torreones laterales rematados en pináculo que aportaban un toque siniestro al ya de por sí asombroso conjunto. Aunque, sin duda, lo que más sorprendió a Alphonse era la destacada tonalidad rojiza que engalanaba aquellos muros bordeados de hiedra trepadora. Nunca había estado en aquel lugar, pero no dudaba de la autoría de tan extravagante desfalco.

  Con paso lento y distraído, dirigió sus desgarbados andares hacia el portón principal que, lentamente, comenzó a abrirse para dar paso a la elegante anfitriona. La altiva Judith salió al encuentro de su avejentado huésped, ofreciéndole amablemente el brazo en señal de apoyo a su visiblemente deteriorado estado físico.

  —La pugna del clasicismo en su afán por desgarrar los nuevos valores de estos tiempos tan estrambóticos, ¿qué opina, Monsieur?

  El hombre se limitó a sonreír ligeramente al tiempo que aplicaba inofensivos y amistosos golpecitos sobre la delicada mano que sostenía su brazo tembloroso. La disparidad de las ideas de Judith siempre le había parecido inusualmente descabellada.

  Extasiado ante tal cúmulo de lujosas liviandades, Alphonse quedó enmudecido frente al magnífico trabajo orfebre que testimoniaba la regia entrada de roble tallada con motivos silvestres. Al poco de irrumpir en el interior, un fastuoso recibidor labrado en oro anunciaba la grandeza resguardada bajo aquellos amplios artesonados. Con elegancia y lentitud, la dama asió el dorado candelabro de cuatro brazos que reposaba sobre la marmórea superficie y, al amparo de aquel tenue fulgor anaranjado, pidió a su invitado que la siguiese entre la inmensidad lineal de aquel vestíbulo a cuyos lados se abrían un sinfín de lujosas estancias.

  —Tal vez estemos a punto de reescribir nuestro destino, ¿no está decididamente nervioso?

  La pregunta fue liberada con un tono de voz entre divertido y grandilocuente, teatralidad muy propia de aquella mujer tan inquieta como soberbia. Judith estaba acostumbrada al hermetismo de su invitado, pues sabía por experiencia que los hombres inteligentes como Alphonse solían manifestar cierta parquedad oratoria.

  —Prepárese para cruzar el umbral de lo prohibido.

  Sentenció con suprema gravedad al tiempo que sus manos trémulas giraban la bronceada manija con forma de laurel que daba paso a una de las habitaciones alineadas a la derecha, concretamente situada antes de llegar al enorme salón en el cual desembocaba aquel amplio pasillo. Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios al contemplar la irreal escena que se abría ante sus ojos: la estancia había sido desprovista de mobiliario, mostrando una vacuidad siniestra e hilvanada de sombras. Sobre las diminutas y coloristas teselas que componían la superficie se apreciaban unos trazos negruzcos que formaban la perfecta figura de un tetragrámaton que ocupaba el centro de la sala. Alphonse sintió cómo una profunda emoción recorría sus venas al observar cada perfecto detalle de la ilustración; su vértice superior delimitado por los ojos de Júpiter, el símbolo de marte colocado en cada una de sus terminaciones laterales, el tótem dorsal situado en el centro junto a los signos de Venus y Mercurio y, a sus pies, la marca de Saturno. La lineal conjunción había sido rodeada por un círculo de sal traslúcida que, al contacto con la tenue luz de una docena de cirios dispuestos en derredor del círculo, liberaba cristalinos destellos.

  —Como puede comprobar, todos y cada uno de los detalles revisten el mayor de los cuidados —inquirió a modo de recibimiento el mayor de los dos hombres que, pacientemente, aguardaban su llegada en el interior del habitáculo. Acto seguido, extrajo del bolsillo interior de su chaqué lo que parecía una pequeña y sencilla caja de madera— .La orientación en base a los cuatro puntos cardinales ha sido exhaustiva —recalcó con seriedad al tiempo que mostraba la brújula resguardada, con celosía, en el interior del secreto compartimento.

 Alphonse y Víctor, pues así se llamaba el segundo interlocutor, habían tenido el placer de conocerse durante una de las interminables recepciones de Judith. Digna descendiente de Theophile, uno de sus más fervientes amigos, la muchacha ensombrecía con sus aptitudes y brillantez a las más altas cúspides de la sociedad intelectual del momento. Sus arranques de inteligencia eran consecuentes y estudiados, tanto que al conocer las inquietudes de ambos hombres había predispuesto la situación con vistas a que se forjase una amistad entre ambos, y no una amistad cualquiera, sino un sentimiento de inquebrantable y mutua lealtad. Pues aún hoy día, resulta irrebatible el hecho de que las causas unen los caracteres más contrarios.

  El tercer miembro que componía la misteriosa comitiva no era sino Catulle, el compañero sentimental de la aclamada anfitriona. Al igual que ésta, compartía su musical pasión por Wagner a la par que la creciente aversión por el malogrado Luis Napoleón.

  —Si les parece bien, creo que deberíamos de dar comienzo ―inquirió Alphonse con la solemnidad que solía caracterizarle—. Les explicaré de qué forma deben colocarse para completar el rito.

  Acto seguido, indicó a la mujer que presidiese el vértice superior, orientado hacia el Norte, y ordenó a ambos hombres que se situasen uno en cada saliente lateral, cuyos puntos cardenales correspondían con Este y Oeste. Alphonse tomó lugar en la zona sur, custodiando los extremos inferiores. Una vez la disposición se hubo completado, pidió absoluto silencio, entornó los párpados y, sumido en una absoluta concentración, entreabrió los labios:

  —Spiritus Dei ferebatur super aqua, et inspiravit in faciem hominis spiraculum vitae…

  Sus palabras retumbaban como un pálpito, estremeciendo el silencio con su fluidez impía.

  —In isto sale sit sapientia el ab omni corruptione servet mentes nostros et corpora nostra, per Hotchmael et in virute Ruach Hochmael, recedant ab isto…

  El fulgor anaranjado de las titilantes llamas oscilaba ante las exhortaciones.

  —Caput mortuum imperet tibi Dominus per vivum et devotum sepentem…

  La incertidumbre se grababa a fuego en los corazones de los presentes, poseídos por una mezcla de expectación y pánico. Alphonse se movía con una gran teatralidad, unas veces parecía que se estuviese apuñalando el pecho, otras que un atisbo de locura invadía sus desencajadas facciones. Su discurso se tornaba en un retruécano indescifrable y creciente.

  —¡Chaiot ha Qadosh gritad, hablad, mugid, Qadosh, Qadosh, Qadosh, Shadai, Adonai, Iod Chavah, Eheieh Asher Eheieh… ¡te ordeno que tomes la forma que te corresponde y obedezcas las ordenes de quienes te invocan!

  Tras la exhortación, se sumió en el más estricto de los silencios, convirtiéndose en el epicentro de aquel coro de abrumadoras miradas.

  —Ahora es momento de esperar, ¿no? —preguntó Judith resaltando la obviedad de su galopante escepticismo.

 Sin embargo, Alphonse permanecía absorto en su hermetismo emocional, ajeno a la irrespirable tensión de aquella habitación, devorada por una titilante negrura.

  —Se acabó. Esta valiente necedad ha llegado hasta aquí. Está visto que esto es un vulgar disparate…

  Repentinamente, los párpados de Alphonse se abrieron, revelando el horror concentrado en aquellas pupilas inflamadas de rosácea maldad. Un grito incontenido escapó a los labios de Judith que, ofuscada ante la estremecedora visión, abandonó el círculo en un despavorido alarde de locura.

  —¡No, Judith, no! —vociferaron Hugo y Catulle al unísono, polarizando su atención sobre la temblorosa y agitada figura.

  Un tempestuoso bramido brotó entonces de la nada y, segundos después, el cuerpo de la mujer fue embestido con una brutalidad estremecedora. En un alarde de valentía, Catulle abandonó su correspondiente lugar para socorrer a la esposa. Sus oídos permanecían sordos ante los inconexos balbuceos de Víctor que pugnaban por convertirse en advertencias. Catulle ni siquiera había logrado acercarse al cuerpo exánime de la mujer cuando otro descarnado ataque se cebó sobre su alargada figura. El rostro de Víctor palideció al contemplar los cuerpos inconscientes de sus compañeros. Enmudecido por el pánico, no acertaba a responder ante la voz cavernosa de aquella presencia, que ahora usurpaba la identidad de su admirado Alphonse.

  —¿Inquietud, venganza, dominio, cuáles pueden ser las motivaciones de un hombre para transgredir las leyes de lo ignoto? Ignoro la realidad de vuestros objetivos, deploro vuestra obsesión por la manipulación de voluntades, débiles y sujetas a esa simplicidad corrosiva. Vida, poder, ambición, deseáis exorcizar como sea esa angustia que siembra de hostilidad vuestros corazones. Y pensáis en vuestra ignorancia que el camino a recorrer es asombrosamente fácil, tanto como unas simples palabras pronunciadas por la boca de un débil anciano

  El avejentado rostro se tensó en una mueca terrible, y Víctor sintió cómo cientos de insidiosas punzadas se apoderaban de su desprotegida y temblorosa piel.

  —Os mostráis orgullosos ante la criba de esa máscara que os condena al más absoluto de los oscurantismos, consentís regodearos en la miserable lacra que os empequeñece. Pero vuestro ego se acrecienta, aún a pesar de que jamás lograreis aprehender una cuarta parte de aquello que presumís acaparar. Podéis continuar vanagloriándoos de vuestro papel de marionetas torturadas por la mano de la más vil ignorancia, bestias regocijadas al amparo del carnal abismo. Las puertas están abiertas, burlando la ceguera perpetua que os oprime. Os convertís en el enemigo propio, ardiendo de rabia. Tomad la fe encerrada en que disolución y esencia se dan la mano. ¡Oh, mártir de la concordia, abraza la comunión de lo terreno y lo prohibido, pues causa y efecto caminan de la misma mano!

  Embelesado ante la verdad que brotaba de aquellos enardecidos labios, el hombre se abandonó al magnetismo que le provocaba la sutil invitación. Obediente, se aferró con fuerza a la temblorosa mano de su amigo, la misma que se mantenía extendida con las palmas hacia arriba, buscando saciar su desaforada ambición.

  —Acepta esta sutil permuta y rebélate contra la insignificancia. La disolución significa el germen de una esencia restaurada…

  Sus manos agarrotadas se contrajeron al sentir el violento tirón que le arrebataba la lucidez. Entreabiertas, las heridas de su cordura rezumaban el peso de enmascaradas realidades. Rogó porque su conciencia dejase de tejer aquel horror. Sus ausentes retinas, anegadas en lágrimas, testimoniaban la crueldad más devastadora.

 —Queríais luz, iniciación, privilegios, escuchar el eco reverberante de lo prohibido. Disfruta de las conclusiones que con tanta valentía habéis osado abordar.

  Trató de zafarse de aquella opresión que le precipitaba al peor de los abismos, pero fue inútil.

  —Dado os es lo que lo que ya teníais y no habéis sabido ver, mas os será arrebatado lo que atesoráis con tanto empeño. 
  
  La bestia humana que otrora se conociese por el nombre de Alphonse, lanzó el desdichado cuerpo contra la puerta entrampada, que resistió la crudeza del golpe. El desdichado Víctor abrió los ojos con lentitud, pero el golpe había afectado su capacidad de visión. Sólo acertó a discernir una sombra abstracta que reptaba y se acercaba peligrosamente.

  —Alphonse —acertó a esbozar entre balbuceantes siseos—. Alphonse, amigo, nunca te faltó voluntad, tú has sido siempre para mí el mayor símbolo de perseverancia, antes y después de conocerte…

 Con ternura, el monstruo observó el brillo renovado que luchaba por aflorar a la ausente mirada de su amigo. La negrura de aquella oscuridad vítrea parecía querer esfumarse.  

 ‹‹Toda causa tiene su efecto y todo efecto parte de una causa››, pensó Víctor para sus adentros obviando la clarividencia en la afirmación. Se sintió algo mejor y supo enseguida que sobreviviría. Había sido elegido.

  Entonces, observó lo poco que quedaba del rostro de Alphonse y acertó a comprender que el tiempo se había detenido para depositar toda la luz del universo en aquellos iris acerados.