viernes, 18 de enero de 2019

USS Indianápolis: el mensajero de la muerte



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Nuestro colaborador David López Cabia regresa para hablarnos sobre uno de los episodios más espeluznantes de la Segunda Guerra Mundial: la tragedia del USS Indianápolis, inmortalizada por John Millius en boca de Robert Shaw, dentro del famoso film de Spielberg Jaws (1975). 




La noche del 29 al 30 de julio del año 1945, el crucero USS Indianápolis surcaba las aguas del Pacífico. Había cumplido  su misión de transportar la bomba atómica Little Boy hasta la isla de Tinian. Se desplazaba desde las Islas Marianas hasta la isla de Leyte (Filipinas). Sin embargo, el peligro no había terminado. De repente, se produjeron una serie de detonaciones y el buque sufrió fuertes sacudidas. ¡El USS Indianápolis había sido torpedeado! ¡Una pesadilla acababa de empezar para su tripulación! 

  Así comenzó el infierno que sufrió su tripulación. Y es que, el submarino japonés I-58 no era el único tiburón que merodeaba por aquellas aguas. Los verdaderos escualos aparecieron para devorar a los supervivientes del naufragio. 

  Sin embargo, para que la historia tenga sentido, hay que comenzar desde el principio. Botado el 7 de noviembre de 1931, el crucero USS Indianápolis, fabricado por New York Shipbuilding Co. era uno de los barcos punteros de la Armada de los Estados Unidos. 

  Se trataba de un crucero pesado de la clase “Portland”. Tenía unos 180,9 metros de eslora (largo) por 20,2 metros de manga (ancho). Semejante castillo flotante contaba con una tripulación de 1269 hombres y podía alcanzar una velocidad de 22 nudos. En cuanto a su blindaje, contaba con un grosor de 146 milímetros en cubierta y 57 milímetros en cintura. 

  En lo que respecta al armamento, contaba con 6 cañones de 200 milímetros montados en torretas triples, 8 cañones antiaéreos de 130 milímetros y 8 cañones de 50 milímetros. 

  Más allá de sus características técnicas, el USS Indianápolis alcanzó una gran popularidad, pues el presidente Franklin Delano Roosevelt viajó en varias ocasiones a bordo del crucero. Parecía que aquel imponente coloso naval estaba tocado por la buena suerte, pues se libró por poco de ser bombardeado en Pearl Harbor. Tan solo dos días antes del ataque japonés, el buque recibió instrucciones de partir a la isla de Johnston. 


Roosevelt a bordo del Indianápolis.


  Con la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, el poderoso Indianápolis jugó un papel muy activo en la campaña del Pacífico. Fue atacado por la aviación japonesa en Rabaul, bombardeó a las tropas japonesas en Nueva Guinea y combatió en las islas Aleutianas. 

  Cuando el año 1943 tocaba su fin, la tripulación pudo tomarse un descanso en Pearl Harbor. Sin embargo, poco después volvió a la acción durante la batalla de Tarawa. Su siguiente campaña sería una incursión en las islas Palau, a la que sucedió su participación en la colosal batalla del Mar de las Filipinas. Más tarde prestó servicio en las batallas de Iwo Jima y Okinawa. 

  Okinawa constituía el último paso que debían dar los estadounidenses antes de invadir las islas principales de Japón. Así pues, antes de que los marines y el ejército procediesen al desembarco, la Armada debía bombardear con furia la isla de Okinawa. Durante siete días, los cañones del Indianápolis batieron la isla sin piedad. 

  No obstante, en Okinawa, las amenazas no solo se encontraban en tierra, sino que también venían desde el aire. Se trataba de los ataques kamikaze. Los pilotos suicidas japoneses habían recibido órdenes de estrellarse contra los buques estadounidenses. Aquel nombre, kamikaze, venía a significar viento divino. El nombre de aquella fuerza suicida estaba inspirado en el tifón que mandó a pique la flota de Kublai Khan cuando trataba de invadir Japón en el siglo XIII. 

  Pues bien, los cielos se llenaron de aviones rugiendo furiosamente, con pilotos dispuestos a dar la vida por Japón y su Emperador. Mientras los aviones se cernían amenazantes sobre la flota estadounidense, el cielo se llenó de las volutas negras y grises procedentes de los proyectiles antiaéreos. 

   La tripulación del USS Indianápolis, luchando con ahínco, logró derribar seis aviones japoneses y contribuyó a abatir otros dos. Pero entonces, las cosas comenzaron a torcerse. El 31 de marzo de 1945 un avión japonés se estrelló contra el crucero estadounidense, provocando la muerte de 9 marineros y resultando heridos otros 26. 

  Los daños que causó el impacto en la estructura del Indianápolis provocaron que el buque tuviese que ser retirado de la batalla de Okinawa. La colisión había provocado dos agujeros en el casco y varios compartimentos habían sido anegados. Por tanto, tras llevar a cabo las primeras reparaciones de urgencia, el barco fue remolcado hasta Nueva Caledonia para ser reparado en profundidad. 

   Mientras la campaña del Pacífico entraba en su fase final, los altos mandos estadounidenses se percataron de que cada vez la resistencia nipona era más empecinada. Estados Unidos tenía en su arsenal un nuevo arma con el que doblegar a los combatientes japoneses: se trataba de la bomba atómica. 

   El avión que arrojase este terrible artefacto sobre Japón tendría que despegar desde las islas Marianas. Todo ello obligaba a transportar la bomba atómica Little boy desde Estados Unidos a la isla de Tinian, situada en el archipiélago de las Marianas. Para tal propósito se escogió al crucero USS Indianápolis. 

  Así pues, el 16 de julio de 1945, el USS Indianápolis zarpó de San Francisco con destino a Tinian. Tanto el capitán Charles McVay III como su tripulación ignoraban que transportaban uranio 235. Navegaron desprovistos de escolta, para no atraer la atención del enemigo. 

  Tras entregar su cargamento atómico en Tinian, los hombres del Indianápolis se sintieron liberados. A continuación, recibieron órdenes de zarpar hacia Leyte (Filipinas) para participar en unos ejercicios de cara a una eventual invasión de Japón. 

  La noche del 29 al 30 de julio de 1945, todo permanecía en calma. De repente, pasada la media noche, se produjeron una serie de explosiones. El gran navío había sido torpedeado por el submarino japonés I-58. 

  Desprovisto de escolta, era un objetivo muy suculento para el capitán Hashimoto, que no podía dejar escapar aquella presa. 

   A bordo del buque reinaba el caos, las explosiones retumbaban y el crucero sufría fuertes sacudidas. El primer torpedo alcanzó la proa y el segundo impactó en la sala de máquinas y en el depósito de municiones de la torre 2. Se desataron incendios y muchos marineros murieron devorados por las llamas. La desgracia continuó cebándose con los marineros, pues parte de la tripulación halló una muerte horrible al quedar atrapada en varios compartimentos y morir ahogada. 

  Herido de muerte, el USS Indianápolis comenzó a escorarse y se fue a pique en pocos minutos, llevándose consigo a cientos de marineros muertos. 

  Los supervivientes del hundimiento saltaron al agua. La experiencia más horrible de sus vidas acababa de comenzar. Dependiendo de las fuentes consultadas, fueron 800 o 900 los supervivientes que se zambulleron en las frías aguas del Pacífico. 



Superviviente de la tragedia con graves quemaduras
debidas a su prolongada exposición al sol


  Aquellos hombres tan solo disponían de sus chalecos salvavidas. Desgraciadamente, contaban con unos pocos botes y las lanchas salvavidas se habían ido al fondo del mar con el barco. 

  La situación de los marineros del Indianápolis se tornó espeluznante al día siguiente. Los tiburones, atraídos por los cadáveres, se cernían sobre los desdichados marinos. Ante los asustados ojos de los estadounidenses, merodeaban tiburones azules y tiburones tigre. Algunas aletas asomaban por encima del agua. Aquello bastó para sembrar el terror. 

  Primero devoraron a los muertos, pero tras dar cuenta de estos comenzaron a sentirse atraídos por el resto de los náufragos. 

  Aquellos hombres valientes estaban solos, indefensos, y lejos de cualquier buque que pudiese acudir en su ayuda. No disponían de armas con las que ahuyentar a los tiburones, sin olvidar que todas las instrucciones que les habían dado para defenderse de los escualos consistían en propinarles una fuerte patada. Aterrados, los marineros nadaron con todas sus fuerzas tratando de escapar de los tiburones. 

  El pánico se extendió mientras los tiburones daban cuenta de los marineros más desdichados. Las aguas se teñían de rojo y los hombres se aferraban a los botes, tratando de subir a bordo. Todo lo que consiguieron fue hacer volcar las embarcaciones y empeorar la situación. 

  Los tiburones continuaban devorando los cadáveres, dándose un festín. Los cuerpos sin vida colisionaban contra quienes trataban de escapar del holocausto. Era un escenario de pesadilla. Nunca en su vida se habían enfrentado a algo tan aterrador. 

   Los marineros trataron de organizarse en grupos grandes para hacer frente a los tiburones. Por el contrario, quienes quedaron aislados en el agua, terminaron siendo víctimas de los depredadores marinos. 

  Sin embargo, los tiburones no eran el único peligro de muerte que acechaba a los hombres del Indianápolis. De noche, los marineros se morían de frío, mientras que con la luz del día, languidecían bajo el implacable sol. El hambre y la sed también causaban estragos entre los supervivientes. Algunos, presa de la desesperación, bebieron agua del mar, lo que solo consiguió aumentar la deshidratación que ya padecían. 

   Las noches eran aterradoras, pues los tiburones se dirigían hacia los marineros, dispuestos a darse un festín. Para añadir mayor dramatismo a la situación, los desdichados hombres podían ver a los escualos aproximándose a través de las aguas cristalinas. De vez en cuando, los depredadores se acercaban, capturaban a su presa y la hacían desaparecer en la vastedad del océano. 

  Después de varios días flotando a su suerte en las aguas del Pacífico, los marineros fueron descubiertos por un avión el 2 de agosto de 1945. Se trataba de un hidroavión dirigido por el teniente Adrian Marks. Al no poder rescatar a la tripulación del Indianápolis, los pilotos les arrojaron un bote de goma y víveres. La dotación del hidroavión informó a la Armada del paradero de los supervivientes y un destructor acudió en su rescate. 

  Una vez más, las fuentes no se ponen de acuerdo en el número de hombres rescatados. Por dar un número redondo hablaremos de 320 marineros rescatados, entre los que se encontraba el capitán McVay, el oficial al mando del USS Indianápolis. Esto significa que más de tres cuartas partes de la tripulación había perecido en el naufragio. 


Rescate de los supervivientes de la tragedia

  Posteriormente, se decidió culpar de la tragedia al capitán McVay. Sus detractores argumentaban que no había navegado en zigzag. Durante el juicio a McVay llegó a testificar el capitán Hashimoto, quien argumentó que aunque el Indianápolis hubiese zigzagueado, él hubiese hundido el crucero igualmente. De nada sirvió el testimonio de Hashimoto en defensa de McVay. El juicio se saldó con la condena a McVay por no navegar en zigzag. 

  Injustamente castigado, sufriendo el dolor moral de las consecuencias de aquella tragedia, McVay terminó por suicidarse en 1968. Por fin, en el año 2000, el presidente Clinton exoneró a McVay de todos los cargos que pesaban sobre él y ya el 20 de agosto de 2017, fueron hallados los restos del USS Indianápolis en el Mar de las Filipinas. 

  Respecto a McVay, también el Congreso de los Estados Unidos se disculpó por el trato que había recibido y se encargó de restaurar el honor del capitán. Tras una dura batalla, los supervivientes del Indianápolis habían logrado restituir el respeto hacia la figura de McVay.


Capitan Charles McVay




PARA SABER MÁS




O EN CAOSFERA






viernes, 11 de enero de 2019

Bailaré en tu tumba (un poema dedicado a Eric Draven y Shelly Webster)






Nuestro amigo Samir karimo nos trae este poema perteneciente a su libro Sangre más allá del matadero, escrito a cuatro manos junto a su compañero Teodomiro de Moraleda. Os dejo en compañía del particular humor de nuestro amigo:


Sobre tu tumba bailaré

Con los riñones de mis amadas

A la muerte deseada quiero resucitar

Sobre tu cuerpo bailaré

Y sobre mis víctimas esta poesía escribiré

Este himno, más bien

Tus huesos chuparé

Tu sangre beberé

Y tu cuerpo entregaré

a la luna de sangre

Con tu alma perdida en este sendero

en medio de mi matadero

El último sacrificio haré

en tu cráneo esta pócima echaré

Un cuerpo nuevo crearé

A mi novia de nuevo resucitaré

Y duchándome en este cruento río de sangre

arrancaré este corazón…

Y me entregaré a la sinrazón….

Licántropo fui

vampiro soy

Ahora este demonio busca redención

Y alcanzará su cielo particular….





PARA SABER MÁS

Sangre más allá del matadero




viernes, 4 de enero de 2019

El negocio del pueblo sin Norte



Imagen sujeta a derechos de autor

Además de en otras muchas disciplinas, Badger Hannibal es maestro en el campo de la sanación espiritual mediante el espíritu animal. Debido a su amplia experiencia, es la persona más indicada para alertarnos de la corriente de brujos-payasos que pone en peligro no sólo la salud de quienes confían en ellos, sino la integridad de las personas sinceras que nacen con un verdadero don.



  Existió un pueblo nómada que perdió el rumbo. Había corrido tanto mundo que acabó por olvidar sus orígenes. No podía volver al que fuera su punto de partida, el lugar donde se constituyó como clan. Perdió la sabiduría de sus ancestros, sus reliquias, sus recuerdos y abandonó sus tradiciones en el camino porque le resultaban demasiado pesadas. 



  Las gentes trasladaron sus hogares a un cómodo valle donde no les faltaba de nada: agua dulce y limpia, comida abundante, fuego para calentarse en las frías noches...y seres humanos a los que narrar viejas historias. Todo lo que un hombre necesita para vivir. Sin embargo, el agua no tenía buen sabor, la comida no saciaba y el fuego no calentaba. Los seres humanos se sentían solos a pesar de ser multitud, y las historias no corrían de boca en boca, pues eran fácilmente olvidadas. 



  Se sentaban todos juntos con la mirada perdida, y suspiraban por el pasado que habían olvidado. Extrañaban las antiguas narraciones entrecortadas de los ancianos balbuceantes. 

  Entonces, uno de ellos tuvo la idea de tocarse la cabeza con plumas, pintarse la cara e interpretar esas historias urdidas por la memoria fallida e imperfecta de los ancianos. Y así se creó una nueva "religión" llena de mitos y fantasía. 

  Todo fue alegría, la gente abrazó al brujo-payaso y se sintió feliz, pues en sus mentiras había encontrado algo con lo que llenar su vida vacía.





  Esto que acabáis de leer, es sólo un cuento corto que se me ocurrió, pero su base es real... La idea viene de la propia foto que acompaña esta entrada: un tipejo vestido de indio en Stonehenge, dándoselas de chamán Lakota (¿por qué siempre tienen que ser Lakota? Algún día estudiaré la atracción que ejerce este noble pueblo en el círculo de ciertos bocazas aprovechados). 

  Llevo muchos años dedicado al misterio, a las terapias y al esoterismo. Cada vez me doy más cuenta de lo perdidos que estamos. Sí, hemos perdido el norte. El mundo moderno en el que vivimos, con sus adelantos y comodidades, ha borrado el recuerdo del pasado. Nuestro tiempo es campo abonado para brujos-payasos como el del cuento, con sus absurdos remedios, rituales y pensamientos pseudo-religiosos. Todo el mundo es capaz de hablar del karma sin saber realmente qué es, o de repartir "abrazos de luz" en un intento por mostrar su pensamiento estúpido-buenista new age. 

 Y ahí están ellos, los listillos, los aprovechados, esos a los que no les importa lucrarse a costa de la vida de una persona desesperada. Falsos gurús con oscuras intenciones, sacerdotes y guías espirituales que sólo creen en el oro y el interés. Ciertamente, estamos rodeados de brujos-payasos que se convierten en chamanes por el simple hecho de tocarse con plumas; brujas de chichinabo con escobas, druidas y druidesas con una bata-manta e iluminados buscando las entrepiernas de sus acólitos... Gente que miente para lucrarse o gente que, sin ningún conocimiento, mueve lo que no debería en busca de una forma fácil de sobrevivir. Las tradiciones mágicas y las creencias se han comercializado. Todo es maravilloso (entiéndase la ironía). Un chamán o un sacerdote de vete tú a saber qué creencias acecha tras cada esquina, abuelas sabias y maestros que practican mil terapias chinas, reikistas obsesionados en el chakra raiz y abusadores sexuales con túnica.

  Y es a NOSOTROS a quienes nos corresponde distinguir, aprender y lograr que todos esos «brujillos» no destruyan el buen nombre y el trabajo de gente auténtica y sacrificada que malvive día tras día porque las creencias ancestrales y la magia son su verdadera naturaleza.

  Siempre adelante con la mente abierta y receptiva, pero crítica.


viernes, 28 de diciembre de 2018

Entrevista a Ignacio López Vacas





Ignacio López Vacas es co-director de la sala especializada de cine Artistic Metropol en Madrid, además de redactor en el magazine Scifyworld y escritor del libro Manual de supervivencia para cinéfagos junto a Timi Abad. Hoy le tenemos aquí para que nos hable, cómo no, de su gran pasión: el cine. Tampoco hemos desaprovechado la ocasión de preguntarle por sus próximos proyectos no sólo como escritor, sino como director y guionista. Sin más, os dejamos con Ignacio:






1. ¿Recuerdas con qué edad viste tu primera película? 

Puf, imposible. Supongo que mucho antes de entender lo que estaba viendo y de saber la influencia que aquello iba a tener en mí, tanto a nivel personal como profesional. 



2. ¿De qué forma comenzaste a ver el cine con una perspectiva profesional? 

De eso sí puedo dar más datos. Yo calculo que incluso antes de entrar a la E.S.O. Con diez u once años, ya alquilaba películas o las grababa de la televisión (de Calle 13 y Alucine sobre todo) y las rayaba por que veía la película dos o tres veces. También repetía algunas secuencias innumerables veces hasta comprender cómo estaba filmada. Luego investigaba las músicas, estudiaba la filmografía del director e intentaba repetir operación sin dejarme ningún género o estilo en el tintero. Todo esto, aunque parezca muy catedrático, lo hacía con cualquier película, desde Casino de Scorsese hasta Mandíbulas



3. ¿En qué género cinematográfico dirías que se aprecia mejor la evolución experimentada por la industria del cine? 

Sé que todo el mundo, sobre todos los que más me conocen, esperan que vaya a mentar el terror, pero no. Para mí, el género que más ha reflejado esa evolución ha sido sin duda el Western. Ha ido mutando dependiendo de las situaciones sociopolíticas y económicas, sobre todo en USA, pero también en el resto del mundo. Para muchos, un género ya extinto. Para mí, camuflado y en constante evolución. Es por eso que ha conseguido desarrollarse tanto que se ha adherido a los géneros bélico, thriller, policíaco, terror, comedia y un largo etcétera. Gran parte de las películas de casi todos los géneros se alimentan de las características básicas del Western



4. Y calidades a parte, ¿qué género prefieres? 

Aquí sí que no hay duda: terror, en cualquiera de sus vertientes.



5. ¿Cuál dirías que es el director de cine más prolífico de la historia? 

Prolífico entendido como un cineasta que haya realizado todo tipo de obras, moviéndose por todos los géneros con soltura y con un gran nivel técnico/artístico, sin duda Martin Scorsese. Ahora, entendiendo prolífico como su definición en la RAE “con facilidad para producir abundantemente” sin duda el orgullo patrio Jesús Franco.



6. Te lo pondré ahora un poco difícil: ¿qué película calificarías como “perfecta” e “inmortal”? 

Inmortales hay varias: El Exorcista, Pulp Fiction… Películas que no envejecen y que se podrían haber rodado en cualquier momento. Ahora, como perfecta, no me es nada difícil responder: Tiburón.



7. Como asesor fílmico de la sala Artistic Metropol, organizas cada año una muestra de cine extremo, ¿cómo surgió esta iniciativa? 

Mi compañero Ángel Mora y yo estuvimos tiempo dándole a la cabeza para engendrar algo que durara varios días y que atrajera al público de Madrid. La capital es un hervidero continuo de propuestas culturales, pero dimos con la tecla finalmente simplemente con algo con lo que nos sentíamos a gusto y teníamos un mínimo de conocimientos; una muestra (que más tarde mutaría a festival) sobre cine maldito, censurado y polémico. Lo morboso vende y no pudimos tener mejor recepción tanto por parte de la prensa como de la audiencia, muestra de ello son las seis ediciones que ya llevamos programando. ¡A por la séptima!



8. ¿Alguna vez, preparando una de tus selecciones, te has topado con algún film tan perturbador como para dejarte huella? 

Huy, bastantes veces. La gente piensa que no tengo mi corazoncito y que mi umbral de aguante es infinito, pero no. Obviamente tengo callos en las retinas, pero hay cosas que me han trastocado. Cintas como Slaughtered Vomit Dolls necesité dos o tres asaltos para terminarla. No soy muy amigo de los vómitos (jejeje). Y peor aún fue el clásico La Gran Comilona, un film valiente pero que me pone mal cuerpo sólo escuchar hablar de él. 



9. Parafraseando a John Waters, ya que hablando de cine extremo y transgresor nos viene a pelo, supongo que estarás de acuerdo con esta frase suya: «Necesitamos que los libros vuelvan a molar. Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles». ¿Cuánto tiempo llevas escribiendo para la revista digital Scifiworld y qué es de lo que más te gusta hablar? 

Estoy y estaré siempre de acuerdo con todo lo que diga John Waters, al que además tuve la inmensa suerte de conocer. Y más aún con esta frase (jajaja).

  Hace ya cuatro añazos que escribo en Scifiworld reseñando sobre todo los estrenos de cartelera, pero también libros, incluyendo noticias o escribiendo relatos. Lo que más me gusta es tener mi propia columna de opinión y escribir de lo que quiera, siempre dentro del marco del cine fantástico, pero también complementándolo leer las opiniones y reacciones de los lectores.



10. En el año 2014, por obra y gracia de Applehead Team creaciones, vio la luz Manual de supervivencia para cinéfagos, una guía de cine que coescribiste junto a Timi Abad. Cuéntanos qué es lo que podemos encontrar entre sus páginas. 

Básicamente, las películas favoritas de dos adolescentes adictos a la violencia audiovisual. (JAJAJA) No, ya en serio, el libro comenzamos a escribirlo siendo prácticamente unos teenagers tardíos de universidad y lo concluimos años después. En resumen son una serie de listas debidamente explicadas con varios tops de películas con las que consideramos las mejores dentro de un subgénero. Estos pueden ser más generalistas como “zombis”, “hombres lobo”, “vampiros” o marginales del tipo “plantas asesinas”, “coches satánicos". Mi claro favorito es “electrodomésticos homicidas”. Además el manuscrito lo adorna un buen número de fotogramas y portadas de las películas de las que hablamos así como un surtido de viñetas que llevan la firma de la gran Elena Peñuelas. Tuvimos la gran suerte de ser seleccionados por el Festival de Sitges y presentarlo allí fue una auténtica gozada. 



11. Has trabajado también como coguionista de Knox, un proyecto de cómic y película inspirado en una historia de Paul Naschy que fue presentado en el último festival de Sitges. Háblanos sobre tu contribución a este proyecto. 

Víctor Matellano me propuso formar parte de este apasionante proyecto. La idea era escribir un guión que entremezclase elementos slasher con elementos sobrenaturales de cuento de terror gótico inspirándonos, como bien has dicho, en una historia del gran Paul Naschy y nos pusimos manos a la obra. Me pareció súper interesante desde el primer momento y una vez lo teníamos escrito Sitges nos lo seleccionó par presentarlo oficialmente. En breve habrá nuevas noticias.



12. Precisamente, y hablando de un festival exclusivo de cine fantástico como es Sitges, me gustaría preguntarte si crees que el cine de género está lo suficientemente consolidado en este país o si todavía tenemos que aprender de las iniciativas culturales de otros países. 

Está consolidado a nivel de realización, es decir, cuando un director quiere hacer algo de género sabe exactamente para dónde y cómo tiene que tirar. Lo que no está consolidado es la respuesta del público que salvo casos aislados como el de Álex de la Iglesia no entra por el aro o le cuesta en exceso. En ese sentido sí que se debe aprender más de ciertas corrientes como la nouvelle horreur vague a comienzos de siglo en Francia o similares.



13. Ya por último, dime cuáles son tus proyectos, tanto literarios como cinematográficos, más inminentes. 

Pues actualmente el ya mentado Knox, tanto la película como el cómic, donde también me encargaré de guionizar uno de los volúmenes. Además, estoy terminando, junto con Alberto Fernández Peláez, un libro que verá la luz muy pronto y que puede resultar de gran interés a los nostálgicos del cine doméstico… no doy más datos. 

  Por otro lado, a inicios de este año tengo un cortometraje (guión que escribí hace ya un tiempo) que puede que sea filmado si todo va bien, conmigo como director. Y a parte, en tres meses verá la luz la nueva muestra SyFy, con la cual también estoy colaborando como programador.




viernes, 21 de diciembre de 2018

Todo queda en familia





Caosfera recibe hoy al escritor y guionista salmantino Alberto Bellido García, que nos habla de Todo queda en familia, su último lanzamiento junto al ilustrador Ibán Labestia. Podéis encontrar más información sobre la trayectoria de Alberto en su espacio web oficial. Os dejamos con sus palabras: 



La historia en la que está basada esta novela gráfica que tengo la satisfacción y el orgullo de presentaros hunde sus raíces en un relato corto que escribí hace unos años. Más tarde, decidí adaptarlo a guión para un cortometraje —pues también soy guionista, e incluso me identifico más con este calificativo que con el de escritor— en el que la protagonista, una mujer joven, es acosada por un personaje anónimo que la llama por teléfono. Resultan obvias las influencias de películas como Scream, así como de otras obras cinematográficas del corte. 

  Esta historia, titulada Todo queda en familia, tiene una sinopsis y trayectoria cuanto menos curiosas: 

  El título como tal fue utilizado también para una novela corta que escribí para un concurso y en la que conservé como hilo conductor a la misma protagonista del relato. 

  La obra llegó acompañada de algún que otro relato más de mi cosecha. El vuelco que experimentó la sinopsis original llegó gracias a la influencia de un programa que para mí es toda una rara avis de la televisión española: Cuarto Milenio. Si hubo algo determinante en la construcción de la obra fueron los reportajes de este espacio dirigido por alguien tan especial como el periodista especializado Iker Jiménez. El protagonismo recae sobre Claudia Vázquez, considerada la primera médium y parapsicóloga de España. A través de sus ojos, podremos visitar los lugares más misteriosos y enigmáticos del país. Un ejemplo de ello son los pueblos destruidos y abandonados de Ochate y Belchite. 

  Así pues, la obra que os presento es un apasionante y adictivo mix de terror y aventuras con la particularidad de que sus páginas, dibujadas en blanco y negro por un ilustrador diferente como es Iban Labestia del pantano, nos muestran un país muy distinto al que conocemos. 

  Precisamente son su singularidad y estética vintage las que la distinguen de otras muchas novelas gráficas que se publican hoy día. Os invito encarecidamente a ser partícipes de las aventuras de Claudia, a sumergiros en sus misteriosas páginas. Estoy seguro de que la intriga se apoderará de vosotros, hasta llevaros a un final que os dejará con la boca abierta. Esperaréis con ganas las próximas entregas. Pero si queréis que esta historia se convierta en una saga, os necesitamos. 

 Podéis adquirirla en Amazon, a un precio asequible, de menos de nueve euros, en formato digital:






Muchas gracias a todos por vuestra confianza

viernes, 14 de diciembre de 2018

M.F.A









Título original: MFA 

Director: Natalia Leite 

Nacionalidad: EE.UU 

Intérpretes: Francesca Eastwood, Clifton Collins Jr., Leah McKendrick 

Año de producción: 2017



Recientemente tuve la oportunidad de ver un documental que me dejó absolutamente boquiabierto. Su título es Audrey and Daisey, y lo encontraréis disponible en Netflix. Saco esto a colación porque tiene mucho que ver con M.F.A. y porque considero importante matizar que hay situaciones que pueden ir mucho más allá que la ficción. Resulta increíble que a la víctima de una violación se la culpe de la misma o que, según bajo qué circunstancias, determinados hechos no sean punibles. Pero esto es así tanto en España como en EE.UU. Películas como M.F.A no son para nada inverosímiles respecto a lo que cabría esperar de las legislaciones vigentes en varios países, entre ellos el nuestro. 





  Creo que M.F.A es un film con mucho poder, porque es un rape and revenge que cuenta historias que a día de hoy podrían ser perfectamente noticia. La película comienza cuando una joven estudiante de arte llamada Noelle, interpretada por Francesca Eastwood, acude a una fiesta donde bebe alcohol, coquetea con un compañero de clase y es finalmente violada por el susodicho. Entonces entra en estado de shock, no logra recordar si se negó a mantener relaciones, al igual que tampoco sabe cuánto bebió ni cómo acabó en la cama del agresor. Cuando la chica cuenta su experiencia, la machacan a preguntas bajo unas condiciones denigrantes y que claramente no son las idóneas. A raíz de esto es cuando en el interior de Noelle comienzan a gestarse unas terribles ansias de venganza. Vamos, que no es nada que no hayamos visto antes, ni tampoco es una gran película, pero sí voy a recalcar algo muy importante y es la acertada forma en la que está retratada la violación; sobre todo la situación en la que se dan los hechos, de forma muy acorde con los tiempos actuales. La transformación de Noelle en una asesina en serie, similar a la mostrada en el film Ángel de la venganza, es disfrutable. Sin necesidad de grandes alardes ni apenas una gota de sangre, propone una variedad de situaciones y muertes lo suficientemente buenas para que el visionado merezca la pena. El único contratiempo reseñable, y que por desgracia se está convirtiendo en algo común, es la maldita obsesión que tienen los guionistas americanos de introducir una estúpida investigación policial en sus películas. Incluso cuando la cinta devalúa y empieza a jugar con ciertos factores interesantes, estas “fantásticas” investigaciones —maravillosamente rodadas, entiéndase la ironía— matan cualquier tipo de tensión o interés sobre la trama. Preguntas como si la protagonista será descubierta y encarcelada o, por el contrario, se saldrá con la suya, pierden totalmente interés por obra y gracia de esa manía de bombardear al espectador con interrogatorios, o cada nueva pista encontrada por el insípido inspector de policía, fatalmente interpretado por Clifton Collins Jr. Lógicamente, cuando lleguéis a cierto punto de la película os darán ganas de quitarla porque deduciréis a la perfección cómo terminará.





  A nivel argumental hay poco más que añadir. Lástima que una película que prometía ser mucho más realista —incluso capaz rememorar testimonios tan desgarradores como los de las adolescentes Audrey o Daisy— se transforme en la minucia de un telefilme noventero. Hasta qué punto es recomendable o si es mejor prescindir de su visionado lo dejo a vuestro criterio. Personalmente, en esta ocasión me posiciono a favor. Insisto en su potencial y en las buenas formas de Eastwood para crear un personaje que se respira real. 




A favor:

-Francesca Eastwood 
-Su rollo noventero, nostálgico y entrañable. 
-Su primera hora llena de acción y de locos discursos… no tan disparatados como parecen. Interesante trabajo de Leah McKendrick como guionista y actriz. 
-Es como la secuela de American Psycho, ese telefilm insoportable pero bien escrito. 



En contra: 

-Los últimos minutos son absurdos y aburridos, principalmente porque la película debía haber acabado veinte minutos antes. 
-La investigación policial es insufrible y los diálogos entre poli y criminal parecen sacados de un episodio de C.S.I. Horrible. 





6/10

Fdo: Redrum





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viernes, 7 de diciembre de 2018

Wisconsin forever







Badger Hannibal estudió historia antigua en la Universidad de Barcelona y es experto en esoterismo. Su trayectoria como investigador de lo oculto le ha granjeado notables colaboraciones en medios relacionados con el medio, como el programa Informe Enigma. Hoy, comparte con nosotros una divertida crónica de su visita a la tumba del asesino serial más famoso del siglo XX: Ed Gein.

Imaginaos una pareja de frikis que no han podido celebrar su viaje de novios y que de repente se encuentran con el dinero para celebrarlo... ¿A dónde irían un apasionado de la crónica negra y una canadiense? ¿Cuál es el lugar más bizarro del mundo? Está claro: Wisconsin. 

  ¿Qué tiene Wisconsin de especial?... 

  Es el estado más encantado de Estados Unidos, la capital de los sombreros de queso, el tejón y el garrulerismo extremo y, sobre todo, morada de célebres asesinos caníbales. 

  ¿Por qué todo esto? Tiene cierta lógica: mi esposa, Margot, que es antropóloga, y yo mismo, licenciado en historia y apasionado de la crónica negra, fascinado por la figura de los asesinos en serie y sobre todo por la historia de Ed Gein, no podíamos encontrar un destino más perfecto que éste. 

  Recuerdo con cariño cuando le conté a mi hijo de tres años, Fernando —un tipo realmente brillante para su edad—, el porqué de este viaje. La conversación fue algo muy parecido a esto: 

  —Fernando, el papá se va de viaje a Wisconsin. 

  —¿A qué? 

  —A visitar el sitio donde vivía el tio Eddie... (siempre he llamado tío Eddie a Ed Gein, básicamente porque mis continuados estudios sobre el personaje le convirtieron en alguien familiar). 

  —¿Quién es? 

  No sabía qué decirle y, finalmente, tras pensármelo un instante —¿que vas a contarle a un niño de tres años?— le respondí: 

  —Un señor que comía señoras... 

  —No... 

  —Sí... 

  Siempre recordaré su respuesta, la respuesta de un niño inocente pero inteligente al mismo tiempo y con una lógica aplastante: 

  —Pues yo como pollo... 

  La preparación del viaje no es necesaria contarla, basta con decir que tomamos un avión de Barcelona a New york —donde en el aeropuerto JFK, mientras esperábamos el cambio de vuelo y comíamos algo en un Mac Donalds roñoso, a Margot le robaron el carnet de conducir—, de New York a Atlanta y de Atlanta a Milwaukee, donde descubrimos que Wisconsin era uno de los lugares más acogedores que habíamos conocido... Gente simple y franca, buena cerveza y comida abundante. 

  La inesperada pérdida del carnet de conducir nos privaba de la movilidad necesaria para los planes que teníamos en mente, de modo que durante varios días nos dedicamos a conocer la ciudad de Milwaukee, incluido el lugar donde había estado situado el apartamento de Jeffrey Dahmer, actualmente un aparcamiento donde grabé un vídeo depositando un caganer —un cagón dirían los no catalanes—, y lugar del que tuve que salir corriendo, pues el vigilante del parking, al verme grabando un vídeo allí, apareció a la carrera mientras llamaba a la policía. 


Imagen sujeta a derechos de autor. Jeffrey Dahmer

  Nuestras correrías por Milwaukee nos hicieron entablar amistad con un taxista de origen marroquí de la compañía Yellow Cab, cuyo hermano vivía en Alicante. Los dados estaban echados... Cada día le llamábamos para que nos moviera por la ciudad, ya fuera para llevarnos al Safe House, un increíble pub ambientado en el mundo del espionaje, o al museo público de la ciudad para ver la sirena de Fiji del circo de P.T. Barnum. En una de estas le pregunte si podría desplazarnos a varios lugares fuera de Milwaukee, concretamente a Bray Road en Elkhorn —el sitio donde se han contabilizado más avistamientos del licántropo conocido como la bestia de Btay Road— y, por supuesto, Plainfield. Es aquí donde planeamos visitar la granja y la tumba de Edward Theodore Gein. ¿Cuánto nos cobraría? No hubo problema: lo hizo en su día libre a cambio de la comida y 125 dólares. En aquel momento el dólar se encontraba muy bajo en respecto al euro... Así que realmente era un chollo perfecto. 

  Aquel domingo nos levantamos y desayunamos pronto, nos esperaba un viaje de más de 200 kilómetros hacia el norte hasta Plainfield, en el condado de Wausara, cruzando un buen trecho del estado de Wisconsin, bien. 

  Revisé los mapas; primero visitaríamos el cementerio local, donde descansan los restos de la familia Gein: George, el padre, Augusta, la madre y en parte responsable de los crímenes del archiconocido asesino, Henry, el hermano mayor y supuestamente una de sus víctimas, y, naturalmente, Edward Theodore Gein , más conocido como Ed Gein, quizás el criminal más influyente en la cultura popular del siglo XX. 


Ed Gein bajo detención

  En aquel momento me fije en la fecha... ¿De qué me sonaba? ¡Mierda, era el aniversario de la detención de Ed Gein! Plainfield es un pueblo pequeño y seguramente la policía estaría pendiente de los frikazos que en aquel día pensaban visitar la tumba de aquel personaje... Cambio de planes, visitaríamos primero la granja y luego la tumba. 

  Tomamos la autopista esquivando los cadáveres maltrechos de venados atropellados mientras saciaba la curiosidad del conductor sobre el lugar al que nos dirigíamos. Éste me miraba con cara de no comprender nada de todo aquello que le contaba, pero dinero manda. 

  A poca distancia de llegar a las afueras de Plainfield, deteniéndonos a medio camino en un área de servicio para comprar algunas bebidas, incluida una cerveza Miller que consumí en el asiento de atrás ante los ojos de espanto del taxista. 

  —¿Que ocurre? 

  —No se puede consumir alcohol en un coche. 

  —Pero si no conduzco... 

  —Es igual sino conduces, no se puede beber en un coche. 

  En fin, pensé, los yanquis y sus leyes absurdas, como la que prohíbe cruzar la frontera del estado con un pato en la cabeza (juro que es autentica.), así que apure la cerveza de un largo trago y deposite la lata en la bolsa de papel que nos habían dado en el área de servicio. 

  Pronto llegamos a un camino sombrío y enmarcado por poderosos arboles, en uno de los cruces podíamos ver la entrada de la granja cortada por una cadena con la leyenda colgando de: Propiedad del Estado, prohibido el paso. 

  Le pregunté al taxista si quería acompañarnos, pero se negó, diciendo que prefería esperarnos en el coche. Se me ocurrió aconsejarle, con mi humor habitual, y porque no decirlo, curioso, que si se le acercaba un tipo con gorra a cuadros y una motosierra, saliera corriendo... Los ojos con que me miró el hombre fueron realmente todo un poema. 

  Arranqué a correr dejando a mi mujer atrás, saltando la cadena a la carrera y no deteniéndome hasta encontrar los restos de lo que un día fue la casa de los horrores del Goul de Plainfield, actualmente solo un montón de madera amontonado de cualquier manera en una hermosa extensión de prado bordeada de arboles. 

  Me arrodillé y besé el suelo. Al levantar la cabeza, pude observar como mi mujer se acercaba cámara en mano, seguida por el taxista, que había decidido que era mejor acompañar a aquella pareja de locos que quedarse solo en el solitario camino a la espera de algún asesino en serie... 

  Después de eso, nos dirigimos al pueblo de Plainfield, y tras cruzar la interestatal, encontramos el cementerio de Plainfield, un lugar que me sorprendió, ya que me había hecho a la idea que se trataría de un camposanto oscuro y siniestro... Pero nada más lejos de la realidad, nos recibía un cementerio muy bien cuidado y acogedor, con un césped espectacular. No nos costó encontrar la tumba de Ed Gein. Estaba situada casi en frente del acceso. Bajamos del taxi —esta vez el conductor no nos siguió y recorrimos el corto trecho hasta un conjunto de cuatro tumbas, una de ellas sin lápida hacía poco tiempo un tipo de Seattle había robado la lapida de la tumba de Ed Gein para venderla a trozos por internet, aunque la policía la había recuperado, y por lo que había averiguado, en aquel momento se hallaba en la oficina del Sheriff de Plainfield. La primera de ellas pertenecía a George Gein, el padre de nuestro protagonista, la segunda al mismo Ed, y las siguientes a Augusta y su hermano Henry. 

  Siguiendo mis intenciones, intercambié una piedra de la tumba sin nombre por un caganer sí, un caganer ¿Qué pasa?

  El ruido de un motor me sacó de mis pensamientos, un 4X4 del departamento del Sheriff venia hacia a mi por entre las tumbas. Un agente descendió y vino hacia mí con la chulería típica de los policías yanquis que solemos habitualmente ver en las películas americanas mientras me preguntaba a gritos la razón de estar nosotros allí. 


Antigua lápida de Ed Gein. Imagen sujeta a
derechos de autor

  Entre mi mujer y yo conseguimos que entendiera que estábamos para escribir un artículo sobre Ed Gein y que no queríamos molestar ni cometer ningún desaguisado ¡Menos mal que no vio el caganer!. Finalmente atendió a nuestras razones y se marchó, eso sí, no sin antes advertirnos de que no estuviéramos mucho rato y que fuéramos respetuosos. 

  Mientras mi mujer y yo comentábamos entre nosotros la chocante aparición del agente del sheriff, dos hombres se acercaron, saludándonos. Se trataba de un padre y su hijo provenientes de Texas y que, como nosotros, venían a visitar la tumba de Ed Gein. Entablamos conversación y ello derivo en una competición a ver quien sabia más sobre asesinos como no

  La charla terminó con ellos narrándome la historia que Truman Capote reflejo en su famoso libro «A Sangre Fría», yo contándoles sobre el «Arropiero», asesino spanish por experiencia y, supuestamente, con cuarenta y ocho muertes sobre sus espaldas. Los tejanos me miraban con una cara extraña... ¿Podía ser posible que un país tercermundista como España tuviera asesinos como los de USA? Su mirada era de entre incredulidad y rabia, aquello les estaba enfadando y molestando Orgullo patrio, y yo realmente me estaba divirtiendo con ello. 

 De vuelta a Milwaukee cruzamos por la Main Street de Planfield, para descubrir que la tienda donde Ed Gein había asesinado a Bernice Worden aun existía. Se alzaba ante nosotros como un edificio rectangular de una sola planta con un letrero con la leyenda: Worden´s. 

  Naturalmente, tenía que hacer una foto de aquello sí o sí. Bajé del taxi, crucé la carretera y realicé una serie de fotos. Un grito llegó a mis oídos: un anciano venía a toda la velocidad que le permitían sus piernas... ¿Sería quizá el hijo de Bernice? 

  Decidí no quedarme a comprobarlo, montamos en el taxi amarillo y nos marchamos de allí. Se notaba que, aún tras cincuenta años, aquellos hechos seguían escociendo en el pequeño pueblo. 

  El Viaje terminó, como todos. Mi mujer por desgracia fue víctima de aquella enfermedad que empieza con una C mayúscula, pero aquellos recuerdos no se borrarán nunca, y menos cuando veo una camiseta, una de mis joyas, donde se puede leer: 


Wisconsin, home of the cannibal killers and happy days.