viernes, 17 de agosto de 2018

Marian Dora, la melancolía de lo extremo



Si la semana pasada os hablábamos de la VI muestra de cine extremo celebrada en sala Artistic Metropol de Madrid, esta semana os traemos un plato fuerte que llega de la mano del autor Jose Ángel Conde (Josef A.). Se trata de nada más y nada menos que la trayectoria del enigmático Marian Dora, director de culto que ha firmado algunas de las obras más subversivas de la historia del cine, entre ellas la brutal Melancholie der engel





El cine «
perturbador» 
   Cada cierto tiempo el cine nos brinda una de esas películas que consigue ganarse los calificativos de «polémica» o «perturbadora» merced a manejar presupuestos expresivos y temáticos que trasgreden o remueven los tabúes morales imperantes. Sobre todo en lo tocante a la presentación del sexo y/o la violencia, unas veces con intenciones netamente artísticas, otras con mero afán de provocación comercial. A esta estirpe de celuloide «extremo» o «enfermo» pertenecen artistas que en su mayoría se mueven en los terrenos periféricos del cine underground y de la serie B más marginal, auténticos outsiders que ruedan sin escrúpulos lo que otros cineastas no se atreverían por miedo a ver su prestigio amenazado, ya que el carácter de estos films hace que en muchos casos se lleguen a enfrentar con problemas legales cuando no con el ostracismo profesional. Aunque siempre hay, por supuesto, excepciones, como es el caso de Pier Paolo Pasolini, precisamente uno de los encargados de dar cierto renombre a esta tendencia con su fusión de política y escatología, adaptando al mismísimo Marqués de Sade, en Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975). Pasolini sublimó en su última película lo que ya se estaba cociendo en la década de los 70 en los circuitos alternativos, como el auge del porno y el aumento de la violencia en el cine de explotación, aprovechando una creciente permisividad de la censura. Con la evolución de los tiempos se fueron sucediendo títulos que pusieron a prueba de forma visual ese supuesto progreso moral, buscando siempre los límites: la zoofilia en Wedding through (The pig fucking-Vase de noces; Thierry Zéno, 1974), el canibalismo y el racismo en Holocausto caníbal (Cannibal Holocaust; RuggeroDeodato, 1980), las películas snuff en la saga japonesa Guinea Pig durante los 80, la necrofilia en Nekromantik (Jörg Buttgereit, 1987) y Aftermath (Nacho Cerdá, 1994), o la tortura en Philosophy of a knife (Andrey Iskanov, 2008). En los últimos diez años esta lista ha aumentado de forma considerable debido a la democratización de costes que suponen los nuevos formatos de rodaje y medios de distribución digitales, pero si existe una película emblemática para los aficionados que destaque por su dureza y tortuoso visionado esa es, sin duda, La melancolía del ángel (Melancholie der Engel, 2009), que serviría para dar a conocer a un cineasta casi marginal e iconoclasta nato: Marian Dora.





«Mondo» alemán


  Marian Dora es el pseudónimo del que se ha constituido como uno de los directores más interesantes y originales del siempre anquilosado y desamparado cine independiente alemán, en un país en el que, en contra de lo que se pudiera pensar, este tipo de artistas no terminan de ser profetas en su tierra, ya que existe bastante puritanismo con respecto al tema de la violencia, censura mediante incluso. Precisamente por razones legales es por lo que ha elegido ocultar su identidad, ya que su material es tan fuerte y real que resulta susceptible de denuncias. También por una razón de seguridad personal, para evitar amenazas o acosos más que previsibles. Marian Dora es sólo uno de sus principales pseudónimos, pues posee varios en función del apartado creativo al que se dedique (dirección, guion, cámara, producción, montaje, música, decoración, efectos especiales, maquillaje, interpretación), por lo que también se le puede encontrar en muchos créditos con nombres como Marian Dora Bolutino, Marian Dora Botulino, Marian D. Bolutino, M.D. Botulino, Marian D. Botulino, Art Doran, M.D. Bolutino, A. Doran o Marian Dallamano. Y es que nos encontramos ante un creador todoterreno y autosuficiente que se encarga él mismo de cubrir el grueso de las ramas necesarias para la producción, la cual suele llevar a cabo con presupuestos ínfimos y equipo mínimo, rodando con pequeñas cámaras digitales, sin sonido directo ni iluminación artificial, y con escasos actores en un número muy reducido de localizaciones, sobre todo exteriores, por los que confiesa una especial predilección. Para él no existe excusa para rodar y así es como sus métodos de producción se convierten en toda una escuela para cineastas independientes e incluso amateurs. 

  Debido a su voluntario anonimato se tienen pocos datos sobre su biografía y la mayoría se extraen de las escasas entrevistas que ha concedido, apareciendo siempre con el pixelado de rigor en su rostro en las audiovisuales. Parece ser que se inició en la década de los 90 dirigiendo numerosos cortometrajes como miembro de un colectivo anónimo de realizadores alemanes underground. Son piezas de orientación necrófila en las que se recoge de forma gráfica el tema de la muerte, incluyendo imágenes reales de osarios, intervenciones quirúrgicas o autopsias en una suerte de video-arte macabro de difícil digestión. La más destacable quizá sea Christian B., que combina melancólicas escenas de ficción con intérpretes, sexo incluido, y material de archivo de operaciones y manipulación de cadáveres, consiguiendo un resultado de lo más expresivo con el que ya se pueden establecer claras marcas de lo que será su estilo. 



Impresionante fotograma de Christian B.


  Como él mismo declara, aparte de las influencias literarias de Sade, Goethe o Georg Büchner, Marian Dora se siente deudor del cine italiano de los 70 y en especial de Gualtiero Jacopetti, uno de los artífices de la serie de películas Mondo Cane (Este perro mundo), producidas en los años 60, que establecerían el subgénero conocido como “mondo”. El término “mondo” englobaría a un tipo de cine de carácter pseudodocumental que buscaba el impacto mediante la fusión de violentas y/o escatológicas escenas verídicas con otras más bien manipuladas en un afán de conseguir una falsa sensación de realidad que generara una atracción morbosa en el espectador. La calidad estilística era más bien inexistente, ya que lo prioritario era la consecución de la truculencia con los mínimos medios posibles para asegurarse un rápido éxito comercial. Pese a la pobreza estética de estas películas es indudable la deuda visual y temática que han dejado en muchos realizadores, sobre todo en los campos del horror y el cine independiente, así como en determinados subgéneros, sin ir más lejos el mockumentary y el género de “metraje encontrado” (cuya película seminal sería la ya mencionada Holocausto caníbal), además de plantear de manera directa el siempre interesante debate sobre los límites del verismo en la imagen. 


Mítica escena de Holocausto caníbal.


  En el caso de Marian Dora, la dialéctica entre lo real y lo simulado constituye precisamente la auténtica columna vertebral de su cine. El propio artista alardea del carácter documental de sus rodajes y de que la mayoría de las situaciones que su cámara recoge no están en absoluto falseadas. Aunque esto no deje de ser una clara estrategia de autopromoción, sí que es cierto que su forma de filmar se presta a una enorme ambigüedad en cuanto a qué parte de lo que estamos viendo es cierta o no, puesto que la puesta en escena muchas veces presenta las imágenes más crudas de forma simultánea con la interpretación ficcional (o no) de los actores, sin que se lleguen a apreciar rastros de posibles efectos especiales. Esto se potencia también con el recurso al montaje interno y al uso de planos detalle extremos, por no hablar de la sensación de desasosiego que genera una textura visual por lo general vaporosa y oscura que fuerza la sensibilidad de las cámaras digitales, generando así una suciedad fotográfica general muy alejada de la ficcionalidad o de lo que se ha codificado tradicionalmente como tal. Técnicas todas ellas que buscan lograr la intención última del “mondo”, como es el establecimiento de un juego con el espectador mediante el que se le quiere convencer de que está asistiendo a una representación no figurada. Y por supuesto Dora se recrea también en buscar y mostrar lo truculento, lo repulsivo y desasosegante en una gran variedad de manifestaciones, que van desde el sexo explícito, hasta parafilias como la coprofilia, pasando por las mutilaciones reales de animales, la escatología de fluidos corporales, la violencia física y psicológica y, por supuesto, la sangre y las vísceras. Para muchos todo este cóctel escabroso no es más que sensacionalismo con el que provocar de forma gratuita el escándalo y los resultados comerciales pero, como veremos más adelante, en el cine de Dora todo esto obedece a unas intenciones expresivas que no son tan claras a primera vista, pero que dejan un poso en la conciencia del que se acerca a ellas con una mentalidad abierta y un estómago muy preparado. En una entrevista para la revista web Severed Cinema, Dora expresó con bastante claridad por qué mostraba situaciones así: 


«Normalmente hay tres razones por las que uso escenas como las que mencionas en tu pregunta. La primera razón es que esas escenas ayudan a clarificar la caracterización de los protagonistas. Personalmente, no creo que esta sea una buena justificación para el uso de la realidad. La segunda, más importante razón es crear la atmósfera apropiada. Cuanto más te acerques a la realidad, más intensas serán las imágenes. La tercera razón es la más importante de todas –escenas como esas son una declaración de que la película que estás viendo no está hecha para el entretenimiento. Puedes seleccionar a la audiencia –el que quiera ver una película para divertirse la rechazará.»



Escena de Melancholie der Engel.




Escatología del cuerpo 


  Tras su faceta cortometrajista, Dora trabajaría con Ulli Lommel, director, productor y actor también teutón no demasiado conocido dentro de Alemania, que viviría su particular exilio artístico para trabajar principalmente en Estados Unidos. Tras sus colaboraciones iniciales con Andy Warhol se ganaría prestigio internacional sobre todo como realizador de cine fantástico de serie B (en su haber títulos como The boogeyman (1980), Revenge of the stolen stars (1986) o Zombie nation (2004)). Junto a Lommel Dora desempeñaría labores de producción, montaje y director de segunda unidad. Entre los dos llegaría a establecerse una estrecha relación mentor-alumno que permitiría al último establecer los contactos profesionales necesarios para iniciar su propia carrera como autor. 





  
   Uno de estos contactos sería el actor, productor y director Carsten Frank, interesante figura independiente y autor de títulos de doble vertiente esotérica y extrema (Secrets of a soul (2012), The day of the purple sun (2017)) que acabaría resultando decisivo para el rodaje de los principales proyectos de Marian Dora. Frank sería el intérprete principal de sus tres primeras películas y productor de La melancolía del ángel, su obra magna y título más ambicioso. 

  Debris Documentar vio la luz en 2012 directamente en vídeo pese a ser rodada en 2003, por lo que se puede considerar su ópera prima. La premisa parte del supuesto seguimiento real de Carsten durante su proceso de producción y búsqueda de financiación para un film de horror. Lo que en principio podría parecer un clásico planteamiento de «cine dentro del cine» es en realidad una excusa para seguir las evoluciones del protagonista, entregándose a todo tipo de aberraciones sexuales y físicas que incluyen crueldad animal, violación y, en última instancia, homicidio y necrofilia en situaciones y actos que se van sucediendo sin demasiada justificación argumental. El producto final es difícil de clasificar y quizá funciona de forma demasiado incoherente como película. De vocación marcadamente trash, el resultado posee un cierto aire a las producciones de la factoría Warhol y los inicios de John Waters por su estrategia de narrativa sexualizada, su absoluta falta de complejos, escatología militante y parquedad visual entre el aburrimiento y la arcada. A destacar sobre todo la escena de coprofilia entre Carsten y otro de sus actores fetiches, la dominatrix fecal Patrizia Johann, en una performance marcada tanto por el humor como por el asco. Todo un experimento con el que Dora comienza a mostrar también sus aptitudes para el montaje. 





  Cannibal (2006) comenzó siendo un encargo de Ulli Lommel que, sin embargo, no quedó contento con el resultado por ser un material demasiado extremo y decidió rodar su propia versión, Diary of a cannibal (2006). Tras su visionado se entienden las razones de Lommel. Basada en la polémica historia real del caníbal alemán Armin Meiwes, Cannibal fue realizada para conseguir dinero con que poder financiar La melancolía del ángel, pero aún así es una película de gran fuerza personal que nos introduce de lleno mejor que la anterior en el malsano universo de su director. Partiendo de algunos de los hechos reales de la sesión antropófaga real que conmocionó al mundo, un homicidio pactado entre Meiwes y su víctima Bernd Jürgen Brandes, Marian Dora propone una versión más bien libre, una historia de amor basada en la más absoluta fisicidad, tratando de reflejar ese afán de posesión extrema de la esencia del otro que según él se esconde tras la motivación de los dos amantes caníbales. Para empresa tan difícil tienen especial mérito las interpretaciones de Carsten Frank (Meiwes), de nuevo, y Victor Brandl (Brandes) que hacen creíble la espiral que va del sexo homo-erótico hasta la orgía mucho más explícita de despiece humano final. Marian Dora consigue dar una insólita visión del canibalismo, casi ritual y mística, y lo consigue sin esconder nada y recreándose en la exhibición en planos detallados de órganos y vísceras con la que va deconstruyendo los sentimientos de los personajes, un desmembramiento que se apoya en un montaje muy fragmentado e in crescendo. Su director es un apasionado del cuerpo y lo acepta mostrando todo lo que forma parte de él, no importa lo desagradable que pueda resultar al espectador, una afirmación de fluidos que lo emparenta directamente con el llamado «arte abyecto». Hay también mucho del cine de Ruggero Deodato en esta cinta, pero no precisamente por la temática caníbal, sino por el uso de la música de tonalidad sentimental como contrapunto a lo atroz de lo mostrado, lo que genera una sensación de extrañamiento e implicación simultáneas que rompe la actitud moral convencional, por lo usual más pasiva y complaciente, con que se asistiría a un film normal. He aquí otro de los estilemas de Marian Dora, lo que podría denominarse como la «melancolía de lo extremo»



Escena de "Diary of a cannibal"



La melancolía de lo extremo


  La categoría estética de «lo siniestro», alumbrada por Sigmund Freud y mejor definida por Eugenio Trías, se refiere a aquello que provoca por igual atracción o repulsión, pero que sin duda mueve a una reacción emotiva y catártica. Este recurso es el que da sentido a la obra de artistas decadentistas como Poe o Baudelaire, que no desdeñan recurrir a lo terrorífico o a la fealdad como fuente de la belleza artística, para provocar un efecto aturdidor que permite un acceso directo al subconsciente y encadena el juicio ante la contundencia sensorial de la obra. En relación con estas premisas, el cine de Marian Dora se podría definir como una «melancolía de lo extremo», puesto que su esencia es establecer un contrapunto entre el horror de su contenido visual y la presentación emotiva del mismo, por medio de la música, el montaje y la interpretación de los actores. De esta forma se establece una coreografía de imágenes extremas que mueven de forma premeditada al asco y al miedo pero que se acompañan con música de cine romántico, planos cortos atentos al detalle más minucioso y actores que parecen experimentar de forma real lo que visionamos. Unos y otros elementos generan un juego de empatía perversa con el espectador en el que el punto culminante llega cuándo el mismo, o bien no sabe definir su reacción, o bien no sabe qué es lo que debería sentir ante lo que está asistiendo. 

  La melancolía del ángel (Melancholie der Engel, 2009) es la obra maestra de Marian Dora y su proyecto más ambicioso, un mosaico del horror en que se condensan todas sus obsesiones conceptuales y formales. Su autor define el rodaje como una experiencia traumática que no le gustaría volver a repetir. Parece ser que durante tres semanas puso a prueba sus límites psicológicos y físicos y los de sus intérpretes en, entre otras localizaciones (Munich, Stuttgart, Auschwitz), varias localidades del sur de Alemania famosas por crímenes y extraños sucesos, entregándose a una orgía continua de sexo, drogas y crueldad. En el documental Revisiting Melancholie der Engel (2017) Dora declara en un audio a su director Magnus Blomdahl que su intención era revivir las circunstancias que llevan a ciertos colectivos a anular sus valores éticos en aras a la sumisión total a la voluntad de un líder, teniendo en mente casos célebres como el de la familia Manson. Es de destacar también el interés del director por las conductas de psicópatas como Jeffrey Dahmer, el «Carnicero de Milwaukee», que explicaría su regodeo en el sadismo y la crueldad de los personajes. Y en todo momento, Dora insiste en que el film, por muy duro que pueda parecer, es el resultado de documentar los sucesos que ocurrieron en el seno del equipo y que culminaron con el enfrentamiento entre todos sus miembros y la ruptura de la amistad entre el director y el productor/actor Carsten Frank. El primero recibió varias amenazas de muerte y el segundo secuestró el material rodado para recortar treinta minutos de su metraje que podrían ocasionarle problemas legales, dejándolo en sus dos horas y media finales. Sea todo esto una estrategia de marketing o no, lo cierto es que la aureola que le proporcionan todos estos hechos hacen de ella una de las películas malditas de los últimos años. 





  La historia es tan simple que resulta casi inexistente y según el autor se inspira en un crimen ocurrido en las inmediaciones del valle de Eselsburg (Baden-Württemberg). Se centra en dos amigos, Katze (Carsten Frank) y Brauth (interpretado por el popular actor porno de origen marroquí Zenza Raggi), dos figuras que suponen uno de los numerosos y complejos juegos simbólicos del film, en este caso sobre la ambigüedad moral, puesto que visten respectivamente de negro y blanco, el primero posee una apariencia luciferina y el segundo recuerda físicamente a Cristo, pero luego resultarán intercambiables en sus intenciones. Tras su reencuentro, los dos anti-arquetipos conocerán a dos mujeres jóvenes a las que llevarán a su refugio en el campo, uniéndose a ellos tres variopintos personajes más: una desinhibida mujer de estética gótica, un atormentado artista anciano y una muchacha enferma en silla de ruedas. En la casa se desarrollará una auténtica exhibición de atrocidades entre ellos en cuya descripción se ocupará sobradamente el completo metraje de la película, un mapa de depravaciones que a muchos resulta repetitivo y sin sentido y que a otros provoca una extraña y ambigua fascinación. Y es que esta mínima premisa servirá de vehículo para una representación cargada de simbolismo y lirismo a partes iguales que no se puede despegar de la crudeza de lo mostrado, difícil de explicar pero impregnando los tuétanos estéticos de la película. En lo visual, Marian Dora recurre a imágenes poderosas de contundente belleza barroca, un estilismo de lo sucio que se apoya en cercanos y extraños encuadres, la construcción de naturalezas muertas en descomposición y nauseabundos bestiarios de insectos y animales muertos, la iluminación vaporosa y a medio camino entre la ensoñación y el delirio, y, sobre todo, el montaje picado y dialéctico en constante búsqueda de contrapuntos, con sublimes e intensas escenas paralelas que se fusionan hasta llegar un clímax de extraño orgasmo narrativo. Representativas de ello son las secuencias simultáneas de la iglesia y la violación, y la rememoración visual del poema baudelaireano La carroña, en versión zoofílica, a cargo de la inquietante Anja (de nuevo la osada Patrizia Johann) que se entrega a las caricias con el cadáver de un cerdo en descomposición. En lo sonoro el ya comentado uso melancólico y casi sinestésico de la música, utilizada en un contexto que contrasta con su tono, y el uso de la voz en off o los diálogos para presentar citas de diversos autores literarios y filosóficos, entre ellos Rilke, Sade, Goethe y Nietzsche, que dotan de cierta solemnidad oscura a lo que vemos y a la vez muestran destellos de la filosofía oculta que nos quiere proponer su autor, que siempre será subyacente y sugerida, puesto que su intención es que sean nuestras sensaciones las que nos la releven, después de haberlas sacudido y perturbado convenientemente. De todo ello se puede extraer una visión nihilista cuya principal obsesión es mostrar la amoralidad de la existencia a través de las retorcidas evoluciones de los personajes. El título puede darnos algunas pistas del contenido, puesto que «el ángel», encarnado en el personaje de Katze, sería aquí una suerte de figura ambigua que participa del ciclo de la vida y la muerte sin juzgarlo y, por supuesto, sin medir sus acciones. Por último y atendiendo a su supuesta naturaleza documental la labor de los actores es esencial para potenciar el impacto de la descarga emocional con que nos ataca la película y, aunque no estemos ante intérpretes impecables, sí que Dora sabe exprimir las potencialidades de su aspecto físico y carisma personal para dar una credibilidad y fuerza estremecedoras al conjunto. 









Terror moral 


  La melancolía del ángel bastaría para apuntalar el interés de la figura de Marian Dora, pero tras su éxito en los circuitos experimentales, algún que otro premio y su consideración de película de culto, este inquieto artista tenía toda la motivación necesaria para continuar con su controvertida filmografía. Así es como en esta década verían la luz Viaje a Agatis y Carcinoma

  Viaje a Agatis (Reise nach Agatis (2010)), estrenada también directamente en vídeo, es una pequeña producción que surgió cuando un amigo le propuso a Dora rodar en un barco durante un único fin de semana en Croacia con tan sólo tres personas, por lo que el proyecto presenta cierto carácter de reto. El resultado es un film minimalista muy cercano al espíritu Dogma, pero no exento de tensión y elementos simbólicos. La grabación en vídeo digital potencia la atmósfera de aislamiento y opresión de la situación, así como cierto toque de ensoñación que propone un cierto subtexto por debajo de la historia principal del crimen, con extrañas imágenes oníricas no exentas de belleza. Nuevamente la crueldad y el sadismo llevan a la catarsis por la sufrida labor de sus actores, en especial el rol masculino de Thomas Goersch, y hay una cierta intención mágica en el uso del nombre de Agatis, que aquí se relaciona con el mito del Triángulo de las Bermudas, refiriéndose a «lugares de poder» que alteran el comportamiento habitual de las personas. 




  Entremedias rodaría el segmento Mors in Tabula dentro del film de episodios The profane exhibit (2013), otra película maldita” que a día de hoy aún nadie parece atreverse a distribuir. Sin embargo su elección para este proyecto entre realizadores del calibre de Yoshihiro Nishimura, Andrey Iskanov, Ruggero Deodato, Michael Todd Schneider o Nacho Vigalondo es un hecho que denota ya su prestigio internacional. 





  Carcinoma (2014) es otro manifiesto corporal y escatológico que retorna a las pretensiones documentales con la historia del cáncer real de un conocido de Dora, recurriendo incluso a situaciones, diálogos y personajes sacados de la experiencia verídica de Dorian (un contundente y extraño, a partes iguales, Dorian Piquardt), afectado por un monstruoso tumor estomacal que resultará mortal. Marian Dora se recrea como sólo él sabe en el proceso de degradación física de Dorian sin escatimar en descripciones de los diferentes mecanismos de destrucción cancerígena, un calvario de heces, sudor, bilis y fluidos viscerales que se constituyen casi en un reportaje médico. Pero la misma fuerza empleará en la presentación del factor emocional y el sufrimiento, convirtiéndose el film en toda una oda al dolor humano y la muerte que de puro agónica acaba generando una empatía que esta vez no tiene la ambigüedad moral de La melancolía del ángel, aunque su punto de partida en el apartado visual sea similar, montaje in crescendo incluido. La fisicidad de la propuesta contrasta con el hálito religioso que impregna gran parte del film, con numerosas referencias a la culpa, el martirio o el pecado original en el Edén escondidas incluso en escenas de sexo hetero y homosexual. El cénit llegará en las secuencias finales que subliman las figuras de la madre penitente y su hijo enfermo y las equiparan con los iconos católicos en un tramo final donde la destrucción anatómica se llena de ecos místicos. 




  El cine de Marian Dora es inmisericorde con el espectador y no le da ninguna concesión. Su cámara es un aparato excretor que expulsa todos los demonios interiores acumulados sin filtro ni autocensura. Sería un error enmarcarle dentro del panorama del ultragore alemán, aunque sí que en cierta manera recoge el testigo de uno de sus mejores representantes, Jörg Buttgereit (Nekromantik), precisamente el que empezó a trascender tal corriente. Dora también busca abrir otros caminos y es por ello que no debería considerársele propiamente como un realizador de terror, porque lo que él propone es más bien un terror moral, una biopsia emocional que escarba dentro de los sentimientos más ocultos del espectador.



PARA SABER MÁS





PARA COMPLETAR LA TRILOGÍA DE CINE EXTREMO ALEMÁN:




viernes, 10 de agosto de 2018

VI Muestra de cine "Lo + prohibido"




Ayer, en la sala Artistic Metropol de Madrid (C/ Cigarreras 3), arrancó durante sexto año consecutivo la muestra de cine Lo + prohibido, un punto de reunión para amantes de lo extremo y lo politicamente incorrecto. Aunque en Caosfera hemos llegado un poco tarde, os adjuntamos aquí la programación y la información por si os apetece haceros con algunos pases. Por cierto, tendremos reseña del evento :).








Jueves 9 de agosto de 2018 a las 22.00 h

TRAUMA (2017) de Lucio A Rojas

Cuatro amigas deciden pasar unos días en una aldea rural en el Chile más profundo e idílico. Allí se encuentran con un hombre y su hijo, ambos con una forma muy particular de divertirse. En ellos vive el legado siniestro del periodo más oscuro de la historia de Chile. 

Con la colaboración de Reel Suspect, Artistic Films y Begin Again

VI MUESTRA DE CINE LO + PROHIBIDO

Director: Ángel Mora. Co-director: Ignacio López Vacas. Programadores: Ángel Mora e Ignacio López Vacas. Comunicación y redes: José Luis Palacios Alonso, Beatriz Martínez Martín y Alberto Fernández. Encargadas de taquilla: Elianni Morel y Vir Ibáñez. 




PROHIBIDO PROHIBIR

VI MUESTRA DE CINE LO + PROHIBIDO

La sala de cine madrileña Artistic Metropol acogerá del 9 al 12 de agosto una selección de las películas más polémicas, controvertidas, transgresoras y censuradas de la historia del cine.

Un año más, y ya van seis, se celebrará la ya consolidada Muestra de Cine Lo + Prohibido en la que durante cuatro días el cine Artistic Metropol proyectará una selección de títulos, a cuál más políticamente incorrecto, que promete no dejar indiferente a nadie de los que se atrevan a asistir. De los dieciocho largometrajes que serán exhibidos, cinco de ellos optarán a premio del público. Cinco propuestas internacionales de habla hispana, también de lo más extremas, entre las que se encuentran la cinta más controvertida del cine chileno y encargada de abrir la muestra: Trauma (2017), de Lucio A. Rojas. Una suerte de rape & revenge que ha levantado ampollas allí donde ha ido y muy especialmente en el Festival de Cannes, donde el público quedó en estado de shock tras la proyección. Atroz (2015) de Lex Ortega cuenta con el título honorífico de ser «la cinta más violenta de la historia del cine mexicano» y en la que seguimos los actos más depravados de dos asesinos seriales a los que la policía ha incautado las grabaciones que hacían de sus víctimas. Como particularidad, la película es presentada por Ruggero Deodato, director de la célebre Holocausto Caníbal. La Dama del Bosque Maldito (2018) de George Karja es una producción nacional donde el terror y lo fantástico se unen para atormentar a los protagonistas en forma de leyenda local. La también española La Cosecha (2014) de Roberto Santiago optará al premio también, un film rodado en formato found-foutage que une elementos de comedia y terror, además de homenajear a una muy celebre saga de ciencia ficción de la que no desvelaremos el título para no caer en spoiler. Se antoja como uno de los títulos más divertidos de la muestra. Y cerrando el apartado del premio del público, Animal (2015) del argentino Fernando Balihaut, que estará presente en la proyección y presentará su película, una provocadora cinta que ganó el premio Biznaga de Plata en el Festival de Málaga, donde también dejó al público helado.

El premio a la ganadora de estas cinco producciones será la adquisición de derechos y distribución por parte de Artistic Films y Begin Again Films.

Fuera de competición, el resto de la programación se compone de Yo, Christina F(1981) de Uli Edel y basado en la novela de Kai Hermann y Horst Rieck, donde veremos a una joven de catorce años prostituyéndose para poder pagar su adicción a la heroína. La producción patria La Raíz del Mal (2008) de Adrián Cardona (director del cortometraje de culto Brutal Relax) ofrecerá un festival de gore extremo para los paladares más exquisitos en la materia. Una de las piezas que todo cazador de rarezas no debería dejar escapar es American Guinea Pig: Bouquet of Guts and Gore (2014) de Stephen Biro, la continuación estadounidense de la serie de films pseudo-snuff, Guinea Pig. (Exclusivamente para mayores de 18 años. La organización advierte que esta película contiene escenas de extrema violencia que pueden herir la sensibilidad del espectador). En la misma línea de crudeza se proyectará por primera vez en pantalla grande en España gracias a, Vial of Delicatessens, The Bunny Game, de Adam Rehmeier, un demoledor e innovador producto que nos presenta un tortuoso juego en el que una prostituta cocainómana de Hollywood es secuestrada durante cinco días por un camionero maníaco. El film servirá de clausura. También por cortesía de Vial of Delicatessens llegarán el bíptico del maestro Jesús Franco La Cripta de las Condenadas (2012), que se proyectará en dos partes, el cortometraje seleccionado para los Goya, Tio Jess (2012), de Víctor Vatellano y Hugo Stuven, que muestra los conflictos en pleno rodaje de una de las últimas películas del propio Franco. También estará Abashed, el cortometraje transgresor de Jessica González, que estará presente en el pase.

Como complement podrán verse una serie de clásicos cuidadosamente seleccionados para la ocasión. Entre lo más destacable figura L'ultimo squalo, a.k.a. Tiburón 3 (1981) de Enzo G. Castellari, la sharkploitation italiana que fue prohibida por tratarse de una secuela bastarda de la saga oficial de Spielberg. La cinta se exhibirá en programa doble junto al documental ¡Zarpazos! Un Viaje por el Spanish Horror (2013), de Víctor Matellano, que repasa los mejores años del fantaterror español. El cineasta colmenareño presentará su documental y dará datos de lo más interesantes de la película de Castellari. Uno de los grandes clásicos polémicos que se podrán ver será La Noche del Cazador (1955) dirigido Charles Laughton y protagonizado por Robert Mitchum. Un drama perverso e inquietante que se encuentra entre las mejores películas de la historia del cine. Otro clásico, aunque de otra tesitura, es El Destripador de Nueva York (1982) de Lucio Fulci. Un film por el que el maestro italiano se ganó la fama de misógino... Juzguen ustedes mismos. Sin salir de los ochenta, también se podrá ver Henry, Retrato de un asesino (1986) de John McNaughton y con Michael Rooker. Una oscura cinta que explora la psique de un despiadado asesino que sale de prisión tras asesinar a cuchilladas a su madre. Y no podía faltar en este apartado el principal exponente de la conocida como «Nueva Carne»; Vinieron de dentro de... (1975) es una de las primeras y más enfermizas películas de David Cronenberg y también se podrá disfrutar durante el festival. Y cerrando la sección de clásicos, un referente noventero del cine independiente más duro: Kids (1995) de Larry Clark narra las controvertidas vivencias, en clave semi-documental, de un grupo de adolescentes que se drogan y mantienen relaciones sexuales con el fantasma del SIDA planeando sobre sus cabezas. Un cruel relato de la vida en las calles de la época.

Y cierra la programación de esta sexta edición de Lo + Prohibido dos sesiones especiales con los cortometrajes más eróticos y terroríficos del panorama patrio actual.


Sesión Cortometrajes Eróticos Premios Bonobo:

La doma (2018) de Fernando Sánchez Dragó. 
Una opinión sobre pornografía (2018) de Tonino Guitián.
I Feel Love (2018) de Paloma Aznar (Vampirella)
IDE (2018) de Carlus Padrissa (La Fura dels Baus)
El súcubo (2016) de Jaime Chavarri.
* Con la presencia del director de Premios Bonobo Antonio Marcos.



Selección de cortometrajes de terror a cargo de Erik Gatby:

Chicaman (2017) de Ángel M.Saló
Fist of Jesús (2012) de Adrián Cardona y David Muñoz.
Canibal Rave (2017) Alfonso García
Into the mud (2016) de Pablo S. Pastor.
Metamorfosis (2013) de Sergio Morcillo.
Space Trash Bag (2017) de José Casas.
* Con la presencia de Erik Gatby.



Programadores: Ángel Mora & Ignacio López Vacas



* Todas las películas se proyectarán en versión original subtitulada en castellano excepto American Guinea Pig: Bouquet of Guts and Gore (V.O.) y L'ultimo squalo a.k.a. Tiburón3 (Doblada a español).



Más información, horarios y venta de entradas: www.artisticmetropol.com







viernes, 3 de agosto de 2018

Casas encantadas: desmontando el mito



Imagen sujeta a derechos de autor

Esta semana Caosfera se complace en contar con la colaboración de Jorge Ríos Corral, director del programa Informe Enigma, investigador paranormal y colaborador en diversos medios. Jorge nos da su visión acerca de la realidad que se esconde tras el fenómeno de las casas encantadas.



La portentosa imaginación del ser humano no tiene límites. Nos fascina lo misterioso, lo inescrutable, lo grotesco, lo prohibido…, y, sobre todo, lo terrorífico. Porque cualquier elemento que no encaje dentro de lo “habitual” se convierte inmediatamente en un reclamo utilísimo para quienes confeccionan los ratings de audiencia. 


   Esta realidad la vemos a diario, cada vez que prendemos nuestra televisión y nos vemos atrapados por ese demonio insidioso y corrupto que nos arrastra, casi siempre, sin demasiado esfuerzo: el morbo. Los medios de comunicación, claro está, cuentan con esto y lo alientan sin el menor escrúpulo. Basta una mirada a esos programas de prensa rosa o crónica negra que abundan a cualquier hora. Pero hay otros modos de despertar el morbo del espectador, y casi todos recurren también a otra emoción tan poderosa —o más— que el morbo: el miedo. Las historias sobre casas encantadas ocupan el primer podio, junto a otros miedos también de orden doméstico. 


   Pero, ¿qué hay de verdad en estas edificaciones supuestamente malditas? Creo que es el momento de desmentir ciertos aspectos que suelen darse por ciertos. 


   Una casa encantada, maldita o embrujada, es sencillamente una casa como la de usted o la mía. Paredes, techos, ventanas, suelos, puertas y un largo etc. Su apariencia convenientemente lúgubre sólo es un ingrediente sacado del cine de terror, que ha pervertido durante años con fines económicos la realidad que se esconde tras este fenómeno. La realidad es bien distinta. Ninguna edificación actual o antigua está exenta de sufrir fenómenos anómalos; desde un pequeño comercio a nuestros hogares, desde un centro médico a una escuela. Cualquier lugar es propicio si las circunstancias así lo requieren. El origen de estos fenómenos siempre está en una mezcla de factores, ajenos a la creencia implantada por la industria del entretenimiento que sitúa los prodigios en rincones mancillados por alguna muerte violenta o hecho análogo. 

   La muerte es inevitable, y para entenderla primero debemos comprender la definición de vida, pero esto da para otro tema. Debemos comprender que la vida y la muerte son aleatorias, y que cuando nuestros corazones dejan de latir no hay ningún designio superior que nos obligue a permanecer cargados de cadenas en este mundo. En realidad, cuando se suceden situaciones paranormales de esta naturaleza, lo que hay detrás es un mensaje que de una manera u otra se nos intenta transmitir. El mensajero, por norma general, tiene sus propios motivos para aferrase a nuestro plano terrenal, bien la protección de su hogar y seres queridos, bien un hecho o circunstancia desafortunada que pide solución, o el total desconocimiento de su propio fallecimiento. 

   El impacto de estos fenómenos, para sorpresa del lector, suelen ser bastante sutiles, casi imperceptibles, excepto para nuestros equipos de medición y grabación. La ausencia de conocimiento, la persuasión de los shows telebasura y la búsqueda de adrenalina, instan en algunas ocasiones a esperar de estos lugares un repertorio de elementos clásicos del canguelo: susurros, posesiones, objetos que se desplazan de un lado a otro, manifestaciones de entidades desconocidas, demonios, espectros o deidades primigenias… 

   Puede que mis palabras supongan un soplo de aire fresco dentro de un concepto tan manido —y atractivo— como el que tratamos, o puede que consigan todo lo contrario. No obstante, a pesar de situarme durante el primer tercio de este texto en una posición más bien incrédula y poco inclinada a la popularización innecesaria del fenómeno, no puedo negar tampoco su existencia, aunque subrayaré una vez más su relativa intensidad. 


Pd: Termino con una frase de la película de ficción —rozando, casi, la comedia— The Amityville Horror, pronunciada por su protagonista, George Lutz: «Las casas no matan a las personas, las personas matan a las personas».



PARA SABER MÁS:











CASAS ENCANTADAS EN LA FICCIÓN. 20 PELÍCULAS IMPRESCINDIBLES. (POR  NIEVES GUIJARRO Y RAFAEL LINDEM)


1. Al final de la escalera (1980, Peter Medak): Tras perder a su familia, el compositor John Russel decide mudarse a una casa solitaria. Allí descubre una terrible historia sobre un niño asesinado. Pocas peces algo me ha inspirado tanto terror como una pelota...



2. House, una casa alucinante  (1986, Steve Miner): Un escritor atormentado y divorciado se muda a la casa de su tía fallecida para escribir una novela acerca de sus experiencias en Vietman. Monstruos alucinantes, brujas y puertas a otros mundos son los ingredientes de esta nostálgica comedia.       




3. Sinister  (2012, Scott Derrickson): Al igual que en el caso anterior, el protagonista es un novelista que se muda junto a su familia a una casa donde sucedió un horrendo crimen. Estéticamente fabulosa cuenta con la inclusión de un escalofriante video en formato super 8 y una banda sonora ideal a cargo de proyectos como Agasth, Sun o o Ulver.




4. Hellraiser  (1987, Clive Barker): Frank Cotton muere despedazado tras invocar a unas extrañas entidades mediante una caja negra que adquiere en Marruecos. Años más tarde su familia se muda a la casa donde todo sucedió. Una historia de perversión, visiones sangrientas y entidades terribles que se graba en la retina del espectador como pocas.




5. El maligno  (2006, Tiago Guedes, Federico Sierra): Singular película que narra la historia de un padre de familia que decide trasladarse junto a su familia a una casa en el norte de Portugal. La vida en la sierra está llena de superstición y fervor religioso y la familia va degenerando lentamente. Su conclusión es terrible.




6. Insidious  (2010, James Wan): Josh y su esposa Renai se trasladan a una casa junto a su hijo Dalton. Este tiene un accidente y, tras pasar un tiempo en el hospital, es trasladado de nuevo a la casa, todavía en coma. Comienzan a suceder fenómenos extraños y violentos que logran que el matrimonio se mude, pero los fenómenos, lejos de cesar, empeoran. Terrorífica.




7. Expediente warren  (2013, James Wan): En el año 1971 el matrimonio Warren ayuda a carolyn Perron y a su marido a desentrañar el misterio de los terroríficos fenómenos que se suceden en su vivienda, una granja en Harrisville. Basada en hechos reales.




8. The Amityville horror   (1979, Stuart Rosenberg): George y Kathie Lutz se mudan a una residencia sobre la que pesa la historia de un terrible asesinato. Un clásico que no puede faltar en un ranking de cine sobrenatural.




9. I am a ghost  (2012, HP Mendoza): El atormentado espíritu de Amy vaga errante por el que un día fue su hogar. Sólo puede entablar contacto con Sylvia, una medium que intenta hacerle encontrar el camino. Película complicada, insufriblemente lenta y no apta para todos los paladares.




10. Beetlejuice  (1988, Tim Burton): Tras comprar su nueva casa, Adam y Barbara mueren en un accidente de coche. Poco después la casa es adquirida por un matrimonio y su hija. Los espíritus de los primeros propietarios recurren a los servicios de una especie de fantasma cutre. Sin duda, si hay una casa divertida es esta. Un fabuloso trabajo estético.





11. El fantasma del convento (1934, Fernando de Fuentes): Un delicioso pastiche, a ratos ingenuo, en otros no pretendidamente cómico, pero con un diseño de producción y un sabio aprovechamiento del limitado presupuesto de quitarse el sombrero. Un perfecto ejemplo de la buena salud que tenía por entonces el fantástico mexicano.






12. 13 Ghosts (1960, William Castle): Sin que estemos ante una gran película, sí que podemos otorgarle el ser una de las primeras en tratar este género como una explotation palomitera (en 3d además). Claro que con William Castle al timón, la intención de divertir (acertada o no) estaba servida.






13. House of Usher (1960, Roger Corman): También de manos de un experto en eso de la explotación cinematográfica, como lo era Roger Corman, nos llegó el mismo año esta adaptación del relato de Edgar Allan Poe, guionizado por Richard Matheson. En esta ocasión, sin embargo, estanos ante una serie B con formas y líneas bien cuidadas, dirigidas a compensar el escaso presupuesto con talento y creatividad. Sus bases literarias y la atmósfera pretendidamente gótica de la película dan a la experiencia de su visionado cierta sensación de predictibilidad, pero el viaje es memorable.





14. The inocents (1961, Jack Clayton): Acertada adaptación del clásico literario de Henry James, Otra vuelta de tuerca, con una dirección de actores magistral y una fotografía (Freddie Francis) a la altura. Tuvo varias nominaciones importantes y se ha convertido por meritos propios en un ejemplo de lo que debe ser una cinta de terror psicológico.





15. The Haunting (1963, Robert Wise): Un verdadero cásico que reúne todos los ingredientes de un Robert Wise en estado de gracia. La mejor adaptación que ha tenido jamás Shirley Jackson y piedra angular del género.





16. El libro de piedra (1968, Carlos Enrique Taboada): Otro clásico del cine mexicano. Para algunos es una de las películas más terroríficas de la historia, para otros una copia del inmortal relato de Henry James, Otra vuelta de tuerca; para mí una gran película de fantasmas en la que se incluyen ciertos elementos “mágicos” que no diluyen la atmosfera inquietante de la obra y la complementan.





17. The Legend of Hell House (1974, John Hough): Roddy McDowall, Pamela Franklin, Michael Gough, Clive Revill ponen la guinda a un equipo mayúsculo que contaba también en sus filas con el mismísimo Richard Matheson, encargado de adaptar su propia novela (Hell House). El resultado es de visionado obligado para cualquier amante del género, y del buen cine en general.





18. The Shining (1980, Stanley Kubrick): Kubrick hizo suyos los infinitos pasillos del Hotel Overlook y consiguió meternos el miedo en el cuerpo. Jack Nicholson, Shelley Duvall y un pequeño Danny Lloyd hicieron el resto. Un clásico del terror que nada o poco tienen que ver con la novela que adaptó pero que es hoy en día pura cultura popular.





19. Poltergeist (1982, Tobe Hooper): Puro cine palomitero de los años ochenta. Puede ser tachada de ser algo artificiosa y de estar al servicio del tipo de espectáculo que solía buscar el público por aquel entonces en las salas de cine, pero sería injusto no ver el resto. Poltergeist adapta el capítulo Little Girl Lost de la mítica Twilight Zone, pero consigue darle la vuelta y crear algo nuevo, un verdadero cuento de hadas, con una princesa secuestrada por las fuerzas del mal, bufones diabólicos, árboles embrujados, una bruja buena y un caballero andante (su propio padre), capaz de ir hasta el otro lado para rescatarla. La magnífica banda sonora de Jerry Goldsmith, las interpretaciones, y, claro está, la ILM de George Lucas en plena adolescencia, sirvieron para terminar de redondear este clásico.





20. Hereditary (2018, Ari Aster 2018): Un nuevo clásico. Elegante y orquestada como si de un poema sinfónico se tratase, llena de imágenes bellísimas y perturbadoras, con una banda sonora de Colin Stetson que trae a mi memoria los experimentos espirituales de la gran banda musical Popol Vuh, Hereditary ha sido todo un descubrimiento, no tanto por su muy discutible originalidad como por la muy poco discutible calidad de su ejecución.