sábado, 4 de diciembre de 2021

Valkiria, versión traducida

 



¡Nueva entrada! Como ya sabéis, Samir Karimo es uno de los colaboradores de Caosfera que más ha apoyado este proyecto y ha estado presente desde los inicios del mismo. Habéis podido disfrutar aquí de sus relatos, y de las noticias de todos sus lanzamientos literarios. Hoy Caosfera trae una buena noticia: llega la versión, traducida a inglés, de uno de sus últimos trabajos. ¡Muchas felicidades por esta proyección internacional y buena suerte en esta aventura! Sin duda, es una gran noticia.

    Aquí tenéis el enlace y la información de este último lanzamiento:

    

Dumpster Fire Press is proud to present the English translation of graphic horror novel sensation VALKIRIA...behold ancient supernatural erotica creatures and their drug addled consumption of the innocent.
Auras inhabiting robot bodies to rescue lost souls. Adam and Eve team up and a flying coffin spaceship!
Everything you ever wanted in this pornographic grindhouse biblical tale of suspense!

Samir Karimo (Autor), Mike Zone (Redactor), Miguel Angel Sanchez (Ilustrador), Dumpster Fire Press (Colaborador), Felipe Arambarri (Traductor)


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sábado, 27 de noviembre de 2021

Medusa

 





¡Fin de semana! Y eso significa nueva entrada. Jorge Herrero Martínez vuelve a la carga, y hoy nos adentra en los maravillosos caminos de la ciencia ficción con Medusa, una novela de Pepa Mayo. ¿A qué esperáis para conocer su opinión?



Sinopsis:

Hace siglos que la Tierra se ha convertido en un glacial invadido por gigantescas medusas donde los humanos se esconden en el interior de las montañas para sobrevivir.

  Makena, un joven de veinte años, técnicos en biorobótica y optogenética viaja desde el anillo orbital hasta la colonia Tacomic para ocupar un puesto como científico y trabajar en lo que más le gusta: los sentimientos y su aplicación en cerebros en 3D. El joven también se alista en la formación Delta Arrow, un grupo de ciudadanos que, junto a varios biobots, sale al exterior para encargarse de la reforestación y de la vigilancia del búnker Tal Tacomic, también llamado el arca de Noé. El primer día que Makena acude a la formación Delta Arrow se queda prendado de Nombra. Pero los biobots base como Nomura sólo tienen implantados sentidos primarios para sobrevivir y proteger a los humanos, no pueden amar.

  Makena está frustrado, Nomura le corresponde con sumisión, pero no siente nada por él y la idea de aprovechar sus conocimientos para implantarle el amor en su cerebro 3D coge cada vez más fuerza.

  Sus amigos Joe y Según y el biobot Enzo le ayudarán, pero el ataque de una horda de medusas gigantes a la colonia lo cambiará todo.

  Adéntrate en esta distopía llena de aventura, tecnología, medusas extraterrestres y muchos, muchos sentimientos.




Medusa, la última novela de Pepa Mayo, es una novela juvenil de ciencia ficción distópica que os hará pasar muy buenos momentos con su lectura. Tiene todos los elementos necesarios para que la historia funcione muy bien, y logra que el lector se adentre de lleno en ella.

  Debido a su extensión, poco más de 170 páginas, la autora no se va por las ramas y va directa al grano. Con pequeñas pinceladas repartidas a lo largo de la novela, Pepa Mayo nos describe una Tierra convertida en un enorme glacial debido a las guerras y conflictos que hubo tiempo atrás entre los hombres, dando como resultado un planeta desolado, donde la gente sobrevive en búnkeres bajo tierra. Así es como la humanidad ha logrado adaptarse de la mejor manera posible.

  La autora ha creado una historia que, a pesar de ser de corte juvenil, tiene una trama muy bien trabajada. Se nota que se ha documentado bastante bien en relación a todo lo que tiene que ver con la parte más científica, a pesar de que pueda tomarse sus pequeñas licencias. Esta parte resulta bastante creíble, cosa que es de agradecer.

  Se nota en todo momento el cuidado y esmero que la autora ha puesto para que Medusa resulte una novela atractiva, amena y muy entretenida para el público juvenil, al que va principalmente enfocada. Pero a pesar de eso, estamos ante una historia que los adultos pueden leer tranquilamente, ya que tiene una prosa ágil, y un estilo muy visual. Marca de la casa de Pepa Mayo. En todo momento el lector tendrá la sensación de estar ante una buena película de ciencia ficción.

  Al ser una novela que no llega a las doscientas páginas, no nos encontraremos con largas y aburridas descripciones, logrando que el lector se adentre en la historia desde la primera página. A partir de ahí, no podrá dejar de leer en ningún momento.

  Los personajes están bastante bien desarrollados y, a pesar de que la autora no ha profundizado mucho en ellos, cada uno tiene su personalidad propia. Con esto, logra que se diferencien entre ellos y no sean copias unos de otros.

  La ciencia ficción de Medusa es una ciencia ficción amena y fácil de entender, no es aburrida ni pesada. Medusa es una novela muy ideal para que los más jóvenes de la casa se inicien en un género que cada día está ganando más popularidad, en gran parte debido a las series y películas que se vienen haciendo en estos últimos años. De estos productos, la novela ha cogido prestados elementos y situaciones, pero sin ser, por supuesto, una copia barata.

  Pepa Mayo ha sabido dotar a Medusa de su propia personalidad, en gran parte debido al estilo visual y cinematográfico que tiene la prosa de la autora, dando como resultado una trama que no da ni un solo momento de respiro y tranquilidad al lector, convirtiéndose en una lectura muy, pero que muy adictiva.

  Si le tuviera que poner algún pero a la novela es que, en mi opinión, le han faltado algunas páginas más para desarrollar ciertas partes de la historia, pero esto no significa que le reste méritos a Medusa, ni mucho menos. Pero pienso que con esas páginas, la trama hubiera quedado más elaborada en su resultado final.

  En definitiva, estamos ante una novela donde el lector encontrará acción, aventuras, amistad, alguna pequeña pincelada de terror, pequeñas referencias a series y películas de ciencia ficción bastante conocidas, e incluso habrá sitio para el amor.

  Por cierto, antes de acabar esta reseña, no quiero olvidarme de su final, que puede llegar a emocionar al lector.

  Estamos ante una novela que recomiendo encarecidamente, que me ha hecho pasar muy buenos ratos con su lectura. Una novela que, me reitero, logra enganchar desde la primera hasta la última página.

  Como comenté al principio, Medusa es una novela ideal para que la gente joven empiece a leer ciencia ficción, sin duda alguna, cosa que desde aquí agradezco a la autora, ya que hay que impulsar la lectura de este género a la gente joven. En realidad, es bueno impulsar a la lectura de cualquier tipo de género, pero en el caso de la ciencia ficción, hablamos de un mundo lleno de grandes historias que merecen ser descubiertas por el público más joven.




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sábado, 20 de noviembre de 2021

Entrevista a Ada García

 



Llegó el fin de semana, y con él una nueva entrada. Hoy os traigo una de esas esperadas entrevistas, que tanto me gustan. Os presento a la escritora, locutora y bloguera Ada García. A través de Caosfera podréis conocer todos sus proyectos, además de su interesante obra literaria. También podéis uniros a su grupo de Facebook Tiempo de hadas, donde estaréis al tanto de sus últimas novedades. ¡Disfrutad de esta entrevista!





1. ¿Quién es Ada García?

Pues soy muchas cosas, soy mamá, viajera, escritora…


2. ¿De dónde nace tu interés por el ámbito literario?

Desde que era una personita de muy pocos años y devoraba con ganas todo lo que caía en mis manos, desde cómics, cuentos, tebeos, hasta mis libros del cole y los de mis hermanos. Recuerdo que me fascinaba el libro de Religión, con todas esas historias y parábolas, como de cuentos de hadas.


3. ¿Te consideras una autora de género?

No creo. Bueno, no sé. Depende. ¿Qué entendemos por autora de género?


4. ¿Tienes algún autor o autora fundamentales en tu acercamiento al camino de las letras?

¡Madre mía, si empiezo no acabo! Pues por ejemplo, Bécquer, Selma Lagerlöff, Julio Verne, Robert Louis Stevenson, Félix Salten, Barrie, Lewis Carroll, Perrault, Andersen, Kipling, Ana María Matute, Shekaspeare, la Generación del 27…


5. ¿Cuál es el germen de tu obra?

Básicamente la inquietud.


6. Ahora una pregunta muy comprometida: ¿Crees que la situación de la mujer en el ámbito de la literatura internacional ha mejorado todo lo que debiera?

Sinceramente pienso que sí. De hecho conozco algunos casos recientes en los cuales, el autor ha tenido que recurrir al viejo truco, ese al que tuvieron que recurrir muchas escritoras en el pasado, de cambiar de sexo para que los editores se dignasen a publicar su libro.


7. ¿Cuál dirías que es tu creación más perfecta?

¿Mi creación perfecta? Aún está por escribirse. Espero.


8. ¿Y en la que más te has involucrado?

Posiblemente en Bienvenidos, un relato ambientado en la guerra civil. Tengo amigos en Sevilla, A Coruña y aquí en Madrid, cuyos abuelos, y sus angustiosos testimonios, me inspiraron muchos momentos y hasta diálogos de ese relato, mitad histórico, mitad ciencia ficción.


9. Háblanos de tu antología: Radio Zombi.

Radio Zombi comenzó como un programa de radio real, Tiempo de Hadas, dirigido y presentado por mí, tanto en la etapa World Press radio, como en Radio Enlace, o la última, Quédate en casa. En el libro están algunos de los personajes que colaboraron en el programa. Radio Zombi, editado por Adaliz, es como dice Javier Arries en el prólogo de mi libro, una meta historia, esto es una historia dentro de otra historia, en plan, por ejemplo, Las Mil y una noches. Es un programa de Radio que se está emitiendo en directo la madrugada del primero de noviembre. Los radioyentes llaman al programa, la vieja fórmula radiofónica de siempre, piden un tema, preferentemente de corte siniestro, tipo The Holy Hour de The Cure, o Quiero ser santa de Pa. P. y mientras la música suena, ellos van contando una historia oscura, terrorífica o al menos inquietante. En tanto, un perturbado escapado de Ciempozuelos y fan del famoso dúo de presentadores del exitoso programa Radio Zombi, se va acercando cada vez más a la emisora. La portada es una obra de mi hijo pequeño Álvaro, y el prólogo, como he comentado antes, de Javier Arries.


10. ¿Qué les dirías a los lectores de Caosfera para que se animaran a bucear entre sus páginas?

Les diría que si disfrutan con los cuentos de Edith Wharton, Bécquer, o Poe, seguro, seguro les gustará Radio Zombi. Prometido.


11. ¿Tienes algún tipo de rituales o manías antes de abordar tus momentos de escritura?

Por supuesto. Lo principal es que suene música mientras escribo. Soy incapaz de escribir algo decente sin música. Por la noche escribo muchísimo mejor que de día, y si encima llueve y hace frío ya es el paroxismo de inspirador.


12. Cuéntanos todo acerca de tus últimas colaboraciones, proyectos y lanzamientos.

Desde que mi pareja sufre esa enfermedad tan grave, pero de la que, afortunadamente está poco a poco saliendo con fuerzas y ganas, dejé aparcados los congresos, programas de radio, presentaciones. Ahora, en Madrid, estoy con Javier en casa, dando largos paseos, leyendo mucho, y metida en mi blog Tiempo de Hadas, donde sigo escribiendo cuentos, entrevistas, opiniones de cine y música…


13. ¿Tienes proyectos inmediatos? Añade todo lo que desees.

Comenzar una nueva etapa del programa Tiempo de Hadas, organizar el congreso Dos mil años en Sevilla, y por último, y no más ni menos importante, ir a por un nuevo libro de relatos.












sábado, 13 de noviembre de 2021

Max.Exe

 





¡Nueva entrada! Hablemos de cine, y tenemos hoy frescas novedades. Es para mí todo un honor presentaros a los amigos Eldita y Oscar, de la productora Elditafilms. Y qué mejor tarjeta de presentación que su último trabajo: un mediometraje en pleno despegue al que, sin duda, le espera un largo recorrido por delante. Todo un honor compartir desde Caosfera este gran éxito, y ojalá que sean muchos, muchos más...




Max.Exe es un mediometraje de 30 min, dirigido y escrito por Oscar Villalta, producido por Elditafilms y filmado en Onteniente. Cuenta los quebraderos de cabeza de una mamá soltera que, aparte de su pelea cotidiana, tiene que lidiar con la afición de su hijo de 8 años por el Cine de Terror. Intenta disuadirle por todos los medios para que abandone su pasión, pero el niño utiliza todo su ingenio para convencerla de que sólo es una forma de arte tan sincera y sublime como cualquier otra.

     El recorrido de la cinta está siendo todo un éxito, tanto es así que su protagonista, Máximo Agulló Meraz, ganó el premio al mejor actor en Ficimad (Festival Internacional de Cine Independiente de Madrid). Además de Máximo, encabezan el reparto Elda Meraz y Dulcinea Meraz entre otros nombres no menos importantes.

    Y no solo eso, sino que el próximo 4 de diciembre se estrena en Castellón, en el Festival FANTASTI'CS dirigido por Jorge Juan Adsuara. Las proyecciones serán en el planetario de Castellón. Además, los mismísimos Eldita y Oscar serán los encargados de presentar la gala, como ya hicieran en el año 2019. Sin duda, todo un planazo para terminar el año por todo lo alto.

    Para todos los interesados e interesadas: su edición en Blu Ray acaba de salir a la venta al módico precio de 10 euros. Para conseguir una copia (están volando), solo tenéis que enviar un mensaje al siguiente correo: elditafilms@gmail.com. También podéis enviar un mensaje a su cuenta de Facebook ElditayOscar Elditafilms















sábado, 6 de noviembre de 2021

John Harper: Fuego

 



¡Ya tenéis disponible una nueva entrada semanal en Caosfera! Regresa, una vez más, Jorge Herrero Martínez, con una de sus indispensables reseñas literarias, y hoy nos trae un título de lo más interesante. No os perdáis la opinión de Jorge sobre este noir con toques fantásticos, que os va a dejar con ganas de saber más y más...




Sinopsis: John Harper es un expoli de Ciudad Capital metido a detective privado. De día, tiene su oficina en el Shamrock, en una mesa junto a los baños, donde despacha sus asuntos mientras vacía una copa de bourbon. Allí recibe el encargo de Megan Scott: tiene que investigar el brutal asesinato de su padre, un oficial de policía también retirado. Harper no tarda en descubrir que el caso esconde mucho más de lo que parece a simple vista. Todo parece girar alrededor de la <>, el violento rechazo que despiertan los <>: personas con poderes excepcionales.. Entre callejones oscuros donde se embosca la violencia, clubes de jazz, mucho humo y más bourbon, John Harper vivirá una carrera contra el tiempo, en la que, además, no puede perder de vista ni la corrupción policial ni la omnipresente amenaza de la organización secreta Doble Hélice, que está empeñada en exterminar a los elementales. Harper, además de expolicía, investigador privado y divorciado, es un elemental. Uno de fuego. Y muy poderoso, casi tanto como vulnerable




Estamos ante una gran novela de principio a fin. Una historia redonda desde la primera página hasta la última, donde el autor, Joe Álamo, ha sabido mezclar con gran maestría algo muy distinto entre sí: novela negra de alta calidad y seres con habilidades especiales o poderes. Lo que en un principio podría ser algo sin sentido y que no tiene pies ni cabeza, en las hábiles manos del autor acaba siendo una historia que se convierte en una lectura muy adictiva. 

  Plagada de grandes momentos, cabe señalar unos diálogos que son dignos de enmarcar, de los que muchos autores tendrían que tomar por ejemplo. Como viene siendo habitual en el autor, los personajes vuelven a ser uno de los puntos fuertes de John Harper: Fuego. Empezando por el protagonista, con una personalidad definida a la perfección y que lo convierte en alguien muy carismático. 

  Quien haya leído Tom Z. Stone, la otra genial creación de Joe Álamo, podrá ver que ambos personajes guardan alguna que otra similitud, cosa normal siendo ambos obra del mismo autor. Pero aunque puedan parecer algo similares, son totalmente distintos. Ambos destilan mucha ironía y tienen un humor bastante negro, pero se diferencian, principalmente, en una cosa: John Harper tiene más mala leche y es bastante más expeditivo. 

  Joe ha sabido crear un universo propio y muy particular donde conviven en “aparente” armonía los humanos sin poderes con los “elementales”, personas que debido a una mutación genética han acabado adquiriendo dominio sobre los cuatro elementos: agua, fuego, aire y tierra. Dicha convivencia siempre ha estado al límite, en una tregua aparente a raíz de unos terribles acontecimientos que se relatan en la novela. 

  Bajo esta premisa, arranca la historia, con un John Harper retirado de la policía y que ahora ejerce como detective. Un día recibe un encargo que acabará trastocando su vida, poniéndola en serio peligro a lo largo de toda la trama, una trama que sorprenderá a los lectores con algunos giros argumentales que dejarán a más de uno con la boca abierta. 

  John Harper es una intensa y adictiva novela negra, donde el autor demuestra que aún se puede ser original e innovar en este género, y al igual que hizo con Tom Z. Stone, se ha vuelto a sacar de la manga a una serie de personajes con los que el lector logrará empatizar. Desde los principales hasta los secundarios, pasando incluso por los que aparecen brevemente. Joe ha sabido perfilarlos y desarrollarlos de manera tan genial que todos acaban dejando su huella. 

  La manera en la que está contada la historia es muy ágil, amena y fácil. Todo está cuidado hasta el más mínimo detalle, no hay nada que se le pueda reprochar. Leer John Harper: Fuego es como estar viendo una buena película o serie, ya que la narración y las descripciones están hechas de una manera muy visual. 

  La novela está llena de grandes momentos, algunas llenas de mucha tensión, y otras llenas de una alta carga emocional. Gracias a estas últimas iremos conociendo mejor a los personajes de esta genial y maravillosa historia. 

  Espero y deseo que esta novela sea la primera de una serie de títulos protagonizados por ese gran y carismático personaje que es John Harper, acompañado de sus secundarios, algunos de ellos dignos de tener su propia novela. 

  Joe Álamo vuelve a demostrar por qué es uno de los mejores autores nacionales hoy por hoy. Sabe sorprender al lector con cada novela, y no le tiembla el pulso a la hora de cambiar de género, con excelentes resultados siempre. En definitiva, estamos ante una novela que hará las delicias de los amantes de las buenas historias, indistintamente del género al que pertenezcan. Una gran historia de género negro. 

  Como último apunte, debo decir que daría lo que fuera por leer una novela protagonizada por John Harper y por Tom Z. Stone. Una historia protagonizada por estos dos geniales personajes no tendría precio. 




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domingo, 31 de octubre de 2021

¡Halloweeeh!






¡Ya estamos aquí! Pues tal y como os prometí ayer, os tengo preparada una entrada especial de halloween, pero que muy especial. Este delicioso cuento que vais a disfrutar, me llegó con motivo de la convocatoria Splatterpunk organizada por Ediciones Vernacci hace ya algunos años. Halloweeeh es una deliciosa historia protagonizada por diabólicas calabazas, niños intrépidos y fantasmales presencias. ¿Qué puede salir mal? Su autor es José Luis Díaz Marcos desde Alicante. Este autor ha publicado en varias antologías y webs nacionales y extranjeras. ¡Siempre es un placer contar con tan maravillosos invitados! Y dicho esto, no os entretengo más: ¡FELIZ NOCHE DE HALLOWEEN!



1


Algunas aventuras son tan extraordinarias que, incluso sus protagonistas, nos resistimos a creerlas. Contrarias a la razón y a la lógica, son, al mismo tiempo, ciertas e inolvidables. «No puede suceder. Sin embargo, lo estoy viviendo», piensas.
  
  Álex y yo teníamos doce años, y además de compañeros de clase, éramos amigos inseparables. No sospechábamos que aquel treinta y uno de octubre, festividad de Halloween, y víspera de Todos los Santos, nuestra vida cambiaría para siempre.

  En silencio, conteniendo la risa, avanzamos por el pasillo hasta llegar a la puerta de la cocina. Asomé la cabeza: mi madre estaba de espaldas, atareada con algo. Hice un gesto a Álex: «Ahí está». Él asintió, con picardía: «Sí, sí…».
De repente, pretendiendo sorprenderla, aparecí ataviado con mi flamante disfraz de Chucky, el muñeco diabólico: jersey multicolor, peto vaquero y zapatillas. Solté una estentórea carcajada mientras apuñalaba el aire con un cuchillo de goma.
Mi madre nos había oído desde el principio (la sonrisa de oreja a oreja la delataba). Aun así, fingió sorprenderse:

–¡Uuuh…! ¡Qué miedo!
–Sí, ya lo veo... –protesté, molesto.
–¡Que sí, que casi me muero del sus…!.

  La risa le impidió terminar la frase. Poco después, siguiendo la broma, formuló una pregunta cuya respuesta conocía de sobra:

–¿Estabas solo?

  Álex se dio por aludido y apareció en escena: lucía (también) jersey de rayas y sombrero, y amenazaba con clavarnos un guante con cuchillas de plástico.

–¡Oh! ¡Freddy Krueger en persona! –exclamó mi madre, casi aplaudiendo–. Estáis muy… muy…
–¿Terroríficos? –sugerí.
–¡Eso! ¡Los dos asustaríais al miedo!

  Sonreímos, halagados.

–Yo también tengo una sorpresa.
–¡¿Qué?! –preguntamos, al unísono.

  Mi madre se hizo a un lado, y como si fuese la azafata de un concurso, la señaló, sobre la encimera:

–¡Nuestra calabaza de Halloween!

  Había cortado la parte superior a modo de tapadera.

–Tendremos que dibujarle una cara –propuso Álex.
–¡Claro! Una de mala malísima.
–¡Eh, mirad lo que tenemos aquí! –exclamó mi madre sacando las semillas de la calabaza.
–¡Qué raras! Tienen una mancha en cada lado…
–Sí. Pero fijaos bien: ¿qué forma tienen esas manchas?
–Parecen una… una… ¡¿calavera?! –soltó Álex, incrédulo.
–¡Es verdad!
–¿Sabéis qué significa eso? –preguntó mi madre, enigmática.
–No tengo ni idea –reconocí.
–Yo tampoco.
–Significa que son unas semillas muy especiales y peligrosas: ¡las únicas que pueden convertirse en auténticas calabazas de Halloween!

  Nos miramos, intrigados.

 –¡Auténticas…! –repitió Álex, pensativo.
  
  Mi madre, con la actitud sigilosa (y teatral) del espía que teme ser descubierto, echó un vistazo a nuestro alrededor. «Acercaos», nos indicó en silencio.

  Y entonces, muy próximas nuestras cabezas, nos embrujó con la magia de las palabras, suaves y misteriosas:

–Se trata de una vieja leyenda: si se plantan en un cementerio durante la noche de Halloween y se riegan con agua de lluvia, brotan convertidas en calabazas poseídas por el mismísimo Diablo. En su interior arde el fuego del Infierno, y para evitar que se extinga, lo alimentan con las almas de quienes atrapan.


2


  En mi cuarto, Álex y yo dibujábamos el rostro que mi madre («¡De eso nada! El cuchillo lo manejo yo») tallaría en la calabaza.

–No, esa no vale –dije señalando el dibujo de mi amigo.
–¿Por qué?
–Porque te ha salido una cara de buena persona.
–Será de buena calabaza.
–¡Da igual! ¡Las calabazas de Halloween tienen que dar miedo!
–Como las de la leyenda.
–Por ejemplo.
–¿Imaginas que fuesen reales?
–¡Ya lo creo! Sería… sería… –no encontraba la palabra adecuada para expresar una idea tan fascinante.
–¡…para morirse!
–¡Eso! ¡Para morirse y arder en el fuego del Infierno!
–Sí…

  Estuvimos callados un rato, perdidos en nuestras respectivas fantasías.

–Comprobémoslo. –soltó Álex, de repente.
–¿El qué?
–Si la leyenda de las auténticas calabazas de Halloween es cierta.
–¿Hablas en serio?
Álex asintió con determinación.
–P, pero… –no daba crédito a las palabras de mi amigo.
–¿Por qué no? Esta noche, en el cementerio, con las semillas de la calavera. ¡Y el agua de lluvia! –dijo señalando el balde colocado junto al armario. 

  En él reposaba el líquido que, filtrado por la gotera del techo, habían descargado oscuros nubarrones en los últimos días.

–¡Lo tenemos todo! ¡Es ahora o nunca!

  «¿Qué hago?», pensé. ¿Aceptaba la propuesta, quizá la locura, de entrar en el cementerio durante la noche de Halloween? ¿Dudaba para siempre de la existencia de las auténticas calabazas? Suspiré hondo y repetí mentalmente lo que mi madre decía a la hora de tomar grandes decisiones:

«¡Que sea lo que Dios quiera!».

  Sonreí con sincero afecto:

–¡Está bien…!
–¡¡Guay!!

  Chocamos «los cinco», y así inauguramos la experiencia más intensa de nuestras vidas. «Teníamos doce años», he intentado justificarme, justificarnos, muchas veces. En nuestros jóvenes corazones y desbordante imaginación, sólo había lugar para la aventura y, quizá, sabíamos (imposible precisarlo ahora) que, de algún modo, estábamos obligados a hacerlo. De lo contrario, si dejábamos transcurrir el inexorable paso de los años, acabaríamos convertidos, casi sin darnos cuenta, en grises adultos incapaces ya de inquietarse por ninguna leyenda.


3


  En la cocina, Álex y yo reunimos un pequeño montón de semillas.

–¿Para qué las queréis? –preguntó mi madre terminando de tallar el rostro de la calabaza.

  Álex me miró de reojo.

–Para plantarlas. Queremos ver cómo crecen –dije con toda naturalidad.

  Álex tosió, inquieto.

–¡Estupendo! –aprobó, divertida–. Cuando maduren regaladme una.

  Álex suspiró, aliviado.

–¡Ya casi está! –anunció mi madre poco después–. Sólo falta el toque final.

  Cortó una vela en dos mitades, encendió una de ellas, y con su propia cera, la fijó en el interior de la calabaza. Colocó la parte superior de ésta.

–¡¿Qué tal?!
–¡Mola! –exclamó Álex.

  Tenía razón. Había quedado bastante bien.

–¿Y si apagamos la luz? –propuse.

  Los nubarrones habían hecho que oscureciese antes de tiempo.

–Buena idea –aprobó mi madre dirigiéndose hacia el interruptor.

 ¡Clic!

  Quedamos a oscuras, hechizados por la luz (el fuego del Infierno) de la calabaza (poseída por el mismísimo Diablo). Su torva sonrisa escondía perversas intenciones.

–¡¿Es o no es una auténtica calabaza de Halloween?! –voceó mi madre, detrás de nosotros.

  Bañados por el dorado resplandor, nos miramos al tiempo que tragábamos saliva.


4

  La noche de Halloween, reino de pesadillas, nos aguardaba. Álex y yo, Freddy Krueger y Chucky respectivamente, debíamos reunirnos en la plaza con los amigos de la pandilla. Desde allí, haríamos la tradicional ronda («¡¿Truco o trato?!») por las casas del pueblo.

  Salimos habiendo prometido a mi madre seguir ciegamente todos y cada uno de sus consejos y advertencias. Se empeñó, además, en que nos llevásemos mi mochila con sendos chubasqueros, una linterna y un teléfono móvil en su interior.

  Nosotros añadimos, sin que lo advirtiera, las semillas (envueltas en papel de aluminio) y mi cantimplora con el agua de lluvia (las densas nubes no garantizaban que volviese a llover) filtrada por la gotera de mi habitación.

  Al final de la calle, nos volvimos («¡Sólo queremos comprobar si la leyenda es cierta!») y saludamos con la mano. Mi madre nos despidió con idéntico gesto.

  Anduvimos un trecho y, en lugar de seguir hasta la plaza, nos desviamos por una de las callejas que llevan a la parte baja del pueblo. Iluminados por la luna semioculta, y pegados al arcén, seguimos el curso de la carretera.

  Veinte minutos más tarde, sin habernos cruzado con nadie, llegamos al cementerio.


5


  Era un recinto cuadrangular sobre el que despuntaban las cruces y los panteones. Desde la entrada, aferrados a los barrotes de la verja, contemplamos la angosta avenida que discurría hasta una florida rotonda. A la derecha, y adosada a la tapia, una humilde casita.

  Silencio y quietud.

–¿Cómo entramos? –susurró Álex.

  Un coche se acercó por la carretera. Nos agachamos. El fugaz barrido de sus faros pasó sobre nuestras cabezas.

–Probemos por detrás, antes de que alguien nos vea –sugerí.

  Rodeamos la vieja tapia hasta llegar al solar que, según habíamos visto en otras ocasiones al pasar rumbo a otros destinos, los visitantes usaban como aparcamiento.

–¡Mira! –dijo Álex señalando un contenedor de basura. 

 Aunque los desperdicios se acumulaban a su alrededor, incomprensible y afortunadamente para nosotros, estaba vacío.

–Ayúdame a empujarlo.

  El suelo irregular convirtió su desplazamiento en un pesado y ruidoso traqueteo que nos obligó a detenernos varias veces. Temimos despertar a los muertos.

  Situado el contenedor, nos subimos encima. Con un pequeño salto y mi ayuda, Álex logró sentarse a horcajadas sobre la pared. Le pasé la mochila y me ayudó a subir. En aquel momento ni siquiera reparamos en ello, pero tuvimos suerte de no encontrar una afilada dentadura de cristales rotos que cortara (literalmente, me temo) nuestro propósito.
Un laberinto de sepulcros, estatuas y cruces se extendía a nuestros pies.

  Silencio y quietud.
  «Está lleno de gente y, sin embargo, no hay nadie», pensé.

–Deberíamos usar la linterna –dijo Álex, nervioso. Aunque pretendiera disimularlo, el lugar lo impresionaba tanto como a mí.
–Buena idea.

  Abrí la mochila y la saqué. No tuve tiempo de encenderla: el repentino grito de Álex me hizo soltarla.

–¡M, mira…! –balbuceó.

  Sentado sobre la tapia, cerca de nosotros, un gato negro nos observaba. No parecía inquieto por nuestra presencia. Más bien al contrario: su penetrante mirada y su inmovilidad parecían retarnos.

  Estuvimos así, observándonos mutuamente, durante un tiempo que nos pareció eterno. Al cabo, el felino se levantó y, con fría indiferencia, se alejó unos pasos. Nos dedicó una última y enigmática mirada antes de perderse en la oscuridad.

–¡Uf…! –resopló Álex–. ¡Menudo susto!
–¡Para susto el mío, que casi me tiras! –protesté.

  Nos tomamos un respiro y, todavía inquietos, bajamos a una colmena de nichos adosada a la tapia. Después, sólo tuvimos que descolgarnos hasta el suelo.


6


  Estábamos dentro.
  Recogí la linterna y la agité: en su interior chocaban piezas sueltas.

–Genial…
–¿Hacia dónde vamos?
–Ni idea –dije encogiéndome de hombros–. Busquemos algún sitio con tierra.

  Empezamos a recorrer estrechos pasadizos de grava…

 …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

 …una y mil veces entrelazados. El camposanto era un intrincado y silencioso laberinto.

  De vez en cuando, oíamos el rumor de algún coche en la carretera.

  Tardamos un rato en encontrarla: alineada junto a otras más antiguas, una tumba a medio excavar. A su lado, la tierra extraída.

–¡Justo lo que necesitábamos! –exclamó Álex.
–No perdamos el tiempo... –dije con evidente ansiedad.

  Saqué de la mochila el papel de aluminio y la cantimplora.

–¿Listo?

Álex suspiró antes de contestar:

–Listo.

  Desenvolví las semillas y las tiré dentro de la tumba. Las cubrimos con unos puñados de tierra.

–¿Puedo? –preguntó Álex tendiendo la mano.

  Le entregué la cantimplora.

  De súbito, por el rabillo del ojo, algo llamó mi atención: a nuestra izquierda, en una de las avenidas, una débil y temblorosa claridad.

–¡Mira! –exclamé.

  De manera instintiva, Álex soltó la cantimplora y se escondió detrás de la tumba. Yo había quedado petrificado por la sorpresa y tuvo que tirar de mí.

  Poco a poco, el fulgor, acompañado por el inconfundible crujido de unos pasos,…

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

  … fue haciéndose más intenso.

  Quien (o lo que) quiera que fuese, se acercaba.


7


  En el suelo, una afilada sombra precedió a una figura masculina, alta y corpulenta, que portaba un farol. Su rostro era una incógnita en la oscuridad.

  Álex y yo nos miramos, aterrados: «¡¡Un fantasma!!».

  Pasó ante la tumba a medio excavar sin advertir nuestra presencia. Temí que pudiera oír el latido atronador de nuestros corazones.

  Esperamos unos segundos antes de asomarnos: se alejaba.
Conteniendo la respiración, y de puntillas,…

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

  …salimos de nuestro escondite dispuestos a poner tierra de por medio. El deseo de comprobar la leyenda de las auténticas calabazas de Halloween se había esfumado en el acto.

 …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

–¡Eh, vosotros! –atronó una voz.

  Quedamos petrificados. Nuestras caras, blancas como el papel:
«¡¡Nos ha descubierto!!».

–¡Quietos! ¡No os mováis! –ordenó, tajante.

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

–¡Viviviennne…!
–¡…a por nosssotr…!

  Corrimos como nunca lo habíamos hecho:

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

  ¿Hacia dónde y durante cuánto tiempo? No lo sé.

  Al fin, extenuado por la angustia y el esfuerzo, me detuve. Los latidos se confundían con los jadeos. Si era posible morir de miedo, yo estaba a punto de hacerlo.

  La luz del farol no se veía por ninguna parte.

–Álex… –resollé.

  No hubo respuesta. Busqué a mi alrededor.

  Había desaparecido.


8


  ¿Dónde estaba? ¿Lo había atrapado el hombre del farol? ¿Me atraparía a mí también?

  «No puede suceder. Sin embargo, lo estoy viviendo», pensé, desesperado. Debía escapar y pedir ayuda. Pero, ¿cómo lograrlo? El ruido de mis pisadas,…

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

  …amplificado por el silencio de la noche, me delataba de manera escandalosa. ¡No tenía ninguna posibilidad!

  Respiré hondo e intenté tranquilizarme. Sin demasiado éxito.

  «Él tiene el farol» –pensé–. «Sabré por dónde viene. A menos que…».

  No me atreví a pensarlo.

 «¡A menos que lo haya apagado! Escondido en la oscuridad,… ¡¡me atrapará antes de que pueda verlo!!».

  Un escalofrío me estremeció.

  Silencio y quietud.


9


  Pasé junto a una pared de nichos cuando, de repente, tuve la intensa e incómoda sensación de ser observado. Me detuve, alerta.

  No había nadie. Mejor dicho: no veía a nadie. Sin embargo,… ¡me miraban! Estaba seguro. Sentía el penetrante aguijón de unos ojos. Lo sentía muy cerca.

  Desde… ¡una de las fotografías incrustadas en las lápidas!

  Las inquisitoriales pupilas (imposible apreciar su color) pertenecían a una chica de rasgos tan hermosos como afligidos. Miraba (¡¿me miraba?!) con profunda amargura. Recordé una poesía leída en clase:

  La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?

  Era la chica más guapa del mundo.

  La inscripción cincelada en la losa reveló su nombre y edad: Rosario, trece años.

  Y fue al moverme cuando tuve la pavorosa confirmación. El presentimiento había sido acertado: ¡desde la fotografía, los ojos de Rosario me siguieron!

  Sendas lágrimas surcaron sus mejillas.

  «¡Ayúdame!», suplicaba en silencio.


10


  Me alejé, conmocionado.
  
 …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

  La estrecha avenida desembocaba en otra perpendicular a ella. Medité un instante y decidí continuar por la derecha. Poco después, me detuve en seco: una tenue y oscilante claridad asomaba al fondo.

  Huí en dirección opuesta.

  Y caí en la trampa. Literalmente, en brazos del fantasma. Solté un grito de aterrada sorpresa.

  Comprendí que había usado el farol como señuelo para llevarme hasta él. Imposible escapar de sus enormes manos, sólidas como grilletes. Acercó su cara a la mía. Percibí su olor seco y áspero.

–¡Por fin te encuentro! Es hora de reunirte con tu amigo –dijo con voz grave y satisfecha.

  Se me doblaron las piernas y todo, como el agua en un sumidero, giró hasta desaparecer.


11


  Recobré la consciencia de manera lenta, pesada. Intenté abrir los ojos, pero la luz me cegó.

–¡Ya despierta! –exclamó una voz que reconocí enseguida.
–¡¿Álex, eres tú?! –pregunté con feliz incredulidad. Protegía mis pupilas con las manos.
–Sí. ¿Cómo te encuentras?
–¡No te atrapó! ¡No te atrapó! –vociferé, exultante. Ni siquiera oí su pregunta.

  Superado el deslumbramiento inicial, pude ver el sitio en el que me encontraba: un desconocido dormitorio. A un lado de la cama, mi amigo. Al otro,… ¡¡no!!... ¡¡no podía ser!! Las mismas facciones. El mismo olor seco y áspero…

  ¡¡Era el hombre del farol!!

 La pesadilla continuaba.

  Grité.

–¡No, no! –me sujetó Álex.
–Tranquilo, chaval –dijo aquél–. Soy Vicente, el sepulturero. Siento haberte asustado.

  Miré a Álex, los ojos abiertos como platos: asintió con una tranquilizadora sonrisa en los labios.

  Un alivio infinito hizo que me desplomase en la cama. La naturaleza terrenal del hombre lo cambiaba todo.

–¿Dónde estamos? –pregunté cuando fui capaz de hablar.
–En mi casa. En el cementerio. ¿Tienes hambre, chaval?


12


  Sentados a la mesa, dimos buena cuenta de nuestras respectivas tazas de chocolate caliente. A través de la ventana, se veía la carretera: aún era de noche.

  «No he debido estar desmayado mucho tiempo», supuse.

–Esperáis que os lo pregunte, ¿verdad? Esperáis que os pregunte por qué estáis aquí –inquirió Vicente.

  Cabizbajos, guardamos silencio.

–No hace falta. Lo sé.

  Nos miramos, atónitos.

–¡¿Lo sabe?! –preguntó Álex.

  Vicente asintió, apesadumbrado:

–Habéis venido para comprobar si la leyenda de las auténticas calabazas de Halloween es cierta.
–¿C, cómo…? –tartamudeé.

  Sin decir nada, Vicente abandonó el salón.

–No sois los primeros que lo intentan –dijo ya de vuelta, ofreciéndome el portarretratos que había ido a buscar–. Hubo otros. Incluida mi hija.

  La fotografía haba sido tomada en un prado: Vicente posaba junto a una niña de rasgos tan hermosos como, entonces, alegres.

  ¡¡Era Rosario, la chica más guapa del mundo!!

  Sujetaban sendos ramos de campanillas de otoño.

  Con mano temblorosa, pasé el marco a mi amigo.

–Se llamaba Rosario. Tenía trece años –declaró Vicente, nostálgico.

  Recordé la inscripción de la lápida.

–¿Se llamaba? –apuntó Álex, sin entender.
–Está muerta –dije yo.

  Me miraron, sorprendidos.

–¿La conocías? –quiso saber el hombre.
–He visto la foto de su tumba. Era muy guapa.
–La mataron las malditas calabazas –. El semblante de Vicente se endureció–. Después, como cuenta la leyenda, condenaron su alma al suplicio del fuego–. 

  Los ojos le brillaban.

 «Por eso llora», pensé.

 La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?

«Por eso lloráis».

  Vicente tardó un poco en volver a hablar:

–Cuando la encontré, todo había terminado –. Apretó los puños con rabia contenida–. En uno de sus bolsillos guardaba esto –dijo buscando entre sus ropas. 

  Mostró un diminuto frasco de cristal con tres semillas de calabaza ya viejas, secas. La mancha con forma de calavera no había desaparecido.

–Son como las vuestras, ¿verdad?
–Sí. –reconocí.
–¿Cuántas tenéis?
–Diez… doce… – calculó Álex.
–¡¡Tenemos que destruirlas! –exclamó Vicente. Su feroz y repentina determinación nos sobresaltó.
–Primero tendremos que encontrarlas –informé.
–¡¿Encontrarlas?! ¿No las tenéis?
–Las enterramos.

  Un trueno retumbó sobre nuestras cabezas.

  El sepulturero se levantó atropelladamente y abrió el armario que había tras él. Sacó un rosario y me lo entregó:

–Guárdalo. Nos ayudará.

  Cogió su vieja escopeta y se llenó los bolsillos de cartuchos.


13


  Salimos corriendo de la casa. Los relámpagos partían la noche. Álex y yo nos habíamos puesto los chubasqueros.

–¡Tenemos que encontrarlas antes de que empiece la tormenta! –exclamó Vicente con asfixiante urgencia–. ¡¿Por dónde?!

  Intentamos hacer memoria.

–¡Por allí!
–¿Estás seguro? Yo creo que era por allá.

  Vicente, decidido a no perder el precioso y escaso tiempo, se puso en marcha. Lo seguimos.

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

  Torcía a la derecha, avanzaba, se detenía, dudaba, iba a la izquierda, retrocedía unos pasos…

–¿Veis algo? ¿Recordáis haber pasado por aquí?
–Puede…
–Sí, a lo mejor…

  Caían las primeras gotas.

–¡¿Dónde estarán?! –soltó Vicente presa de la frustración.
Seguimos buscando.

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

  El tamaño y el número de gotas caídas aumentaba sin cesar.

–¡Un momento! –exclamó Álex–. Creo que era por aquí. ¡Sí, por aquí!

  Lo seguimos.

  La lluvia arreciaba por momentos.

  Encontramos la cantimplora poco después, junto a la tumba medio excavada en la que habíamos enterrado las semillas.

  «Qué curiosa imagen», pensé. La cantimplora estaba, literalmente, entre dos aguas: la contenida y la externa.

  Vicente suspiró, abatido:

–Demasiado tarde.

  El aguacero había convertido la tierra en una encharcada papilla.

–¿Y ahora qué? –pregunté, asustado.


14


–¡Mirad! –exclamó Álex señalando el interior de la tumba.

  La tierra, azotada por la intensa lluvia, se removía dando paso a emergentes curvas enlodadas. Sobre éstas, pequeños fuegos… ¡inmunes al líquido elemento! Un coro de voces, semejantes a torturados chirridos metálicos, comenzó a oírse:

  ¡...HALLOWEEEH... HALLOWEEEH...!

  Poco a poco, las llamas fueron dibujando los perfiles tras los que ardían: perversas sonrisas, ahora retorcidas por el dolor del parto, talladas en diminutas calabazas. En su interior, los atormentados espíritus de sus víctimas.

  ¡...HALLOWEEEH... HALLOWEEEH...!

  Crecieron ante nuestros atónitos y desorbitados ojos. A medida que aumentaban de tamaño, su quejido adquirió potencia y gravedad hasta convertirse en una ronca amenaza:

  ¡…HALLOWEEEH… HALLOWEEEH…!

  Las orondas criaturas, amontonadas como serpientes en su nido, cubrieron el fondo de la tumba.

  De repente, y con la velocidad del rayo, saltaron hacia nosotros.

  El susto nos hizo caer de espaldas sobre la gravilla.

  Las calabazas, sujetas a la tierra por el tallo, fibroso cordón umbilical, mordían el aire como perros rabiosos sujetos por sus correas.

  Una logró morder la punta de mi zapatilla. Sentado en el suelo, agité la pierna, frenético. Por fin, y sin saber cómo, logré soltarme. Los afilados dientes habían rasgado el caucho.

 Vicente recuperó su escopeta, y de un certero disparo, reventó una de las calabazas.

  El fuego quedó suspendido en el aire antes de desaparecer. Una ligera humareda de rostros humanos ascendió hacia el cielo lluvioso.

–¡¡Huyamooos!! –vociferó el hombre.

  No tuvo que repetirlo. Nos pusimos en pie y

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…


15


  Miramos hacia atrás: la jauría tiraba de sus amarres. De pronto, y a pesar del ruido de la lluvia, oímos el chasquido que producía la rotura de uno de los tallos.

  La escalofriante sonrisa de la calabaza pareció ensancharse:

  …¡HALLOWEEEH!...

–¡¡Se ha soltado!!

  Vino hacia nosotros con pasmosa rapidez, botando como si fuese una pelota. Su rostro de fuego dejaba una estela de luz en la negrura de la noche.

  Vicente apuntó.

  La calabaza estaba cerca,…

–¡¡Dispara!! ¡¡Dispara!!

  …muy cerca,…

–¡¡Nos va a coger!!

  …demasiado…

  La calabaza explotó. Una espiral de ánimas ascendió al Paraíso.

  Vicente cargó la escopeta. Quería destruirlas mientras aún fuese posible. Disparó en falso. Volvió a apretar el gatillo. Nada.

–¡¡La lluvia la ha inutilizado!!

  Nuevos chasquidos nos helaron la sangre. Las calabazas empezaron a botar hacia nosotros.

–¡¡Viviviennnen…!!
–¡¡…t, todaaaas…!!
–¡Por aquí! –gritó Vicente echando a correr.

  Lo seguimos.

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…
El espeluznante grito de las calabazas parecía mordernos mientras corríamos:

  ¡…HALLOWEEEH… HALLOWEEEH…!.

  Sólo dos palabras en nuestras mentes: «lejos» y «rápido».

  …CRUNCH, CRUNCH

  Vicente se detuvo, sin previo aviso, ante una caseta. Álex y yo, «¡¡Ay!!», chocamos con él.

  La puerta… ¡no se abría!

  «¡Esta cerrada con llave!», pensé, aterrorizado.

  Las calabazas estaban cerca,…

–¡¡Rápido!! ¡¡Rápido!!

  …muy cerca,…

–¡¡Vamos, vamos…!! –exigió Vicente, golpeándola.

  …demasiado…

  La puerta…


16


  …cedió.

  Oscuridad absoluta. Portazo y corrimiento de un cerrojo. Sonoros golpes en la entrada. Repiqueteo de la lluvia en el techo de uralita. Penetrante olor a desinfectante y humedad.

  Se hizo la mortecina luz de una bombilla. A nuestro alrededor, se apiñaban multitud de herramientas, cajas, botes… Pálidos y mojados, intentamos recobrar el aliento.

–Y ahora,… ¿q, qué hacemos…? –quise saber, jadeante por el esfuerzo y el miedo.

  Fuera, las calabazas golpeaban la puerta.

  …¡HALLOWEEEH!…

 –Buscar la luz –dijo Vicente sopesando el rosario que colgaba de mi cuello –. Aunque alumbra como el fuego, sólo ella ilumina.
–Si tuvieras tu escopeta… –se lamentó Álex.

  Unos bidones de plástico llenos con un líquido de intenso color verde llamaron mi atención.

–¡Tengo una idea! ¡El herbicida! Las calabazas no son hierbas, pero sí vegetales. Quizás…

  A Vicente se le iluminaron los ojos:

–…el veneno produzca el mismo efecto en ellas.
–¡Claro! Podemos llenar esos pulverizadores con pistola –sugirió mi amigo.
–¡Bien pensado, chavales!

  Aquéllos contenían un producto abrillantador. Lo sustituimos por el herbicida.

  Más golpes. La puerta vibraba en su marco.

  …¡HALLOWEEEH!...

  Vicente indicó una rejilla de ventilación en la pared trasera.

–Este es el plan: yo las entretengo, vosotros escapáis.
–¡¿Qué?!
–Ellas son muchas y nuestras posibilidades muy pocas. Si os quedáis, nos cogerán a los tres.
–P, pero… juntos… podríamos… –balbuceé.
–¡Sí! ¡Juntos! –recalcó Álex.

  Vicente posó su mano en el hombro de mi amigo, afectuoso, paternal:

–No permitiré que corráis la misma suerte que mi hija.

  No supimos qué decir.

  Desencajó la rejilla. Por la pequeña ventana, casi a ras del suelo, se asomó al exterior. Ya no llovía.

–¿Ves…

  Mi pregunta quedó interrumpida por el brusco e inesperado movimiento: el hombre metió la cabeza antes de que una calabaza se la arrancase de un mordisco:

  …¡HALLOWEEEH!...

  De modo automático, más instintivo que voluntario, Álex y yo dirigimos nuestros respectivos pulverizadores hacia la abertura: el herbicida produjo una inmediata y devastadora corrosión en el rostro de la calabaza. El fuego, y sus torturadas víctimas, quedaron al descubierto. Creí ver a Rosario entre la ardiente multitud.

  La endiablada criatura profirió (ya sin rasgos, de alguna manera) un agudo chillido de rabia y dolor antes de alejarse. En el aire quedó un intenso olor a azufre.

–¡¡Funciona!! –exclamamos, pletóricos.
–Por poco… –suspiró Vicente–. No perdamos el tiempo.

  Nos miramos sin articular palabra.

–No temáis. Tened fe –dijo mientras volvía a sopesar el rosario.
–Hasta pronto –se despidió Álex. Sus ojos brillaban.
–Hasta pronto, chaval.

  Vicente se dirigió a la puerta y comenzó a golpearla:

–¡Eh, montón de melones! ¡Os vamos a cortar en rodajas!

  Las calabazas respondieron a la provocación, enfurecidas:

  …¡HALLOWEEEH, HALLOWEEEH…

  Nos hizo una señal: «¡ahora!».

  Escudriñamos el exterior: no había (no veíamos) ninguna calabaza. Por si acaso, lanzamos una generosa nube de herbicida. Acto seguido, sintiendo que podían arrancármela de un momento a otro, saqué la cabeza.

  No había (no veía) calabazas en la costa.

  Salí. Pistola en mano, sintiéndome el protagonista de una película de acción, guardé el paso de mi amigo. Oímos a Vicente:

–¡¿Cuál de vosotras llevó a Cenicienta al baile?! ¡Seguro que no os dio propina!

  «¡Suerte! ¡Para todos!».


17


  El primer paso…

  …CRUNCH…

  …nos paralizó.

  ¡La gravilla! ¡La delatora gravilla!

  «Si pudiéramos avanzar sin pisarla…».

  Álex chasqueó los dedos en silencio: «lo tengo». Levantó el pie y, alargando la zancada, se subió en la losa de una tumba cercana. Con el dedo, trazó varios arcos seguidos en el aire.
Asentí. Había captado la idea.

  Saltando de sepulcro, «¡Perdón!», en sepulcro, «¡Perdón!», nos alejamos de las calabazas. De la caseta. De Vicente.

  Volvimos la vista: la distancia y la superposición de estructuras nos impedía ver la caseta.

  ¡TIRURITUTIII… TIRURITUTIIII...!

  La musiquilla, tan inoportuna como diáfana, salía de mi mochila.

–¡Tu madre!
–¡Mi móvil!

  Aterrado, pulsé todos los botones que encontró mi dedo. Todos menos el que debía, porque…

  ¡…TIRURITUTIII… TIRURITUTIII…!

–¡Shssss! ¡Apágaloooo…!
–¡No grites, que nos van a oír!
 
  ¡…TIRURITUTIII… TIRURITUTIII…!

 Una estridente voz, semejante a un chirrido metálico, interrumpió nuestra pelea con la electrónica:

  …¡HALLOWEEEH!...

  Una calabaza nos observaba sin dejar de votar. Estalló una súbita detonación tras ella. Humo y llamas.

–¿Q, qué es eso…?
–Es… en la caseta.

  Los votes de la calabaza se hicieron más altos y su expresión, si cabe, más feroz.:

  …¡HALLOWEEEH!...

  Reanudó la caza.


18


    Dimos media vuelta y…

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

  …emprendimos la huida. Los latidos se confundían con los jadeos.

  De repente, surgiendo de las tinieblas, otra calabaza…

  …¡HALLOWEEEH!…

  …nos cortó el paso.

–¡Por aquí! –exclamó Álex señalando una avenida perpendicular a la nuestra, ya rebasada. Retrocedimos.

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

  Incomprensiblemente, las calabazas aminoraron el ritmo de la persecución. ¿Por qué? Para mayor sorpresa y desconcierto, desembocamos en la rotonda ajardinada. Al fondo, la verja principal y la carretera.

  ¡¿Nos dejaban escapar?!

–¡¡Salvados!! –exclamé con infinita alegría.
–¡¡Lo conseguimos!! –chilló Álex con voz quebrada.

  Corrimos hacia la salvación:

  …CRUNCH, CRUNCH, CR…

  Una tercera calabaza, aparecida de repente, se interpuso entre la verja y nosotros. Volvimos a la rotonda. El pérfido juego llegaba a su fin: las calabazas habían interceptado todas las avenidas (escapatorias) que confluían en nosotros.
Estábamos rodeados.

  Se aproximaban con botes lentos y cortos. No sólo no permitían nuestra huida (como ingenuamente habíamos supuesto), sino que, además, como si de una manada de crueles gatos se tratase, disfrutaban con el sufrimiento de los indefensos ratones.

  Sus grotescas sonrisas se estiraron de manera imposible:

  …¡HALLOWEEEH, HALLOWEEEH!…

  Casi sin darnos cuenta, nos metimos en el ajardinado redondel. Espalda contra espalda, y con la única defensa del herbicida de nuestros respectivos pulverizadores, presenciamos con aterrada fascinación el estrechamiento del cerco. Pronto nos reuniríamos con Vicente…

  «No permitiré que corráis la misma suerte que mi hija».

  …y Rosario, la chica más guapa del mundo.

  Tropecé con algo. Caí sobre el césped y las flores.


19


  Bajo mis pies, semienterrado en el lodo, el farol de Vicente. Apagado. Lo cogí mientras me levantaba.

–¡S, se acercan…! –gimió Álex.

  Las calabazas, muy juntas ya, estaban a pocos metros. Su intenso hedor llegaba hasta nosotros.

  …¡HALLOWEEEH, HALLOWEEEH!…

  Aferré la cruz del rosario.

  «No temáis. (¡Estaba… caliente!).Tened fe».

  Bajé la vista y advertí que el rosario, colgado de mi cuello, emitía un resplandor intermitente. Sus cuentas, ensartadas muy juntas, semejaban…

  ¡DIOS…

  …semejaban…

  …MIO!

–¡Álex!.

  Miró de reojo, un instante:
–¿Q, qué significa eso?
–¡¿No lo ves?! ¡Son ellas!
–¡¿Las calabazas?!
–¡Sí!

  Se habían detenido. Muy cerca. Nos observaban sin dejar de botar:

  …¡HALLOWEEEH, HALLOWEEEH!…

  Un repentino y extraño hormigueo recorrió mi mano. Levanté el farol.

  «¡¿Qué más?! ¡¿Qué más puede pasar?!».

  Su puertecilla se abrió. Lentamente. Sola.

  Entonces recordé.

  «…la luz. Aunque alumbra como el fuego, sólo ella ilumina».
Y comprendí:

  Sólo la Luz te salva del Infierno.

  Introduje el rosario, sarta de diminutas calabazas, en el pequeño receptáculo de hierro y cristal. La puertecilla se cerró. Lentamente. Sola.

  Lo levanté sobre mi cabeza. El parpadeo luminoso del rosario se hizo más intenso.

  De improviso, el coro de chirriantes voces fue bajando el tono hasta enmudecer. El desconcierto primero, y la zozobra después, hicieron que las macabras sonrisas desapareciesen.

–¡¿Qué les pasa?!
–¡¡Es la Luz, Álex!! ¡¡La Luz!!

  El farol, colgado de mi mano, se había convertido en un potente foco. Álex y yo nos descubrimos mirándolo… directamente. Sin ceguera. Sin sufrimiento. Para ellas, en cambio, su contemplación suponía un auténtico martirio:

  …¡¡¡HALLOWEEEH!!!...

  De súbito, fibrosas raíces brotaron en sus flancos, uniéndolas entre sí. Las llamas de su interior, devoradoras insaciables, comenzaron a aflorar convirtiéndolas en torturadas bolas de fuego:

 …¡¡¡HALLOWEEEH!!!...

  El humo de la combustión ascendía dibujando efímeros y sinuosos semblantes. Dos de ellos quedaron flotando frente a nosotros.

  Eran Vicente y Rosario.

  Sonrieron felices antes de disiparse en las alturas.

  A nuestro alrededor, el rosario de calabazas se consumía:

  …¡¡¡HALLOWEEEH!!!...

  La luz del farol (del rosario), sujeta sobre mi cabeza, osciló varias veces antes de estallar en un fogonazo blanco que lo llenó todo.


20


  Lentamente, la nada lechosa fue oscureciéndose hasta convertirse en penumbra. Sobre el horizonte, un suave y resplandeciente hilo dorado. La noche de Halloween, tiempo de sombras y misterios, de pesadillas y vigilias, llegaba a su fin.

  Álex y yo nos levantamos del barro al que habíamos caído:

–¿Estás bien?
–Eso creo –contesté sujetándome la cabeza. Recogí el farol, intacto. Sin el rosario.

  A nuestro alrededor, sobre la gravilla, había quedado impreso el negativo calcinado de las calabazas.


21


  La caseta era un perímetro de pocos ladrillos irregularmente devorados por las llamas. Dentro, el intenso calor había actuado sobre las diversos materiales: fusión, incineración, evaporación…

  En cuanto a Vicente…

 Su espíritu, ya liberado, demostraba que no había podido escapar de las calabazas. Pero, ¿dónde estaba su cuerpo? 

  ¿Había sido totalmente devorado por el fuego? ¿Era posible que no quedase ningún vestigio de él?

–Puede que saliera por detrás, como nosotros, y lo cogieran en otra parte –aventuró mi amigo.

  Depositamos el farol. Como ofrenda.

–Es hora de marcharnos –suspiró Álex. El cansancio, físico y emocional, se reflejaba en su rostro.
–Aún no. Queda algo por hacer.

  Me acompañó hasta la rotonda.

–Ayúdame –le dije mientras empezaba a cortar flores.
Entre los dos formamos un hermoso ramo de campanillas de otoño.


22


  A la luz del día de Difuntos, no fue difícil encontrarla. Era la misma y era distinta. Sus rasgos eran tan hermosos como felices. En la fotografía de la lápida, sus ojos estaban llenos de vida.

  «La princesa ya no está triste».

–Seguro que le gustan.

  Un débil y breve fulgor titiló en su cuello: lucía,…

  …¡el rosario desaparecido!

  Me agaché para depositar el ramo al pie del nicho y entonces lo vi.

  Tuve que apoyarme para no caer.

  Álex, inquieto, advirtió mi azoramiento:

–¿Qué…

  Atónito, no pudo terminar la frase.

  El difunto que ocupaba el nicho inferior al de Rosario era…


23


  …¡¡Vicente!!.

  La fecha de la lápida anunciaba que había muerto el mismo día que su hija: ¡un año atrás!

 Por tanto, como imaginamos la primera vez que lo vimos, farol en mano, Vicente era (había sido)…

  …¡¡un fantasma!!

  En la fotografía, su rostro, como el de su hija, reflejaba una dicha inmensa.

  Estaban con la Luz.


24


  Camino de la verja,…

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

  …reparamos en la puerta de la humilde casa adosada a la tapia. Estaba entreabierta.

  Imposible resistir el impulso. La movimos. Sus bisagras chirriaron.

  Para nuestra (enésima) sorpresa, la morada de Vicente, la misma en la que yo me había repuesto del desmayo, la misma en la que habíamos compartido mesa y chocolate caliente, estaba vacía.

  La ausencia de enseres, el polvo acumulado y el olor a humedad indicaban que llevaba mucho tiempo deshabitada.

  Al menos un año.

  Entramos.

  Tirado en el suelo, viejo y amarillento, un periódico. Su cabecera, dos palabras impresas con solemnes mayúsculas:

«GACETA LOCAL»


  Una súbita corriente de aire lo abrió. Las páginas aletearon, frenéticas, durante unos segundos.

  En la página derecha, encajada entre las columnas de texto, la misma fotografía enmarcada que Vicente nos mostró horas (siglos) antes. Arriba, un titular:

«NUNCA SIN TI. PARA SIEMPRE CONTIGO»


  En cuclillas, sin atrevernos a tocar el papel, seguimos leyendo:

  «Ayer, día de Difuntos, fueron encontrados, a primera hora de la mañana, los cuerpos sin vida de Vicente, el sepulturero, y de Rosario, su hija. Según el jardinero del cementerio, autor del hallazgo, “la chica estaba tendida en el suelo y su padre, con un rosario entre las manos, reposaba de rodillas, sobre ella”.
  Se cree que la pequeña ha sido víctima de una dolencia cardiaca.

  “Vicente ha muerto de pena”, declara el jardinero».


25


  Salimos cabizbajos, perdidos en nuestras cavilaciones.

  Un torturado chirrido metálico…

  «¡¡Las calabazas!!».

  …nos sobresaltó.

  Era la verja de entrada. Se estaba abriendo. Lentamente. Sola.

   El cementerio (abarrotado y, al mismo tiempo, sin nadie) nos despedía. No así a Chucky y a Freddy Krueger. Éstos quedaban allí, enterrados para siempre.

  Nos dirigimos hacia aquélla,…

  …CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH…

  … y la cruzamos.

  A nuestra espalda, silencio y quietud. Delante, el creciente tráfico de la carretera.


26


  Llegado este punto, podría pensarse que aquí termina nuestra asombrosa historia. Pero no es así.

  Antes o después, alguien, en alguna parte, volverá a encontrar una calabaza cuyas pepitas tengan unas extrañas manchas con forma de calavera.

  Si el involuntario descubridor es un adulto gris, como yo lo soy ahora, pensará, atareado y desdeñoso, que tiene cosas más importantes y serias a las que dedicar su tiempo.

  Pero si es, como diría Vicente, un chaval de doce años y tiene la imaginación y el valor suficientes, ocurrirán tantas y tan extraordinarias cosas que, incluso sus protagonistas, se resistirán a creerlas. Contrarias a la razón y a la lógica, serán, al mismo tiempo, ciertas e inolvidables. «No puede suceder. Sin embargo, lo estoy viviendo», pensarán.



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