viernes, 9 de noviembre de 2018

Jack de Jacks




Retrato de Mary Jane Kelly. Imagen sujeta a derechos de autor

El 9 de noviembre del año 1888 el cadáver de la Joven Mary Jeannette Kelly fue hallado a las 10:45 de la mañana en la habitación número trece de Mille´s Courts. El crimen fue brutal: le habían seccionado la nariz, los senos y las orejas; tenía el vientre abierto y los órganos habían sido extraídos y esparcidos alrededor del cuerpo. Algunos pedazos de carne arrancados de los muslos y de la faz descarnada flotaban sobre la sanguinolenta mezcla. Hoy se cumplen ciento treinta años de este terrorífico suceso, que conmocionó a todo Londres. El último y más depravado crimen atribuido a uno de los asesinos más enigmáticos de la historia: Jack el destripador. 

  Muchas han sido las conjeturas vertidas alrededor de este turbio y enigmático suceso. Fueron varios los testimonios registrados en la encuesta judicial, uno de los más notorios  el del obrero George Hutchinson, amigo de la víctima, además del último en verla con vida, que fue considerado altamente sospechoso. Hutchinson se presentó en comisaría cuatro días después del macabro descubrimiento, y este retraso fue tomado por las autoridades como un intento de malograr la investigación. Fue el sargento Edward Badham el encargado de tomarle declaración, en la cual el denunciante asegura haber visto a la víctima poco antes de su muerte: con un señor de aspecto respetable, muy elegantemente vestido y con pinta de extranjero. Quién sabe, tal vez un judío

  El cuerpo de Kelly fue examinado a conciencia por dos médicos forenses de alto prestigio: Thomas Bond y George Bagster, quienes redactaron un detallado informe. 

Certificado de defunción en el que la víctima fue registrada como Marie Jeannette Kelly Davis



Documento real de la escena del crimen. Imagen sujeta a derechos de autor.



  Con motivo de la conmemoración de este ciento treinta aniversario, en Caosfera hemos decidido recurrir al buen hacer de Gabriel Pombo, como ya sabéis, colaborador habitual además de uno de los investigadores más prestigiosos en torno al tema. Recordemos el fragmento que Gabriel dedicó a este emblemático suceso en su novela El animal más peligroso:

  Aquella madrugada varias vecinas y colegas de oficio la vieron entrar y salir incansablemente de su pieza, llevando a ésta candidatos muy diversos. La señora Mary Ann Cox, una viuda de treinta y un años, también prostituta, la halló asida del brazo de un sujeto desarreglado, bajo, gordo, de mejillas sonrosadas por el exceso de alcohol y bigote rubio. Para tornarlo más ridículo aún, el cliente aferraba una jarra de cerveza. Jeannette abrió la puerta del número 13 y lo hizo pasar, pero antes de entrar ella misma vio a Cox que se retiraba de su habitación –que quedaba próxima a la ocupada por la pelirroja– y le anunció: –Amiga, te voy a dedicar una canción – tras lo cual se puso a entonar una balada titulada «Una violeta que arranqué de la tumba de mi madre». Aparte de que la melodía era triste, la intérprete desafinaba. Al rato la viuda volvió a verla salir en busca de otro cliente. El último testigo que la habría avistado en esa velada fue un obrero amigo suyo: George Hutchinson, quien más tarde describiría al presunto último acompañante que esa noche ella tuviera como un individuo muy elegantemente vestido y «con pinta de extranjero, tal vez un judío». El domingo 9 de noviembre era un día festivo para los londinenses en el cual se celebraba la fiesta del Lord Mayor, distinción que recibe el alcalde de Londres, York y otras ciudades importantes del Reino Unido. Pero no todos se sentían de espíritu alegre esa mañana. Mientras oía el paso de la carroza que transportaba al Lord Mayor y los vítores de la muchedumbre, John McCarthy –locador de aquella joven meretriz, y dueño de un bazar con frente a las covachas del edificio designado «La Corte del Molino»– refunfuñaba al revisar sus cuadernos de cuentas. Ocurría que, desde semanas atrás, los números no le cerraban y únicamente se venía sosteniendo gracias a las ventas de su negocio. En una situación normal sus ingresos primordiales derivaban de las habitaciones que alquilaba a las prostitutas en el edificio del número 26 de la calle Dorset, y ahora la mayoría de ellas le estaban adeudando. 

  Al reflexionar acerca de la razón que provocaba esos atrasos masculló para sí: «¡Es por culpa de ese maldito de Jack el Destripador! Las mujerzuelas tienen miedo de salir a las calles a trabajar, y cada vez consiguen menos plata. Por eso les cuesta tanto pagar ahora.» El arrendador se consideraba un hombre razonable. Entendía que había surgido una causa que justificaba que sus inquilinas ganaran menos, y por el momento haría la vista gorda y no las acosaría. Sin embargo, al puntear con su lápiz repasó la deuda que mantenía la pensionada del número 13. El valor ascendía a una libra y nueve chelines. Eso era mucho dinero. Por poco que estuviera trabajando le parecía claro que la irlandesa se estaba pasando de lista. –¡Indian Harry! – voceó, identificando por el seudónimo a Thomas Bowyer, su empleado de cobranzas, que había salido del bazar para contemplar el desfile. –Ven aquí de una vez hombre, que te necesito. –Sí señor, a la orden – contestó aquél, entrando con paso desganado y encaminándose hacia el escritorio donde su empleador hacía las cuentas. –No te voy a mandar lejos. Quiero que cruces la calle y vayas hasta lo de la Kelly para que, de una vez por todas, me pague el alquiler que me debe – levantó el cuaderno, y apuntando con su dedo índice señaló el importe que la muchacha adeudaba. –Si no puedes obtener el total cuando menos no regreses con las manos vacías.

  El otro asintió y fue hasta el perchero en procura de su abrigo. No es que hiciera mucho frío esa mañana, pero el gabán oscuro que ahora se ceñía completaba su apariencia de hombre serio, y él se figuraba que lo volvía más digno de respeto ante los morosos. A las 10.45 el cobrador aporreó a la puerta número 13. Tres, cuatro veces. No hubo respuesta. ¿Estaría la mujer adentro y fingiría no escuchar? A efectos de salir de dudas, Indian Harry se dirigió hacia la parte lateral de la vivienda para husmear por la ventana. El vidrio tenía una rotura que permitía introducir la mano y descorrer la cortina. Cuidando no lastimarse apartó la sucia tela, y aplicó un ojo a la abertura con el fin de escrutar hacia el interior. Lo que vio le hizo proferir un grito de terror, y retiró tan rápido su mano que se raspó el dorso, el cual empezó a sangrar levemente. Su miedo estaba justificado. El macabro hallazgo, que tuvo la desgracia de hacer, resultó uno de los más espantosos y depravados que consignan los anales de la criminología mundial. Encima de la cama bañada en sangre reposaban maltrechos despojos de aquella que en vida fuera una sensual cortesana. Únicamente llevaba puesto un menguado camisón, que dejaba ver el atroz estropicio infligido a su organismo. Su estómago lucía abierto en canal, y habían seccionado su nariz, sus senos y sus orejas. Trozos de su muslo y fragmentos de piel de su cara yacían junto al cuerpo descarnado. Los riñones, el hígado y otros órganos se esparcían en torno al cadáver y sobre la mesa de luz. El dantesco cuadro llenó de horror al cobrador, quién fue corriendo hasta el bazar de su patrón y le comunicó el espantoso descubrimiento. Ambos hombres se dirigieron a la pensión y, escudriñando desde la ventana, volvieron a comprobar el hecho. El dueño envió a su empleado a buscar ayuda a la comisaría de la calle Comercial, mientras él se quedaba montando guardia. Al rato, arribaron los inspectores Beck y Abberline, y el superintendente Arnold. También convocaron a los forenses Phillips y Bond. Entre otros agentes sin rango, se hizo presente Barrett de la división H de Whitechapel. Ninguno de los detectives se decidía a impartir la orden de forzar la puerta para acceder al teatro del crimen, pues aguardaban instrucciones de Sir Charles Warren. Pasaban las horas sin tenerse noticias de éste, hasta que se supo la sorprendente novedad de que el jefe supremo había presentado su dimisión esa misma mañana. A las 13.30 por fin el superintendente asumió la responsabilidad de mandar quitar la ventana para fotografiar el interior. Una vez concretada esta medida, se requirió al propietario que rompiera la puerta a fin de hacer posible el ingreso; labor que éste hizo valiéndose de una piqueta. «¡Parecía más la obra de un demonio que de un hombre!» exclamó McCarthy al testimoniar en la instrucción subsiguiente

  Con esas palabras dejó constancia de la tremenda impresión que le produjo el monstruoso hallazgo, que estremeció incluso a los más endurecidos policías que concurrieron a la tétrica habitación.


Reseña de "El animal más peligroso" Aquí


  Por supuesto, no podíamos olvidarnos de preguntarle a Gabriel su opinión sobre los posibles móviles y sus conclusiones al respecto de este espantoso hallazgo como perfecto cierre de este artículo:


  El espeluznante crimen de la bella Mary Kelly, con el atroz ensañamiento ejercido por el homicida sobre el cadáver, deja la sensación de que el victimario actuó poseído por una visión apocalíptica. En su mente perturbada no estaba destrozando un cuerpo humano sino realizando una especie de ritual sólo comprensible para él mismo, lo cual condice con lo que la actual criminología conoce sobre los asesinos en serie. Visto desde el ángulo de los actuales estudios criminalísticos y de las opiniones de los perfiladores de la talla de Robert Ressler, John Douglas y otros expertos del FBI no resulta extraño que el asesino haya considerado que con ese acto daba "culminación" a la "misión" que se impuso a sí mismo al acometer su sanguinaria serie criminal. Este crimen, donde el victimario dispuso de suficiente tiempo y de la tranquilidad de estar a solas con su víctima en un lugar a resguardo (no en la vía pública como sucediera en sus anteriores homicidios) le permitió concretar a pleno su fantasía de dominación y le indujo a creer que su "obra" ya estaba concluida, y que ya ningún nuevo crimen que perpetrase podría superar a éste. No sería causal entonces que no se detectasen más asesinatos atribuibles a Jack the Ripper. Este psicópata (fuera quien fuera) ya no volvió a asesinar, porque ya no tenía "motivos" para hacerlo. No volvió nunca más, tras consumar este crimen, a arriesgarse a ser atrapado in fraganti, y así fue que se pudo mantener impune y desconocido hasta nuestros días.



viernes, 2 de noviembre de 2018

Relatos extraños Vol.1 y Vol.2



 

 

                                                                               
  «El infame Teodomiro nos acerca aquello que no se ve a simple vista, lo que no queremos mirar. Es una sacudida de los cimientos de la razón, que demuestra, una vez más, la inconsistencia de la realidad que nos rodea.» 


Benjamin Stiglitz 

(Profesor de física cuántica, investigador y científico de campo) 




En octubre del pasado año por fin vio la luz Relatos Extraños, antología editada por la Editorial Gradiente. Se trata de una recopilación de historias cortas escritas por su autor entre los años 2007 y 2016. El primer volumen llegó compuesto por veintisiete relatos y gozó de singular éxito al poco de su lanzamiento. 

    El próximo 22 de noviembre -tras un descanso por parte del autor, inmerso en otros proyectos literarios- verá la luz, si Satán quiere y Dios no lo remedia, el segundo volumen de esta colección, que promete convertirse en saga. 

   Este segundo volumen llega compuesto, ni más ni menos, que por un total de treinta y nueve relatos cortos con un tono más gamberro, desprejuiciado e irreverente que los incluidos en el volumen anterior. Una apuesta arriesgada que cuenta, nuevamente, con el apoyo de la editorial Gradiente, famosa por su afinidad con el vanguardismo y las propuestas de corte underground

  A quienes tuvieron la oportunidad de leer el primero y disfrutaron tanto la variedad de su temática como de su estilo poco ortodoxo o sus elementos y pasajes propios del realismo mágico, les podemos asegurar que este nueva inmersión literaria no les defraudará. Y, por supuesto, quienes no lo han leído, están a tiempo de hacerlo. Pueden encontrar el primer volumen en Amazon y librerías como Casa del Libro o El Corte Inglés, en impresión bajo demanda. Y por supuesto, también en formato digital. 


  Debido a la proximidad del lanzamiento de este segundo volumen, en Caosfera hemos decidido hablar con su autor, Teodomiro de Moraleda, para pedirle que nos explique la génesis de su obra:


  Reconozco que Relatos extraños fue una aventura singular, ya que lo tenía todo en contra. Pero por suerte aún hay editoriales que se arriesgan con autores considerados “malditos”. Para mí, la escritura responde casi a un acto compulsivo. Escribo porque necesito plasmar de una manera u otra todo lo que fluye en mi “caja de ideas”. De alguna forma misteriosa, la hoja en blanco es mi escenario, el bolígrafo es mi cámara , y las letras mis actores… Y así , la cosa va tomando forma, entre todos creamos un conjunto. ¿Nuestra propia película, tal vez? Sí. La verdad es que yo quería ser director de cine, pero escribir es mucho más sencillo; no tienes que comunicarte con un montón de gente ni coordinarlos para contar tu historia. Simplemente la escribes y listo. Al final, en cierto modo, todos somos contadores de historias, ¿o no es así? 

   En este segundo volumen de la saga Relatos extraños, el lector podrá encontrar un total de treinta y nueve historias cortas de muy diversa temática e índole que también cuentan con multitud de elementos dispares: hoteles encantados, asesinos, snuff movies, personajes extraños, zombies, canibalismo, insectos, fantasmas, mentes alteradas, licántropos, porteros automáticos, bombas, niños traviesos, dimensiones alternativas, misteriosos cambios de sexo, diarreas masivas…y un largo etcétera. Todas ellas historias procedentes de viajes sin avión, equipaje, ni LSD. Espero que puedan disfrutarlas, o al menos no sufrirlas demasiado. Que las amen o las odien ya es cosa suya, me conformo con que no les dejen indiferentes.



PODÉIS ENCONTRAR EL PRIMER VOLUMEN DE RELATOS EXTRAÑOS AQUÍ