viernes, 6 de diciembre de 2019

Él, ella






¿Qué os parece un buen relato splatterpunk para terminar el viernes? Hoy os traemos otro de los relatos que pudimos leer durante la convocatoria de nuestra antología "Gritos sucios". Su autor es el bogotano Santiago Alberto Serna Caicedo, finalista en varios certámenes literarios y autor de las obras El cielo de los caídos y El despertar, entre otras. Sin más, os dejo con esta perversión no apta para pusilánimes. 



Mordió uno de sus senos mientras la despojaba de la ropa interior. Pudo notar que el calzón estaba húmedo, esto le excitó y se masturbó. Después de que el pene le colgara flácido entre las piernas, comenzó el ritual que le tomaría toda la noche para alcanzar el clímax. La vistió con una diminuta prenda negra de satén que se perdía entre sus nalgas. Después de atarla ella lloró, lo que le puso de mal genio. La golpeó por segunda vez e hizo que el labio superior sangrase. Él no pudo resistirse y lo lamió de forma perversa, mordió con fuerza, para que la sangre siguiera brotando e inundara su boca. Su pene de nuevo se puso duro y la penetro con fuerza, la mordaza le impedía gritar, pero las lágrimas en sus ojos demostraban el dolor que sentía al ser follada de esa forma fría y brutal. Él se detuvo, la magia de la noche estaba rota. Aunque no era tan simple y no quería admitirlo, la mujer que colgaba de los amarres, desnuda y asustada, era diferente. Las lágrimas que recorrían ese rostro blanco empezaban a surtir cierto efecto y esto lo hizo dudar. Los deseos de cortarla, morderla, golpearla y masturbarse con su dolor, no surgían, parecían apagados. Algo en él se había roto y esta noche no era igual a las demás, en donde había traído tantas mujeres que todos los rostros le parecían iguales, para que terminaran destrozadas bajo sus instintos más básicos y perversos. La abofeteó con fuerza haciendo que el labio sangrara de nuevo, uno de sus dientes escapo de la boca y él no sintió nada por primera vez, no se excitó por el dolor de su presa. 

  Ella pudo sentir cómo se humedecía la prenda que apenas cubría sus partes, cómo la orina bañaba sus piernas y el cuerpo le temblaba. Su boca estaba llena de sangre. La garganta le ardía. No tenía fuerzas, si no fuera por las ataduras que le impedían cambiar la posición obscena y cómica en la cual estaba colocada, habría caído de rodillas al suelo. Los meados se mezclaban con la sangre que brotaba de su culo, se sentía mancillada, acabada, humillada. Jamás pensó que su vida acabaría de ese modo. Recordaba muy poco de lo sucedido. Hacía un momento estaba haciendo fila para entrar al cine, cuando aquel extraño hombre se acercó a ella y sopló el humo del cigarrillo que fumaba con desespero sobre ella. Desde ese instante todo se volvió negro en su memoria. Cuando recuperó la conciencia se vio casi desnuda atada con unas cadenas que la mantenía en pie. Esto la sorprendió, quiso gritar pero fue interrumpida por el dolor cuando la verga del hombre entró entre sus nalgas. Intentó soltarse y decir algo, pero el tipo le metió su ropa interior en la boca para evitar que hiciera algún sonido. La penetró con tal fuerza que pudo sentir como era desgarrada por dentro. Una lágrima nació en sus ojos cuando sintió el filo del metal cortando su piel. Al entender lo que sucedía creyó tener una revelación divina. Algo en su mente agotada cambió, empezó a sentirse bien, tranquila, al fin la muerte llegaría después de tres intentos de suicidio. 

  —Eres tan hermosa. Las voces han enmudecido y no lo entiendo, no sé qué debo hacer ahora, sé que debería cortarte y jugar con sus intestinos, beber tu sangre, acariciar tu corazón mientras que con tu mirada me ruegas que termine ya. No escucho nada, mi cabeza se ha quedado en blanco. Por primera vez no quiero lastimar a nadie. No deseo jugar con la chica que trata de sonreír mientras decido mi próximo paso. 

  Ella revivió su terrible pasado:

  —Al fin mis suplicas han sido escuchadas. Esta puta vida acabará. Podré olvidar cuando mi padre metía su sucia verga dentro de mí y su putrefacta lengua recorría cada uno de mis hendiduras. También olvidaré que él asesino a mi madre para quedarse sólo conmigo, su hija, su amante, su mujer. Fue una noche cualquiera hace cinco años, él estaba borracho y aún sujetaba una botella de cerveza a la mitad. Mi madre, con su cara de vaca estúpida, se acercó para darle un beso en la mejilla y preguntarle si quería comer. Él la empujó con fuerza y la tiró a un lado de la sala. 

  —Déjame en paz, puta —le gritó y volvió a clavar sus ojos en el televisor para seguir mirando como su equipo del alma perdía un partido por sexta vez consecutiva. Ella se golpeó contra el borde de una mesa que estaba al lado del sofá, la madera le cortó la frente, haciendo que sangrara mucho. Mientras trataba de limpiarse el rostro, mi padre fijó su atención en ella. 

  —Ahora qué sucede, ahora le dirás a la niña que fui yo, para que me tenga más miedo. Ella es mía y no cambiarías eso.

  Escupió una gran bola verde contra el rostro de mamá, luego bebió otro sorbo de cerveza. 

  —No es nada, no te preocupes amor —dijo ella con la voz rota. 

  Yo estaba en la cocina. Lavaba los platos, ya que sus tontas discusiones no me interesaban. Sabía cómo terminarían, él eyacularía en sus calzones y vendría a mi cuarto por el segundo de la noche, pero esa noche todo cambio. Mi padre se levantó y estrelló la botella en la cabeza de mi madre, que se desplomó como una paloma muerta. Ahora tenía otra herida, intentó levantarse pero él se lo impidió con una patada en el estómago. Volvió a abofetearla y le dio de nuevo con la botella, esto hizo que tres de sus dientes volaran. Mi madre no gritaba, no rogaba a pesar de que su ojo derecho le colgaba de la cuenca ocular. Ella solo esperaba a que se detuviese, para poder incorporarse y limpiarse las heridas, como hacía siempre cada vez que tenían una discusión. Pero él no quería detenerse, cuando se dio cuenta de que podía cortarla con la botella rota, se centró en su pecho. Se había sentado sobre ella, así que la botella entró y salió destrozando la piel, salpicando la sangre por las paredes, el suelo y la camisa de mi padre. Paró cuando mi madre era una masa sanguinolenta y uniforme de carne. Se levantó, su verga se había puesto dura y se acercó a mí. Me tomó con fuerza del brazo, rompió mi ropa interior y me penetró duro. Me dolió mucho, ahora él se había robado mi virginidad de atrás. Con tres empujones se corrió, dejándome sucia con su semen y la sangre de mi madre. Hace un mes le di fin a cinco años de concubinato con el hombre que me dio la vida. Mezcle varias drogas en su bebida y, cuando intentó chuparme las tetas, cogí el cuchillo y de una sola cuchillada le separe el pene del cuerpo. Después, le asesté un tajo en la garganta. No sé si debo decirlo, pero me masturbé mientras él se desangraba en nuestra cama. Así que estoy feliz, porque cuando acabe esta noche, todo acabara. No era la forma enque quería hacerlo, pero qué mierda, es una forma de terminar con todo. 

  
  Supo que él era diferente cuando sostuvo a un pequeño sapo en el laboratorio del colegio, apretó y apretó hasta que los ojos y las tripas del animal brotaron entre sus dedos. Se sentía pegajoso y esto le gustó, fue una sensación que llamó su atención. Empezó a experimentar con otras criaturas para descubrir por qué tenía esos sentimientos cuando les causaba daño. Al sapo le siguieron pequeñas aves a las cuales arrancaba las alas para después contemplar su agonía. Después vinieron ratas, gatos, hámster, también puede incluirse un enorme perro, el san Bernardo de su vecina. Le aplastó la cabeza con una roca, por primera vez observo los sesos esparcidos de un ser vivo y eso le dio satisfacción. A los dieciséis los animales ya no calmaban el ansia que atravesaba su pecho, comenzó a crear formas distintas de torturarlos y matarlos. Por seis meses planeó la muerte de un hombre de la calle, lo hizo de un solo tajo en la garganta, el hombre murió tan al instante que no pudo disfrutarlo. Dos meses después fue una prostituta a la que violó, y apuñaló más de 32 veces. Ese día las voces en su cabeza surgieron, para guiarle paso a paso en el ritual en que se convirtió el deseo de sexo y sangre que le producían sus víctimas. Deaseaba violarlas por todos ladosy y destriparlas para masturbarse sobre sus órganos antes de cortarles la garganta. Deseaba ver como morían ahogadas en su propia sangre. Después de la sexta víctima, a la cual despedazó con una sierra y para dársela de comer al perro nuevo de la vecina, decidió escuchar las voces que le decían que era el momento de llevar a su madre al lugar sagrado donde su hijito pasaba las noches una vez al mes. Quería mirar a los ojos de uno de sus seres queridos mientras la chispa de la vida se desvanecía. La desnudó con cierto respeto, no la tocó, pero la despellejó viva. Después de dos horas de dolor la mujer perdió el conocimiento, jamás volvió abrir los ojos. Dos días después tuvo que hacer lo mismo con su hermana. El policía que descubrió el cuerpo vomitó, le había practicado la llamada muerte vikinga: el águila de sangre. Después de cuarenta y dos mujeres creía que había llegado el momento de detenerse, por primera vez no quería cortar y cortar, era como si se hubiera enamorado, ese pensamiento lo hizo reír. 

  —El amor es una excusa para meter la verga en la vagina o el culo de las mujeres —pensó. 

  Él se saltaba todo el proceso del cortejo, las citas, las charlas, e iba a lo importante que era llegar a lo que tenían en medio de las piernas. Pero ella, la última, la que lo miraba y de algún modo le rogaba a que continuara era especial, así que decidió soltarla. Ella lo miró estupefacta, sin entender qué sucedía, cuando le entregó los leggins y el sostén para que se vistiera de nuevo. 

   —Perdón —dijo él. 

  Ella no podía creerlo, se vistió despacio, tratando de entender que sucedía. No podía creerlo, el idiota se había detenido. La cara le ardió de la ira que sentía. Apenas se puso el pantalón se acercó a él, que la observó y se masturbó con el tanga que ella dejó en el suelo. Lo abofeteó. 

  —¿Que sucede?, no entiendo, ¿no es lo quieres? ¿Acaso no es tu deseo vivir? Ellas, las que viven en mi cabeza, no me han dicho nada, te ha otorgado el don de la vida. Así que vete. 

 —¿Eso es todo?, tanto preámbulo para un pajazo con mi tanga, lo hubieras pedido desde el principio maldito pusilánime. 

  Tomó una de las cadenas con las que la había atado y golpeó el rostro del hombre, este se derrumbó mirándola con asombro. Golpeó su pene y él fue el primero en gritar esa noche. Ella le pegó varias veces seguidas, lastimándole la cara, la cabeza y la espalda. 

  Ella cogió el cuchillo y se lo clavó en la pierna, lo giró más de cuatro veces rompiendo venas y arterias. Él volvió a gritar, su sangre empezaba a ensuciarlo todo. 

  —Estás orgulloso de tu pequeña verga —le dijo mientras se la metía en la boca. 

  A pesar de que el dolor era insoportable, su pene se volvió a poner duro. Ella cerró sus dientes alrededor y se lo arrancó de un solo mordisco. Él no salía de sus asombro, por primera vez tuvo miedo, sentimiento que había olvidado cuando mató al perro san Bernardo. Supo que la muerte vendrá esa noche por él. Ella recordó a su padre, lo que la enfureció más. Agarró el trozo de carne y la metió en la boca de su atacante. Con la perfección de un carnicero le abrió el pecho dejando al descubierto todos sus órganos. Los fue arrancando uno a uno: el hígado, el estómago, los intestinos, los pulmones y el corazón. Este último lo destrozó con sus dientes.  Tuvo un orgasmo y su entrepierna se humedeció. Las piernas le temblaron y casi cae al suelo. Colocó cada uno los órganos alrededor del hombre. Mutiló uno de sus dedos y se lo llevó. Subió las escaleras del cuarto de tortura. Se bañó, se vistió y comió. Al llegar la madrugada abandonó la casa. Algo en ella había cambiado, sus labios dibujaron una sonrisa. Sentía que la depresión al fin la había abandonado. 

  Tres meses después la policía encontraría el cuerpo de un abogado tirado en la calle, con el pecho abierto, el pene cercenado y los órganos dispuestos alrededor del cadáver.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Operación agreement, olor a fracaso






¡Viernes de historia! De nuevo nuestro colaborador David López Cabia nos trae un nuevo capítulo de la Segunda Guerra Mundial. En este caso una de las operaciones secretas más catastróficas de la historia, saldada con la friolera de más de 700 muertos aliados. La historia nunca nos deja indiferentes.




En el verano de 1942 llegó a Egipto el general Bernard L. Montgomery para tomar el mando del Octavo Ejército británico. Por su parte, las tropas del Eje, exhaustas, estaban detenidas en El Alamein. Los aliados tenían una oportunidad de romper la dinámica derrotista y dar un vuelco a la guerra. 

  Mientras tanto, las unidades de operaciones especiales británicas se preparaban para llevar a cabo una serie de golpes de mano en Cirenaica (Libia). El más espectacular de ellos, era la Operación Agreement, una gran incursión de comandos en la localidad portuaria de Tobruk. 

   Bañada por las aguas del Mediterráneo, Tobruk disponía de un puerto de vital importancia para abastecer al Afrika Korps de Rommel así como a sus aliados italianos. Tan importante había sido su conquista para los alemanes que Rommel fue ascendido a mariscal de campo por ello. Por otra parte, en la ciudad, se hallaba un objetivo de gran interés para los aliados: los depósitos de combustible de Rommel. Si un puñado de hombres lograba infiltrarse en la ciudad y destruir dichos depósitos, el Afrika Korps podía quedar inmovilizado, herido de muerte, pues sin combustible, los temibles panzers no podrían ir a ninguna parte. ç


Rommel y el General Bayerlein en Tobruk


   Así pues, se dio luz verde a la incursión en Tobruk. No obstante, cada vez se añadieron más objetivos, haciendo la operación más estrepitosa. A la voladura de los depósitos de combustible había que añadir la destrucción del puerto y de los talleres de reparación de blindados, sin olvidar que también debían liberar a los prisioneros de guerra confinados en Tobruk. Aunque fuese una misión muy arriesgada, la operación Agreement resultaba tan atractiva como prometedora. 

   Al mando de los comandos que debían internarse en Tobruk estaba el teniente coronel John Haselden. Este valiente oficial británico procedía de una familia que había tenido éxito en el negocio del algodón. Haselden hablaba árabe, francés e italiano y conocía bien el desierto, por no hablar de que era capaz de hacerse pasar por un pastor árabe en territorio enemigo. De hecho, durante la desastrosa operación para capturar o matar a Rommel (operación Flipper), Haselden, como oficial del Grupo de Largo Alcance del Desierto, se había encargado de realizar el reconocimiento de la zona que debían atacar los comandos. En fin, queda claro que el valor de Haselden estaba fuera de toda duda. 


Coronel Haselden

   
   Pues bien, un grupo de comandos debía partir desde el oasis de Kufra y atravesar cientos de millas a través del desierto hasta llegar a Tobruk. Estos hombres se harían pasar por prisioneros de guerra que irían custodiados por falsos guardias alemanes. Los supuestos guardias eran en realidad agentes del SIG o Grupo Especial de Interrogatorios, judíos alemanes ataviados con el uniforme del Afrika Korps que sabían comportarse como cualquier soldado teutón. 

   Una vez se internasen en Tobruk, los comandos eliminarían la artillería costera en la bahía de Mersa Umm-esc-Sciausc para que desembarcasen refuerzos de infantería. Con la artillería costera destruida, enviarían la señal de éxito y se daría inicio a los desembarcos. Así, al norte de Tobruk desembarcaría el 11º Batallón de Marines Reales para avanzar hasta el puerto y destruirlo junto con los talleres de reparación de blindados. En Mersa Umm-esc-Sciausc tomarían tierra un pelotón de ametralladoras de los Fusileros Reales de Northumbria y tropas de los Argyll&Sutherland. Una vez reunidos con los comandos, los de Argyll&Sutherland avanzarían junto a los comandos para volar los depósitos de combustible. Todo ello se llevaría a cabo la noche del 13 al 14 de septiembre de 1942. 

    Sin embargo, la seguridad en torno a la operación era una broma macabra. En el Club Náutico de Alejandría los hombres del 11º Batallón de los Marines Reales habían sido vistos llevando a cabo sus maniobras de ensayo de desembarco y algún que otro soldado ebrio se había ido de la lengua. Lo más granado de la sociedad egipcia comentaba que los británicos atacarían Tobruk mientras saboreaban sus copas en el Club Náutico de Alejandría. Incluso en el remoto oasis de Kufra, desde donde debían partir los comandos, se rumoreaba que iban a atacar Tobruk. La operación Agreement era un secreto a voces. 

   A pesar de todo, los comandos mostraron buen ánimo y, escoltados por la patrulla Y1 del Grupo de Largo Alcance del Desierto, partieron desde el oasis de Kufra. Marchaban a bordo de camiones británicos pintados con cruces blancas y decorados con los emblemas del Afrika Korps para simular que se trataban de vehículos capturados por el Eje a los aliados. El viaje fue tedioso, pues los vehículos se hundían en las blandas arenas o se veían obligados a ascender escarpadas pendientes. El calor era implacable y los camiones carecían de lonas, por lo que los británicos siempre estaban expuestos a un sol ardiente. 

    A pesar de todo, el convoy británico logró alcanzar Hatiet Etla, una depresión de terreno ideal para esconderse y tomarse un respiro antes de atacar Tobruk. Allí, entre los arbustos y los hierbajos, los comandos ensayaron la incursión y descansaron. La noche previa a la incursión el ataque los comandos estaban de buen humor y brindaron entusiasmados por el éxito de la operación Agreement a pesar de que eran conscientes de que muchos no volverían.


Prisioneros británicos en Tobruk. Imagen sujeta a derechos
de autor

   La patrulla Y1 del Grupo de Largo Alcance del Desierto escoltó a los comandos hasta las proximidades del perímetro de Tobruk. Mientras observaban cómo el convoy de los comandos marchaba directo hacia Tobruk, los hombres del Grupo de Largo Alcance del Desierto se percataron de cómo un convoy italiano avanzaba directo hacia los hombres de Haselden. La patrulla Y1 reaccionó y en una épica carga motorizada interceptó a las tropas italianas. Hicieron un prisionero. Cuando el capitán Owen interrogó al prisionero, este le respondió que formaba parte de una división que había sido enviada a Tobruk. Había aumentado el número de defensores en la ciudad y ya era demasiado tarde para avisar a los comandos de Haselden. 

    La Fuerza B o los comandos que debían avanzar hacia Mersa Umm-esc-Sciausc superaron todos los controles sin ser detenidos. Los falsos guardias (que en realidad eran agentes del Grupo Especial de Interrogatorios) cumplieron a la perfección con su papel, intercambiando los clásicos insultos con los soldados italianos. A medida que avanzaban, llegaron a pasar ante los codiciados depósitos de combustible, excavados en roca, bien protegidos de los bombardeos aéreos. Hubiera bastado un puñado de hombres con explosivos para destruir aquellos depósitos. 

    Con los comandos llegando a la bahía de Mersa Umm-esc-Sciausc, unos cien aviones aliados comenzaron a bombardear la ciudad, tratando de distraer la atención de alemanes e italianos. Por su parte, los comandos, lograron asegurar la bahía y el teniente coronel John Haselden estableció su puesto de mando en un barracón italiano. 

   Mientras tanto, en Egipto, los mandos británicos aguardaban impacientes, pues si no recibían la señal de éxito, se suspenderían los desembarcos. Cuando se acercaba la hora límite, los hombres de Haselden enviaron la señal de éxito. Era el momento de proceder a los desembarcos. 

   El 11º Batallón de los Marines Reales (Fuerza A) marchaba a bordo de lanchas motorizadas y también a bordo de unas endebles embarcaciones de madera remolcadas con cuerdas. El desembarco no pudo ser más caótico para este batallón. La lancha del jefe de la unidad, el coronel Unwin, se averió y tuvo que tomar el mando su segundo, el mayor Hedley. Para colmo de males, las cuerdas se enredaban en las hélices y los que avanzaban hacia las playas, comenzaron a recibir un fuego muy intenso. El mayor Hedley logró llegar a tierra, aunque desembarcando muy al oeste de la playa que se les había asignado. Apenas un puñado de hombres lograron abrirse camino y, pronto, terminaron siendo capturados. 

   En la bahía de Mersa Umm-esc-Sciausc, el teniente coronel Haselden paseaba nervioso sujetando un maletín de cuero. Los refuerzos no llegaban. Las lanchas torpederas que debían transportar a los Argyll&Sutherland y al pelotón de ametralladoras de los Reales Fusileros de Nortumbria no habían respetado las instrucciones sobre la velocidad, por lo que rompieron la formación. Solo dos de las dieciocho lanchas llegaron a tierra. El resto llegaron al puerto, pero ante las fuertes descargas de los defensores, dieron media vuelta. 

   En el mar, las cosas no iban mucho mejor. El destructor Sikh fue avistado por la artillería costera y entabló un furioso duelo artillero. El buque británico terminó siendo fatalmente alcanzado, incluso el destructor Zulu trato de remolcarlo, pero fue inútil. Las escenas que se vivieron en el Sikh fueron terribles, con los hombres muriendo ahogados o corriendo envueltos en llamas. Así, ante lo insostenible de la situación se ordenó evacuar el barco. Sin embargo, esa no sería la única pérdida que sufriría la Royal Navy. Con la luz del día, el destructor Zulu y el crucero antiaéreo Coventry fueron detectados por la aviación enemiga y enviados al fondo del mar. 

   En la bahía de Mersa Umm-esc-Sciausc la situación se tornaba desesperada para los hombres de Haselden. Estaban solos y aislados y el cerco enemigo se iba estrechando sobre los comandos. Así, Haselden optó por la huida. Los comandos se dividieron en pequeños grupos y se decidió evacuar a los heridos en el camión de los operadores de radio. Mientras trataban de escapar, Haselden, que conducía el camión, frenó y empuñó su Thompson para acabar con una ametralladora enemiga. Una granada explotó y el valiente Haselden perdió la vida. 

   Solo un puñado de hombres, hambrientos, sucios, desnutridos y ojerosos, atravesando un sinfín de penalidades, lograron atravesar el desierto y ganar la seguridad de las líneas británicas. El último de ellos sería el teniente David Russell, que regresó un 18 de noviembre de 1942. 

   La malograda operación Agreement les había costado más de 700 muertos aliados, varias lanchas torpederas, dos destructores y un crucero antiaéreo. Por el contrario, el Eje había sufrido escasas pérdidas. 







BIBLIOGRAFÍA 

Tobruk Commando, Gordon Lansborough 

Afrika Korps, Paul Carell 

Operation Agreement, Jewish commandos and the raid on Tobruk, John Sadler 

A raid too far, David Jefferson 

SAS Ghost Patrol, Damian Lewis



PARA SABER MÁS

Sangre y fuego en Tobruk, David López Cabia




viernes, 22 de noviembre de 2019

La primera en morir





  ¿Teníais ganas de un nuevo relato Splatterpunk? pues ya tenéis aquí otra de las obras que pudimos leer en nuestra convocatoria. Su autor es Vicente Díaz, licenciado en comunicación audiovisual y especialista en la redacción de contenidos relacionados con el mundo del cine. Vicente es co-autor del libro "Alien, el 8º pasajero. El libro del 40 aniversario", editado recientemente por Notorius ediciones. Sin más preámbulos os dejamos con La primera en morir, un relato muy cinematográfico con el que, seguro, os lo vais a pasar pipa:




  ¡Bienvenidas, subcriaturas, a una nueva edición de Mondo Viscoso, como siempre desde el legendario cine Venture, en Ya-Sabes-Qué-Ciudad! ¡Mondo Viscoso, podcast en directo que hace aullar a los licántropos y maullar a las chicas-gato! Bobby Nefasto al micrófono, hoy acompañado de alguien muy especial. Pero, antes de comenzar, os lanzo una pregunta: ¿por qué siempre hablamos de la final girl y nunca de la primera víctima? Es de todos conocido que, en las pelis, la primera muerte suele ser la más espectacular, pero la gloria siempre se la lleva la final girl, la que sobrevive, o al menos la última en morir. Nuestra invitada de hoy sabe mucho al respecto… 


  
  Los grillos y las ranas llenan de sonidos una calurosa noche veraniega. La luna llena se refleja en el estanque, donde una chica rubia disfruta del agua como Dios la trajo al mundo. Hace un rato que Kevin, su novio, decidió volver a la caravana para liarse unos porros y vaciar latas de cerveza, así que Kristy ha podido disfrutar un rato tranquila de la naturaleza, pero ya comienza a aburrirse. Nada hacia el pequeño embarcadero y se encarama a él. Por alguna razón estira de manera sensual su escultural cuerpo de animadora, como si estuviera posando para un público inexistente. Los minishorts vaqueros están sobre los tablones del embarcadero, donde los dejó, pero las zapatillas y camiseta han desaparecido. 


  Muy gracioso, Kevin exclama mientras se enfunda los minishorts. 


  Un crujido de ramas llama su atención. El sonido procede de unos matorrales cercanos donde cuelgan sus deportivas y su camiseta de la Universidad de Michigan. 


 Y ahora es cuando sales de los matorrales y me das un susto, ¿eh? ¡Muy, MUY gracioso, Kevin! 


  No hay respuesta desde los matorrales. Ningún sonido y ni el mínimo movimiento. Vestida sólo con los minúsculos pantalones, Kristy comienza a caminar con cautela para recuperar sus prendas, pisando primero sobre el embarcadero, y luego sobre el suelo del bosque. Al llegar junto al matorral, se detiene un momento, sin atreverse a extender el brazo para recuperar su camiseta. 

   Una explosión de agua a su espalda. La joven rubia se gira y no cree lo que está viendo. 

  La mole ha saltado desde la profundidad del lago y ha aterrizado sobre el embarcadero, que a duras penas aguanta su peso. La cosa, de aspecto vagamente humano, está cubierta por andrajos, algas y una numerosa cantidad de cuchillos clavados por todo su cuerpo de gigante. Su melena negra enmarca algo que no es un rostro, ya que la piel ha sido quemada y arrancada hace mucho tiempo. Dos ojos vidriosos y redondos observaban desde una calavera. En su puño derecho, un hacha de leñador refleja la luna con destellos ominosos. 

  Kristy se ve invadida por el pánico y lanza un grito ensordecedor. Su novio, Kevin, duerme profundamente en la caravana debido a los efectos de la droga y el alcohol. La joven rubia, sin motivo lógico, comienza a correr hacia la profundidad del bosque, en lugar de escapar en dirección a la caravana. A pesar de huir con toda su energía, no parece alejarse del monstruo, que la persigue con parsimonia, sin acelerar el paso. 

  Intentando no tropezar con las raíces, Kristy avanza entre árboles y matorrales, arañándose la piel desnuda con las ramas. Sin dejar de correr, se atreve a lanzar una mirada a sus espaldas, por encima del hombro, justo a tiempo para ver cómo el monstruo, con su mano izquierda, arranca un cuchillo de caza de su propio pecho y se lo lanza. Tras volar por el aire, la hoja se clava profundamente en el muslo derecho de la joven, que ve asomar la punta por la parte delantera de su pierna justo antes de caer rodando por el suelo, aullando de dolor. 

  Tumbada de espaldas sobre las hojas secas, Kristy no puede hacer gran cosa que sollozar cuando la criatura aferra con una sola mano su cuello, levantándola en vilo sin esfuerzo. La rubia golpea inútilmente el grueso brazo, mientras que patalea en el aire, salpicando el suelo con gotas de sangre. La cosa acerca el rostro de la rubia a su pútrida calavera. De entre los dientes amarillos surge una cosa negra y podrida que en algún momento fue una lengua, y lame el bello rostro de la joven. La chica apenas tiene tiempo de asquearse ya que, con un fuerte empujón, la criatura deja clavada a Kristy en el tronco de un árbol. Una rama partida y afilada atraviesa su estrecha cintura como si se tratara de la mariposa de una colección. 

  Un manantial rojo brota alrededor de la rama que atraviesa su cuerpo. Los gritos aumentan cuando el ser se arranca otro cuchillo de caza de su propio abdomen y se lo clava a la joven en la clavícula, atravesando hueso, carne y madera, fijando con más firmeza a la joven en el tronco del árbol. Los gritos de Kristy se convierten en un gorgoteo cuando la sangre llena su garganta y brota de su boca. 

  El monstruo se queda unos instantes contemplando a la rubia clavada en el árbol, como si se tratase de una obra de arte. Acto seguido pone a su hacha a trabajar: pierna izquierda, pierna derecha, antebrazo derecho y brazo izquierdo van cayendo sobre el gran charco de sangre que se ha formado al pie del árbol. Kristy sigue viva y lanza un último grito ahogado cuando la hoja del hacha se dirige a su cuello. La melena rubia se agita en el aire mientras la cabeza vuela sobre un géiser de hemoglobina. 

  

  Si a los verdaderos fans del cine de terror, a los veteranos, os digo La escena inicial de Sangre en el bosque IV, sabréis de inmediato quién es nuestra estrella invitada. ¡Exacto! ¡Aplausos y alaridos, subcriaturas, porque tenemos con nosotros Barbara Chase! 


  ¡Caray, gracias! ¡Vaya recibimiento! Tienes un público maravilloso aquí, Bobby. 


 Te mereces el aplauso, Barbara. Casi nadie recuerda Sangre en el bosque IV, de hecho casi nadie recuerda la saga, pero la escena inicial es mítica. 


  Para los cuatro que la vieron. 


  ¡Correcto! Encontrar la famosa copia no censurada era toda una aventura en los tiempos de las cintas de vídeo. No había Internet, sólo fanzines, videoclubs cochambrosos y “un tío que conoce a un tío”, pero merecía la pena encontrarla, no sólo por ver a Barbara Chase correteando en topless por el bosque, sino por el gore, bastante brutal para una película americana. ¡Esos hachazos! 


  Sí, el rodaje fue un infierno, y cuando vi que censuraban la escena en Estados Unidos fue un poco frustrante, pero ese trabajo me dio un montón de papeles en la serie B, no sólo en Estados Unidos, sino también en Europa. 


  Casi todos como primera víctima. 


  Bueno, ya sabes... ¿qué mejor manera de comenzar una película con una rubia desnuda? 


  
  El agua cae con fuerza sobre el espectacular cuerpo de Ashley. El vapor rodea a la rubia, que siempre agradece una ducha muy, muy caliente tras una jornada en la oficina. Al escuchar el timbre del teléfono, sale de la ducha con una mueca de fastidio, se envuelve en una toalla y apresura el paso hacia la sala de estar de su apartamento en Manhattan. Por el ventanal se aprecian las luces de la ciudad, inmóviles y nítidas. 


  ¡Estoy llegando! ¡Estoy llegando! le dice al teléfono. 


  Milagrosamente, llega a tiempo para atender a la llamada de su amiga Amber, quien le propone una cita doble para la noche del viernes. Ashley no a soporta que Amber le organice citas a ciegas, pero no cuelga el teléfono, sino que se acomoda en el sofá sin importarle que se moje, por lo visto y se entrega a la charla. Frente a ella, el televisor encendido muestra una telecomedia. La rubia coge el mando y baja el volumen. 


   Espero que no se vuelva a repetir lo de la última vez, Amber. ¡Ese abogado era más pulpo que humano! 


   Te prometo que es un partidazo. Nada de monstruos esta vez, palabra. 


  El cielo nocturno está raso. Ninguna nube amenaza la ciudad, pero un relámpago verde surge de la nada, impactando en la antena de televisión del edificio de apartamentos donde Ashley sigue de cháchara. 


  ¿Un partidazo? Sí, seguro que es de buena familia. ¡De los Frankenstein! 


  Un destello verde inunda la sala de estar y borra la telecomedia de la pantalla de televisión, dando paso a la imagen de un rostro de pesadilla, a medio camino entre humano e insecto, con mandíbulas babeantes de mantis religiosa y un par de ojos dotados de pérfida inteligencia brillando con una potente luz verde. La joven queda paralizada observando esa mirada. 


  Te llamo más tarde dice con tono impersonal antes de colgar el teléfono. 


  La mirada del engendro intensifica su poder hipnótico. Un zumbido grave que no es de este mundo es lo único que se escucha en la estancia. Obedeciendo la voluntad del monstruo, Ashley alza la palma de su mano izquierda y procede a arañarla con fuerza, pero lentamente, utilizando los dedos de la mano derecha como garras. La piel se rasga en cuatro surcos sanguinolentos. Un par de uñas se parten. El rostro de la chica no refleja dolor, ni ninguna otra emoción. Ashley se levanta del sofá, camina lentamente hacia el televisor y se arrodilla delante. Pone la mano derecha sobre la pantalla. El aparato comienza a vibrar violentamente y se transforma en una bola de luz antinatural, cuya energía hace a la joven volar hacia atrás, golpeando el sofá y cayendo inconsciente al suelo enmoquetado. 

  Ashley abre los ojos lentamente. Se siente mareada, pero el hechizo hipnótico se ha desvanecido. Sobre ella se alza un humanoide de color verde oscuro y cubierto de protuberancias quitinosas. La joven observa al ser rezumante de viscosidad sin entender lo que está viendo. Antes de poder levantarse, la criatura se abalanza sobre el cuerpo de joven, inmovilizándola con garras esqueléticas, pero fuertes. La toalla se ha desprendido durante el vuelo a través de la sala, así que su piel expuesta recibe una lluvia de gotas gelatinosas procedentes de la supurante monstruosidad. La rubia tiene tiempo de emitir un grito agudo antes de que el monstruo abra sus espantosas fauces, desde las que sale proyectada una lengua-aguijón que se clava en el esternón. El monstruo procede a inyectar ácido entre los prominentes senos de Ashley. De inmediato, su cuerpo se cubre de una red de venas hinchadas y violáceas 

  Las vasos sanguíneos revientan en numerosos lugares. El líquido oscuro y humeante se proyecta en chorros de una presión insólita, decorando toda la sala con sucios garabatos. La carne comienza a deshacerse mientras la chica sigue gritando. Sus ojos azules lloran sangre antes de estallar con violencia. El monstruo retrae su lengua-aguijón, que es inmediatamente sustituida por algo que se parece a la trompa de una mosca, pero mucho más grande y translúcida. La lengua se pega a la cara de Ashley y absorbe la carne y la piel, ya prácticamente licuadas. Se puede ver subir el jugo por la trompa semitransparente, directa hacia la abominable boca. El cráneo de la chica acaba por derretirse y colapsarse junto al resto del cuerpo. Ashley ya no es más que un charco de grumosa sustancia carmesí que el monstruo absorbe con sonoros tragos. 

  El teléfono vuelve a sonar. Una mano cubierta de viscosidad, pero blanca y femenina, descuelga el auricular. “Ashley” responde con una sonrisa y con un brillo verde en los ojos. 


   En todo caso, nunca te has avergonzado de aparecer sin ropa en las películas. 


  —No, ¿por qué? Han sido muchas horas de gimnasio como para avergonzarme. Además he conseguido casi todos los papeles por no ser timorata. 


  Papeles casi siempre de primera víctima, aunque en Nektron: Terror Eléctrico, aparte de morir la primera, también llegabas a matar gente. 


  Ni siquiera me acuerdo ya de esa película, si te digo la verdad, Bobby. 


  ¡No puede ser! ¡Si es un clásico! Esa película italiana, con mil títulos, sobre el monstruo que salía de la tele y cambiaba de forma. La jauría aquí presente la conoce bien, ¿verdad público? 


  ¡Ah, sí! ¡Tranquilos, ya me acuerdo! Hicieron un molde de mi cuerpo para derretirlo. Luego le comía las tripas a una chica o algo así y no volvía a salir más. Ese rodaje me permitió visitar Roma por primera vez. 


   ¿Te habría gustado ser la final girl en alguna ocasión? 


  En su momento sí, y supongo que es una espinita que siempre tendré clavada, pero todo aquello es agua pasada. Ahora soy la dueña de uno de los mejores gimnasios de Beverly Hills y todos aquellos papeles me sirvieron como plataforma de lanzamiento para lograrlo, así que no me puedo quejar. 



  La clase de aerobic se desarrolla con un entusiasmo excesivo tanto por parte de las alumnas como por la profesora, Amanda. Embutida en su maillot, luciendo coloridos calentadores y exhibiendo una melena rubia cardada de lo más llamativo, la joven lidera la clase con una sonrisa y moviéndose con una energía inusitada al ritmo de una pegadiza canción de baile. Es el peor trabajo, pero no deja de ir a audiciones para convertirse en una estrella cinematográfica. Al fin y al cabo, ese es el objetivo que la trajo a California. 

  La clase de aerobic se puede observar desde la calle a través de una enorme luna de vidrio, y es que a los dueños del gimnasio les parece que la mejor publicidad para el local es que se vea lo que hay dentro. La figura de un hombre vestido con un voluminoso abrigo baja lentamente por la acera y se planta delante del “escaparate”, examinando con atención el ejercicio de las jóvenes. 


  ¡Muy bien, chicas! ¡Ahora viene la parte difícil! indica Amanda a sus alumnas. 


  El vientre de la joven revienta mientras el ruido del vidrio roto y de la ráfaga de plomo sepulta la música. Amanda sale disparada hacia el enorme espejo de la pared, que también es destrozado por las balas. El hombre de la calle ha sacado el M16 con lanzagranadas que llevaba oculto bajo el abrigo y está ametrallando el gimnasio. La rubia ha acabado despatarrada en el suelo, con la espalda apoyada en el espejo roto y pintado con su sangre. Observa, aterrorizada, cómo sus intestinos se desparraman por el suelo. Las balas casi han cortado en dos su cintura. Alza la mirada para contemplar a sus alumnas agitarse en un baile que poco tiene que ver con el aerobic y sí con la lluvia de balas que agujerea y destroza sus cuerpos, salpicando el gimnasio de plasma y sesos. 

  Cuando la última alumna se desploma en el suelo con un surtidor de sangre en el cuello, el hombre deja de disparar. El humo brota por el cañón de su arma, que apunta de nuevo a Amanda. La chica alza la mano, suplicando con el gesto que no dispare más. El hombre acciona el lanzagranadas, acertando de lleno a la rubia con el proyectil. La explosión de carne, sangre, órganos internos y miembros mutilados lo ocupa todo. 



  Cuando supimos que regentabas un gimnasio, todos nos acordamos del comienzo de Ciudad de Venganza, tu única película de gran presupuesto. 


  Bueno, yo no diría que fuera de gran presupuesto, pero sí tenía una producción muy por encima de lo habitual. Mucha, mucha gente vio Ciudad de Venganza, y la verdad es que gracias a ella pude meter el pie en el mundillo de Hollywood. 


  No era una película de terror, sino de pura acción. 


  Aunque con sangre y tripas por todos lados. 


  ¡Y que lo digas, Barbara, ya no las hacen así! ¿Tuviste doble de riesgo? ¡Eh, no te rías de mí! 


  Lo siento, lo siento. No, yo era mi doble de riesgo, tuve un buen moratón en la espalda durante una semana por culpa de ese espejo. 


  Lo tuyo siempre ha sido los papeles físicos… 


  ¡No sigas por ahí, Bobby! Ya sé por dónde vas… 



  Además de los destellos de la tormenta que entran por las vidrieras, la estancia más lujosa del castillo se ilumina por cientos de velas colocados en candelabros de toda clase. En el gran lecho con dosel, una joven rubia, Brigitte, cabalga desnuda sobre un hombre pálido, pero musculoso, con la melena y los ojos de un color negro imposible. La luz de las velas se refleja sobre la piel sudorosa de la joven, definiendo cada una de sus curvas. Con movimiento firme y fluido, el hombre pone a Brigitte a cuatro patas sobre el colchón y se coloca tras ella, prosiguiendo con su labor y aumentando la intensidad del placer, a juzgar por los gemidos de la chica. Brigitte, a pesar de moverse en los círculos más decadentes de la nobleza europea, jamás ha sentido nada así. 

  La puerta de la habitación se abre sola frente a la pareja. Acompañada por la luz de los relámpagos, una mujer tan pálida y con el cabello tan negro como el hombre entra la habitación, encaminándose a la cama. Envuelta en un vestido blanco de gasa, se desplaza suavemente sin que parezca que camine, como si flotara sobre el suelo. Se detiene al pie de la cama y mira con complicidad al hombre, que no se detiene. La mujer acaricia el rostro de Brigitte y la besa en la boca. 

  Las lenguas de las dos mujeres se entrelazan con lujuria. Después de un largo rato, algo cambia: los dedos de la mujer del cabello azabache se alargan, al igual que sus uñas, que se clavan entre los cabellos dorados de la chica, sujetando la cabeza firmemente. La boca de la mujer se llena de colmillos que atraviesan la lengua de Brigitte. Ejerciendo una fuerza propia de un animal, la vampira arranca la lengua de la joven de un tirón y lo engulle como un ave de presa mientras el hombre, también transformado en monstruo, agarra con ambas manos el cuello de Brigitte desde atrás. Desencajando sus grotescas fauces, ataca con un feroz bocado arranca a la chica la parte posterior de la cabeza. 

  El vampiro escupe al suelo lo que ahora parece un cuenco pringoso relleno de masa encefálica y recubierto de largo pelo amarillo e introduce su larga lengua de reptil en la masa chorreante de sangre y cerebro. El órgano ondulante se abre paso, desde atrás, hacia la cavidad bucal de la chica, inundada de sangre, para allí encontrarse con la lengua de la vampira en un beso obsceno y grotesco con el cual ambas criaturas proceden a secar las venas de Brigitte. 



   ¡No podemos evitarlo, Barbara! ¡Ya sabes a qué vienen estos aplausos! El recuerdo es imborrable. 


   Sí, sí, sí… El comienzo de Tormenta de colmillos. El trío con los vampiros, o lo que fueran. Me lo recuerdan constantemente. 


   Venga, no me dirás que no es un clásico. 


  Claro, Ciudadano Kane y Tormenta de colmillos, a la par. 


  ¡Blasfemia! Poca gente ha tenido mejor aspecto que tú en esa escena. 


    Ahora es cuando dices que sigo teniéndolo. 


  Eso salta a la vista. Seguro que no has pasado por quirófano. 



  La sala está demasiado sucia para ser una sala de operaciones. Azulejos llenos de moho, muchos desprendidos. Fluorescentes parpadeantes. Suelo encharcado. Incluso hay una pequeña cocina, donde humea una sartén. No, no es un quirófano, pero hay instrumentos quirúrgicos sobre un mueble metálico con ruedas, y una mesa de operaciones en la que despierta Tina. 


  Buongiorno, principessa! saluda el doctor Bloodstein. 


  Tina sale de su sopor al instante y mira al rostro surcado de costuras del hombre, vestido con una bata de cirujano realmente sucia, donde se combinan la sangre seca y la fresca. 


  ¡Estabas muerto! ¡Yo te vi morir! ¡Maldito seas, Bloodstein! 


    Maldito, sí, ese es el adjetivo adecuado. 


  Tina se da cuenta de que no puede moverse. Siente un fuerte escozor de cuello para abajo. Al bajar la vista, lanza un grito. Su cuerpo, salvo por el cuello y la cabeza, ha sido desollado. Los músculos sangrientos están expuestos al aire, carentes de la cobertura de piel. 


  Si te sirve de consuelo, he de decirte que tu piel frita estaba deliciosa. Y parece ser que mi droga experimental está funcionando, porque no te has desmayado del dolor y eres incapaz de moverte. 


   ¡Cabrón! 


  Lo que te voy a extraer ahora es el músculo vasto externo del muslo izquierdo explica el doctor con su odioso tono de sabio despistado y campechano. 


  Efectivamente, el científico demuestra que sigue en forma al seccionar con habilidad y rapidez el músculo, usando para ello un bisturí. El cirujano alza el músculo en su mano y lo observa con detenimiento. 


   Sinceramente, Tina, he de admitir que no me sentó muy bien que me intentaras matar. 


  Bloodstein azota repetidamente la cara de la joven rubia en la cara con el músculo, manchando su cara de sangre. Tina rompe a llorar. 


   ¿No tienes nada que decir? ¿Ya no quedan ideas en esa cabecita rubia? Habrá que comprobarlo. 


  La joven implora clemencia, pero el cirujano no parece enternecerse. Echa el músculo en la sartén, donde se queda chisporroteando mientras Bloodstein se acerca al mueble y escoge una sierra circular, como las que se usan en las autopsias, de entre los muchos instrumentos que allí reposan. 

  El doctor silba una alegre melodía mientras conecta el aparato a un enchufe y coloca el filo de la sierra sobre la frente de Tina, que no deja de mover la cabeza de un lado a otro. Bloodstein rebusca en el bolsillo de su bata. Saca un ojo humano y lo tira al suelo. Lo mismo hace con una piruleta y un matasuegras. Finalmente extrae una jeringuilla y la clava en el cuello de la joven. Inmediatamente, deja de mover la cabeza y gime ahogadamente, incapaz de gritar o hablar. 


  Con esto estarás menos revoltosa. 


La sierra es activada y corta la piel de frente. Pronto comienza a serrar el hueso del cráneo, provocando un ruido que da auténtica dentera. Pero, de pronto, el instrumento suelta humo y se apaga. 


  No me lo puedo creer. ¿Qué pensarás de mí? ¡Vaya cirujano! exclama Bloodstein arrojando el aparato al suelo. 


  Tina, inmóvil pero con los ojos abiertos como platos, es abandonada durante unos instantes, con la sangre manando por el espantoso corte de la frente. Escucha sonidos metálicos mientras Bloodstein rebusca entre sus instrumentos. 


  ¿Eureka? se pregunta a sí mismo el cirujano. 


  Bloodstein regresa a su joven “paciente”, cuyo pelo dorado es ya casi la única parte de su cuerpo que no es de color rojo oscuro. 


  No es que sea la herramienta más sofisticada, pero trabajo con lo que tengo explica el doctor mientras exhibe un oxidado serrucho quirúrgico. 


  El cirujano comienza a serrar con cuidado, y está haciendo un buen trabajo intentando separar el cráneo sin dañar el cerebro, pero el hueso suelta serrín y provoca un súbito estornudo a Bloodstein. De manera involuntaria, sierra se hunde en la cabeza de Tina, que pone los ojos en blancos y muere. 


  Y por por cosas como esta, los cirujanos se ponen mascarilla se lamenta el doctor Bloodstein. 


  

  Ya tuve quirófanos de sobra en las películas, como aquella del Doctor Nosequé. 


  ¡Doctor Bloodstein 3! Otro clásico. En esa película hiciste de final girl, en cierto modo. 


   Bueno, heredé el papel de otra actriz, que era la final girl de la película anterior. Pero moría, otra vez, al comienzo. Casi ni recuerdo como. 


   Desollada y con un serrucho incrustado en la cabeza. Da la impresión de que no estás muy contenta con tus películas. 


    A ver, seamos sinceros: eran puta basura. 


  Pero, Barbara… nosotros te adoramos por esas películas. 


   Y me parece muy bien, me alegra de veras, pero hay que admitir eran una birria. Puro material para adolescentes pajilleros y raritos. Las hice por pasta. Era el porno o eso. 


   Un grito surge entre el público de la sala de cine. 


   ¡Desagradecida! ¡Eres quien eres gracias a nosotras! 


  Barbara se da cuenta de que, desde que ha entrado en el cine, no se ha fijado bien en el público. Simplemente había dado por hecho que serían los mismos tipos melenudos y grasientos que asisten a todos estos eventos, pero hay algo que no cuadra. Ante sus ojos, el público es una masa indeterminada de figuras fluctuantes, como vistas a través del aire caliente del desierto. La única figura distinguible es la persona que acaba de levantarse y gritar. 


  ¡Te aprovechaste de nuestras muertes y ahora nos desprecias! acusa Brigitte. 


  No tiene sentido que Brigitte esté hablando. Es ficticia, está muerta y, de hecho, le falta la lengua y la parte posterior de la cabeza. Se puede ver lo que hay tras ella a través de su boca abierta y sangrante, que gotea sobre sus pechos desnudos. 

  La ex-actriz es consciente ahora de que no recuerda ni cómo ni cuándo entró en el cine, y observa cómo el público se hace más nítido. La butacas están ocupadas por cadáveres de jóvenes rubias, algunos simplemente degollados o apuñalados, otros reducidos a mero picadillo de carne y sangre. Todos se parecen a Barbara, quien mira, perpleja, a Bobby Nefasto, aunque es incapaz de articular una pregunta. 


  ¡No me mires a mí, Barbara! Ahora es el turno de preguntas del público dice Bobby, con una sonrisa que no tiene nada de agradable. 


  ¡Me clavaron a un árbol! ¡Me descuartizaron! se queja la cabeza rubia de Kristy, haciendo equilibrios sobre sus restos despedazados. 


  ¡Eso no es nada! Por culpa de esa ingrata, me convertí en la sopa de un demonio acusa desde su butaca Ashley, un charco de viscosidad carmesí. 


  ¡Mirad qué buena figura tiene! En cambio yo, por hacer aerobic, acabé así explican los trozos de carne humeante que fueron Amanda. 


  ¡A mí me torturó y me mató un cretino que hacía chistes malos! gimotea la despellejada Tina, arrancándose el serrucho de la cabeza y agitándolo amenazadoramente en el aire. 


  Barbara logra tomar aire y grita con fuerza extraordinaria. Los cadáveres la imitan, soltando al unísono un grito idéntico que hace vibrar el edificio. 


  ¡El mítico grito de Barbara Chase! ¡Este es un momento cumbre en la historia de Mondo Viscosoaúlla Bobby, aparentemente extasiado. 


  La multitud de rubias, tanto las más o menos completas como las que están troceadas, aplastadas, licuadas o masticadas, comienza abandonar las butacas para ir acercándose lentamente al escenario. 


  ¡Hora de pagar tu deuda! explica una animadora con un hacha clavada en la cara (Linda, de Asignatura Sangrienta). 


  Barbara consigue levantarse de su silla, aunque no termina de decidir qué hacer. Se queda clavada en el escenario a causa de la visión de pura pesadilla que tiene ante ella. Bobby la mira, sin perder su sonrisa y se acerca al micrófono. 


  Bien, bien, bien… Mondo Viscoso vuelve a hacer los deseos realidad, y Barbara Chase por fin ha logrado ser la final girl. ¿Será de las que sobreviven o no llegará a la secuela? Eso depende de ella, o quizá de vuestra imaginación, mis queridas subcriaturas. Mientras tanto, como siempre, Bobby Nefasto os desea una noche infernal. ¡Hasta el próximo Mondo Viscoso!