viernes, 18 de enero de 2019

USS Indianápolis: el mensajero de la muerte



Imagen sujeta a derechos de autor



Nuestro colaborador David López Cabia regresa para hablarnos sobre uno de los episodios más espeluznantes de la Segunda Guerra Mundial: la tragedia del USS Indianápolis, inmortalizada por John Millius en boca de Robert Shaw, dentro del famoso film de Spielberg Jaws (1975). 




La noche del 29 al 30 de julio del año 1945, el crucero USS Indianápolis surcaba las aguas del Pacífico. Había cumplido  su misión de transportar la bomba atómica Little Boy hasta la isla de Tinian. Se desplazaba desde las Islas Marianas hasta la isla de Leyte (Filipinas). Sin embargo, el peligro no había terminado. De repente, se produjeron una serie de detonaciones y el buque sufrió fuertes sacudidas. ¡El USS Indianápolis había sido torpedeado! ¡Una pesadilla acababa de empezar para su tripulación! 

  Así comenzó el infierno que sufrió su tripulación. Y es que, el submarino japonés I-58 no era el único tiburón que merodeaba por aquellas aguas. Los verdaderos escualos aparecieron para devorar a los supervivientes del naufragio. 

  Sin embargo, para que la historia tenga sentido, hay que comenzar desde el principio. Botado el 7 de noviembre de 1931, el crucero USS Indianápolis, fabricado por New York Shipbuilding Co. era uno de los barcos punteros de la Armada de los Estados Unidos. 

  Se trataba de un crucero pesado de la clase “Portland”. Tenía unos 180,9 metros de eslora (largo) por 20,2 metros de manga (ancho). Semejante castillo flotante contaba con una tripulación de 1269 hombres y podía alcanzar una velocidad de 22 nudos. En cuanto a su blindaje, contaba con un grosor de 146 milímetros en cubierta y 57 milímetros en cintura. 

  En lo que respecta al armamento, contaba con 6 cañones de 200 milímetros montados en torretas triples, 8 cañones antiaéreos de 130 milímetros y 8 cañones de 50 milímetros. 

  Más allá de sus características técnicas, el USS Indianápolis alcanzó una gran popularidad, pues el presidente Franklin Delano Roosevelt viajó en varias ocasiones a bordo del crucero. Parecía que aquel imponente coloso naval estaba tocado por la buena suerte, pues se libró por poco de ser bombardeado en Pearl Harbor. Tan solo dos días antes del ataque japonés, el buque recibió instrucciones de partir a la isla de Johnston. 


Roosevelt a bordo del Indianápolis.


  Con la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, el poderoso Indianápolis jugó un papel muy activo en la campaña del Pacífico. Fue atacado por la aviación japonesa en Rabaul, bombardeó a las tropas japonesas en Nueva Guinea y combatió en las islas Aleutianas. 

  Cuando el año 1943 tocaba su fin, la tripulación pudo tomarse un descanso en Pearl Harbor. Sin embargo, poco después volvió a la acción durante la batalla de Tarawa. Su siguiente campaña sería una incursión en las islas Palau, a la que sucedió su participación en la colosal batalla del Mar de las Filipinas. Más tarde prestó servicio en las batallas de Iwo Jima y Okinawa. 

  Okinawa constituía el último paso que debían dar los estadounidenses antes de invadir las islas principales de Japón. Así pues, antes de que los marines y el ejército procediesen al desembarco, la Armada debía bombardear con furia la isla de Okinawa. Durante siete días, los cañones del Indianápolis batieron la isla sin piedad. 

  No obstante, en Okinawa, las amenazas no solo se encontraban en tierra, sino que también venían desde el aire. Se trataba de los ataques kamikaze. Los pilotos suicidas japoneses habían recibido órdenes de estrellarse contra los buques estadounidenses. Aquel nombre, kamikaze, venía a significar viento divino. El nombre de aquella fuerza suicida estaba inspirado en el tifón que mandó a pique la flota de Kublai Khan cuando trataba de invadir Japón en el siglo XIII. 

  Pues bien, los cielos se llenaron de aviones rugiendo furiosamente, con pilotos dispuestos a dar la vida por Japón y su Emperador. Mientras los aviones se cernían amenazantes sobre la flota estadounidense, el cielo se llenó de las volutas negras y grises procedentes de los proyectiles antiaéreos. 

   La tripulación del USS Indianápolis, luchando con ahínco, logró derribar seis aviones japoneses y contribuyó a abatir otros dos. Pero entonces, las cosas comenzaron a torcerse. El 31 de marzo de 1945 un avión japonés se estrelló contra el crucero estadounidense, provocando la muerte de 9 marineros y resultando heridos otros 26. 

  Los daños que causó el impacto en la estructura del Indianápolis provocaron que el buque tuviese que ser retirado de la batalla de Okinawa. La colisión había provocado dos agujeros en el casco y varios compartimentos habían sido anegados. Por tanto, tras llevar a cabo las primeras reparaciones de urgencia, el barco fue remolcado hasta Nueva Caledonia para ser reparado en profundidad. 

   Mientras la campaña del Pacífico entraba en su fase final, los altos mandos estadounidenses se percataron de que cada vez la resistencia nipona era más empecinada. Estados Unidos tenía en su arsenal un nuevo arma con el que doblegar a los combatientes japoneses: se trataba de la bomba atómica. 

   El avión que arrojase este terrible artefacto sobre Japón tendría que despegar desde las islas Marianas. Todo ello obligaba a transportar la bomba atómica Little boy desde Estados Unidos a la isla de Tinian, situada en el archipiélago de las Marianas. Para tal propósito se escogió al crucero USS Indianápolis. 

  Así pues, el 16 de julio de 1945, el USS Indianápolis zarpó de San Francisco con destino a Tinian. Tanto el capitán Charles McVay III como su tripulación ignoraban que transportaban uranio 235. Navegaron desprovistos de escolta, para no atraer la atención del enemigo. 

  Tras entregar su cargamento atómico en Tinian, los hombres del Indianápolis se sintieron liberados. A continuación, recibieron órdenes de zarpar hacia Leyte (Filipinas) para participar en unos ejercicios de cara a una eventual invasión de Japón. 

  La noche del 29 al 30 de julio de 1945, todo permanecía en calma. De repente, pasada la media noche, se produjeron una serie de explosiones. El gran navío había sido torpedeado por el submarino japonés I-58. 

  Desprovisto de escolta, era un objetivo muy suculento para el capitán Hashimoto, que no podía dejar escapar aquella presa. 

   A bordo del buque reinaba el caos, las explosiones retumbaban y el crucero sufría fuertes sacudidas. El primer torpedo alcanzó la proa y el segundo impactó en la sala de máquinas y en el depósito de municiones de la torre 2. Se desataron incendios y muchos marineros murieron devorados por las llamas. La desgracia continuó cebándose con los marineros, pues parte de la tripulación halló una muerte horrible al quedar atrapada en varios compartimentos y morir ahogada. 

  Herido de muerte, el USS Indianápolis comenzó a escorarse y se fue a pique en pocos minutos, llevándose consigo a cientos de marineros muertos. 

  Los supervivientes del hundimiento saltaron al agua. La experiencia más horrible de sus vidas acababa de comenzar. Dependiendo de las fuentes consultadas, fueron 800 o 900 los supervivientes que se zambulleron en las frías aguas del Pacífico. 



Superviviente de la tragedia con graves quemaduras
debidas a su prolongada exposición al sol


  Aquellos hombres tan solo disponían de sus chalecos salvavidas. Desgraciadamente, contaban con unos pocos botes y las lanchas salvavidas se habían ido al fondo del mar con el barco. 

  La situación de los marineros del Indianápolis se tornó espeluznante al día siguiente. Los tiburones, atraídos por los cadáveres, se cernían sobre los desdichados marinos. Ante los asustados ojos de los estadounidenses, merodeaban tiburones azules y tiburones tigre. Algunas aletas asomaban por encima del agua. Aquello bastó para sembrar el terror. 

  Primero devoraron a los muertos, pero tras dar cuenta de estos comenzaron a sentirse atraídos por el resto de los náufragos. 

  Aquellos hombres valientes estaban solos, indefensos, y lejos de cualquier buque que pudiese acudir en su ayuda. No disponían de armas con las que ahuyentar a los tiburones, sin olvidar que todas las instrucciones que les habían dado para defenderse de los escualos consistían en propinarles una fuerte patada. Aterrados, los marineros nadaron con todas sus fuerzas tratando de escapar de los tiburones. 

  El pánico se extendió mientras los tiburones daban cuenta de los marineros más desdichados. Las aguas se teñían de rojo y los hombres se aferraban a los botes, tratando de subir a bordo. Todo lo que consiguieron fue hacer volcar las embarcaciones y empeorar la situación. 

  Los tiburones continuaban devorando los cadáveres, dándose un festín. Los cuerpos sin vida colisionaban contra quienes trataban de escapar del holocausto. Era un escenario de pesadilla. Nunca en su vida se habían enfrentado a algo tan aterrador. 

   Los marineros trataron de organizarse en grupos grandes para hacer frente a los tiburones. Por el contrario, quienes quedaron aislados en el agua, terminaron siendo víctimas de los depredadores marinos. 

  Sin embargo, los tiburones no eran el único peligro de muerte que acechaba a los hombres del Indianápolis. De noche, los marineros se morían de frío, mientras que con la luz del día, languidecían bajo el implacable sol. El hambre y la sed también causaban estragos entre los supervivientes. Algunos, presa de la desesperación, bebieron agua del mar, lo que solo consiguió aumentar la deshidratación que ya padecían. 

   Las noches eran aterradoras, pues los tiburones se dirigían hacia los marineros, dispuestos a darse un festín. Para añadir mayor dramatismo a la situación, los desdichados hombres podían ver a los escualos aproximándose a través de las aguas cristalinas. De vez en cuando, los depredadores se acercaban, capturaban a su presa y la hacían desaparecer en la vastedad del océano. 

  Después de varios días flotando a su suerte en las aguas del Pacífico, los marineros fueron descubiertos por un avión el 2 de agosto de 1945. Se trataba de un hidroavión dirigido por el teniente Adrian Marks. Al no poder rescatar a la tripulación del Indianápolis, los pilotos les arrojaron un bote de goma y víveres. La dotación del hidroavión informó a la Armada del paradero de los supervivientes y un destructor acudió en su rescate. 

  Una vez más, las fuentes no se ponen de acuerdo en el número de hombres rescatados. Por dar un número redondo hablaremos de 320 marineros rescatados, entre los que se encontraba el capitán McVay, el oficial al mando del USS Indianápolis. Esto significa que más de tres cuartas partes de la tripulación había perecido en el naufragio. 


Rescate de los supervivientes de la tragedia

  Posteriormente, se decidió culpar de la tragedia al capitán McVay. Sus detractores argumentaban que no había navegado en zigzag. Durante el juicio a McVay llegó a testificar el capitán Hashimoto, quien argumentó que aunque el Indianápolis hubiese zigzagueado, él hubiese hundido el crucero igualmente. De nada sirvió el testimonio de Hashimoto en defensa de McVay. El juicio se saldó con la condena a McVay por no navegar en zigzag. 

  Injustamente castigado, sufriendo el dolor moral de las consecuencias de aquella tragedia, McVay terminó por suicidarse en 1968. Por fin, en el año 2000, el presidente Clinton exoneró a McVay de todos los cargos que pesaban sobre él y ya el 20 de agosto de 2017, fueron hallados los restos del USS Indianápolis en el Mar de las Filipinas. 

  Respecto a McVay, también el Congreso de los Estados Unidos se disculpó por el trato que había recibido y se encargó de restaurar el honor del capitán. Tras una dura batalla, los supervivientes del Indianápolis habían logrado restituir el respeto hacia la figura de McVay.


Capitan Charles McVay




PARA SABER MÁS




O EN CAOSFERA






viernes, 11 de enero de 2019

Bailaré en tu tumba (un poema dedicado a Eric Draven y Shelly Webster)






Nuestro amigo Samir karimo nos trae este poema perteneciente a su libro Sangre más allá del matadero, escrito a cuatro manos junto a su compañero Teodomiro de Moraleda. Os dejo en compañía del particular humor de nuestro amigo:


Sobre tu tumba bailaré

Con los riñones de mis amadas

A la muerte deseada quiero resucitar

Sobre tu cuerpo bailaré

Y sobre mis víctimas esta poesía escribiré

Este himno, más bien

Tus huesos chuparé

Tu sangre beberé

Y tu cuerpo entregaré

a la luna de sangre

Con tu alma perdida en este sendero

en medio de mi matadero

El último sacrificio haré

en tu cráneo esta pócima echaré

Un cuerpo nuevo crearé

A mi novia de nuevo resucitaré

Y duchándome en este cruento río de sangre

arrancaré este corazón…

Y me entregaré a la sinrazón….

Licántropo fui

vampiro soy

Ahora este demonio busca redención

Y alcanzará su cielo particular….





PARA SABER MÁS

Sangre más allá del matadero




viernes, 4 de enero de 2019

El negocio del pueblo sin Norte



Imagen sujeta a derechos de autor

Además de en otras muchas disciplinas, Badger Hannibal es maestro en el campo de la sanación espiritual mediante el espíritu animal. Debido a su amplia experiencia, es la persona más indicada para alertarnos de la corriente de brujos-payasos que pone en peligro no sólo la salud de quienes confían en ellos, sino la integridad de las personas sinceras que nacen con un verdadero don.



  Existió un pueblo nómada que perdió el rumbo. Había corrido tanto mundo que acabó por olvidar sus orígenes. No podía volver al que fuera su punto de partida, el lugar donde se constituyó como clan. Perdió la sabiduría de sus ancestros, sus reliquias, sus recuerdos y abandonó sus tradiciones en el camino porque le resultaban demasiado pesadas. 



  Las gentes trasladaron sus hogares a un cómodo valle donde no les faltaba de nada: agua dulce y limpia, comida abundante, fuego para calentarse en las frías noches...y seres humanos a los que narrar viejas historias. Todo lo que un hombre necesita para vivir. Sin embargo, el agua no tenía buen sabor, la comida no saciaba y el fuego no calentaba. Los seres humanos se sentían solos a pesar de ser multitud, y las historias no corrían de boca en boca, pues eran fácilmente olvidadas. 



  Se sentaban todos juntos con la mirada perdida, y suspiraban por el pasado que habían olvidado. Extrañaban las antiguas narraciones entrecortadas de los ancianos balbuceantes. 

  Entonces, uno de ellos tuvo la idea de tocarse la cabeza con plumas, pintarse la cara e interpretar esas historias urdidas por la memoria fallida e imperfecta de los ancianos. Y así se creó una nueva "religión" llena de mitos y fantasía. 

  Todo fue alegría, la gente abrazó al brujo-payaso y se sintió feliz, pues en sus mentiras había encontrado algo con lo que llenar su vida vacía.





  Esto que acabáis de leer, es sólo un cuento corto que se me ocurrió, pero su base es real... La idea viene de la propia foto que acompaña esta entrada: un tipejo vestido de indio en Stonehenge, dándoselas de chamán Lakota (¿por qué siempre tienen que ser Lakota? Algún día estudiaré la atracción que ejerce este noble pueblo en el círculo de ciertos bocazas aprovechados). 

  Llevo muchos años dedicado al misterio, a las terapias y al esoterismo. Cada vez me doy más cuenta de lo perdidos que estamos. Sí, hemos perdido el norte. El mundo moderno en el que vivimos, con sus adelantos y comodidades, ha borrado el recuerdo del pasado. Nuestro tiempo es campo abonado para brujos-payasos como el del cuento, con sus absurdos remedios, rituales y pensamientos pseudo-religiosos. Todo el mundo es capaz de hablar del karma sin saber realmente qué es, o de repartir "abrazos de luz" en un intento por mostrar su pensamiento estúpido-buenista new age. 

 Y ahí están ellos, los listillos, los aprovechados, esos a los que no les importa lucrarse a costa de la vida de una persona desesperada. Falsos gurús con oscuras intenciones, sacerdotes y guías espirituales que sólo creen en el oro y el interés. Ciertamente, estamos rodeados de brujos-payasos que se convierten en chamanes por el simple hecho de tocarse con plumas; brujas de chichinabo con escobas, druidas y druidesas con una bata-manta e iluminados buscando las entrepiernas de sus acólitos... Gente que miente para lucrarse o gente que, sin ningún conocimiento, mueve lo que no debería en busca de una forma fácil de sobrevivir. Las tradiciones mágicas y las creencias se han comercializado. Todo es maravilloso (entiéndase la ironía). Un chamán o un sacerdote de vete tú a saber qué creencias acecha tras cada esquina, abuelas sabias y maestros que practican mil terapias chinas, reikistas obsesionados en el chakra raiz y abusadores sexuales con túnica.

  Y es a NOSOTROS a quienes nos corresponde distinguir, aprender y lograr que todos esos «brujillos» no destruyan el buen nombre y el trabajo de gente auténtica y sacrificada que malvive día tras día porque las creencias ancestrales y la magia son su verdadera naturaleza.

  Siempre adelante con la mente abierta y receptiva, pero crítica.