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domingo, 23 de enero de 2022

La ejecución de Jack el destripador

 




¡Ya tenéis disponible la nueva entrada semanal! Y en esta ocasión Caosfera os trae una suculenta novedad: Gabriel Pombo regresa con su último vídeo, en el que nos ofrece una dramatización de la ejecución pública de Carl Ferdinand Feigenbaum, sospechoso de ser el asesino conocido por el sobrenombre de Jack el destripador. Tanto si sois "riperólogos" aficionados como si no, os recomiendo encarecidamente este vídeo. Y si queréis conocer más sobre este caso, aquí os dejo un enlace donde el propio Gabriel Pombo habla del tema en profundidad: 


Jack el destripador era alemán


    Y aquí tenéis el vídeo en cuestión. Disfrutadlo, dadle like y suscribios al canal, que próximamente se vienen cosas la mar de interesantes:






Otras entradas de Gabriel Pombo en Caosfera


Jack de Jacks

Entrevista a Gabriel Antonio Pombo

El otro Jack

El caso del Dr. Crippen, un crimen Victoriano

  




viernes, 18 de junio de 2021

Crímenes infames: Jack el destripador

 





No es la primera vez que se expone este tema en Caosfera, de hecho se ha tratado en más ocasiones y con la debida atención. Pero lo cierto es que es todo un lujo escuchar a nuestro compañero Gabriel Pombo, sin duda el experto con más información en torno a la enigmática figura del terrible asesino de Whitechapel. Hemos podido ver a Gabriel varias veces en conferencias aquí, en España. También nos hemos hecho eco de ello en este espacio. Cuando Gabriel me escribió para compartir este audio recientemente subido a su canal de Youtube, en seguida pensé en hacerle un hueco y compartirlo con todos vosotros, porque no merece menos. En él, podréis conocer los fatídicos acontecimientos que tuvieron lugar durante el llamado otoño del terror del año 1888, época en la que este popular asesino actuó de la manera más impune y, por qué no decirlo, tristemente celebre. 

  

  Os dejo, pues, con las palabras de Gabriel Pombo, tras la pista del destripador, y ya de paso os recomiendo que visitéis su canal de Youtube, os suscribáis y le regaléis un me gusta y un comentario, no cuesta nada y le ayudaremos a continuar generando contenido. No me dilato más:







ENLACES DE INTERÉS


Leer aquí: El monstruo de Londres, la leyenda de Jack el destripador (Gabriel Pombo)


Entrevista a Gabriel Pombo







viernes, 19 de julio de 2019

Exposición de Gabriel Pombo en la conferencia "Escena del crimen"





El pasado viernes 21 de junio, nuestro compañero y colaborador Gabriel Pombo, impartió una charla en la conferencia "Escena del crimen", celebrada en la sala del ayuntamiento de Quart de Poblet, Valencia. El resto de participantes fueron Ramón Moles y Elena Merino.

 Fiel a su especialidad, Gabriel habló sobre los crímenes de uno de los más misteriosos asesinos de la historia: Jack el destripador. Además de disfrutar de las palabras de Gabriel, encontraréis los enlaces de sus intervenciones en Caosfera. Sin más, os dejo con su charla titulada: Jack el destripador, la leyenda continúa. 




GABRIEL POMBO EN CAOSFERA








viernes, 9 de noviembre de 2018

Jack de Jacks




Retrato de Mary Jane Kelly. Imagen sujeta a derechos de autor

El 9 de noviembre del año 1888 el cadáver de la Joven Mary Jeannette Kelly fue hallado a las 10:45 de la mañana en la habitación número trece de Mille´s Courts. El crimen fue brutal: le habían seccionado la nariz, los senos y las orejas; tenía el vientre abierto y los órganos habían sido extraídos y esparcidos alrededor del cuerpo. Algunos pedazos de carne arrancados de los muslos y de la faz descarnada flotaban sobre la sanguinolenta mezcla. Hoy se cumplen ciento treinta años de este terrorífico suceso, que conmocionó a todo Londres. El último y más depravado crimen atribuido a uno de los asesinos más enigmáticos de la historia: Jack el destripador. 

  Muchas han sido las conjeturas vertidas alrededor de este turbio y enigmático suceso. Fueron varios los testimonios registrados en la encuesta judicial, uno de los más notorios  el del obrero George Hutchinson, amigo de la víctima, además del último en verla con vida, que fue considerado altamente sospechoso. Hutchinson se presentó en comisaría cuatro días después del macabro descubrimiento, y este retraso fue tomado por las autoridades como un intento de malograr la investigación. Fue el sargento Edward Badham el encargado de tomarle declaración, en la cual el denunciante asegura haber visto a la víctima poco antes de su muerte: con un señor de aspecto respetable, muy elegantemente vestido y con pinta de extranjero. Quién sabe, tal vez un judío

  El cuerpo de Kelly fue examinado a conciencia por dos médicos forenses de alto prestigio: Thomas Bond y George Bagster, quienes redactaron un detallado informe. 

Certificado de defunción en el que la víctima fue registrada como Marie Jeannette Kelly Davis



Documento real de la escena del crimen. Imagen sujeta a derechos de autor.



  Con motivo de la conmemoración de este ciento treinta aniversario, en Caosfera hemos decidido recurrir al buen hacer de Gabriel Pombo, como ya sabéis, colaborador habitual además de uno de los investigadores más prestigiosos en torno al tema. Recordemos el fragmento que Gabriel dedicó a este emblemático suceso en su novela El animal más peligroso:

  Aquella madrugada varias vecinas y colegas de oficio la vieron entrar y salir incansablemente de su pieza, llevando a ésta candidatos muy diversos. La señora Mary Ann Cox, una viuda de treinta y un años, también prostituta, la halló asida del brazo de un sujeto desarreglado, bajo, gordo, de mejillas sonrosadas por el exceso de alcohol y bigote rubio. Para tornarlo más ridículo aún, el cliente aferraba una jarra de cerveza. Jeannette abrió la puerta del número 13 y lo hizo pasar, pero antes de entrar ella misma vio a Cox que se retiraba de su habitación –que quedaba próxima a la ocupada por la pelirroja– y le anunció: –Amiga, te voy a dedicar una canción – tras lo cual se puso a entonar una balada titulada «Una violeta que arranqué de la tumba de mi madre». Aparte de que la melodía era triste, la intérprete desafinaba. Al rato la viuda volvió a verla salir en busca de otro cliente. El último testigo que la habría avistado en esa velada fue un obrero amigo suyo: George Hutchinson, quien más tarde describiría al presunto último acompañante que esa noche ella tuviera como un individuo muy elegantemente vestido y «con pinta de extranjero, tal vez un judío». El domingo 9 de noviembre era un día festivo para los londinenses en el cual se celebraba la fiesta del Lord Mayor, distinción que recibe el alcalde de Londres, York y otras ciudades importantes del Reino Unido. Pero no todos se sentían de espíritu alegre esa mañana. Mientras oía el paso de la carroza que transportaba al Lord Mayor y los vítores de la muchedumbre, John McCarthy –locador de aquella joven meretriz, y dueño de un bazar con frente a las covachas del edificio designado «La Corte del Molino»– refunfuñaba al revisar sus cuadernos de cuentas. Ocurría que, desde semanas atrás, los números no le cerraban y únicamente se venía sosteniendo gracias a las ventas de su negocio. En una situación normal sus ingresos primordiales derivaban de las habitaciones que alquilaba a las prostitutas en el edificio del número 26 de la calle Dorset, y ahora la mayoría de ellas le estaban adeudando. 

  Al reflexionar acerca de la razón que provocaba esos atrasos masculló para sí: «¡Es por culpa de ese maldito de Jack el Destripador! Las mujerzuelas tienen miedo de salir a las calles a trabajar, y cada vez consiguen menos plata. Por eso les cuesta tanto pagar ahora.» El arrendador se consideraba un hombre razonable. Entendía que había surgido una causa que justificaba que sus inquilinas ganaran menos, y por el momento haría la vista gorda y no las acosaría. Sin embargo, al puntear con su lápiz repasó la deuda que mantenía la pensionada del número 13. El valor ascendía a una libra y nueve chelines. Eso era mucho dinero. Por poco que estuviera trabajando le parecía claro que la irlandesa se estaba pasando de lista. –¡Indian Harry! – voceó, identificando por el seudónimo a Thomas Bowyer, su empleado de cobranzas, que había salido del bazar para contemplar el desfile. –Ven aquí de una vez hombre, que te necesito. –Sí señor, a la orden – contestó aquél, entrando con paso desganado y encaminándose hacia el escritorio donde su empleador hacía las cuentas. –No te voy a mandar lejos. Quiero que cruces la calle y vayas hasta lo de la Kelly para que, de una vez por todas, me pague el alquiler que me debe – levantó el cuaderno, y apuntando con su dedo índice señaló el importe que la muchacha adeudaba. –Si no puedes obtener el total cuando menos no regreses con las manos vacías.

  El otro asintió y fue hasta el perchero en procura de su abrigo. No es que hiciera mucho frío esa mañana, pero el gabán oscuro que ahora se ceñía completaba su apariencia de hombre serio, y él se figuraba que lo volvía más digno de respeto ante los morosos. A las 10.45 el cobrador aporreó a la puerta número 13. Tres, cuatro veces. No hubo respuesta. ¿Estaría la mujer adentro y fingiría no escuchar? A efectos de salir de dudas, Indian Harry se dirigió hacia la parte lateral de la vivienda para husmear por la ventana. El vidrio tenía una rotura que permitía introducir la mano y descorrer la cortina. Cuidando no lastimarse apartó la sucia tela, y aplicó un ojo a la abertura con el fin de escrutar hacia el interior. Lo que vio le hizo proferir un grito de terror, y retiró tan rápido su mano que se raspó el dorso, el cual empezó a sangrar levemente. Su miedo estaba justificado. El macabro hallazgo, que tuvo la desgracia de hacer, resultó uno de los más espantosos y depravados que consignan los anales de la criminología mundial. Encima de la cama bañada en sangre reposaban maltrechos despojos de aquella que en vida fuera una sensual cortesana. Únicamente llevaba puesto un menguado camisón, que dejaba ver el atroz estropicio infligido a su organismo. Su estómago lucía abierto en canal, y habían seccionado su nariz, sus senos y sus orejas. Trozos de su muslo y fragmentos de piel de su cara yacían junto al cuerpo descarnado. Los riñones, el hígado y otros órganos se esparcían en torno al cadáver y sobre la mesa de luz. El dantesco cuadro llenó de horror al cobrador, quién fue corriendo hasta el bazar de su patrón y le comunicó el espantoso descubrimiento. Ambos hombres se dirigieron a la pensión y, escudriñando desde la ventana, volvieron a comprobar el hecho. El dueño envió a su empleado a buscar ayuda a la comisaría de la calle Comercial, mientras él se quedaba montando guardia. Al rato, arribaron los inspectores Beck y Abberline, y el superintendente Arnold. También convocaron a los forenses Phillips y Bond. Entre otros agentes sin rango, se hizo presente Barrett de la división H de Whitechapel. Ninguno de los detectives se decidía a impartir la orden de forzar la puerta para acceder al teatro del crimen, pues aguardaban instrucciones de Sir Charles Warren. Pasaban las horas sin tenerse noticias de éste, hasta que se supo la sorprendente novedad de que el jefe supremo había presentado su dimisión esa misma mañana. A las 13.30 por fin el superintendente asumió la responsabilidad de mandar quitar la ventana para fotografiar el interior. Una vez concretada esta medida, se requirió al propietario que rompiera la puerta a fin de hacer posible el ingreso; labor que éste hizo valiéndose de una piqueta. «¡Parecía más la obra de un demonio que de un hombre!» exclamó McCarthy al testimoniar en la instrucción subsiguiente

  Con esas palabras dejó constancia de la tremenda impresión que le produjo el monstruoso hallazgo, que estremeció incluso a los más endurecidos policías que concurrieron a la tétrica habitación.


Reseña de "El animal más peligroso" Aquí


  Por supuesto, no podíamos olvidarnos de preguntarle a Gabriel su opinión sobre los posibles móviles y sus conclusiones al respecto de este espantoso hallazgo como perfecto cierre de este artículo:


  El espeluznante crimen de la bella Mary Kelly, con el atroz ensañamiento ejercido por el homicida sobre el cadáver, deja la sensación de que el victimario actuó poseído por una visión apocalíptica. En su mente perturbada no estaba destrozando un cuerpo humano sino realizando una especie de ritual sólo comprensible para él mismo, lo cual condice con lo que la actual criminología conoce sobre los asesinos en serie. Visto desde el ángulo de los actuales estudios criminalísticos y de las opiniones de los perfiladores de la talla de Robert Ressler, John Douglas y otros expertos del FBI no resulta extraño que el asesino haya considerado que con ese acto daba "culminación" a la "misión" que se impuso a sí mismo al acometer su sanguinaria serie criminal. Este crimen, donde el victimario dispuso de suficiente tiempo y de la tranquilidad de estar a solas con su víctima en un lugar a resguardo (no en la vía pública como sucediera en sus anteriores homicidios) le permitió concretar a pleno su fantasía de dominación y le indujo a creer que su "obra" ya estaba concluida, y que ya ningún nuevo crimen que perpetrase podría superar a éste. No sería causal entonces que no se detectasen más asesinatos atribuibles a Jack the Ripper. Este psicópata (fuera quien fuera) ya no volvió a asesinar, porque ya no tenía "motivos" para hacerlo. No volvió nunca más, tras consumar este crimen, a arriesgarse a ser atrapado in fraganti, y así fue que se pudo mantener impune y desconocido hasta nuestros días.



viernes, 6 de abril de 2018

El animal más peligroso: Un thriller victoriano






“ME GUSTA MATAR GENTE PORQUE ES MUCHO MÁS DIVERTIDO QUE MATAR ANIMALES SALVAJES EN EL BOSQUE, PORQUE EL HOMBRE ES EL ANIMAL MÁS PELIGROSO DE TODOS. MATAR ALGO ES LA EXPERIENCIA MÁS EXCITANTE, ES AÚN MEJOR QUE ACOSTARSE CON UNA CHICA...”


El pasado 2007, la policía de San Francisco reabrió el caso Zodiac, una serie de terroríficos asesinatos que sacudieron los cimientos del norte de California entre 1968 y 1969. Casi cincuenta años sin un culpable, casi cincuenta años sin un rostro; medio siglo sin la certeza del número total de vidas que segó el terrible asesino del zodiaco. Pocas certezas, salvo el terrible impacto de sus crímenes, y algunas huellas que dejó de forma deliberada, como es el caso del criptograma utilizado para encabezar este texto, y que fue enviado por el criminal a la redacción del San Francisco Examiner y descifrado en agosto de 1969 por Donal y Bettye Harden. 


  El asesino del zodiaco es uno de esos casos que, aún a día de hoy, siguen siendo objeto de estudios criminalísticos. Hablamos de seres sin identidad, seres con ansia de notoriedad, de aparecer en los medios, pero, sobre todo, hablamos de animales peligrosos, muy peligrosos. 


  El título de la novela del señor Pombo me parece, por lo tanto, acertadísimo, y no sólo por lo acertado de la comparativa, sino también por amalgamar de un modo bien hilado y sutil, tanto el pasado como el presente de la historia criminalística, y digo sutil porque, sólo quienes conozcan las andanzas epistolares de nuestros “queridos” asesinos sin rostro, sabrán que este párrafo con el que encabezo esta reseña y que el Dr. Pombo utiliza en su obra como parte de una epístola, no pertenece al pavoroso criminal que tuvo en jaque a Scotland Yard a mediados del siglo XIX. Sí, El animal más peligroso, es un excelente thriller victoriano que denota un amplio trabajo de investigación en el campo de los terribles ataques sufridos por mujeres en el East End de Londres. Llegados a este punto conviene remarcar que, no en vano, su autor, Gabriel Antonio Pombo, además de ser especialista en perfiles criminales y haber estado involucrado en diversas investigaciones de casos importantes en el que es su país de origen, Uruguay, es especialista en la figura del Destripador de Londres. En su carrera literaria podemos encontrar títulos como Historias de asesinos, un repaso por las andanzas y perfiles de veinticinco asesinos en serie; Jack el Destripador, el monstruo de Londres, que recrea cronológica y exhaustivamente las andanzas del asesino de Whitechapel, así como su continuación: Jack el destripador, la leyenda continúa. Como vemos, hay una buena base para que una novela como El animal más peligroso pueda sustentarse. 


  Ante todo, esta obra se basa en una lograda interacción entre personajes sacados de la ficción y otros de corte presumiblemente histórico. Es el caso de los inspectores de la Scotland Yard; del cirujano británico Thomas Bond, que trabajó en este caso por cuenta del Metropolitan Police Service, o de otro cirujano inglés: Thomas Horrocks Openshaw, encargado de examinar el riñón que fue enviado a George Lusk, del comité de vigilancia de Whitechapel, junto con una carta fechada en octubre del año 1888. Debo apuntar que mi parte favorita de este interesante trabajo de documentación es la que atañe a las semblanzas de las mujeres asesinadas, en especial la de Mary Jane Kelly, la última de las víctimas, un personaje que siempre me ha parecido fascinante. Por desgracia, los villanos suelen ser quienes acaparan la memoria. 

  La parte más folletinesca de la novela nos llega de la mano de los protagonistas de esta obra coral: Arthur Legrand y su acompañante, la periodista Barbara Doyle. Creo que no hay que señalar el motivo del apellido de esta última. 

  Todos los personajes, tanto ficticios como reales, están perfectamente perfilados y desarrollados. Esto denota ya no sólo un amplio trabajo de documentación en el campo de la investigación criminal, sino un amplio estudio biográfico tanto de las víctimas como de los encargados de resolver el caso. 

  Me gustaría destacar la estructura narrativa de la obra, construida en forma de anacronía. Su inicio muestra las actividades de una sociedad secreta —no diré de qué tipo para no hacer spoiler—, y deja la duda en el aire hábilmente como acicate para trasladar al lector a la investigación llevaba a cabo por la Scotland Yard entre los meses de octubre y noviembre del año 1888. El siguiente salto temporal es más sorprendente; el lector es trasladado hasta el año 1887 para participar en los tétricos descubrimientos de restos humanos en las aguas del Támesis. Y es que en esta segunda parte de la obra toma relevancia el llamado caso del descuartizador del Támesis, caso en el cual también intervinieron el doctor Thomas Bond y su ayudante, Charles Albert Hibbert. La notoriedad del segundo caso dentro de la obra viene dada por la aparición en el año 1889 de unos restos humanos en el parque Battersea, que conducen la historia a los terrenos de la conspiración masónica (entiéndase la masonería, real o no, que especula con los poderes ceremoniales o ritualísticos de la sangre), mezclada con elementos de la novela criminal y un ritmo narrativo propio del thriller clásico. Las recreaciones y ambientes están resueltas correctamente y el autor demuestra tener la suficiente desenvoltura para no resultar cargante ni quedarse a medias. El corte final tal vez pueda descolocar un poco, pero, al menos, sorprende y no es una solución rumiada desde la primera página. 

  El animal más peligroso no decepcionará a nadie. Para los amantes de la novela negra es un más que logrado paseo por la crónica de finales del siglo XIX, una crónica sin rostros culpables pero sí llena de rostros sufrientes. 




“En el género policiaco, lo menos importante es saber la identidad del asesino. La novela negra es más un análisis realista de la sociedad que una suma de enigmas. El crimen es una simple anécdota” 

Andreu Martín. 



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viernes, 16 de marzo de 2018

Jack el destripador, el monstruo de Londres



"La habitación de Jack el Destripador", por Walter Richard Sickert 


Siguiendo su estela de colaboraciones excepcionales, hoy Caosfera tiene el inmenso placer de recibir a Gabriel Antonio Pombo, escritor uruguayo licenciado en derecho y ciencias sociales, y especialista en el tratamiento de perfiles criminales. Sus investigaciones se centran, sobre todo, en la figura de Jack el Destripador, por eso Caosfera os trae este artículo que resume su libro El monstruo de Londres, un artículo que pudo leerse hace unos años en la web H enciclopedia. También podéis leerle en su blog Pombo y Pombo y, más abajo, encontraréis los enlaces para adquirir sus obras. Os dejo con Gabriel:



Los crímenes
En las postrimerías del siglo XIX, Londres, capital de Inglaterra, se erigía como la metrópoli del mayor imperio mundial de la época. La zona más paupérrima de la gran urbe la conformaban los barrios bajos del sector este londinense, el llamado East End. Este último era considerado un ámbito marginal en abierta oposición al West End, donde se congregaba la clase alta inglesa. Dentro del territorio del East End se ubicaba el distrito de Whitechapel (Capilla blanca) con sus barrios pobres y conflictivos. Este sector de la ciudad configuró el terreno que sirvió de coto de caza durante un muy restringido período, entre agosto y noviembre de 1888, a un asesino en serie que mató y mutiló con insólito ensañamiento al menos a cinco mujeres.



  La primera víctima oficial e indiscutida del Jack el Destripador la constituyó Mary Ann Nichols, conocida en su ambiente con el apodo de Polly. Su mutilado cadáver fue descubierto cerca de las tres y cuarenta y cinco de la mañana del 31 de agosto de 1888 por el Agente John Neil, mientras éste cumplía su patrullaje de rutina por la zona de Bucks Row. En este caso llamó la atención la escasa cantidad de sangre percibida a su alrededor y lo seco que estaban el cuerpo y sus ropas pese a la lluvia caída en la noche del crimen.


Mary Ann "Polly" Nichols

  El segundo homicidio incuestionable de esta vesánica saga tuvo efecto el sábado 8 de septiembre de 1888, en cuya madrugada el cadáver de Annie Chapman, de cuarenta y siete años, a quien sus allegados llamaban Annie la Morena, fue hallado frente al patio trasero de una casa de inquilinato sita en el número 29 de la calle Hanbury, lugar frecuentemente utilizado por las meretrices para ejercer el comercio sexual. La desdichada era de baja estatura, obesa, y sufría los estragos de una enfermedad pulmonar tan avanzada que, en opinión del médico que la examinaba, estaba destinada a fallecer en los próximos meses, por más que no hubiera entrado en escena su victimario.


Annie Chapman

  Los homicidios números tres y cuatro de la serie tuvieron lugar durante la madrugada del 30 de setiembre de aquel fatídico año, y estuvieron separados por un lapso de menos de una hora. La mujer de cuarenta y cinco años y de origen sueco apodada Long Liz, cuyo nombre de casada era Elizabeth Stride, fue encontrada muerta con el fatídico y característico corte, infligido de izquierda a derecha, y a la altura del cuello. Su cuerpo exánime yacía tendido en un oscuro pasaje próximo a la entrada de un club político emplazado en la calle Berner. Según toda la apariencia, esta vez el asesino no dispuso de tiempo suficiente para saciar su sed mutiladora, tal vez al ser interrumpido por la presencia de un ocasional transeúnte.


Elizabeth Stride


  ¿Y qué había sido del criminal entre tanto? Sabemos que salió prestamente en busca de una nueva víctima con la cual saciar su frenesí sangriento, sin reparar en los crecientes riesgos de ser atrapado. Tras su primer ataque, el psicópata se toparía con Catherine Eddowes, de cuarenta y tres años, eliminándola con más saña aún que la empleada en las situaciones anteriores. También aquí el inicial acto homicida consistió en el clásico corte profundo inferido de izquierda a derecha en la garganta de la occisa. A escasas cuadras del escenario fatal se localizó sobre la vereda un trozo de delantal empapado en sangre perteneciente presuntamente a la difunta. A pocos metros, en un muro, se encontró una inscripción trazada con tiza cuyo texto contenía la extraña alusión a que los judíos serían los hombres a los que no se culparía de nada.

 Una vez apagados los ecos de aquel fatídico 30 de setiembre la prensa arreció, concediendo gran difusión al tema de los asesinatos en la mayoría de los casi doscientos periódicos que se publicaban en el país. Por si algo le faltaba a la trama, un inquietante apodo relacionado con el, hasta entonces, anónimo asesino, comenzó a adquirir proporciones de dominio público. No cabe dudar que de no haber sido por el inspirado nombre con que ese asesino se bautizó a sí mismo -o fue bautizado por otros- sus crímenes, pese a lo espantosos que fueron, habrían quedado relegados al olvido. A su vez, parecía estarse operando un intervalo. No se sumaban nuevos crímenes. El culpable parecía replegarse y descansar. Ningún homicidio con su sello se verificó durante el mes de octubre de 1888 en Whitechapel y tampoco en el resto de Inglaterra.




  El despliegue policial no tenía precedentes. Se requisaron las casas, tabernas y pensiones del distrito. Los miembros civiles del Comité de Vigilancia cooperaban patrullando día y noche por las calles más peligrosas. Los afiches con el texto y la letra de las cartas que presuntamente habían sido enviadas por Jack se reproducían en las comisarías y en distintos lugares de la vía pública. Hasta se había llegado a recurrir al uso de perros sabuesos. Se volvía evidente que la cacería se hallaba en pleno apogeo. ¿Presintiendo el cerco, se habría acobardado Jack el Destripador? ¿Cambiaría al menos de escenario buscando uno menos arriesgado donde proseguir sus ataques? Pronto, la población saldría de dudas.

  Así fue que en los primeros días de noviembre de aquel año toda Gran Bretaña se vería estremecida al tener constancia de uno de los asesinatos más horrorosos e indignantes de sus anales criminales. La orgía de sangre desatada por el psicópata llegaría a su paroxismo con el crimen de la más joven y atractiva de sus víctimas, Mary Jane Kelly de 25 años, a la cual literalmente descuartizaría dentro del estrecho interior de una miserable chabola situada en el número 13 de Miller´s Court, durante la madrugada del 9 de noviembre del trágico otoño de 1888. "¡Parecía más la obra de un demonio que de un hombre!", exclamó Mr. John Mc Carthy, casero de la infortunada inquilina, al deponer en el sumario subsiguiente, dejando constancia de la terrible impresión que le produjo el hallazgo que estremeció incluso a los más endurecidos policías que visitaron la tétrica habitación.


Escena del crimen de Mary Jane kelly


Jack, el asesino mediático

 ¿Fue el verdadero Destripador un criminal bromista, un guasón que enviaba cartas confeccionadas por su propia mano a los periódicos, a la policía, e incluso a ciudadanos particulares, alardeando de sus nefastas hazañas? La policía de aquel entonces se vio literalmente bombardeada por cientos de mensajes cuyos signatarios proclamaban ser el matador de prostitutas de Whitechapel. Los escritos oscilaban entre los que dejaban seudo pistas para la resolución del enigma y aquellos donde los remitentes se entregaban a la fina ironía, la burla torpe, el lenguaje soez, o incluso las amenazas morbosas.

  Hasta el título de la taquillera película From Hell (Desde el Infierno) debe su procedencia a una de las más notorias y espeluznantes misivas que se mandaron en el curso de estos infaustos acontecimientos. Nos referimos a la que, un 16 de octubre de 1888, llegó al domicilio de George Alkin Lusk, presidente del llamado Comité de Vigilancia de Whitechapel, creado a instancias de un grupo de comerciantes preocupados por los efectos nocivos que los crímenes provocaban en la zona. Menudo sobresalto sufriría el buen Mr. Lusk cuando al abrir la caja de cartón que llegó a su casa vio que contenía la mitad de un riñón humano conservado en alcohol. 

  Junto al horrible obsequio iba un recado escrito con letra irregular, tosca y plagada de errores gramaticales -que en esta transcripción se obvian-: "…Desde el infierno. Mr. Lusk: Señor. Le envío la mitad del riñón que saqué de una mujer. La otra mitad la freí y me la comí, estaba muy buena. Puedo mandarle el cuchillo ensangrentado con el que lo saqué, sólo si espera un poco. Firmado. Atrápame si puedes. Mr. Lusk…".





  Se tuvo en cuenta la autopsia sobre el cadáver de Catherine Eddowes. El fragmento fue llevado para su análisis al patólogo Dr. Thomas Oppenshaw quien ratificó el carácter humano del riñón en el examen, concluyendo que había pertenecido a una mujer adulta de cuarenta años o más, afectada por enfermedades vinculadas al exceso de alcohol. Prevaleció la idea de que el trozo de víscera podía haber sido obtenido de una persona muerta a la que se hubiese realizado una autopsia y del cual un estudiante de medicina podría haberse apropiado para llevar a cabo una desagradable travesura. Contrario a esa posición era el Jefe de Policía de la City de Londres. Teniente Coronel Sir Henry Smith, quien se mostró a favor de la teoría que relacionaba el lúgubre mensaje con el mismo asesino.

  El primer mensaje veraz ligado con los crímenes del cual se posee conocimiento cierto fue mandado al máximo jefe de la policía inglesa, Sir Charles Warren. Data del 24 de setiembre de 1888, y en él el emisor se describe anunciando que: "…soy el hombre que cometió todos esos asesinatos…", y que quería entregarse porque las pesadillas lo torturaban, puesto que: "… si alguien viene a prenderme me rendiré, pero no voy a ir a la comisaría por mí mismo…". Culminaba sus líneas el dibujo de un cuchillo y debajo se proclamaba: "…Éste es el cuchillo con que he hecho esos asesinatos. Tiene una empuñadura corta y una hoja larga de doble filo…".


 mensaje recibido por la Central News Agency de Londres el 25 de septiembre de 1888

  Este primigenio comunicado se mantuvo oculto a la opinión pública porque las autoridades creyeron que se trataba de una tosca chanza. Pero llegaría el 27 de setiembre de 1888. Ese día, la denominada Agencia Central de Noticias de Londres alegaría haber recibido una carta firmada por el homicida anunciando nuevos crímenes, y el día 29 de ese mes se la hizo llegar a la policía. La famosa epístola decía así: 

"…Querido Jefe: 

Constantemente oigo que la policía me ha atrapado pero no me echarán mano todavía. Me he reído cuando parecen tan listos y aseguran estar detrás de la pista correcta. Ese chiste sobre el Delantal de Cuero me dio risa. Odio a las putas y no dejaré de destriparlas hasta que me harte. El último fue un trabajo grandioso. No le di tiempo a la señora ni de chillar. ¿Cómo me atraparán ahora? Me encanta mi trabajo y quiero empezar de nuevo si tengo oportunidad. Pronto oirán hablar de mí y de mis divertidos jueguecitos. Guardé algo de la sustancia roja en una botella de cerveza de jengibre para escribir, pero se puso tan espesa como la cola y no la pude usar. La tinta roja servirá igual, espero, ja, ja. En el próximo trabajo le cortaré las orejas a la dama y se las enviaré a la policía para divertirme. Guarden esta carta en secreto hasta que haya hecho un poco más de trabajo y después tírenla sin rodeos. Mi cuchillo es tan bonito y afilado que quisiera ponerme a trabaja ahora mismo si tengo la ocasión. Buena suerte. 

Sinceramente suyo, 

Jack el Destripador". 

  Catherine Eddowes, tenía un corte en el lóbulo de su oreja derecha. El seccionamiento de ese órgano dio la impresión de no haber sido intencional sino una de las cuchilladas inferidas por el Destripador en su éxtasis frenético. Por eso no existe evidencia sólida de que intentara cortarles las orejas a las víctimas como futuro "regalo" para la policía. De lo que se infiere que la mención formulada en la célebre carta "Querido Jefe" a lo máximo podría reputarse como una mera coincidencia.


Cadaver de Catherine Eddowers

  Podrá creerse que el auténtico maníaco no elaboró ninguno de los mensajes y que la integridad de los sucesos publicitarios se debieron a la inspiración de la prensa o a la de terceros, movidos por las más variadas intenciones. Podrá también sostenerse que todos o, al menos, casi todos los actos mediáticos fueron autoría de una sola persona. La evidencia conocida y el sentido común rechazan esta postura. La tercera posibilidad radica en que algunos de los actos mediáticos resultaran creación del verdadero asesino. Esto no necesariamente equivale a aceptar que éste fuera el inventor de su tan mediático apodo criminal, sino que pudo limitarse a aceptar- quizás muy satisfecho- el alias que otros le fabricaron.


Jack, el asesino escritor

  En el correr del año 1992, transcurridos ya más de cien años desde los crímenes de Whitechapel, y cuando lentamente se iban extinguiendo los ecos producidos por un aluvión de publicaciones de libros y notas periodísticas que el centenario de aquel misterio concitara, otra noticia a su respecto vino a revolucionar el ambiente. Se dio difusión a un diario personal adjudicado a la pluma del mítico asesino secuencial de postrimerías del siglo XIX: Jack el Destripador. Este diario lucía escrito sobre las páginas de un álbum destinado a fotografías y postales, al cual le faltaban varias de sus hojas iniciales.
Su posible redactor lo constituía un adinerado industrial algodonero que en su época residió en la ciudad inglesa de Liverpool y que había fallecido bajo circunstancias confusas durante el mes de mayo de 1889. Su nombre: James Maybrick.

  La credibilidad que merecería este presunto diario íntimo fue puesta en tela de juicio ya desde el principio. ¿Se trató de una burda falsificación? O, por el contrario, ¿nos encontramos frente a un documento atendible y -por tanto- sensacional? El diario de Jack el Destripador fue publicado finalmente por la editorial Smith Gryphon Ltda en el año 1993 con un extenso comentario de la escritora Shirley Harrison contratada al efecto. En dicho libro se ofrece una ampliación de la espeluznante foto tomada al mutilado cadáver de la desgraciada meretriz, en la que, un poco por encima del cuerpo sobre la cama, es posible apreciar con relativa nitidez una forma semejante a una letra eme mayúscula, y a la izquierda aunque no ya tan nítida, la consonante efe, también mayúscula.



  Según narra el diario, la cónyuge del presunto autor -la hermosa y casquivana Florence Maybrick- fue la causa de los celos que incitaron la demencia homicida de James Maybrick, "F" y "M" constituían, pues, sus iniciales. Y tales iniciales son las que, supuestamente, dejó el asesino pintadas en sangre en la pared de aquella habitación antes de huir. En su supuesta confesión, el hombre hizo constar que la infortunada Mary Jane Kelly le traía recuerdos de su adúltera esposa. Los desconcertantes trazos sanguinolentos en forma de letras "F" y "M", estampados encima de aquel muro, encierran una seria y válida interrogante. ¿Cómo fue posible hacer mención en el diario a estas iniciales si ninguna información de la presencia de tales letras se poseyó hasta después de realizada la publicación del manuscrito en el año 1993?

  Deviene igualmente bastante novedoso el terrible dato de que el asesino le arrancó el corazón a Mary Jane Kelly. Este hecho fue omitido de la lista interna confeccionada por la policía, y los médicos forenses actuantes fueron cautelosos al respecto y también lo callaron. Aparentemente, por ningún conducto se pudo saber que el cadáver de aquella desgraciada difunta fue profanado de tan cruel manera pero, pese a todo, en el escrito se formula una mención al robo de ese órgano. Al llegar casi al final de su redacción, se deja constancia: "…Esta noche rezaré por las mujeres que he asesinado. Que Dios me perdone los actos que cometí con Kelly, sin corazón, sin corazón…".

  ¿Quién fue James Maybrick, y qué "méritos" ostentó para ser postulado como sospechoso? El destino comercial de este hombre sería el comercio algodonero. En 1887 se trasladó a Estados Unidos y fundó una agencia. Desde entonces dividía su tiempo en la atención de negocios en Gran Bretaña y Norteamérica. En 1880, durante uno de esos frecuentes viajes marítimos, conoció a la joven Florence Chandler, de sólo diecinueve años. Aquella muchacha, que sería su futura esposa, era por demás atractiva, de cabellera rubia y cautivantes grandes ojos azules. Tras el casamiento la pareja pasó a residir en una mansión palaciega situada en la zona más coqueta y reservada de Liverpool, a la cual llamaron Battlecrease House, donde disfrutaban de múltiples comodidades entre las que se incluía el servicio doméstico de criadas, mayordomos y jardineros.


Florence y James Maybrick

  Sin embargo, ninguno de tales bienes y privilegios acabaría siendo suficiente para evitar la desgracia que caería sobre la pareja tras cierta infidelidad. La bella Florence encontraría un amante en la persona de un próspero comerciante vinculado a los negocios de su esposo, Alfred Brierley, hombre apuesto y adinerado de treinta y seis años. Si concedemos crédito a lo que dice el manuscrito, resultarían el dolor y la furia desatados al descubrir la infidelidad de su esposa lo que transformaría a James Maybrick de apacible y clásico burgués victoriano en un sanguinario asesino en serie.

  Estamos ante una historia con ribetes casi románticos: la pasión sexual irrefrenable, el amor propio herido del esposo engañado, la doble moral burguesa de la Inglaterra de aquella época. Todos esos conceptos confluyendo como si de piezas de un demencial rompecabezas se tratase. Aunque cabe preguntarse: ¿cuántos son los maridos de tiempos antiguos o modernos que tras descubrir la infidelidad de su pareja toman venganza matando a terceras personas? Esto parecería que es llevar la ausencia de motivaciones lógicas a extremos demasiado absurdos, aún en uno de los casos más misteriosos y raros de la historia del delito como lo fue el de Jack el Destripador. 

  El texto del diario por fuerza debe calificarse como muy contradictorio, y el primer impulso que nace es el de negar la veracidad de su contenido y coincidir con quienes opinan que se trata de un fraude bastante burdo. Algunos datos, empero, no aceptan fácilmente tan cómoda explicación y la polémica encendida desde el año 1993 - hace ya más de una década- prosigue en pie. James Maybrick, presumiblemente a su pesar, se ha convertido por obra y gracia del ingenio de los propulsores y beneficiarios del ya famoso diario en uno de los sospechosos más populares a ocupar el cargo de haber sido el tristemente célebre y elusivo "Jack el Destripador".



Jack, el asesino conspirador

  El despliegue policial, periodístico y también social llevado a cabo para lograr la captura del criminal que desde el año 1888 conmocionó a toda Inglaterra con sus atrocidades, y su consiguiente fracaso inapelable, hizo casi inevitable que se avivasen en Gran Bretaña el recelo y la suspicacia. Ese estado de alma constituía terreno fértil para que se sospechase de la policía y de los poderes que desde el gobierno monárquico podrían haber impedido la eficaz actuación de ésta. Sólo una conspiración o conjura de muy alto nivel era apta para explicar que aquel feroz delincuente del cual se suponía había llegado al colmo burlándose de sus perseguidores en cientos de cartas, se mantuviera impune para siempre.

  El terreno estaba adecuadamente abonado, pero los flemáticos ingleses tardarían varias décadas en trasladar al papel de un libro las suspicacias anidadas en su inconsciente colectivo. Así sería que en el año 1976, casi noventa años después de transcurridos los sucesos, vería la luz pública el primer libro que, con minuciosidad de datos y argumentos, ofrecerá una investigación aparentemente sólida en respaldo de la que se diera en llamar teoría de la conspiración o de la conjura, también conocida como teoría de la conspiración monárquico-masónica.

  Jack el Destripador. La solución final se tituló dicha primigenia obra debida a la capacidad e imaginación del periodista y escritor Stephen Knigth, y con diversas variantes conformaría la base para películas mejor o peor formuladas y actuadas, de mayor o menor éxito, pero donde entraría como núcleo de su entramado esta atrayente propuesta. De acuerdo con la historia planteada, el Príncipe Albert Víctor no resultaba ser el victimario, por más que le correspondería un papel destacado en la narración.




  El Duque de Clarence merodearía por los arrabales del East End londinense bien lejos de las indiscretas miradas que lo vigilarían si hubiera pretendido divertirse en la lujosa zona del West End. El bohemio y talentoso pintor Walter Sickert, de quien Eddie fingiría ser el hermano menor, oficiaría a modo de baqueano cicerone del joven de sangre real durante esas incursiones. El muchacho conocería a la juvenil y sensual Annie Elizabeth Crook, una modesta dependienta que a la sazón trabajaba en una confitería emplazada en la calle Cleveland. Los jóvenes se convertirían en amantes y la chica daría a luz una hija natural del aspirante a monarca a la cual se bautizaría con el nombre de Alice Margaret. El posterior casamiento de sus padres -en una iglesia católica y con la presencia de Walter Sickert como testigo del novio y de Mary Jane Kelly asistiendo a la novia- concedería legitimidad al nacimiento de la pequeña.



  Que el futuro Rey contrajera matrimonio clandestinamente en una iglesia católica y que su esposa plebeya hubiera engendrado una niña apta para aspirar al trono inglés era suficiente motivo para un gran escándalo y este hecho constituía una razón de trascendencia para que la Corona, enterada de tan anómala situación, tomara cartas en el asunto mediante la intervención de la policía secreta, a la cual se haría entrar en acción gracias a una gestión del Primer Ministro Lord Robert Salisbury, pretendidamente masón, para separar mediante la fuerza a la pareja. Albert Víctor sería reprendido por su desatinada conducta. Annie, mientras tanto, quedaría confinada en una institución para enfermos mentales, víctima de una manipulación en su glándula tiroides y sin carente de credibilidad alguna si deseaba revelar la historia de su casamiento con el Príncipe, la existencia de una hija de ambos y los derechos al trono que ésta tendría.


Albert Victor, duque de Clarence y Avondale, junto a la princesa Victoria María de Teck

  Estas maldades infligidas contra la pobre Annie estaban supervisadas por el médico real Sir William Withey Gull. Este hombre, igual que sucediera con Lord Salisbury y los altos cargos Charles Warren y Robert Anderson resultaría fue tachado de elevado integrante de la masonería. La beba, mientras tanto, había quedado bajo los cuidados de Mary Kelly, la mejor amiga de la infortunada Annie, y luego pasaría a manos de sus abuelos maternos. Mary regresaría a su Irlanda natal, pero años más tarde volvería a Inglaterra y se dedicaría a la prostitución trabando amistad con otras colegas, a saber. Mary Ann Nichols, Annie Chapman y Elizabeth Stride. En el curso de sus aventuras por los bajos fondos del East End , contaría a sus compañeras la triste historia de su amiga Annie Crook, enclaustrada en un hospicio para dementes. También los detalles sobre el casamiento clandestino de ésta con el Príncipe y sobre el bebé con presuntos derechos a la sucesión real. 

  Necesitadas de dinero creerían que un práctico camino para obtenerlo consistía en chantajear a la casa real reclamando dinero por su silencio. Aquí aparecería en escena el Dr. William Gull contactado para que eliminara el peligro representado por las prostitutas alineadas contra la Corona. Las dos grandes pasiones de la vida del Dr. Gull eran la monarquía británica y la orden masónica, y haría cuanto fuera preciso en salvaguarda de estas instituciones. Con la ayuda de un cochero cómplice, John Netley, pondría manos a la obra en su labor finiquitadota.

  ¿El móvil de Gull el Destripador? Su creciente insania, producto de un accidente cardíaco y cerebral, le generaría alucinaciones tan graves que le hicieron creer que al mutilar ritualmente a aquellas a quienes veía como enemigas estaba cumpliendo con su ineludible deber como estricto masón.




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