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viernes, 3 de septiembre de 2021

La verdadera historia de Jack el destripador

 




El pasado martes, 31 de agosto del año 2021, se cumplieron 133 años de uno los crímenes más tristemente célebres de la historia: el cruel homicidio de Mary Ann "Polly" Nichols, la primera víctima de Jack el destripador. La leyenda negra había dado comienzo, trasladándose, inevitablemente, muchos años después, a la ficción en forma de cómics, libros o peliculas. A día de hoy, los crímenes de este asesino siguen siendo un misterio, además de muy rentables. Se trata de un fenómeno sin precedentes, una cruel historia que hoy queremos rememorar en Caosfera con la ayuda, como no, de nuestro colaborador y gran experto: Gabriel Pombo. 

 En esta ocasión, os traemos un curioso relato titulado La verdadera historia de Jack el destripador, relato que podemos encontrar a su vez dentro de la novela más conocida de Gabriel: El animal más peligroso. Sin más dilación, aquí lo tenéis:


Aquel otoño de 1888 había sido espantoso para los habitantes de Londres. Y no porque la niebla y el frío resultasen más agobiantes que de costumbre, pues al mal clima los ciudadanos británicos estaban acostumbrados. Lo que llenaba de terror a la población inglesa consistía en unos sucesos mucho más macabros. No era para menos. Desde aquel mes de agosto los periódicos no paraban de informar que en los barrios bajos del este de la capital -sobre todo en el maltrecho distrito de Whitechapel- un maníaco venía asesinando a mujeres de vida alegre. Los crímenes tuvieron su inicio en la noche del 7 de agosto cuando Martha Tabran murió violentamente, tras recibir treinta y nueve puñaladas. A esa desdichada la acompañaron en fatídico destino Mary Ann Nichols, el 31 de agosto, Annie Chapman, el 8 de septiembre, Elizabeth Stride y Catherine Eddowes, ambas durante la madrugada del 30 de ese mes y -después de una engañosa interrupción- la joven y bella Mary Jane Kelly el 9 de noviembre.

  Con cada nuevo homicidio el ejecutor se tornaba más feroz y más convencido de que nunca lo iban a detener. La espantosa lista de víctimas, lejos de concluir, proseguía agrandándose, y la policía británica -la famosa Scotland Yard- se mostraba impotente para capturar al sádico delincuente. Por si fuera poco, esa tarde se volvió inesperadamente sombría: una falla en el sistema de farolas a gas, que por entonces iluminaba a la Inglaterra gobernada por la reina Victoria, sumergió a los londinenses en la más tétrica de las penumbras.

  Ese atardecer, el asesino que la prensa bautizaba con el alias de "Jack el Destripador" estaba decidido a atacar de nuevo. Se vistió muy despacio con elegantes ropas oscuras: pantalón, camisa y saco negro, y corbatín de seda gris. Por último, tras echar encima de sus hombros una amplia capa, se cubrió la testa con su sombrero de copa favorito.

  Salió de su residencia con paso firme, casi presuroso, sin olvidar llevar consigo el maletín de cuero -similar al que usaban los médicos de esa época- en cuyo interior escondía un juego de cuchillos de recia empuñadura que, con mucho esmero, acababa de afilar. Una vez que avanzaba sobre las adoquinadas calles llamó su atención la cerrada oscuridad que inundaba todo a su alrededor, aunque aún faltaba bastante para que cayera la noche.

  —¡Maldito apagón! —, se dijo contrariado.

  Esperaba que la ausencia de luz no perjudicara el trabajo en las tabernas. Allí era donde solía ir a beber una copas, y desde las barras de esos antros escudriñaba a las prostitutas.

  Cuando las mujeres se marchaban con algún cliente, las acechaba sigilosamente y aguardaba que el ocasional compañero de aquellas se retirase. Instantes después, por sorpresa, sin darles tiempo a oponer la menor resistencia, se abalanzaba sobre ellas y les cercenaba la garganta.

 —Esta noche no va a ser la excepción —pensó, y una cruel sonrisa se dibujó en su rostro.

  Sin embargo, esta vez Jack, quien usualmente apenas bebía alcohol, precisaba un trago de whisky. No lo necesitaba a fin de infundirse coraje antes de matar, pues para él la vida humana nada significaba. Deseaba ingerir una generosa ración de licor antes de ponerse a conversar con un extraño al cual contarle las ideas que rondaban por su cabeza. Quería jactarse de sus tristes hazañas, y anunciar a otros las maldades que, en un futuro cercano, planeaba cometer.

 —Uno será muy asesino, pero es un ser humano al fin y al cabo —se dijo.

  La ocasión le venía de perillas porque no se veía nada a causa del apagón, por lo cual nadie lo iría a reconocer ni podría, por ende, denunciarlo. Llegaría a una taberna, pediría al cantinero que le sirviera un trago, y hallaría a algún parroquiano a quien hacer partícipe de sus confidencias y, de paso, pegar un gran susto.

  Caminó y caminó, hasta advertir unas luces muy tenues cuyo reflejo le permitió vislumbrar una entrada. Una taberna abierta y oscura, sin duda. Ingresó, y enseguida oyó el parloteo de varias personas dialogando. Voces masculinas todas ellas, ninguna voz femenina alcanzó a percibir.

 Tal cosa era normal porque a esa hora tan temprana las mujeres de vida alegre aún no comenzaban su labor. Sólo había hombres: marineros, oficinistas aburridos, y obreros que cansados de su jornada en las fábricas acudían a las cantinas para relajarse bebiendo licor.

Tropezó en medio de la penumbra con una silla sobre la cual se sentó, al tiempo que se quitaba su sombrero de copa.

 —¡Boby! —llamó con voz autoritaria.

 Cuando no conocía el nombre del tabernero nunca le fallaba requerir ser atendido por algún empleado que se llamara Boby, dado que el diminutivo de Robert era muy común en la Inglaterra victoriana.

 No fue diferente esta vez, y de inmediato escuchó el rumor de unos pasos aproximarse.
—¿Qué se le ofrece mister?

—Pues que me sirvan una jarra de cerveza. ¡No! mejor sírveme un vaso de whisky. Escocés por supuesto. Esta noche tengo muchas ganas de hablar con alguien, y beberme un whisky será un buen comienzo.

 Hizo una pausa mientras procuraba distinguir entre las sombras las facciones de su interlocutor.

  —En realidad mister, no creo que aquí podamos ayudarlo. Si usted busca con quien hablar deberá dirigirse a otro sitio.

  Fue la fría respuesta.

  Jack hirvió en cólera. Era hombre de pocas pulgas al cual le disgustaba que lo contradijesen.

 —Claro que me servirás, cantinerito de cuarta —, rugió con mal humor. —Me traerás el trago que te ordeno, y me escucharás muy atento, te guste o no.

  Realizó un paréntesis a fin de dar más énfasis a sus amenazas.

  —¿Sabes con quién estás tratando mocito? Pues nada menos que con el tipo al cual todos llaman Jack el Destripador. No necesito aclararte porqué me apodan así. ¿No crees?

 Las rudas palabras del criminal parecieron surtir efecto. El sujeto anónimo pareció tragar saliva, y cambiando de tono le dijo respetuosamente:

 —Disculpe usted. Con esta tremenda oscuridad uno no puede saber con quien está tratando. Claro que haremos todo lo posible por servirlo.

  Repuso, y con un gesto rápido de su mano llamó a un compañero. Cuando unos pasos se aproximaron Jack oyó que el primero le decía al otro:

  —El señor es Jack el Destripador. Nos hace el honor de visitarnos. Ve a la trastienda en busca de una botella de scotch, de la máxima calidad.

 Más calmado, al comprobar que sus órdenes eran obedecidas, el delincuente prosiguió:

  —Bien muchacho, así está mejor... Bueno, como te decía, no sé porqué razón, pero mientras caminaba rumbo a esta taberna me vinieron una enormes ganas de hablar con alguien, con un desconocido. Y ahora que te has puesto amable creo que te elegiré a ti para hacerte algunas confesiones...

Jack pudo sentir que la respiración de su anónimo oyente se tornaba más pesada... 

  —Este pobre cantinerito debe estar muerto de miedo, ja, ja. 

  Pensó, y esa idea lo puso de ánimo alegre. Siempre resultaba bueno sentirse distendido en aquellas noches cuando se aprestaba a salir a "trabajar" provisto de sus filosos cuchillos. Consideraba cosa positiva la adrenalina que le corría al oír los gritos de sus víctimas, y mientras emprendía la huida por las estrechas callejuelas burlando a los estúpidos policías. No obstante, sabía que soportar mucho stress era malo para su salud.

  —Lo escucharé con toda la atención que usted se merece. 

 Respondió suavemente el otro.

 —Bien Bobby, te contaré porqué maté a la primera. A esa gorda fea, la cual,al día siguiente leyendo los periódicos, supe que se llamaba Martha Tabran. Yo estaba en la taberna "El Angel y La Corona" y me aprontaba para retirarme cuando la mujer iba saliendo del brazo con un guardia de la Torre de Londres. Un muchachito que, se veía a la legua, estaba gozando de su día franco, y al cual no se le ocurrió mejor idea que gastarse la paga con una apestosa como esa. ¿Sabes? La muy furcia estaba borracha, y al pasar me dio un pisotón. Sé que lo hizo sin querer. Pero, ¡por mil diablos! ¡cómo me dolió!, me apretó justo la uña encarnada. Bueno, claro que no decidí matarla sólo por eso. Pero la seguí hasta la calle para insultarla a ella y al mequetrefe que tenía por cliente, y al aproximarme logré verle bien la cara...y ahí fue que me vinieron unas ganas bárbaras de cortar su grueso pescuezo. ¿Quieres saber por qué?

 — No me puedo imaginar. Dígamelo Mister

 —Pues porque la cretina era idéntica a mi tía Etelvina. La muy zorra de mi tía que me hacía la vida imposible cuando yo era chico. La vieja hace años que está muerta. De niño siempre quise vengarme de ella, pero se murió antes de que yo llegase a ser adulto. Y ahora, al verle el rostro bajo la luz de aquella farola a gas a Martha Tabran, supe que mi tía se había reencarnado en ella. Esa fue la primera vez que lo hice. Treinta y nueve tajos le pegué. Tuve que darle tantos para liquidarla porque el puñal lo llevaba desafilado.
Después de esa vez siempre voy preparado y llevo al menos un par de cuchillos bien afiladitos, ja, ja.

  —Y a las demás mujeres: ¿También las asesinó porque se parecían a su tía?

  —No te hagas el chistoso Bobby Las maté porque le agarré el gustito a la sangre, ja,ja. Además, con lo idiota que es nuestra policía de seguro nunca me van a atrapar,

  —No tengo el gusto de compartir su mala opinión sobre la policía de Londres.

  —¿Y tú que sabes de eso infeliz?

  Como ya hemos dicho al criminal no le agradaba que lo contradijeran.

  —Aquí en Inglaterra todos los policías son idiotas, ¿me oyes? Y dicho sea de paso: ¿para cuándo el whisky?

  —Disculpe Mister, mi compañero demora porque fue hasta la bodega a buscar un whisky acorde a la calidad de un distinguido visitante como usted.

  —Bueno, pero que no tarde. Me muero de ganas por beber un buen trago. Como te venía contando, una vez que uno le agarra la mano a esto de cortar cuellos y destripar ya no se puede parar.

  Hizo una interrupción teatral para asustar a su interlocutor, y remató:

  —Y esta noche, cuando salga de esta taberna, pienso despachar a un par de prostitutas más, por lo menos.

  Se quedó aguardando el efecto que surtían sus amenazas. 

  —El tipo a esta altura debe haberse hecho encima de los pantalones , ja,ja.

 Supuso, mientras saboreaba la agradable sensación de causar miedo. Sin embargo, un nuevo comentario de "Boby" volvió a sacarlo de sus casillas.

  —Como ya le dije, pienso que la policía de acá no es tan tonta como usted cree. Es más, me parece que su carrera criminal ha terminado, y que ya no podrá asesinar a ninguna mujer más.

  Le retrucó con inesperada serenidad el otro.

  —Claro que seguiré despanzurrando prostitutas a diestra y siniestra. ¡No dejaré de matarlas hasta que me harte!

  Bramó el homicida múltiple.

  —¿Quién se piensa este desgraciado que es? —se dijo—. Como me siga llevando la contraria abriré mi maletín, tomaré uno de mis cuchillos y le rebanaré el cuello. Lástima que no puedo verlo con esta maldita oscuridad...

  Pero antes de que pudiera ejecutar movimiento alguno escuchó a su oponente repetir:

  —Le aseguro que su carrera criminal ha terminado y que ya no volverá a lastimar a nadie más.

  El timbre del otro sonaba curiosamente muy seguro.Tanta rabia le provocó esa afirmación y el tono con que la misma fue dicha que, por instinto, Jack adelantó sus manos con ambos puños crispados amenazando hacia las sombras, hacia donde provenía la voz de aquel impertinente fastidioso.

  —¿Cómo te atreves a decirme que ya no podré volver a matar a quien a mí se me antoje?

  Rugió totalmente fuera de sí el Destripador.

 —Porque usted no se encuentra dentro de una taberna. ¡Estas son las oficinas de la jefatura de policía de Scotland Yard!

  Le espetó secamente el agente, al tiempo que cerraba un par de esposas en torno a las muñecas del atónito asesino en serie.


 Si sois más de audiorelatos, aquí tenéis la versión narrada de esta historia por parte del equipo de Lux Ferre Audios:




 También podéis escuchar los especiales de Martes de terror, con los relatos de Robert Bloch: Atentamente Jack el destripador, y Un juguete para Juliette, amén de la intervención de Gabriel Pombo:







OTROS ENLACES DE INTERÉS






viernes, 23 de noviembre de 2018

Entrevista a Juan Enrique Soto Castro



Imagen sujeta a derechos de autor

Juan Enrique Soto Castro, doctor en psicología, Inspector Jefe del cuerpo Nacional de Policía, Director de la Sección de Análisis y conducta, además de escritor, responde hoy nuestras preguntas.Y hablamos, como no, de psicología, de reinserción social, de crímenes, de literatura y de un largo etc. Una extensa y más que interesante entrevista que no os podéis perder  por nada del mundo...





1. Además de doctor en psicología, es usted jefe de la Sección de Análisis de Conducta, fundada en el año 2000. ¿De dónde viene su interés por la psique humana? 

Esa es una pregunta complicada. Bien empezamos. Elegí estudiar Psicología como primera opción. Supongo que como otros muchos, pensaba aplicármela a mí mismo. Han pasado varias décadas y no he avanzado mucho en el análisis personal, pero me ha abierto caminos para el análisis del comportamiento del resto de personas, jeje. 

  El caso es que ya era psicólogo cuando entré en la Policía, con lo que las posibilidades de aplicar esta ciencia a la investigación criminal fue una realidad desde mi primer destino, hace más de veinte años. 



2. Como psicólogo criminalista, ¿qué respondería usted a la famosa y polémica pregunta sobre si el delincuente nace o se hace? 

Es imposible separar la genética del ambiente. Generación tras generación se transmite información biológica a través de los genes que sólo mediante la activación correspondiente, y en gran medida por la influencia del ambiente, se convierte en lo visible, mucho de ello a  través de la conducta. La frase creo que debería ser otra: en determinadas circunstancias, cualquier persona es capaz de cualquier cosa. ¿Qué no haría un padre o una madre por su hijo en una situación límite? 



3. ¿Diría que los procesos de reeducación social y de reinserción son efectivos? 

En general, sí. El problema está en que cada persona tiene sus propias circunstancias, sus desencadenantes y sus influencias (genéticas y ambientales). Si el proceso no logra adaptarse completamente a esos requerimientos, puede que fracase. En la incapacidad del sistema por adaptarse a cada individuo es donde veo yo la fuente de los fracasos que a veces se producen. Tratar a todos igual no es lo más aconsejable. 



4. ¿Propondría usted algún otro método alternativo a estos procesos que asegurase una efectividad del 100%? 

Si lo conociera, ya lo habría compartido. 



5. Y hablando de métodos, es usted creador de una severa metodología deductiva conocida como método V.E.R.A. Mediante este método, su equipo ha participado en la resolución de varios crímenes. Háblenos de la base y características de esta metodología. 

Es un método que pretende mantener controlado el proceso lógico de elaboración de hipótesis. Otorga un código sencillo a cada dato que se emplea y ese código permite rastrear cada una de las inferencias que se realiza. 

  Cada día quedo más sorprendido de las repercusiones que tiene el método. Según va siendo conocido, se aplica en ámbitos tan distintos como la Psiquiatría o la Inteligencia Artificial, pasando, por supuesto, por la investigación criminal. 



6. Explíquenos también el concepto de evidencia conductual y huella psicológica como herramientas fundamentales en el proceso de investigación. 

La materia prima del analista de conducta es… la conducta. Cada comportamiento puede tener repercusión visible en el entorno. Piénsese en una escena del delito cuando el cadáver es encontrado con evidentes signos de violencia. Cuando digo “evidentes signos de violencia” me refiero, obviamente, a indicios físicos que hacen pensar en conductas determinadas. Eso es una huella psicológica o evidencia conductual. Es el rastro de que se ha producido un comportamiento. Lo malo de este material es que siempre será inferido, no es físico como lo puede ser un rastro de sangre o una vaina percutida. Lo bueno es que siempre, pero siempre siempre, hay conducta (no siempre hay vainas, más jeje). 



7. El fallecido Robert K. Ressler formuló una clasificación de los asesinos en serie que comprendía dos vertientes: los organizados, que utilizan secuencias lógicas, y los no organizados, sin lógica y con problemas psiquiátricos. ¿Está de acuerdo con estos paradigmas? 

Están ya superados, como los mismos miembros del FBI especialistas en análisis de conducta saben. No hay rasgos puros y el propio Ressler tuvo que incluir la categoría mixta. No obstante, esta clasificación forma parte del comienzo de una disciplina a la que le debo mucho. Ressler, al que conocí en persona y me hizo alguna confidencia al respecto de nuestro trabajo, será siempre el referente en el criminal profiling.



8.¿Cuáles son los rasgos que calificaría usted como genéricos en cualquier perfil criminal? 

Ahí sí que soy taxativo: cada caso es único y cada vez que investigo un caso me lo digo una y mil veces. Cada caso es único, cada caso es único, cada… 



9. Ha redactado obras literarias y otras de corte científico y divulgativo, que le han proporcionado diferentes premios y colaboraciones en varios medios. ¿Cuál de estas dos vertientes le resulta más gratificante? 

No puedo separarlas aunque las obras científicas han tenido más repercusión que las literarias. El Manual del Método V.E.R.A sigue siendo superventas en su disciplina, va por su segunda edición y le espera mucho recorrido. Sin embargo, las obras literarias me proporcionan esa salida terapéutica que supone el desligarse de vez en cuando de la realidad y abrazar al cuenta cuentos que me hace vivir mundos imaginados. 



10. Si nos centramos en el terreno científico, además de lanzar un manual de investigación del delito que explica en profundidad el método V.E.R.A, del cual nos habló anteriormente, se ha introducido en el ámbito del terrorismo yihadista con su obra Humillación y agonía. ¿Qué fue lo que le llevó a introducirse en estos terrenos tan abruptos?

Son abruptos, sí, pero son conducta también. La razón fue intentar comprender cómo unos asesinos metódicos y despiadados eran capaces de crear una estrategia implacable a través del horror. En la medida en que traté de desentrañar sus métodos y las motivaciones que había detrás de ellos, lograba combatir sus presupuestos y dar argumentos para una correcta contra narrativa, hoy por hoy una herramienta fundamental para combatir este terrorismo tan brutal. 



11. Sus novelas El silencio entre las palabras, Molino de Sangre y La barca voladora, son obras dotadas de conflictos psicológicos, realismos y perfiles psicológicos bien trabajados. ¿Cuál de ellas diría que es la más lograda? 

El silencio entre las palabras fue la primera y eso la hace muy especial. Fue muy cuidada y sus conflictos psicológicos los podría tener cualquiera de nosotros. La barca voladora, no me preguntéis por qué creo que tiene lo necesario para convertirse en una obra de culto porque tiene múltiples lecturas. No sabría decir si es una novela de aventuras filosóficas o una obra de filosofía aventurera. En cualquier caso, su proceso creativo aún me sigue asombrado. Molino de sangre es un recopilatorio de relatos ambientados en la batalla de Verdún, durante la Primera Guerra Mundial y en ellos lo que menos hay es guerra, aunque sí mucha humanidad, o, al menos, eso pretendí. 



12. Háblenos brevemente de cada una de ellas y de lo que pretenden transmitir. 

Como ya contesté a esto en la pregunta anterior, la completo con las dos novelas siguientes, El espectro de Ileón Jacq (La Fábrica de Sueños, 2017) y El Museo del Olvido (Baile del Sol, 2018). La primera fue ganadora del Primer Certamen de Novelas de Terror La Fábrica de Sueños y es terror psicológico (vaya sorpresa). Un joven enfermo se hace cargo de una mansión heredada en una isla inhóspita. En la casa, tras un muro, encuentra un diario escrito por un loco, al parecer, y que narra hechos inenarrables (¡toma eso!). Esta narración le introduce en un mundo donde le cuesta distinguir lo real de lo fantástico, la vigilia de la pesadilla, la vida de la muerte. Muy a lo Allan Poe. 

El Museo del Olvido es mi primera (muchos dijeron: ¡por fin!) incursión en la novela negra. De hecho, los protagonistas son un analista de conducta veterano y un inspector de policía, que tendrán que luchar contra sus propios demonios a la vez que trata de descubrir a un asesino en serie que lleva matando más de cuarenta años. Técnicamente, es mi mejor novela y creo que le queda mucho por ofrecer. Es el comienzo de la que espero sea una fructífera saga. 



13. Y ya por último, cuénteme los futuros proyectos en los que está embarcado. 

Escribo esto un miércoles 21 de noviembre. Este viernes, por tanto, sale publicada una nueva novela, también de género negro, titulada El abismo, en una editorial tan original como prometedora, Black & Noir, con novelas exclusivas para leer en el smartphone y por entregas semanales. Aporta aún más original porque cada entrega semanal se acompaña de vídeos y material extra sobre los autores de las novelas, de tal modo que el lector no solo lee una historia, sino que se introduce en el proceso creativo y los secretos mejor guardados de sus autores. Me hace muchísima ilusión. 

  ¿Futuro? Soy Mister Proyectos, es decir, un montón de ellos en la cartera y poco a poco los trabajo hasta que uno me engancha del todo. Incluye trabajo científico, que no puede faltar, literario novelero, algún que otro ensayo y hasta Batman anda por ahí metido. Ilusión y más ilusión.




viernes, 9 de noviembre de 2018

Jack de Jacks




Retrato de Mary Jane Kelly. Imagen sujeta a derechos de autor

El 9 de noviembre del año 1888 el cadáver de la Joven Mary Jeannette Kelly fue hallado a las 10:45 de la mañana en la habitación número trece de Mille´s Courts. El crimen fue brutal: le habían seccionado la nariz, los senos y las orejas; tenía el vientre abierto y los órganos habían sido extraídos y esparcidos alrededor del cuerpo. Algunos pedazos de carne arrancados de los muslos y de la faz descarnada flotaban sobre la sanguinolenta mezcla. Hoy se cumplen ciento treinta años de este terrorífico suceso, que conmocionó a todo Londres. El último y más depravado crimen atribuido a uno de los asesinos más enigmáticos de la historia: Jack el destripador. 

  Muchas han sido las conjeturas vertidas alrededor de este turbio y enigmático suceso. Fueron varios los testimonios registrados en la encuesta judicial, uno de los más notorios  el del obrero George Hutchinson, amigo de la víctima, además del último en verla con vida, que fue considerado altamente sospechoso. Hutchinson se presentó en comisaría cuatro días después del macabro descubrimiento, y este retraso fue tomado por las autoridades como un intento de malograr la investigación. Fue el sargento Edward Badham el encargado de tomarle declaración, en la cual el denunciante asegura haber visto a la víctima poco antes de su muerte: con un señor de aspecto respetable, muy elegantemente vestido y con pinta de extranjero. Quién sabe, tal vez un judío. 

  El cuerpo de Kelly fue examinado a conciencia por dos médicos forenses de alto prestigio: Thomas Bond y George Bagster, quienes redactaron un detallado informe. 

Certificado de defunción en el que la víctima fue registrada como Marie Jeannette Kelly Davis



Documento real de la escena del crimen. Imagen sujeta a derechos de autor.



  Con motivo de la conmemoración de este ciento treinta aniversario, en Caosfera hemos decidido recurrir al buen hacer de Gabriel Pombo, como ya sabéis, colaborador habitual además de uno de los investigadores más prestigiosos en torno al tema. Recordemos el fragmento que Gabriel dedicó a este emblemático suceso en su novela El animal más peligroso:

  Aquella madrugada varias vecinas y colegas de oficio la vieron entrar y salir incansablemente de su pieza, llevando a ésta candidatos muy diversos. La señora Mary Ann Cox, una viuda de treinta y un años, también prostituta, la halló asida del brazo de un sujeto desarreglado, bajo, gordo, de mejillas sonrosadas por el exceso de alcohol y bigote rubio. Para tornarlo más ridículo aún, el cliente aferraba una jarra de cerveza. Jeannette abrió la puerta del número 13 y lo hizo pasar, pero antes de entrar ella misma vio a Cox que se retiraba de su habitación –que quedaba próxima a la ocupada por la pelirroja– y le anunció: –Amiga, te voy a dedicar una canción – tras lo cual se puso a entonar una balada titulada «Una violeta que arranqué de la tumba de mi madre». Aparte de que la melodía era triste, la intérprete desafinaba. Al rato la viuda volvió a verla salir en busca de otro cliente. El último testigo que la habría avistado en esa velada fue un obrero amigo suyo: George Hutchinson, quien más tarde describiría al presunto último acompañante que esa noche ella tuviera como un individuo muy elegantemente vestido y «con pinta de extranjero, tal vez un judío». El domingo 9 de noviembre era un día festivo para los londinenses en el cual se celebraba la fiesta del Lord Mayor, distinción que recibe el alcalde de Londres, York y otras ciudades importantes del Reino Unido. Pero no todos se sentían de espíritu alegre esa mañana. Mientras oía el paso de la carroza que transportaba al Lord Mayor y los vítores de la muchedumbre, John McCarthy –locador de aquella joven meretriz, y dueño de un bazar con frente a las covachas del edificio designado «La Corte del Molino»– refunfuñaba al revisar sus cuadernos de cuentas. Ocurría que, desde semanas atrás, los números no le cerraban y únicamente se venía sosteniendo gracias a las ventas de su negocio. En una situación normal sus ingresos primordiales derivaban de las habitaciones que alquilaba a las prostitutas en el edificio del número 26 de la calle Dorset, y ahora la mayoría de ellas le estaban adeudando. 

  Al reflexionar acerca de la razón que provocaba esos atrasos masculló para sí: «¡Es por culpa de ese maldito de Jack el Destripador! Las mujerzuelas tienen miedo de salir a las calles a trabajar, y cada vez consiguen menos plata. Por eso les cuesta tanto pagar ahora.» El arrendador se consideraba un hombre razonable. Entendía que había surgido una causa que justificaba que sus inquilinas ganaran menos, y por el momento haría la vista gorda y no las acosaría. Sin embargo, al puntear con su lápiz repasó la deuda que mantenía la pensionada del número 13. El valor ascendía a una libra y nueve chelines. Eso era mucho dinero. Por poco que estuviera trabajando le parecía claro que la irlandesa se estaba pasando de lista. –¡Indian Harry! – voceó, identificando por el seudónimo a Thomas Bowyer, su empleado de cobranzas, que había salido del bazar para contemplar el desfile. –Ven aquí de una vez hombre, que te necesito. –Sí señor, a la orden – contestó aquél, entrando con paso desganado y encaminándose hacia el escritorio donde su empleador hacía las cuentas. –No te voy a mandar lejos. Quiero que cruces la calle y vayas hasta lo de la Kelly para que, de una vez por todas, me pague el alquiler que me debe – levantó el cuaderno, y apuntando con su dedo índice señaló el importe que la muchacha adeudaba. –Si no puedes obtener el total cuando menos no regreses con las manos vacías.

  El otro asintió y fue hasta el perchero en procura de su abrigo. No es que hiciera mucho frío esa mañana, pero el gabán oscuro que ahora se ceñía completaba su apariencia de hombre serio, y él se figuraba que lo volvía más digno de respeto ante los morosos. A las 10.45 el cobrador aporreó a la puerta número 13. Tres, cuatro veces. No hubo respuesta. ¿Estaría la mujer adentro y fingiría no escuchar? A efectos de salir de dudas, Indian Harry se dirigió hacia la parte lateral de la vivienda para husmear por la ventana. El vidrio tenía una rotura que permitía introducir la mano y descorrer la cortina. Cuidando no lastimarse apartó la sucia tela, y aplicó un ojo a la abertura con el fin de escrutar hacia el interior. Lo que vio le hizo proferir un grito de terror, y retiró tan rápido su mano que se raspó el dorso, el cual empezó a sangrar levemente. Su miedo estaba justificado. El macabro hallazgo, que tuvo la desgracia de hacer, resultó uno de los más espantosos y depravados que consignan los anales de la criminología mundial. Encima de la cama bañada en sangre reposaban maltrechos despojos de aquella que en vida fuera una sensual cortesana. Únicamente llevaba puesto un menguado camisón, que dejaba ver el atroz estropicio infligido a su organismo. Su estómago lucía abierto en canal, y habían seccionado su nariz, sus senos y sus orejas. Trozos de su muslo y fragmentos de piel de su cara yacían junto al cuerpo descarnado. Los riñones, el hígado y otros órganos se esparcían en torno al cadáver y sobre la mesa de luz. El dantesco cuadro llenó de horror al cobrador, quién fue corriendo hasta el bazar de su patrón y le comunicó el espantoso descubrimiento. Ambos hombres se dirigieron a la pensión y, escudriñando desde la ventana, volvieron a comprobar el hecho. El dueño envió a su empleado a buscar ayuda a la comisaría de la calle Comercial, mientras él se quedaba montando guardia. Al rato, arribaron los inspectores Beck y Abberline, y el superintendente Arnold. También convocaron a los forenses Phillips y Bond. Entre otros agentes sin rango, se hizo presente Barrett de la división H de Whitechapel. Ninguno de los detectives se decidía a impartir la orden de forzar la puerta para acceder al teatro del crimen, pues aguardaban instrucciones de Sir Charles Warren. Pasaban las horas sin tenerse noticias de éste, hasta que se supo la sorprendente novedad de que el jefe supremo había presentado su dimisión esa misma mañana. A las 13.30 por fin el superintendente asumió la responsabilidad de mandar quitar la ventana para fotografiar el interior. Una vez concretada esta medida, se requirió al propietario que rompiera la puerta a fin de hacer posible el ingreso; labor que éste hizo valiéndose de una piqueta. «¡Parecía más la obra de un demonio que de un hombre!» exclamó McCarthy al testimoniar en la instrucción subsiguiente

  Con esas palabras dejó constancia de la tremenda impresión que le produjo el monstruoso hallazgo, que estremeció incluso a los más endurecidos policías que concurrieron a la tétrica habitación.


Reseña de "El animal más peligroso" Aquí


  Por supuesto, no podíamos olvidarnos de preguntarle a Gabriel su opinión sobre los posibles móviles y sus conclusiones al respecto de este espantoso hallazgo como perfecto cierre de este artículo:


  El espeluznante crimen de la bella Mary Kelly, con el atroz ensañamiento ejercido por el homicida sobre el cadáver, deja la sensación de que el victimario actuó poseído por una visión apocalíptica. En su mente perturbada no estaba destrozando un cuerpo humano sino realizando una especie de ritual sólo comprensible para él mismo, lo cual condice con lo que la actual criminología conoce sobre los asesinos en serie. Visto desde el ángulo de los actuales estudios criminalísticos y de las opiniones de los perfiladores de la talla de Robert Ressler, John Douglas y otros expertos del FBI no resulta extraño que el asesino haya considerado que con ese acto daba "culminación" a la "misión" que se impuso a sí mismo al acometer su sanguinaria serie criminal. Este crimen, donde el victimario dispuso de suficiente tiempo y de la tranquilidad de estar a solas con su víctima en un lugar a resguardo (no en la vía pública como sucediera en sus anteriores homicidios) le permitió concretar a pleno su fantasía de dominación y le indujo a creer que su "obra" ya estaba concluida, y que ya ningún nuevo crimen que perpetrase podría superar a éste. No sería causal entonces que no se detectasen más asesinatos atribuibles a Jack the Ripper. Este psicópata (fuera quien fuera) ya no volvió a asesinar, porque ya no tenía "motivos" para hacerlo. No volvió nunca más, tras consumar este crimen, a arriesgarse a ser atrapado in fraganti, y así fue que se pudo mantener impune y desconocido hasta nuestros días.



viernes, 7 de septiembre de 2018

El caso del doctor Crippen: un crimen victoriano


Doctor Harvey Crippen

Una semana más, el doctor Pombo nos adentra en la cara más abyecta del Londres victoriano. Si hace unas semanas nos reveló las claves de los crímenes más célebres de Whitechapel y nos habló también del terrible asesino que cohabitó junto al famoso destripador -el asesino del torso del Támesis-, hoy nos trae la historia del doctor Harvey Crippen, un cirujano que horrizó a la sociedad londinense con su espantoso crimen. Recordad que podéis encontrar esta y otras impactantes historias en el blog de Gabriel Pombo & Pombo


El doctor Hawley Harvey Crippen, a pesar de haber nacido en Norteamérica, parecía el prototipo del sobrio científico británico de la época victoriana. Sus fotografías, en las cuales destaca su semblante adusto, enmarcado bajo gruesas gafas que lo dotan de un aire intelectual, así lo atestiguan.



  Sin embargo, al igual que sucediera en otros casos, las apariencias eran engañosas. Y es que el buen doctor, que llevaba más de una década casado con Cora, una cantante y corista que respondía al sobrenombre artístico de Belle Elmore, se enamoró perdidamente de su juvenil secretaria, Ethel Le Neve. En lugar de tramitar el divorcio, optó por un método más veloz y radical: asesinar a su molesta cónyuge.


  Se sacó en conclusión que el médico vivía bajo el dominio de su mujer, que lo maltrataba y le hacía la vida imposible.



                                       
Ethel Le Neve

  En la autopsia se comprobó que el homicidio se produjo por envenenamiento causado por la ingestión de cinco gramos de hioscina. En el ulterior juicio se supo que el 7 de enero de 1910 el galeno compró esa substancia en la farmacia de los señores Lewis y Burrows para, cinco semanas después, administrarsela a su mujer.

  Cuando el crimen fue llevado a cabo, la pareja de amantes procedió al desmembramiento del tieso organismo de la víctima. Acto seguido se disfrazaron (Ethel se vistió con ropas de muchacho) y se marcharon de Londres a bordo de un vapor con destino a los Estados Unidos de Norteamérica. Sin embargo, para desgracia del dúo, el capitán del buque demostró ser una especie de detective aficionado y avisó a Scotland Yard con el recientemente patentado telégrafo sin hilos.

  La policía británica localizó unos cuantos fragmentos de Cora Crippen sepultados bajo el sótano, descubrimiento que propició la acería de los prófugos. El Inspector Walter Dew —también convenientemente disfrazado— fue el encargado de detener a la pareja criminal en fuga y de escoltarla de regreso a Inglaterra.



Walter Dew


  Años atrás, cuando todavía era un joven policía, Walter Dew había acudido, en la gris mañana del 9 de noviembre de 1888, a la tétrica habitación número 13 de la pensión de Miller´s Court. Allí presenció la visión horrible de un cuerpo tan destrozado como el de Cora Crippen: el cadáver pertenecía a la atractiva prostituta llamada Mary Jane Kelly. Cuando le preguntaron si el asesino de aquella desgraciada, el mítico Jack el Destripador, podía ser un cirujano, Dew declaró a la prensa: «Si esa es la obra de un cirujano, entonces resulta muy fácil ser cirujano».

  Pero ahora el destino le ponía cara a cara con un médico que sí era un vil descuartizador. La captura de aquel homicida —detallada años más tarde en un libro de su autoría titulado Yo atrapé a Crippen—, aparecería como uno de los méritos más notables en la hoja de servicios del tenaz detective victoriano. Y es que al policía nuevamente le había tocado ser partícipe de un hallazgo macabro. Al levantar los ladrillos que tapaban el suelo del sótano de la residencia de Hilldrop Crescent —hogar del matrimonio Crippen—, Dew se topó con los restos de la faena del doctor. Se trataba de una masa putrefacta recubierta por una costra de cal, aplicada a efectos de agilitar la descomposición.


Imagen sujeta a derechos de autor


  Esos despojos humanos constituían lo único que quedaba de la esposa del terrible doctor. Aquel cuerpo carecía de cabeza, de miembros y de huesos; para facilitar la desaparición del cadáver el médico había deshuesado a su mujer. Pese a la exhaustiva investigación llevada a cabo jamás aparecieron las partes que faltaban de la anatomía de Cora Crippen.


                             
Imágenes sujetas a derechos de autor




PARA SABER MÁS:

Entrevista con Gabriel Pombo: asesinos seriales y tipologías criminalísticas

Disertación de Gabriel Pombo en el primer congreso hispanoamericano sobre mentes criminales 

Entrevista a Gabriel Pombo sobre el libro "Historias de asesinos"



O EN CAOSFERA:

Entrevista a Gabriel Pombo: los crímenes de Whitechapel

Entrevista complementaria a Vicente Garrido Genovés

El otro Jack

Ponencia y presentación del libro "Jack el destripador, la leyenda continúa"

Reseña de la novela "El animal más peligroso"

Jack el destripador, el monstruo de Londres





viernes, 28 de julio de 2017

El caso Monet


 
Cuando el carácter de un alma, tintado de una especial sensibilidad y un gusto por lo finamente elaborado, se derrama sobre el papel con la finalidad de dar vida a un lienzo de ambiguas mezcolanzas pueden suceder dos cosas: que nos encontremos con una mezcla Goyesca inapreciable para todos los paladares o, por el contrario, que la etérea claridad de la luz se desparrame sobre el entendimiento. Debido a esto segundo la obra de la conquense Pilar Narbón irradia frescura a lo largo de sus 240 páginas labradas a base de pinceladas puntillistas.

   La muerte del reconocido Pintor Lorenzo del Moral inicia un trágica secuencia de asesinatos que, peligrosamente, comienzan a tener una amplia repercusión mediática. El denominador común a todas ellas es la participación común de todos los artistas en una exposición grupal en la ciudad de Goelia. Conforme avanza la investigación, irán despejándose incógnitas como la vinculación emocional entre ellos y la omnipresencia de un marchante vinculado al tráfico ilícito de arte. Novela protagonizada por un inspector provinciano y una criminóloga que logra el virtuosismo a base de la acertada muestra de un ambiente opresivo acaparado por rastreras personalidades.



   

El Caso Monet es una novela construida con bases pictóricas, y por ello es que el título de cada uno de sus episodios corresponde a un color, intentando “emular” un lienzo que no luce en todo su esplendor hasta llegar al final. La trama está construida como un sutil rompecabezas donde las piezas que van encajando acaban siendo sustituidas por otras hasta formar un conjunto donde lo inesperado toma cuerpo y forma. A esto contribuye el método narrativo omnisciente, ciertamente “desenfocado” en algunos puntos de la trama. Esta visión indiscriminada de la realidad ofrece al lector el descarnado retrato de unos personajes carcomidos por el odio, la envidia, la hipocresía, con historias personales llenas de dolor y venganza, perfiles psicológicos de gran dureza que constituyen uno de los principales atractivos de su lectura.

   Como en todo buen thriller negro que se precie descolla la presencia de un inmisericorde asesino, en este caso metódico, sagaz, meticuloso, experto en no dejar rastro. Su metodología resulta suspicaz: es capaz de desangrar a las víctimas sin permitir que una sola gota toque la alfombra. Buena prueba de ello es la imagen que se muestra al comienzo de la novela: la aparición del cadáver de Lorenzo del Moral despeñado desde un desfiladero con una profunda herida de arma blanca en el cuello. Aquí el escenario toma una importancia primordial, pues cada uno de los parajes identificados a lo largo de la novela bien podrían ser relacionados con Cuenca, ciudad natal de la autora. Es por ello que en declaraciones para un medio local afirmó: “El libro es ficción y no quiero que nadie se sienta excesivamente identificado y pueda herir sensibilidades, pero, aunque podría ser cualquier ciudad cerrada, Goelia es un territorio perfectamente identificable con Cuenca”.

   No es ningún secreto que Pilar es una perfecta conocedora del mundo del arte pues, además de desgranar la psique de sus vulnerables personajes, se adentra en otros territorios que escapan a la mera ficción, como el tráfico ilícito de obras robadas por el bando nazi durante la segunda guerra mundial. Entre los años 1933 y 1945 el régimen del tercer Reich llevó a cabo uno de los mayores robos de arte coordinados por Hitler y en palabras de Héctor Feliciano, periodista que formó parte del grupo de expertos de la Comisión presidencial de bienes del holocausto en Estados Unidos, “Todavía hay muchas obras por recuperar. En Europa Occidental quedan al menos 100000 oficialmente desaparecidas. Tan sólo en Francia, a día de hoy, más de 40000 obras continúan sin aparecer. Y desaparecidas es un término real, quiere decir que se encuentran camufladas en algún lado, en colecciones, museos, en galerías o en casas de subastas”. Y es aquí donde entra en juego la figura de Henry Steine, un turbio pasante íntimamente ligado a esta subtrama de desapariciones que adquirirá cierto peso en la resolución del caso. Así mismo, la guinda se corona con la desaparición de un cuadro de Picasso que guarda estrecha relación con uno de los personajes. A nivel histórico está reconocido que, en el año 2004, el FBI recuperó en Chicago Mujer en Blanco, un cuadro fechado en 1922 cuyo rastro se había perdido hace más de sesenta años, aunque no existe certeza de que Pilar haya tomado estas bases para construir la perdida de una obra desconocida del pintor.

   La calidad narrativa podría describirse perfectamente como prosa poética, pues contiene una estructura y lenguaje arduamente cuidados sin incurrir en el exceso. La propia autora confiesa haber huido del artificio, y para ello ha retocado su obra hasta minimizarla a 240 páginas en virtud de las recomendaciones del poeta Francisco Mora. No en vano, recordar que la pluma de Pilar es ya experta, pues en su haber cuenta con la novela La muerte tendrá mis ojos (2006-2008, ediciones ARTDECU), y los libros de relatos Días fugaces (1980-1982, Crónicas de Cuenca) y Boleros (1985-1988, Crónicas de Cuenca), amén de su participación en varias revistas literarias.


    Dar un sí nunca es fácil, pero dárselo a Pilar es hacer justicia.


Lady Necrophage