viernes, 5 de febrero de 2021

La sombra de Orlok

 




¡Viernes cinematográfico! Tengo el gusto de presentaros hoy en Caosfera un artículo inédito a cuatro manos entre el escritor Rafael Lindem y una servidora. En él, repasamos las obras más emblemáticas surgidas bajo la inspiración de uno de los personajes más emblemáticos del cine de terror de los años 20: el conde Orlok, heredero, como no, del famoso mito vampírico creado por Stoker. Espero que disfrutéis de este breve pero intenso repaso :)



Cuando Florence Balcombe, viuda por aquel entonces del famosísimo escritor Bram Stoker, abrió la carta con sello berlinés que acaba de recibir, entró inmediatamente en cólera. En ella, una mano anónima había dejado testimonio de un evento cinematográfico con acompañamiento orquestal, celebrado en el Jardín Zoológico de la capital alemana. Corría el año 1922, y el evento no era otro que el estreno del célebre film Nosferatu, dirigido por Friedrich Murnau y protagonizado por el enigmático actor Max Schreck. La obra, referente definitivo del cine de vampiros, había tomado prestados múltiples elementos de la novela de Stoker, Drácula, aunque sabiamente matizados por el guionista Henrik Galeen y también por Albin Grau, fundador de la productora Prana Films y reputado ocultista. Un inspiradísimo Murnau hizo el resto, creando un universo de suntuosos escenarios, muchos de ellos rodados en la propia Rumanía, en el que la muerte y las ratas, orquestadas por el conde Orlok, amenazan con devorar el apacible, casi dormido, mundo de los vivos. 

  Pero la ira de Balcombe, heredera de los derechos de Drácula, y a la que ni siquiera se había consultado antes de iniciar el rodaje de esta libre adaptación, era ciega a la importancia artística de semejante logro. Con la ley de su parte, ordenó la destrucción de los negativos de Murnau, y de cuantas copias se hubiesen realizado. Por fortuna, el brazo de la ley no fue lo suficientemente largo, y varias copias consiguieron salvarse del fuego y llegar hasta nuestros días. También, por supuesto, su influencia, inamovible ya en el imaginario del público, que ha sabido dar a este clásico adulterado su puesto de honor junto al canónico conde de Stoker. Incluso contó con su propio remake en 1979, realizado por Werner Herzog y con el iracundo Klasus Kinski en el papel de Orlok. 






  Este segundo film, de una belleza extraordinaria, se sirvió también de los exteriores y escenarios para sumergir al espectador, pero gracias al sonido y a la hipnótica partitura del grupo musical alemán Popol Vuh, logró potenciar si cabe el don transformador, poético, casi místico, de la pieza original. Este remake tendría posteriormente una vergonzosa secuela, Nosferatu en Venecia, ya sin Herzog al timón, y que sufrió los avatares de un decadente e intratable Klaus Kinski, que incluso se empeñó en mal-dirigir algunos pasajes de la cinta. 





  La película podría definirse como una sucesión de escenas sin orden ni concierto, en un bochornoso montaje en el cual además de Kinski metieron baza nombres como Lewis Coates, Mario caiano o Mauricio Lucidi. Resultan obvias las desavenencias de producción que, por supuesto, fueron las principales culpables de este estrepitoso bochorno. Pero lo que no pudo quemar la esposa de Stoker, no pudo ser destruido por el loco y colérico Kinski: estrenando el nuevo milenio, Orlok regresaría de la mano de Elias Merhige para su afortunado homenaje a Murneau en La Sombra del Vampiro. En esta más que interesante cinta nos encontramos al camaleónico Willem Dafoe personificando al mismísimo Max Schreck convertido aquí en un verdadero vampiro. El que el actor principal no fuese tal, sino una auténtica criatura de la noche, fue un rumor que corrió hasta el punto de ganar un importante peso en el imaginario popular. Si a esta premisa principal le añadimos la presencia del también camaleónico John Malkovich en el papel del malogrado Murnau, tenemos un perfecto cocktail con grandes dosis de histrionismo, eso sí, muy bien llevado. Imposible no obviar su exquisita ambientación, su excelente banda sonora firmada por Dan Jones, en la que también podemos encontrar piezas clásicas y, por supuesto, el enorme nivel interpretativo a lo largo de toda la producción (Catherine McCormack, Udo Kier). Sin duda, uno de los más interesantes proyectos en los que el tan odiado como admirado Nicholas Cage ha aportado su granito de arena como productor.




  Como vemos, ni el hecho de que la inmortal producción de Murnau supusiese la quiebra de Prana Films, ni el que posteriormente muchas de las cintas firmadas por el prestigioso director nunca pudiesen ser recuperadas o que en el año 2015 la profanación del cadáver del cineasta fuese noticia en todo el mundo —acontecimientos que bien pueden atribuirse a la eterna maldición del conde Orlok— han constituido óbice alguno para que esta obra de arte fraudulenta siga conservando su sello distintivo y superando todo tipo de avatares como una auténtica criatura de la noche.





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