viernes, 8 de marzo de 2019

Nada





No sabía muy bien de qué forma ilustraros este relato que escribí por encargo hace ya unos años para el especial de Halloween de un buen amigo. La condición que me pedía es que apareciesen zombis, un tema tan trillado para mí que me vi sin saber muy bien lo que hacer. Finalmente, di con la cuestión que dio sentido a todo lo demás: ¿En qué demonios puede estar pensando alguien perseguido por una horda de zombis? Pues en vivir, claro, en volver a sonreír, en soñar... O en Nietzsche, como es el caso. Nunca se sabe.






Todo, he perdido todo. Rememoro con melancolía aquellos momentos en los que se ceñía alrededor mi cuello la soga del abandono. Tonterías. Infundados temores que me arrastraban a la autocompasión y que únicamente eran producto de un estado anímico desestructurado. Pasé por eso durante años, largos periodos que se me antojaban interminables. Sin embargo, en este preciso instante se me antojan exquisitas remembranzas que incluso logran que esboce una débil sonrisa. Qué irónico: la impronta de esa nada hipotética es lo único que me ofrece consuelo, transformándose en mi único todo, el único lazo que me mantiene unida a esta realidad tan incierta y terrible.

     Debido a mi naturaleza taciturna decidí hace ya bastante tiempo vivir la vida según mis convicciones, alejándome de todo aquello que pudiese perturbar mi universo intimista, idealista y, tal vez, muy distante de las inquietudes del resto de seres vivos con que me relacionaba. No podía quejarme, me sentía una persona querida a pesar de ser considerada extraña. Mis amigos, con toda la naturalidad y el afecto del mundo, comentaban con humor lo cuestionable de manías como la de encerrarme en la biblioteca durante todo el día con la intención de evadir compromisos sociales. No era una elección, pues mantenía una pugna conmigo misma que me animaba a luchar. De modo que me acomodé en mi burbuja particular, una crisálida blindada de aprendizaje y constancia. Mi entramado neuronal tejía una red de conocimientos cimentada sobre las ansias de realización que me obsesionaban. Aquello era mi vida, y no, no necesitaba mucho más para sentirme realizada. Acabé por renunciar prácticamente a casi todo. Tampoco me provocaba complejos haberme transformado en una persona hermética, alejada del influjo de medios de comunicación como la televisión o la radio, perdida en un ecosistema propio del cual no deseaba salir.

     Precisamente y a tenor de estos bellos recuerdos, me viene a la mente una reflexión que descolla entre la nada desdeñable cantidad de información que acumulé en aquella época intimista. Me la enseñó un señor al que admiraba por su pluma subjetiva y facilidad de palabra: «somos sanados del sufrimiento solamente cuando lo experimentamos a fondo». Mi querido Proust, cuánta razón tenías. Y en este preciso momento, cuando paladeo la amargura de mi desgracia, te pido perdón por esos años perdidos y por la decadencia de mi comportamiento trastocado a causa del dolor. 

     En fin, no es ni mucho menos mi intención resultar agobiante con estas disquisiciones de escaso interés y hasta pedantes, por qué no decirlo. Sólo que no sé explicar las cosas de otra forma, necesito un aliciente para entrar en materia y garabatear estas líneas cuyo verdadero objeto es dejar testimonio de mi desgracia. 

     Y así como empezaba, comenzaré de nuevo: todo, he perdido todo. Si la ignorancia de la verdad es la semilla de la felicidad, tal y como rezan algunas lenguas eruditas, debo decir que es una filosofía equivocada y que mi reniego del mundo dio lugar a una felicidad perecedera. ¿Por qué? Sencillo: tanto abracé la misantropía que, tal y como expuse anteriormente, opté por aislarme de esta mundanidad malsana. Así, desprecié casi cualquier forma de comunicación con el mundo exterior, y digo casi cualquiera porque reservé un breve espacio de mi vida a visitar de cuando en cuando a mis amigos y seres más queridos. Es cierto que prefería tratar con ellos de temas superficiales, pues la carga que me provocaban las alusiones a asuntos más preocupantes era terrible. A través de este único nexo con la realidad fue como empecé a tener conocimiento de ciertos brotes de enfermedad que comenzaban a ser un verdadero problema en el mundo, pero estas eran habladurías que me provocaban desasosiego y eludía constantemente este tipo de menciones. Precisamente, debido a tal inconveniencia, comencé a espaciar las visitas, más aún cuando palabras como «epidemia» y «pandemia» se convirtieron en el denominador común de todas y cada una de las conversaciones. Tampoco salía muy bien parada mi hipocondría cuando, con la mejor de las intenciones, se me daban advertencias mientras escuchaba referencias a cuadros clínicos de fiebre, dolor torácico, dolor de garganta, vómitos, diarrea, sangrado bucal y un horroroso y largo etcétera. Mi inocencia se resistía a creer que aquello era el principio del apocalipsis, en el fondo un bien por y para el mundo que, demostrando su carácter vengativo, había decidido recordarle a la especie sus excesos y pecados.

     Sin embargo, para mí los días amanecían esplendorosos, abrigados por la dicha de esa ignorancia que me permito condenar en este instante. Vivía abrazado a esa rutina que nunca me ahogaba, entre madrugones que despejaban mis huesos, lecturas que cultivaban mi intelecto y afinaban mi escritura y una pequeña parcela de tiempo dedicada a otro tipo de obligaciones que me proporcionaban el pan. Obviamente, no podía renegar completamente del materialismo ni de mi condición. 

     Y aquí estoy, para mi desgracia, purgando por la felicidad de los momentos pasados, deplorando el presente y, lo peor de todo, sin comprender todavía qué fue lo que trastocó la pulcritud de aquella madrugada azabache. Se cumplen hoy tres días, tres días desde aquel jueves que tiñó de verdadero dolor mi existencia. Desperecé mi cuerpo, como muchas otras mañanas, ansioso por ofrecer a mis pulmones el soporte vital, transformado en Oxi-gonos. ¿Quién diría que no es el nombre de un Dios omnipotente, vengativo y misericordioso, a la usanza bíblica? Pegué un pequeño saltito al incorporarme de la cama e, inmediatamente, tomé unas prendas anchas que había colocado sobre la silla de mi escritorio, tal y como era costumbre en mí todas las noches antes de acostarme. Me puse, también, calzado cómodo: unas zapatillas de suela elástica y blanda un poco desgastadas. Y de esta guisa: pantalón holgado, camiseta de manga larga también amplia y pies desahogados, me dispuse a explorar aquel nuevo horizonte. 

     Abstraído en la suave brisa matinal, atravesé itinerarios ya conocidos, sumergiéndome en el aroma fresco de aquellas calles empedradas, delimitadas por veredas angostas repletas de árboles de Judea todavía jóvenes. Las tonalidades rosáceas de sus hojas redondeadas ofrecían un espectáculo visual digno de halago. No en vano, comencé a sentir en mi interior un atisbo de incertidumbre que, extrañamente, crecía en consonancia con la ligereza de mi paso. Una quietud agobiante enturbiaba la pureza de aquella alborada. Normalmente, solía tropezar con la presencia de algún que otro caminante taciturno, almas gemelas refugiadas bajo el halo de su timidez. Sin embargo, en el transcurso de aquella jornada, no hallé movimiento alguno ni escuché el sonido de pasos o vehículos. No existía signo alguno de vida humana. Caminé unos metros más, pero la inquietud comenzaba a apoderarse completamente de mi ánimo y, atemorizado, comprendí que era el momento de iniciar el camino de vuelta. 

     Jamás hubiese imaginado la desagradable sorpresa que me aguardaba al cruzar una pequeña pasarela que comunicaba con un barrio separado, célebre por su encanto y estética rural. Atisbé en la lejanía dos figuras que mostraban una actitud inquietante. Vi un hombre que parecía estar agachado sobre otra forma también humana que permanecía en posición supina. Mi corazón se aceleró ante tal estampa y, movido por una conducta solidaria y, lo reconozco, en ocasiones impropia, me acerqué a comprobar qué era lo que sucedía.

—Disculpe —alegué con voz titubeante—, ¿han tenido un accidente?, ¿necesitan ayuda?

     Cuando ya estaba muy cerca, ante mi estupor, la criatura que yacía agazapada —y digo criatura por que no encuentro término para definir semejante espanto— se volteó hacia mí, permitiéndome ser testigo de su monstruosa naturaleza. Mis ojos desorbitados contemplaron el tono pálido de su piel, la escasa luz de su mirada ocre, los borbotones parcialmente coagulados que brotaban de sus mejillas enjironadas, a través de cuyos retazos podían advertirse las piezas molares y nervios mandibulares. De su boca, agrietada y contraída en un rictus amargo, emanaban hebras de bilis que se mezclaban con trozos de carne regurgitados. La viscosa miscelánea resbalaba por el mentón, impregnando los harapos de rosáceos cuajarones. Escuché el gruñido primigenio que brotó de su garganta lacerada, al tiempo que mi mirada paseaba sobre los restos del masacrado cadáver. Me percaté de ligero temblor que sacudía sus extremidades inferiores, lo cual me daba lugar a pensar que se trataba de un crimen reciente. Su cavidad intestinal se había transformado en una abstracta masa sanguinolenta. Las secreciones orgánicas se desbordaban por los laterales del tórax. En su recorrido, la linfa creaba pequeños regueros que daban lugar a una macabra creación artística. Su recorrido a través de las teselas que formaban la superficie evocaba la imagen de un laberíntico entramado venoso. Por fortuna para mí, no acerté a ver la cara del mártir.

     La biliosa criatura pareció olvidar momentáneamente a su presa y, llevado por la ira de mil demonios, me eligió como objetivo. Ni corto ni perezoso, comencé a entrenar mis recién desperezadas piernas. Maldije, para mis adentros, el instante en el cual no obedecí el impulso de mi sentido común. 

     Maldije la resistencia de aquel famélico ser que, dispuesto a no darme tregua, parecía ganar fuerza y velocidad a cada instante. Ansioso por obedecer sus instintivos arrebatos, el engendro emitía bramidos casi bestiales, del mismo modo en que lo haría un depredador sediento de sangre. Sin dejarme vencer por la fatiga atravesé dos calles y, cuando estaba a punto de llegar a la tercera, me salió al paso una figura de gran perímetro, inusualmente rápida para su sobrepeso. Esquivé a la depredadora mole que, contagiada por el mismo instinto perverso que mi primer persecutor, comenzó a seguirme. Bajo el fulgor, aún tímido, del incipiente amanecer, pude contemplar su ignominia: mujer en torno a unos cuarenta o cuarenta y cinco años, diría yo, con aspecto de haber padecido alguna enfermedad articular, a tenor de su caminar renqueante, pero que no parecía recordar su defecto, pues, como anteriormente dije, poseía una velocidad y fuerza impropias de su complexión. No pude observar los detalles de su rostro, pero sí aprecié en su mirada la misma iniquidad ocre que poseía mi anterior atacante. Advertí, también, la lividez de su piel y la presencia de una papada flácida que redondeaba su rostro . Eran ya dos las amenazas que me pisaban los talones, y mi estado físico no era, precisamente, el de un atleta. 

     Mi corazón, desbocado, alcanzó la última bocacalle. Mis piernas titubearon un par de veces por causa de los nervios traicioneros. A pesar de mi agnosticismo declarado, desvié la mirada hacia las alturas en un gesto de gratitud cuando, al torcer la siguiente esquina, pude ver la entrada de mi hogar, rutinaria visión que, jamás imagine, podría inspirarme tanto alivio. Aturdido, no acertaba a introducir la mano en el bolsillo del pantalón. Cuando lo logré, un temblor propició que la llave se me cayese. Viví tres segundos, tres eternos segundos protagonizados por el pánico más absoluto. El eco de las guturales gargantas que pisaban mi sofocada espalda ayudó a que mi mente respondiera. Sin titubear, me agaché y volví a coger las llaves al tiempo que, con valentía, sorteaba la escasa distancia que me alejaba de mi deseado destino. Para mi sorpresa, encajé el objeto en la cerradura sin problemas, no sin antes dirigir una última mirada a las pesadillas que pisaban mi espalda. Me despedí de sus repulsivas bocas con un profundo jadeo, producto de la sobreexcitación y el pánico. 

     Todo, he perdido todo, todo lo que nunca tuve, todo lo que creí haber tenido, todo lo que jamás lograré. No soy nada, nada. Un cúmulo de masa orgánica e ignorancia, un valor inútil elevado a la décima potencia. El declive de lo conocido anuncia tiempos inenarrables y, sin embargo, me encuentro aquí, aturdido, observando con dolor la decadencia del mundo a través de unos prístinos cristales. Mi esperanza es cada vez más remota y, cuando pienso en la agonía que se cierne sobre mí, contemplo la posibilidad de aliviar mi sufrimiento de una vez por todas. Pero no soy capaz, el ansia de vivir me devora por dentro, propiciando que estos terribles pensamientos carcoman mi conciencia. A ratos, me sorprendo sonriendo amargamente, sobre todo cuando viene a mi mente alguna que otra afirmación de esas que propugnaron respetadas personalidades a las que tanto venero: «La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre». Perdóname, mi querido Friedrich, pero no puedo evitar aferrarme a mi aliento vital, aún sumergido en esta vorágine de terrible incertidumbre. Tú tenías y tienes toda la razón: la vida es una gran mentira, el hombre vaga en una nada infinita sin saber a qué atenerse. Y así es como estoy yo, navegando a la deriva en medio de este gran silencio, a salvo en el interior de la crisálida de mi gran nada, testigo del declive de un planeta condenado por ese dios omnipresente, invisible y sanguinario que tanto ha necesitado el hombre...



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