viernes, 12 de abril de 2019

El completo manual del suicidio (Wataru Tsurumi)





¡Qué ganas teníamos de leer un nuevo artículo de nuestro colaborador José Ángel Conde! Y más cuando nos trae rarezas tan polémicas como esta. Recordad que podéis seguir las últimas novedades de José Ángel en su página de Facebook Josef A. además de en su Web oficial. Ahora os dejamos con este artículo tan interesante como escalofriante...



  
  Existen libros cuya importancia viene dada únicamente por el simple hecho de su existencia, esto sucede cuando la trascendencia e impacto de su contenido e intenciones eclipsan por completo sus propiedades formales o estéticas. Que en 1993 apareciera en Japón un libro titulado El completo manual del suicidio (en el original japonés Kanzen jisatsu manyaru), con el propósito literal de lo que su título anunciaba —es decir, un manual para suicidarse—, supuso inmediatamente y como no podía ser de otra forma, una auténtica convulsión social seguida de una polémica sin precedentes en suelo nipón. El contexto donde se enmarca la aparición de El completo manual del suicidio —el surgimiento en el Japón contemporáneo de toda una subcultura del suicidio juvenil— y su supuesta ambigüedad formal hacen realmente complicado explicar si tal obra se origina con la intención de aportar una nueva dimensión al problema o simplemente para extraer rentabilidad del mismo. Tampoco es posible averiguar si, en uno u otro caso, su intención es universal o meramente localista. No se explica su enorme éxito, ya que se transformó en un auténtico best seller a nivel nacional, que ha vendido más de un millón de ejemplares. Obviamente, se trata de una repercusión peligrosa para el prestigio de cualquier autor al tratarse de un tema extremadamente delicado que ha provocado fisuras en el inconsciente de toda una nación. El estudio y lectura de la propia obra física no ayudaría en principio demasiado a clarificar sus intenciones. Editada tan sólo en japonés y en chino —con ediciones descatalogadas en inglés y otros idiomas según algunos foros—, intentar realizar una reseña mínimamente efectiva del manual se torna un auténtico trabajo de investigación, agravado por el hecho de la escasa y reduplicada información que existe en la red, muchas veces totalmente arbitraria y la mayoría muy poco contrastada. Todo ello parece dotar a El completo manual del suicidio de un aura de inaccesibilidad y marginalidad (al menos para el lector/investigador occidental) que quizá tenga más que ver con nuestros prejuicios y expectativas que con lo que en realidad supone. El objetivo final de este artículo, en honor a la verdad, más que emitir juicios de opinión, es el de recopilar brevemente todos los gajos de información dispersos en este orden: sobre el contexto en que aparece, sobre el texto en sí y sobre el aspecto que considero más revelador de todos: el relativo a las opiniones del autor detrás de su escritura.


Wataru Tsurumi


La subcultura del suicidio 


  «No hay nada malo en el suicidio... Siempre ha formado parte de nuestra cultura», afirma su autor Wataru Tsurumi, figura que no ha dejado de ser incómoda desde la aparición de su libro clave. En la actualidad volcado hacia un activismo que incluye la lucha antinuclear y la defensa de la agricultura de subsistencia, autor de estudios como Postcapitalism declaration. Este graduado en sociología y antiguo editor periodístico siempre ha mantenido una actitud muy crítica frente al capitalismo y un afán permanente por remover conciencias, que muchos vinculan con una intención oportunista o, simplemente, sensacionalista. Según el propio Tsurumi, que nunca ha expresado ningún tipo de arrepentimiento por ello, una de sus intenciones al publicar un detallado manual para matarse a uno mismo era la de crear de una vez por todas un debate público sobre un tema que él considera tabú para la sociedad de su país, pese a que es cierto que siempre ha formado parte de la peculiar idiosincrasia nipona. Sin embargo es necesario distinguir la diferente dimensión que posee el acto del suicidio en las culturas orientales, como ya hiciera Emile Durkheim allá por 1897 en su obra El suicidio, donde señala que, mientras que en occidente se considera una acción realizada contra la propia persona, entendida ésta como ente individual y único, en oriente se comete una suerte de “suicidio altruista”, ya que la persona está totalmente vinculada al sentimiento colectivo de la comunidad. De ahí que a lo largo de la historia de Japón el quitarse la vida siempre ha sido consecuencia de una “cultura de la vergüenza”, en la que acabar con la propia existencia se consideraba una acción moral responsable, encaminada a lavar el honor perdido tras la comisión de una falta. Esto ha sido así sobre todo en el ámbito militar, en el que el suicidio ha sido incluso ritualizado a través por ejemplo de la celebérrima redención final del harakiri cuando no ha formado parte de la propia táctica de combate, tal es el caso de kamikazes y kaiten en la Segunda Guerra Mundial; pero también está ciertamente arraigado en la sociedad civil, donde son célebres los “pactos suicidas” (shinjuu) entre amantes, uno de los temas capitales tanto del drama lírico Noh como del bunraku o teatro de marionetas. 

  A pesar de todos estos antecedentes culturales, lo cierto es que en los últimos años Japón ha experimentado cómo el suicidio ha llegado a convertirse en uno sus más dramáticos y desasosegantes problemas, motivando una más que justificada alarma social tanto por las enormes cifras de afectados como por la dificultad a la hora de aplicar soluciones efectivas. El hecho es que hasta 2011 el gigante asiático alcanzó una cota de suicidios superior a los 30.000 fallecidos durante 11 años consecutivos, alcanzando su techo histórico en el 2003 con 34.427. Aunque dicha tasa se ha visto ligeramente reducida en los últimos años, lo cierto es que Japón se sigue encontrando entre los 10 países del mundo en los que se cometen mayor número de suicidios
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  Numerosos son los motivos que se han esgrimido, entre ellos los económicos a raíz de la crisis mundial de 2009, pero el componente verdaderamente traumático y diferencial es que se ha convertido en la principal causa de muerte de los jóvenes entre 20 y 30 años, en un país en el que el índice de natalidad se ha reducido a niveles alarmantes y en el que siempre ha existido una enorme competencia social. Esto se ha agudizado aún más por la creciente inseguridad del mercado laboral y la falta de expectativas de ascenso social propias de la recesión, pero también hay que tener en cuenta que, a pesar de su poderío tecnológico, la sociedad nipona es aún fuertemente homogénea y tradicional, predominando estructuras de presión jerárquica que fomentan la meritocracia y la competencia, no sólo en el mundo del trabajo, sino también en la escuela y en la familia. Quizá ese fuerte contraste entre ultramodernidad hi-tech y milenarias tradiciones sociales sea el factor esencial en un proceso de alienación juvenil que parece ser más bien de alcance global, con especiales consecuencias en las economías emergentes del extremo oriente. En el caso de Japón es representativa la figura de los hikikomori, término que en japonés equivale a “inhibición”, “reclusión” o “aislamiento”, y con el que se define a esos jóvenes aislados y encerrados en sus cuartos cuyo único contacto social se realiza a través de la tecnología, más principalmente internet. Precisamente la red ha sido utilizada para establecer una macabra moda de nuevos “pactos suicidas” o netto shinjuu entre los interesados en acabar con su vida, personas que normalmente no tienen ninguna relación entre sí pero que deciden reunirse con el propósito de aniquilar su existencia conjuntamente, un fenómeno que muchos psicólogos explican por el proceso de proyección e identificación que se produce entre personas con el mismo objetivo, aún mayor cuando entre éstas no existe ningún tipo de lazo afectivo o experiencias compartidas, un anonimato que en última instancia ayudaría a los participantes a llevar a cabo tan drástica decisión. Bastante sonados fueron también los casos de suicidios que varios jóvenes transmitieron en directo a través de plataformas de stream de internet.





Autoayuda en negativo

  Aun así lo cierto es que el número de suicidios aumentó después de la publicación del manual, lo que muchos le han achacado debido a lo gráfico y científico de los métodos de aniquilación explicados, incrementando la efectividad a la hora de aplicarlos, y también al hecho de que junto a muchos cadáveres se han encontrado copias del libro. Frente a todos los ataques su autor se ha mantenido siempre firme: «Si alguien se quiere matar, lo acabará haciendo porque esa es su intención al fin y al cabo» y con actitud decidida hace gala de su intención de generar un gran debate social sobre el problema: «Las autoridades me culpan porque son incapaces de responsabilizarse de los problemas económicos, políticos y sociales que son la verdadera causa de los suicidios».

  Lo que en realidad es El completo manual del suicidio es literalmente un detallado y explícito manual de 198 páginas para la correcta ejecución del suicidio, dividido en once áreas temáticas o modalidades concretas, entre las que se encuentran sobredosis, ahorcamiento, ahogamiento, auto-defenestración, envenenamiento por monóxido de carbono, inanición, arenas movedizas, seppuku, e incluso ataque de osos. Cada sección incluye ilustraciones demostrativas a modo de dibujos de libro de texto de anatomía y una tabla en la que se puntúan con una escala de uno a cinco calaveras, siendo cinco el máximo, seis conceptos diferentes: dolor, preparación, fealdad, incomodidad para otros, impacto y letalidad. Al final de cada sección se incluyen también estudios sobre casos de suicidios fracasados, como forma de llamar la atención sobre lo que no se debe hacer. En muchos artículos tendenciosos se llega a decir que también incluye sanguinarios fragmentos de cómic al estilo manga, pero lo cierto es que tan sólo se limita a dibujos esquemáticos explicativos para reforzar lo escrito. También incluye algunas fotos reales y mapas, como el que acompaña a una especie de guía para acceder al bosque de Aokigahara —Mar de árboles—, situado al pie del monte Fuji y uno de los lugares favoritos de los suicidas japoneses, que el libro define como el perfecto lugar para morir. Dicha mini-guía se completa también con una lista de hoteles de la zona.


Cuerpos encontrados en Aokigahara


  Como en todo manual el tono es todo lo aséptico que puede corresponder a una descripción meramente científica de consejos prácticos para llevar a cabo cada una de las formas de autoasesinato. He aquí un par de ejemplos:



AHOGAMIENTO 

  Basta tener agua, el método se puede llevar a cualquier lugar. Sin embargo, el sufrimiento es similar a la asfixia y el cadáver queda horrible. Viéndolo desde una perspectiva más amplia, no es el mejor de los métodos de suicidio. 




AUTO-COMBUSTIÓN VOLUNTARIA 

  El método que tiene más impacto en otras personas. Se resume con sólo esto: impactante para otros. Cabe la posibilidad de que tu nombre quede grabado en la historia. Sin embargo, el dolor es extremo y el cadáver queda horrible. 


  Mención especial merece el capítulo que habla sobre cómo cortarse las venas correctamente. 

  Esta frialdad científica es por sí sola parte del gran impacto que conlleva el libro, pues en principio presupone que no se realiza ningún juicio moral sobre el hecho del suicidio, pero es necesario disentir en esta apreciación por dos simples razones. La primera es que el hecho de que exista un afán descriptivo significa ya que el autor se posiciona sobre el suicidio al avisar sobre los efectos de cada una de sus modalidades, por lo tanto acepta que éste se produzca y no lo censura de ninguna manera. De hecho es el propio Wataru Tsurumi el que así lo explica: «La razón por la que describí cada método con tanto detalle fue ayudar a personas que sufren a buscar otras soluciones o al menos a evitar el sufrimiento implícito en la elección del suicidio». La segunda razón la encontramos en el prefacio del propio manual, donde quedan reflejadas las auténticas opiniones del autor, que se verán reforzadas en entrevistas posteriores y en el libro que editará a raíz del éxito del primero: Nuestro completo manual del suicidio, un intento de reflejar el debate suscitado recogiendo las numerosísimas cartas recibidas por el autor opinando sobre su obra.





Catarsis posmoderna y un ladrillo más en el muro

  Tan sólo el texto que precede al cuerpo del manual es más que suficiente para desmontar todas las falacias emitidas en torno a una falta de posicionamiento del autor con respecto a la necesidad del suicido. Puede que no nos encontremos ante una directa apología del mismo pero, sin lugar a dudas, es un auténtico ejercicio de empatía hacia los sentimientos que pueden conducir a él.

   Wataru Tsurumi ilustra así en tan sólo unas líneas, con una sencillez y contundencia casi líricas —como si su prólogo fuera el haiku de un ensayo más extenso que aún no ha llegado a escribir—, el camino hacia el suicidio como un proceso de auténtica pérdida progresiva de objetivos y valores. Los mismos títulos de los epígrafes que lo componen (Otro ladrillo en el muro, La naranja mecánica) hacen referencia a iconos de la cultura posmoderna, ya que en ellos se desarrolla una especie de escatología o catarsis que desemboca en lo que él considera el punto culminante de la organización humana contemporánea. 

  Tsurumi parte de la experiencia de su generación, la de los 80, donde la progresiva anestesia de los diferentes impulsos de cambio implícita en el estado del bienestar convivía con la amenaza física del conflicto nuclear propio de los últimos momentos de la Guerra Fría, conflicto que es vivido como una liberación del tedio que supondría la consolidación del modelo de progreso y desarrollo de occidente, quizá un trasunto de ese discutido “Fin de la Historia” enarbolado por Fukuyama: «Si queremos más emoción, si de verdad queremos que el mundo se acabe, tenemos que hacer algo». Pero dicha liberación no llega y el nuevo destino a afrontar es luchar contra el tedio de la vida ordinaria, que Tsurumi apostillará citando precisamente al escritor japonés que buscó sublimar con su suicidio un acto de honor y belleza con el que justificar su propia existencia, Yukio Mishima, en su novela autobiográfica Confesiones de una máscara: «la vida ordinaria es incluso más horrible que la guerra». 




  Sin embargo estamos ante un combate estéril, en el que los resultados o los posibles premios son constantemente atrasados hasta el punto de nunca presentarse: «Sí, la clave es “repetidamente” y “a paso lento”. Los acontecimientos sustanciales continúan surgiendo repetidamente y a paso lento. Este es el primer elemento que lleva al suicidio». Seguidamente llega un proceso de asimilación del hecho de que la vida en realidad carece de importancia, ilustrado mediante el caso de las hermanas de Toyoma en 1978, las cuales aparentemente decidieron quitarse la vida siguiendo las azarosas combinaciones de un juego infantil elaborado por ellas mismas. La conclusión es contundente: el aparato del sistema establecido como sociedad, seguirá funcionando de manera impertérrita si una vida desaparece, vida que no será más que “otro ladrillo en el muro” prontamente reemplazado. Una vez llegados a este punto, cualquier intento de continuar nuestras vidas es vano, porque aceptar lo ínfimo de la existencia hace que nos volvamos definitivamente insensibles arrastrados por la deriva de la rutina impuesta, tanto que según Tsurumi se hace difícil discernir si estamos vivos o muertos. Todo se resume en una inercia que aliena por completo al individuo. La mayoría elegirá seguir, pero los caminos están perfectamente establecidos para todos por igual (estudios, matrimonio, trabajo) sin posibilidad de escape o de elección: «Si ese es el caso, vivir y la vida ordinaria no tienen sentido. Vivís como los pollos en la granja, destinados a ser consumidos en el futuro». Los mantras que se suelen utilizar para convencer al suicida de que tome la decisión contraria son los siguientes: «todo puede cambiar», o «harás sufrir a tus seres queridos», mantras que no tienen el más mínimo efecto o sentido cuando su vida ya no se siente como tal. Entonces llega el momento de la crucial decisión. Tsurumi concluye su obra señalando la importancia del respeto de la capacidad de elección, hecho diferenciador de la condición humana:

  «Sí, puedes cometer suicidio. Si sientes malestar, resentimiento o incluso dolor en tu vida diaria, en la escuela o en el trabajo, puedes dar un paso a través de esa delgada línea hacia la muerte. Nadie puede detenerte».


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