viernes, 27 de septiembre de 2019

Mundo marino





¡Viernes de relato! y hoy tenemos con nosotros a Ariel S. Tenorio, director de la revista de horror y humor negro The wax, escritor de terror y ciencia ficción que además de haber publicado en revistas especializadas de género ha participado en varias antologías como Hola Babel o Pelos de punta. Sin más, os dejo que disfrutéis (o sufráis) la depravación de Mundo marino para que podáis darla la buena nota que se merece al pie de la entrada ;)





¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Por supuesto que no! Yo era un simple aprendiz en ese momento y sin embargo mi nombre apareció en la lista de implicados… Sí, sí, está bien, los empleados contratados también somos parte del staff. Pero no somos ningunos fetichistas de la fauna marina como ustedes afirman. 

  ¿Qué? ¡Claro que fue un caos horroroso! Psicosis en masa con manifestaciones de zoofilia, ¿te parece justo el titular? Eso dijeron en los diarios locales, y en cuestión de horas lo reprodujeron con saña en todas las emisoras del país. No nos dieron tiempo a reaccionar. Al principio pensé que no podía ser tan malo, pero cuando empezaron a trascender nuestras identidades, me quise morir. Nos hicieron pedazos. ¡Ustedes nos hicieron pedazos! Así y todo, los medios —cómo no— omitieron mucha información. Porque entre tantas mentiras y especulaciones, se les escapó una realidad más perversa, más oscura y aún más inexplicable. No dejo de pensar que si Lorena no hubiera intimado con Tifón, el Delphinus delphis macho del acuario de recuperación, ninguno de nosotros estaría soportando este escarnio. Y lo peor es que fui yo quien los descubrió. 

  Siguiente pregunta… ¿A qué te referís con trauma? Sí. ¿A vos qué te parece? Una cosa indescriptible. Un shock en el más estricto sentido, señores, créanme ¡Créanme o revienten! Hay imágenes que no se pueden borrar. Se los demostraré: 

  Fue un martes por la mañana, y el Zar (Ajá, cuando digo “el Zar” me refiero a Martinero, el jefe de adiestradores) estaba de mal humor, para variar. Tenía la cara apretada como un culo de perro y vociferaba órdenes a todos sus subordinados. El equipo de buceo vino a buscarme al depósito y yo pensé que no me vendría mal enrollar un porro y relajarme un rato antes de volver al anfiteatro. Así que agarré el carrito y salí sin chistar. Era una mañana de verano con un sol grande como un pomelo, pero también soplaba brisa desde el mar y el calor no era tan aplastante como podría ser. Yo, a diferencia del Zar, estaba siempre de buen humor. Mientras atravesaba el parque, canté como la Dorita del mago de Oz sobre el camino de baldosas amarillas, pasé junto a los estanques de tortugas que estaban en refacción y saludé a los albañiles —estaban aletargados y sudorosos y apenas me respondieron el saludo—, después corté camino por el sendero que se abre a la izquierda desde el peñón de los lobos marinos hacia el Oeste del parque y desde ahí me escabullí por los pasillos del acuario siete. Sabía que a esa hora era poco probable encontrar personal trabajando y que allí podría fumar tranquilo. Por lo general los entrenadores y veterinarios llegaban pasado el mediodía, por lo que entré confiado y me ubiqué en un banco entre dos lockers, justo debajo del extractor de aire. No sé cuánto tiempo pasé ahí, tal vez cinco o diez minutos. A mi mente, por lo general, le gusta divagar, pero cuando se trata de picar un prensado mi concentración es total. Así que ahí estaba yo, totalmente absorto en mi tarea, cuando empezaron a oírse los chapoteos. 

  Chapoteos y borboteos. Eran unos sonidos extraños. Al principio los atribuí a una bomba centrífuga o algún sistema nuevo de filtrado, pero tenían una cualidad rítmica, con secuencias que no coincidían con los sistemas automáticos. Afiné el oído para identificarlos mejor y me di cuenta que provenían del estanque chico. La pileta cuatro, para ser más preciso. Era un sector que no se veía desde mi posición, para acceder a él debía bajar por las gradas y rodear el estanque mayor que estaba en el centro del acuario. Tironeado por la curiosidad, guardé mis provisiones y me dispuse a investigar. 

  Ahora espero que entiendan esto: de haber sabido lo verían mis ojos, me habría preparado mejor. Mental y espiritualmente, quiero decir.

  Pero no lo sabía, así que me asomé y observé

  Desconcierto no es la palabra adecuada. 

  Mis ojos escanearon la escena pero no entendían lo que veían. Lorena estaba ahí con el delfín, pero… ¡Parecía que lo estaba entrenando, por el amor de Dios! Después vi que Lorena tenía el traje de neopreno enrollado a la altura de las rodillas y que su culo rosado brillaba a ras del agua como una puesta de sol. Tifón apareció de pronto por detrás y la montó con precisión. Fue un ensamble de ingeniería mamífera. Lorena gimió y se soltó del borde, por unos segundos quedó como enganchada y un momento después se sumergieron juntos. Yo parpadeaba y respiraba con pesadez ¿Sexo con delfines? ¿Me estaban gastando una broma? Los vi emerger al unísono, artísticamente casi, y en la cara de Lorena se veía una inconfundible expresión de placer. Tifón chasqueaba, silbaba y clickeaba como un sonajero gigante. En sus ojos negros no detecté sentimiento alguno y sin embargo —lo más chocante, dentro de lo chocante— parecía sonreír con lascivia. En esa intimidad perversa, la entrenadora y el delfín efectuaron una serie de movimientos sincronizados y alcanzaron un orgasmo tan ruidoso y obsceno que me entraron nauseas. Sentí como mi desayuno trepaba por mi garganta con determinación y no tuve más alternativa que escapar hacia el exterior para no ser descubierto. 

  Afuera, bajo los rayos del sol matutino y abrazado a una joven Ptychosperma elegans, vomité a chorros y derramé lágrimas de asco y confusión. 

  También me masturbé.

  ¡Vos! El del acné con cara ¿Por qué me interrumpís? ¿No era esto lo que querías saber? ¿Qué pasó con quién? ¿Con Lorena? ¡Ah! Qué difícil es relatar la historia para su capricho ¡Caterva de amarillistas! Ni siquiera me están prestando atención. Ustedes son peores que nosotros ¿Lo sabían? De Lorena diré que recibió su merecido… No ¡Pero qué digo! ¿Ves lo que me haces decir, sorete? Ella no se merecía nada de lo que pasó. Ahora me viene su triste imagen, arrastrando una joroba y dando tumbos patichuecos como de pingüino, penosamente, por todos los rincones del parque. Se había enfermado, no sé. Estaba hecha mierda. Es muy confusa esa etapa. En alguna momento se convirtió en esa masa informe y apestosa que la policía confundió con una pila de caca. Sé que no estoy siendo justo con ella al decirlo así. 

  Siguiente pregunta… No. Eso está claro ahora. No debimos culparla, tuvo la mala suerte de ser la paciente cero y por eso su comportamiento quedó estigmatizado en nuestras mentes. 

  Volviendo a esa mañana terrible, me encontré con Julito a medio camino, yo estaba dando vueltas como un idiota sin saber qué hacer, cada vez que pensaba en lo que había visto me entraban ganas de vomitar o de llorar. Julito se acercó y me pegó una piña en el hombro. Tenía los cachetes colorados por correr al rayo del sol.

  —¿Qué hacés acá, boludo? —me dijo—. El Zar anda como loco preguntando por vos. Ya rompió una silla y le pegó un cachetazo a Marisol ¿Y el traje de buceo?

 —Julito, olvidate del traje de buceo ¿Si te cuento algo me prometés guardar el secreto?

  Julito me miró de un modo raro. La cicatriz del viejo labio leporino se sumergía sin éxito entre los vellos de un bigotito suave y poco creíble.

 —¿Qué cosa?

 —¡Es horrible¡ ¡No sé ni por dónde empezar!

 —Empezá por el principio.

 —Bueno, hace un rato…

  Julito extendió una mano y me acomodó una rasta por detrás de la oreja. Después se acercó más y me estampó un beso en la boca. Sentí su lengua explorando en mi cavidad bucal como un animalito desesperado.

  Lo aparté de un empujón.

 —¿Qué hacés, pelotudo?

  Él se pasó la yema del pulgar por el labio inferior y me miró con intensidad.

 —¿Vomitaste?— Preguntó, y acto seguido se me pegó como una lapa. Noté su erección frotándose contra mi entrepierna, y para mi horror, sentí como mi pene se encabritaba debajo de mis pantalones. Todo sucedió muy rápido. Antes de que pudiera rechazarlo ya nos estábamos besando en un arrebato incontrolable. Sí, en efecto, nos besábamos, como caracoles, en el medio del sendero principal de Mundo Marino, al lado del puestito de merchandising y a pocos metros de la laguna central donde los flamencos pescaban larvas y renacuajos, ajenos a todo. Es una suerte que el parque esté cerrado por reparaciones, pensé con incoherencia. Y me vino a la mente el vago recuerdo de que yo era heterosexual, que tenía una novia que tocaba el saxo en una banda de reggae y que, hasta este momento, ella representaba el núcleo de toda mi atracción física. También había creído que el sexo con ella era algo más que placer físico. Pero ahora empezaba a tener dudas. Preso de esta nueva y aterradora fiebre, aquel erotismo me resultaba tan insulso y aburrido como una planilla de cálculo.

  Entre jadeos y sin despegar sus labios de los míos, Julito me condujo a los empujones hasta el edificio que estaba junto al depósito de suministros. Entramos a los tumbos, arrancándonos la ropa y sin ningún temor de que alguien nos pudiera ver. La maquinaria que se había desencadenado era frenética y demoledora y no le importaban las apariencias. El frigorífico estaba vacío, era un recinto rectangular con paredes y techos de azulejos blancos, con una luz de tubos fluorescentes que parpadeaban de manera insana. El piso —que no era blanco sino gris— tenía un esmaltado epoxídico de alta resistencia y estaba permanentemente sucio y mojado. En una de las paredes un viejo termómetro industrial marcaba 3° Celsius. Julito se acercó con unos contenedores plásticos, los destapó y arrojó su contenido en el suelo. 

  Yo no podía dar crédito a mis ojos. 

 Eran sardinas podridas. Cientos de sardinas podridas. Oh ambrosía. El olor rancio y penetrante se clavó como una aguja en mi cerebro y tuve que luchar por mantener el control. Tomé un recipiente y ayudé a Julito a cubrir el piso con pescado. Solo cuando el lecho estuvo listo, nos terminamos de desnudar y nos arrojamos en esa podredumbre. No voy a relatar con lujo de detalles mi encuentro sexual con Julito. No esperen eso. Pretendo conservar la poca dignidad que me queda. En cuestión de segundos, nuestros cuerpos quedaron cubiertos de una capa grisácea y aceitosa y nuestras pieles se volvieron brillantes como la de dos dioses paganos. Las lenguas describieron garabatos efímeros sobre los restos de pescado, saturando las papilas gustativas con ese sabor ácido. Nos abrazamos. Nos retorcimos. Nos contorsionamos. Estábamos lustrosos y nos costaba aferrarnos, pero logramos hacer contacto luego de varios intentos. Fue una penetración doble y perfecta. Nunca sentí algo así en toda mi vida. El tiempo colapsó y se desintegró en blandos pedazos tibios. Cuando acabé, grité como un cacique descarriado, un ululato largo y agudo que rebotó en el recinto. Unos segundos más tarde Julito acabó en mi espalda, sentí el chorro caliente de jugo de pescado y eso no hizo más que excitarme hasta el límite. Él no esperó la calma, se dio vuelta con una sonrisa y aferró mi lábrido… mi pene, todavía erecto. Se lo introdujo en la boca y lo lamió con entusiasmo. Pero no logré mantenerme a la altura. Yo comenzaba a asfixiarme. El olor a pescado podrido era tan penetrante que me estaba afectando el cerebro. Abrí la boca y aspiré una bocanada para que entrara oxígeno pero la maniobra no pareció dar resultado. Mis branquias comenzaron a agitarse. Tuve convulsiones. Ante la necesidad de aire, me libré con violencia de Julito y salí del frigorífico a los tumbos. Era la segunda vez en la mañana que no entendía lo que pasaba. Julito gritó a mis espaldas. No creo que haya sido un grito articulado, fue más bien un llamado que contenía dolor. En aquel momento no podía voltear para verlo. En mi desesperación por conseguir aire puro, me desentendí de todo. Logré empujar la puerta y salí nuevamente al exterior. El mismo sol. Los mismos flamencos. Solo que ahora los flamencos copulaban en medio de una orgía salvaje. No sólo copulaban sino que se agredían con furia entre sí. La laguna era un hervidero de plumas, sangre y graznidos insoportables. Pensé en el carnaval de Río. Pensé en el frenesí de crustáceos del que hablaban los expertos en los seminarios de fauna marina. 

  Siguiente pregunta… No. Julito no se murió. Ahora está en el estanque cuatro junto con el tiburón Maliki. Sí. Se sigue llamando Julito. Si prestan atención todavía se ve la cicatriz de labio leporino en la trompa… ¿Qué cómo me sentía en ese momento? ¿Cómo creen? Como un zombie ¡Como un zombie violado! Caminé hacia la entrada del parque, desnudo y lleno de restos de sardinas. Mis rastas se habían transformado en una masa apelmazada y goteante, y para peor, un enjambre de moscas verdes comenzó a orbitar alrededor como pequeños satélites. 

  Yo estaba en shock, en el sentido amplio de la palabra. Deambulé por el parque dialogando con oscuras ideas que no eran propias de mi mente. Pensaba en fecundar huevos. Pensaba en desgarrar presas de carne fría con mis dientes viliformes. Apenas registré la dantesca actividad que se estaba produciendo entre los albañiles dentro de la fosa de las tortugas. Recuerdo muy por encima del horror, que uno de ellos introducía un falo anormalmente largo, rojo y articulado, en la cabeza decapitada —¡pero aún con vida!—de uno de sus colegas. Me concentré, como Dorita, en el camino de baldosas amarillas. Pensé que Dorita querría volver a Kansas, pero que el hombre de hojalata, el león y el espantapájaros, por el contrario, querrían abrirse paso por su blanca piel y devorar su cuerpo antes del fin. 

  Tal vez por inercia, me dirigí de nuevo al anfiteatro donde Martinero enseñaba las coreografías a los adiestradores novatos. En lugar de acceder por las puertas del personal, di un largo rodeo y accedí por la entrada del público. Como un turista, subí las escaleras y entré directamente a las gradas principales. 

  Allí estaba el Zar y algunos de mis compañeros. El lobo marino, Rufus, un formidable Otaria Flavescens de trescientos cincuenta kilos, le practicaba sexo oral al Zar justo en el borde del acuario. El Zar, por su parte, tenía los brazos en jarras, pero su rostro estaba rojo como un tomate y expresaba tal mueca de horror que difícilmente pueda olvidarlo. Junto a ellos, desparramados en el suelo en grotesco desorden de torsos y miembros, yacían los restos de Rodrigo y Azul, los biólogos que habían llegado el viernes desde Santa Cruz. El charco de sangre tenía una cualidad vibrante a la luz del sol y se derramaba dentro del estanque en pequeñas oleadas. Teñía de rojo carmesí el agua cristalina con un intrincado mapa de hilachas y espirales. En un costado, junto a los chalecos salvavidas y unas cubetas llenas de pescado, Valeria permanecía en posición fetal. Tenía los ojos cerrados y estaba semidesnuda. Desde mi posición no alcanzaba a ver todo su cuerpo, pero sí pude ver que entre sus omóplatos asomaba una aleta puntiaguda y membranosa. 

  Me pregunté, con los ojos acuosos y sin darle demasiado crédito a nada de lo que veía, dónde estaría Marisol ya que nunca se despegaba del Zar y fue allí, como la pincelada final de un cuadro macabro, cuando obtuve la respuesta. 

Vi emerger de entre las aguas la silueta monstruosa de la Orca, sus líneas onduladas de muerte y su colosal sombra, que tapó el sol de la mañana. Como un eclipse, como el fantasma de una muerte más allá de toda posibilidad, Leviatán quedó suspendido en el aire y, entonces, vi el cuerpo inerte de Marisol. Marisol empalada en su falo como un mártir. Segundos eternos. La mole cayendo en el agua y lanzando pesadas olas de sangre y espuma. 

  Se me escapó un gemido, pero eso fue todo. No podía llorar, gritar ni hacer ninguna otra cosa. Entendía que nada volvería a tener sentido en adelante. Luego noté que tenía una nueva erección, y por supuesto, me masturbé. 

  Unos días después de la pesadilla, cuando pasaron el asombro, el asco y la vergüenza, todo el mundo tuvo algo que decir. Y vaya que se dijeron cosas, pero la verdad es que ninguno de nosotros pudo explicarse nada. En términos prácticos, algunos sobrevivimos y otros no. Algunos contrajimos la enfermedad a finales de febrero, la cepa más leve, por suerte. Albergo la esperanza de que con ayuda de los medicamentos tal vez no suframos grandes cambios. Otros, los que se infectaron primero, bueno, ellos no tuvieron tanta suerte. 

  De PETA y las otras entidades no quiero hablar. Ellos se han convertido en una amenaza para nosotros. Creo que son demasiado radicales y están demasiado confundidos, así que no se trata de un combo muy tranquilizador. 

  Supe que raptaron al Zar, a Martinero, y lo sometieron a torturas indescriptibles. Le desfiguraron el rostro, le cortaron las orejas y los labios. Supongo que lo hubieran matado de no ser por aquella pequeña mutación. 

  No. No se trata de algo en los órganos sexuales. Es simplemente una membrana mucosa por encima de la córnea. 

  Es igual que la que tengo yo ¿Ven? 

  Se supone que nos ayuda a ver mejor debajo del agua. 

  No. No he sufrido la aparición de aletas todavía. 

  ¿Siguiente pregunta?


2 comentarios: