Mostrando entradas con la etiqueta Marian Dora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marian Dora. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de octubre de 2022

Díptico experimental de Marian Dora: "Peste de la humanidad" y "El deseo de María D.”

 



¡Estrenamos por todo lo alto! Jose Ángel Conde regresa a Caosfera, y lo hace para hablarnos de las dos últimas producciones firmadas por el controvertido director Marian Dora. Un artículo "exquisito" para los amantes del cine más crudo y difícil de digerir...



Marian Dora sigue ofreciendo una de las filmografías más incómodas, polémicas y transgresoras de lo que llevamos de siglo y que, pese a sus excesos formales y sus mixtificaciones promocionales, se nos revela cada vez más coherente y madura. En este mismo blog ya le dedicamos un extenso artículo, “Marian Dora, la melancolía de lo extremo”, donde analizábamos en profundidad el estilo y las principales obras del director de La melancolía del ángel (Melancholie der Engel, 2009), la película de culto que dio a conocer su universo extremo. A ese texto remitimos para ampliar más sobre su figura, la de un autor con devoción por los límites. El lector también encontrará muy útiles dos entrevistas en inglés publicadas por la web especializada Severed Cinema: Bending morality: the world of Marian Dora y Blight of morality: the world of Marian Dora, de la cual reproducimos algunos extractos a lo largo de este artículo.

    Las dos películas que analizamos a continuación, Peste de la humanidad (Pesthauch der Menschlichkeit / Blight of humanity) y El deseo de Maria D. (Das Verlangen der Maria D. / “The yearning of Maria D.” / “Dead center of desire”) fueron rodadas en 2018 y estrenadas en 2020 en el BUT Filmfestival de Holanda, para luego ser distribuidas en un cuidado mediabook de edición limitada a 666 copias, siendo como es el disco digital casi el único canal para un tipo de cine plenamente consciente de vivir al margen del gran público. El contenido incluye abundantes extras, como los dos documentales dedicados a cada una de las películas firmados por su productor ejecutivo y también influyente cineasta del underground alemán, Rene Wiesner: Tribut Der Unmenschlichkeit (2020) y Shooting underground (2020). El díptico supone el esperadísimo regreso al largometraje de Marian Dora tras Carcinoma, producida en 2014, un lapso de tiempo relativamente largo en el que sin embargo el realizador alemán no ha dejado de estar activo: mientras la deseada y ya maldita antología colectiva The Profane Exhibit (2013) sigue posponiendo su lanzamiento, el alemán aprovecha para pedir la retirada de su segmento Mors in Tabula, por “haber ido demasiado lejos y esto quizás podría tener graves consecuencias en Estados Unidos”, así que rueda un nuevo corto más “digestivo” y sin el material real que incluía el anterior; después de la congelación de otra película de episodios, Grimms Kinder, recupera algunas escenas de su capítulo Hänsel & Gretel y, tras la muerte de su maestro Ulli Lommel, las remezcla con escenas de la cuarta secuela de su saga Boogeyman, Boogeyman: Reincarnation (2016), donde Dora había trabajado en los efectos especiales bajo el pseudónimo “Marian Dallamano”, resultando la pieza Morbid Montage (2018), la cual se incluirá en una nueva versión extendida de Melancholie der Engel en Bluray; por último, este mismo año 2022 ha tenido lugar la premiere del que es hasta la fecha su último largometraje, Thomas und Marco, en el que vuelve a trabajar con el temperamental actor teutón Thomas Goersch.

    La idea del presente díptico es fruto de la perenne vocación experimental del director alemán. Según el propio Marian Dora, su intención era forzarse a rodar dos películas aprovechando una misma localización, una de las cuales se desarrollase de forma íntegra en exteriores y la otra en un escenario interior, un poco siguiendo las premisas que dieron origen a Reise nach Agatis (2010), que se filmó en pocos días en un yate navegando por aguas de Croacia. “Otra idea era llevar el concepto del minimalismo fílmico hasta sus extremos. Es prácticamente imposible emplear escenarios más reducidos: una película sólo con una actriz en una casa, la otra película con tres personas caminando en la naturaleza”. De hecho cada una de las dos películas comparte una secuencia que sirve de bisagra entre los dos espacios, al aparecer los personajes de ambas observándose y siendo observados a través de una misma ventana, cada grupo en su campo diegético correspondiente, un curioso y elegante juego de espejos metanarrativo que establece una unidad intencional y conceptual entre los dos relatos. Y esto es porque su objetivo común, bien que plasmado con tonos distintos y muy marcados como veremos, no deja de ser el mismo de toda la filmografía de Dora, a saber: la suspensión del juicio moral del espectador, una epojé que subvierta su sistema de valores habitual y le transporte a un estado de catarsis negativa donde todo es aceptado y los polos desaparecen para entremezclarse en una suerte de lucidez o inocencia oscura de la que no se puede escapar. El contrapunto deviene de nuevo la opción estética más lógica, en un sentido si se quiere brechtiano pero de facto más bien eisensteiniano, puesto que el montaje dialéctico es la principal arma técnica para llevar a cabo esta labor de extrañamiento, a base de promover la mayor colisión posible entre todos los elementos fílmicos a su disposición. A su cine se le suelen achacar elecciones formales ambiguas y el hacer gala de una truculencia tremendista, forzada y gratuita, y es seguro que estas dos nuevas películas no van a cambiar esa posición, pero a la hora de juzgarlo es imprescindible entender que la economía de medios resulta aquí decisiva, no menos el carácter minoritario de su cine. Porque Marian Dora se declara un creador de cine underground y esto para él significa seguir fiel a una filosofía que establece unas premisas muy concretas: autoría total (por la que el realizador lleva a cabo la mayor parte de los procesos de producción, incluida la música pese a carecer de formación en este campo, ya que al componerse ésta de forma intuitiva se consigue una mayor unidad expresiva y emocional), minimalismo técnico (ausencia de sonido directo, equipos ligeros y manejables), rodaje en continuidad (grabación espontánea y continua, es decir, filmarlo todo para luego darle sentido mediante el montaje), fisicidad en la interpretación de los actores (explotando su anatomía al máximo, fluidos incluidos) y anonimato (no sólo por razones de seguridad sino para que la obra sea apreciada por sí misma y no se vea enturbiada por el reconocimiento de la persona que la crea). La citada entrevista Blight of morality: the world of Marian Dora recoge detalles técnicos muy valiosos en torno a estas ideas y al proceso de producción de sus películas, lo que la hace muy recomendable para cineastas independientes, además de dejar en evidencia a la escolástica cinematográfica y mostrar un sabio escepticismo hacia el cine profesional, conceptos ambos con los que Dora siempre pretende (y consigue) establecer una separación militante y radical.





El deseo de Maria D.

(Das Verlangen der Maria D. / The yearning of Maria D. / Dead center of desire 2018)

Aunque el orden de visionado del díptico no debería ser estricto quizá sí que sería recomendable simular cierto crescendo comenzando por El deseo de Maria D., sin duda una de las cotas más líricas de toda la filmografía de Marian Dora, eso sí, teniendo siempre presente el muy personal concepto de belleza y la iconoclasta sensibilidad de su director. Se trata de una poética anticonvencional, dura para los sentidos, que enfrenta los aspectos más escatológicos, extremos y desagradables de la existencia, tabús que sin embargo son parte inseparable de ella al fin y al cabo. En este caso concreto se establece un marcado diálogo entre dos conceptos complementarios aunque habitualmente separados por el cine comercial, como son el eros y el thanatos, no en vano los dos ejes temáticos medulares del autor. Bien es cierto que Maria D. podría enmarcarse dentro de una serie de películas que en los últimos años se han atrevido a enfrentar al cuerpo femenino con la muerte y la decadencia, en títulos como Thanatomorphose (2012), Excision (2012) o Contracted (2013), por no olvidarnos del exponente más célebre en este terreno, la saga Nekromantik. Pero lejos de seguir una tendencia, y no olvidando que algunos de dichos films muestran diferentes intenciones, la dialéctica sexo-muerte siempre ha sido parte esencial del discurso del alemán. El título de la cinta remite en cierto modo al pseudónimo de su director, con lo que podríamos considerar que la peripecia de su protagonista no deja de ser una metáfora de la propia concepción existencial de Marian Dora, puede que no exenta de referencias autobiográficas.

    La trama de nuevo es tenue y sigue la evolución del personaje de Maria D., interpretado por Shivabel Coeurnoir, joven actriz y modelo cuya muerte se anunció el pasado 9 de julio de 2021, fatal casualidad que confiere un aura más maldita y alegórica si cabe al resultado final. Esta belleza israelí, aficionada al esoterismo y la magia, era una auténtica figura de culto por su vinculación con la escena witch house y en particular con Cosmotropia de Xam, otro de los representantes del underground teutón, convirtiéndose en uno de los rostros referenciales tanto de sus películas como de su proyecto video-musical Mater Suspiria Vision. Shivabel nos deja una interpretación soberbia que supera con sobresaliente el exigente y extenuante desafío que supone trabajar con un director como Marian Dora, que exprime al máximo la personalidad y el cuerpo de sus actores hasta el punto de la crueldad, o al menos ese es el estigma que lleva después de un rodaje tan traumático como el de Melancholie der Engel. De hecho ha declarado no haberse sentido cómodo trabajando con ella: “Tuve muchísimos problemas con Shivabel, se negaba a actuar. Cuando le pedía que mostrara emociones, se negaba. Me dijo que nunca le había ocurrido antes que un director quisiera que expresara emociones”. Y sin embargo Shivabel Coeurnoir lleva sobre sus hombros todo el peso interpretativo de la película como casi único actor de la misma, dando todo su ser, literalmente cuerpo y alma, para transmitir los complejos conceptos y navegar por todos los extenuantes niveles y registros que exige su personaje, en un inolvidable trabajo reminiscente del de Margarethe von Stern, musa del esotérico director Carsten Frank, ambos vinculados también en su momento al círculo del propio Dora. La desparecida actriz se erige en memorable psicopompo femenino que a través de la magia de la cámara nos introduce en su espacialmente limitado sancta sanctorum, pero abierto a infinitos portales de ternura, lujuria y violencia que culminan eventualmente en lo místico y lo sagrado, oficiando un auténtico ritual actoral.

    Maria D. es en realidad una sensual asceta, valga la contradicción, que desemboca en lo transcendente, quizá sin saberlo, pero de forma irreversible en el momento en que acepta su deseo y se entrega a él con todas sus consecuencias. Lo religioso y lo profano se funden y confunden en el enésimo contrapunto del director, que vuelve a recurrir a la imaginería cristiana para reforzar el impacto del mismo, en concreto la del cristianismo primitivo, con su fervor escatológico y brutal tanto en lo estético como en lo espiritual. Esta sensibilidad es la que impregna sobre todo el montaje de la primera parte del film, donde Maria D. se nos aparece en un entorno mediterráneo, abrasado por el sol, que no se especifica pero que recuerda a Grecia por la obsesiva presencia de la iconografía y el ritual ortodoxo. La protagonista se dedica a deambular por iglesias y toda suerte de lugares de culto, rodeada de devotos y turistas pero decididamente aislada de la multitud, abstraída en una atmósfera onírica pero no idílica, sino opresiva y asfixiante como lo era la de Reise nach Agatis, aunque en su fondo desesperado se respire esta vez un atisbo de melancolía que pugna por cristalizar. Es entonces cuando Maria D. profundiza en lugares más oscuros y menos transitados, principalmente panteones funerarios y osarios, entornos donde la cámara del director recupera el pulso necrófilo y la recreación en las imágenes macabras que caracterizaba a sus primeros cortometrajes (Die Toten von St.Angelo, Christian B., Subcimitero). En el abismo de las catacumbas percibimos que el personaje se siente más cómodo con los muertos que con los vivos, y así vamos conociendo la naturaleza de su soledad y como ésta es inevitable y elegida, autoconsciente. “Estoy siempre sola” dice insistentemente en el aislamiento íntimo de su casa, edén solipsista presentado con un aire infantil y vetusto, alejado de un mundo exterior que le parece hostil, donde los objetos y las sensaciones parecen tener vida propia y conformar un estado de cosas similar al de la infancia, un ensueño inocente, una nostalgia decrépita hacia no se sabe bien qué, remarcada por el implacable sonido de un reloj de pared.




    En la segunda parte de la película ya entramos en una narración plenamente intimista, con la voz en off, la música y las imágenes, lo interno y lo externo fundiéndose en una melodía audiovisual que nos va ir mostrando el ser completo (y complejo) de Maria D. a lo largo del relato de su clausura. Enseguida aparece el desencadenante, cuando la joven descubre en un edificio abandonado (de nuevo lo caduco) un cofre con unos restos mortales cuya identidad se resume en una placa con la fotografía de un hermoso muchacho, ante la que nuestra particular heroína tiene un flechazo, no se sabe si de amor o de puro deseo. Lo cierto es que a partir de aquí la película se centra en narrar las diferentes fases de la relación necrófila que se establece entre Maria D. y el cadáver, desplegando un poderoso contraste entre la suavidad etérea y la elegancia de una puesta en escena que recuerda a la de una película erótica de los años 70 (el cine exploitation como sempiterna referencia) y la crudeza en la presentación explícita de hechos escatológicos a la que Marian Dora nos tiene ya tan acostumbrados, envuelto todo en ese ambiente vaporoso y onírico que también es marca de la casa. Partimos desde el anhelo idealizado de una adolescente que descubriera el primer amor (de hecho así es, porque es la primera vez que conoce a la muerte), al que ella misma se refiere con el nombre “Thanos”, hasta la relación física cuando consigue hacerse con sus restos mortales tras pagar a un hombre para que los robe, Schroff, interpretado por el corpulento y experimentado Marco Klammer, único personaje que le sirve de enlace con el mundo exterior y que se muestra siempre primario y carente de empatía, progresivamente amenazador. Una vez reunida con su amado, Maria D. hace de su casa un templo y de su deseo una religión, desplegando todo su fervor en un crescendo de sensualidad y entrega mutua, desde el primer desnudo que abre la puerta al ciclo de intercambios sexuales entre la mujer y los huesos, para avanzar dejándose llevar por la voluptuosidad y el placer del sexo entre los cuerpos y las almas, una viva y la otra muerta, pero unidas y confundidas en un acto que tiene tanto de carnal como de místico. El desenlace tiene lugar mediante el martirio, en consonancia con la iconografía y el sentimiento católico latente durante todo el fluir fílmico, lo espiritual emergiendo cuando la sensualidad corporal sobrepasa sus límites. El dolor se suma al placer, como si hubiera que alcanzar los dos extremos para que la unión de los cuerpos se completara, condición de la trascendencia. El baile final con la muerte, casi un orgasmo visual, cierra el concepto de “danza macabra” (o cópula) que preside todo el film. Llegados a este punto no queda claro si el motivo central es el deseo o el amor, la necesidad de ambos o incluso el amor a la muerte como aceptación de su inevitabilidad, pero sin duda es esta ambigüedad una de sus mayores riquezas. Sobre ello podemos acudir de nuevo a la opinión de su director: “Al menos desde las películas de Nekromantik todo el mundo lo sabe: los necrófilos aman los cadáveres PORQUE están muertos. Pero María ama a Thanos INCLUSO AUNQUE está muerto”.




Peste de la humanidad

(Pesthauch der Menschlichkeit / Blight of humanity, 2018)

Culminar el díptico con Peste de la humanidad es aconsejable para el espectador que quiera ir en consonancia con la pretensión de epatar siempre inherente al cine de Dora, ya que si Maria D. es quizá su película más “accesible”, aquella es deliberadamente oscura y deja bastante desarmado al espectador para una posible explicación a las atrocidades contempladas. El resultado es realmente muy incómodo de ver y hace dudar de si hay en verdad un contenido detrás o si ese radicalismo gráfico no obedece sin más al afán de buscar el escándalo de forma gratuita para reafirmar su aureola de director maldito. Esta disyuntiva puede aplicarse a casi todas sus películas, pero sin embargo siempre parece inclinarse a su favor, no sólo porque las posibles razones comerciales quedarían ahogadas ante la minúscula distribución, sino porque estamos ante un autor tan visceral que sus obsesiones personales siempre acaban aflorando de un modo u otro, sin importar la brutalidad de las imágenes que utilice para distanciarnos.

    Continuando con el experimento comentado, Peste de la humanidad está íntegramente rodada en localizaciones exteriores en la provincia italiana de Varese, en los alrededores del mismo edificio donde Maria D. tiene lugar. Se trata de un paraje natural de bosques y lagos en cuya hermosura se regodea la cámara de Marian Dora, brindándonos planos de gran belleza visual, de factura casi publicitaria, demostrativos de que la madurez del alemán también es extensible a su capacidad fotográfica, sin renunciar nunca al amateurismo de los medios: “No usé cámara de cine, sino una cámara de fotos DSLR, y para las escenas de flashback de El deseo de Maria D. empleé Video 8. Algunas escenas las grabé con mi móvil cuando las baterías de la DSLR se acababan”. El tratamiento pues nos sumerge en una naturaleza casi idílica, tono bucólico que se refuerza aún más, al menos en un principio, si atendemos a lo pintoresco del comportamiento de los tres únicos personajes que van a hacer avanzar la historia: Frak (Jörg Wischnauski), un hombre maduro que parece ser un mentor o tutor que no para de dar repetitivos consejos sobre comportamiento a Marietta (Marietta Fiori), una joven de edad indeterminada, perversamente caracterizada como una niña, que muestra una pasividad y un mutismo cuyas razones no se nos explican (¿repentina orfandad?, ¿repudio familiar?) mientras carga con un cesto de mimbre (lo que remite a cierto simbolismo buñuelesco); cierra el trío Verus (Johnatan Maria von Gross), la desconcertante presencia de un enano incapaz de articular palabras inteligibles y que presenta evidentes indicios de retraso mental en su comportamiento caprichoso, impertinente e infantil. Bien pudieran ser figuras sacadas de un cuento de Lewis Carroll, entre lo lúdico y lo absurdo, pero cualquier ambigüedad victoriana que pudiera intuirse en un principio poco a poco va a ir desapareciendo para entrar en un terreno estrictamente vulgar. Una vez más la interpretación total es la que mueve el metraje, más que la inexistente anécdota argumental, una excusa para el acostumbrado ritmo progresivo de un nuevo teatro de la crueldad apoyado en la violencia hacia el cuerpo y el espíritu, algo en lo que tanto Jörg Wischnauski como Marietta Fiori poseen amplia experiencia por su trabajo con el director de porno ocultista Marco Malattia y su productora Vans La Furka Laboratories. Johnatan Maria von Gross es más desconocido, vinculado al productor Rene Wiesner, y sin duda logra convertirse en la gran estrella de la película, ya que logra una potente interpretación basculando entre la simpatía, la extrañeza y la náusea, no sólo por la naturalidad con que se sumerge en las acciones más repulsivas, sino porque la inocencia adánica, casi angelical (¿luciferina?) que logra conferir a un personaje a priori tan desagradable es fundamental para expresar el intrincado concepto que el propio Marian Dora nos escamotea a propósito con su narración.




    Durante toda la proyección seguimos al trío sin saber nada de su destino ni de sus intenciones, tan sólo asistiendo a la evolución y la metamorfosis de sus comportamientos como si de una terapia de grupo se tratase, con la naturaleza salvaje como único testigo y juez, pero también como influencia velada y eventual repositorio. Precisamente lo que supone este periplo es una regresión hacia lo primitivo, porque el aislamiento del campo, lejos de nuevo de la civilización, sin ataduras convencionales, contribuye a que aflore la auténtica humanidad, en el nihilista sentido en que la concibe Dora. Pronto la ridícula charla de adoctrinamiento moral con que Frak bombardea a la inane Marietta se revelará burda hipocresía ante la escalada en las molestas acciones de Verus, cada vez más hostil y agresivo hacia la joven. Frak le reprende al principio, incluso le golpea, pero como el enano insista en su intolerable conducta se producirá un incomprensible giro en su actitud al decidirse por dejarle hacer, excusándole primero por la supuesta inocencia de su condición, para después ir culpando a la propia Marietta de la violencia del enano. Porque este, ya no sin trabas, sino incluso con la connivencia y ayuda de Frak, llegará hasta el extremo, explorando primero su desnudez y todos sus orificios, invadiendo su cuerpo por medio de la tortura y la vejación después, hasta llegar a la aniquilación total de su ser, jugando incluso con sus restos y sus vísceras como si nada de lo que hiciera tuviera la más mínima importancia, para acabar dejando que el cadáver sea arrastrado por la corriente del río en otra alegoría de difícil comprensión. Por si esto fuera poco, el insano montaje de Dora no ha dejado de golpearnos sin piedad durante todo el nauseabundo proceso insertando imágenes de cerdos muertos y empalados en el barro del pantano, un repulsivo y estomagante paralelismo que puede llegar a exasperar al espectador por sus reminiscencias misóginas.

    Terminada la proyección, los posos de la indignación y la confusión fermentan en nuestro cerebro durante el duro proceso de buscar una explicación a lo presenciado. La primera lectura puede concluir que hemos asistido a un despliegue de torture porn con ínfulas artísticas, pero con Marian Dora nada es nunca tan unilateral: la técnica del contrapunto es de nuevo omnipresente y apela al movimiento de nuestra conciencia. La historia remite a otras alegorías primitivistas donde la presentación de edenes negativos sirve para vehicular visiones escépticas, cuando no pesimistas o nihilistas, sobre el comportamiento del hombre fuera del yugo social, como ocurre en gran parte del cine mondo. Gualtiero Jacopetti y Ruggero Deodato serían aquí los declarados referentes de nuestro director si nos quedamos con la lectura reaccionaria de este tipo de cine, no exento de paternalismo criptocolonialista, donde se especula, entre otras cosas, con que un exceso de tolerancia hacia ciertas actitudes no debería ser permisible porque desembocaría en un empeoramiento de las mismas. Además Dora elige presentar unas acciones deleznables de forma cruda, con ese realismo falseado tan característico suyo, en el que no emite opinión ni nos ofrece información sobre los implicados, una neutralidad aterradora que recuerda mucho a la elección estética de Pier Paolo Pasolini en Saló. Sobre si esta política visual está justificada, Dora es bastante claro: “¿Está justificado mostrar sacrificios con el motivo de evitar más sufrimiento? No es posible encontrar una respuesta universal, pero es cierto que la actitud del cine underground a veces es esta: en algunos casos y bajo ciertas condiciones puede estar justificado”. El realizador también afirma que el juego moral que quiere proponer es la exposición del drama natural y ecológico inherente al consumo animal, mediante la extrapolación de la tortura que sufre Marietta, polémico asunto con el que se conjuraría la posibilidad de la misoginia y se buscaría proyectar la impotencia del crimen individual en el crimen de masas que la humanidad comete diariamente sobre las diferentes especies animales para alimentarse. El título de la película refuerza esta interpretación, de modo que la especie humana sería una “peste”, una plaga para el resto de los seres vivos con los que convive en la naturaleza. A muchos les sorprenderá este enfoque cuando el alemán siempre ha sido muy criticado precisamente por la forma de tratar a los animales en sus películas, ante lo que él se excusa diciendo que estos o bien aparecen ya muertos, o bien sus muertes son provocadas por otros o simuladas mediante el juego con el montaje y la manipulación visual.

    Pero las interpretaciones no tienen por qué terminar aquí. Aparte de la influencia del mondo, es más que patente una dimensión mucho más simbólica e incluso poética, pero aún más amoral si cabe, donde la inocencia prístina es afirmada por su pureza más allá del bien y del mal. El personaje de Verus, cuyo nombre significa “verdadero” en latín, sería aquí un ejemplo de la auténtica naturaleza del hombre, su parte más salvaje pero también más sincera por fin liberada, y así tendría sentido establecer también una lectura psicológica en la que los tres personajes representaran cada una de las instancias de la consciencia freudiana: Frak sería el superyó, Marietta el ego y Verus el ello. Y por encima de todo estaría la naturaleza idílica donde los inocentes desencadenan la tragedia porque esta es parte del propio ciclo vital, planteamiento que podría remitir al de El señor de las moscas pero, viniendo del propio Dora, conectaría más bien con la aspereza lírica del “cine Pánico” de Alejandro Jodorowsky y Fernando Arrabal (Fando y Lis, El Topo) pero sobre todo a uno de los filmes que el alemán considera uno de sus preferidos: Maladolescenza (1977) de Pier Giuseppe Murgia. Abundando más en esta paradoja podemos remitir a los últimos planos de tono trascendente del film, donde Marietta aparece en medio del lago fusionada con la naturaleza en unas hermosas tomas de dron que juegan con el efecto espejo entre agua y cielo, mientras por su parte Verus se solaza en el campo fotografiado en imágenes preciosistas que le dan la apariencia de un querubín. Aquí no hay ningún asidero religioso como en Maria D., como no sea el de un paganismo amoral o una inversión satánica, una moraleja a la contra que aceptara la grandiosidad de lo terrible. Si aquella era una afirmación de la muerte, Peste de la humanidad también podría ser vista como una afirmación de la vida, con todas sus consecuencias. Sea como fuere, al final Marian Dora nos ha vuelto a descolocar a base de no tener piedad: “Cualquiera que decida ver un film underground decide contra el escapismo y contra el entretenimiento. El underground siempre busca ser confrontacional. Por lo tanto, me gusta que haya gente dispuesta a exponerse al underground. Encarar la verdad no es el principal problema de este mundo. El problema es huir de ella”.





ENLACES DE INTERÉS







viernes, 17 de agosto de 2018

Marian Dora, la melancolía de lo extremo



Si la semana pasada os hablábamos de la VI muestra de cine extremo celebrada en sala Artistic Metropol de Madrid, esta semana os traemos un plato fuerte que llega de la mano del autor Jose Ángel Conde (Josef A.). Se trata de nada más y nada menos que la trayectoria del enigmático Marian Dora, director de culto que ha firmado algunas de las obras más subversivas de la historia del cine, entre ellas la brutal Melancholie der engel





El cine «
perturbador» 
   Cada cierto tiempo el cine nos brinda una de esas películas que consigue ganarse los calificativos de «polémica» o «perturbadora» merced a manejar presupuestos expresivos y temáticos que trasgreden o remueven los tabúes morales imperantes. Sobre todo en lo tocante a la presentación del sexo y/o la violencia, unas veces con intenciones netamente artísticas, otras con mero afán de provocación comercial. A esta estirpe de celuloide «extremo» o «enfermo» pertenecen artistas que en su mayoría se mueven en los terrenos periféricos del cine underground y de la serie B más marginal, auténticos outsiders que ruedan sin escrúpulos lo que otros cineastas no se atreverían por miedo a ver su prestigio amenazado, ya que el carácter de estos films hace que en muchos casos se lleguen a enfrentar con problemas legales cuando no con el ostracismo profesional. Aunque siempre hay, por supuesto, excepciones, como es el caso de Pier Paolo Pasolini, precisamente uno de los encargados de dar cierto renombre a esta tendencia con su fusión de política y escatología, adaptando al mismísimo Marqués de Sade, en Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975). Pasolini sublimó en su última película lo que ya se estaba cociendo en la década de los 70 en los circuitos alternativos, como el auge del porno y el aumento de la violencia en el cine de explotación, aprovechando una creciente permisividad de la censura. Con la evolución de los tiempos se fueron sucediendo títulos que pusieron a prueba de forma visual ese supuesto progreso moral, buscando siempre los límites: la zoofilia en Wedding through (The pig fucking-Vase de noces; Thierry Zéno, 1974), el canibalismo y el racismo en Holocausto caníbal (Cannibal Holocaust; RuggeroDeodato, 1980), las películas snuff en la saga japonesa Guinea Pig durante los 80, la necrofilia en Nekromantik (Jörg Buttgereit, 1987) y Aftermath (Nacho Cerdá, 1994), o la tortura en Philosophy of a knife (Andrey Iskanov, 2008). En los últimos diez años esta lista ha aumentado de forma considerable debido a la democratización de costes que suponen los nuevos formatos de rodaje y medios de distribución digitales, pero si existe una película emblemática para los aficionados que destaque por su dureza y tortuoso visionado esa es, sin duda, La melancolía del ángel (Melancholie der Engel, 2009), que serviría para dar a conocer a un cineasta casi marginal e iconoclasta nato: Marian Dora.





«Mondo» alemán


  Marian Dora es el pseudónimo del que se ha constituido como uno de los directores más interesantes y originales del siempre anquilosado y desamparado cine independiente alemán, en un país en el que, en contra de lo que se pudiera pensar, este tipo de artistas no terminan de ser profetas en su tierra, ya que existe bastante puritanismo con respecto al tema de la violencia, censura mediante incluso. Precisamente por razones legales es por lo que ha elegido ocultar su identidad, ya que su material es tan fuerte y real que resulta susceptible de denuncias. También por una razón de seguridad personal, para evitar amenazas o acosos más que previsibles. Marian Dora es sólo uno de sus principales pseudónimos, pues posee varios en función del apartado creativo al que se dedique (dirección, guion, cámara, producción, montaje, música, decoración, efectos especiales, maquillaje, interpretación), por lo que también se le puede encontrar en muchos créditos con nombres como Marian Dora Bolutino, Marian Dora Botulino, Marian D. Bolutino, M.D. Botulino, Marian D. Botulino, Art Doran, M.D. Bolutino, A. Doran o Marian Dallamano. Y es que nos encontramos ante un creador todoterreno y autosuficiente que se encarga él mismo de cubrir el grueso de las ramas necesarias para la producción, la cual suele llevar a cabo con presupuestos ínfimos y equipo mínimo, rodando con pequeñas cámaras digitales, sin sonido directo ni iluminación artificial, y con escasos actores en un número muy reducido de localizaciones, sobre todo exteriores, por los que confiesa una especial predilección. Para él no existe excusa para rodar y así es como sus métodos de producción se convierten en toda una escuela para cineastas independientes e incluso amateurs. 

  Debido a su voluntario anonimato se tienen pocos datos sobre su biografía y la mayoría se extraen de las escasas entrevistas que ha concedido, apareciendo siempre con el pixelado de rigor en su rostro en las audiovisuales. Parece ser que se inició en la década de los 90 dirigiendo numerosos cortometrajes como miembro de un colectivo anónimo de realizadores alemanes underground. Son piezas de orientación necrófila en las que se recoge de forma gráfica el tema de la muerte, incluyendo imágenes reales de osarios, intervenciones quirúrgicas o autopsias en una suerte de video-arte macabro de difícil digestión. La más destacable quizá sea Christian B., que combina melancólicas escenas de ficción con intérpretes, sexo incluido, y material de archivo de operaciones y manipulación de cadáveres, consiguiendo un resultado de lo más expresivo con el que ya se pueden establecer claras marcas de lo que será su estilo. 



Impresionante fotograma de Christian B.


  Como él mismo declara, aparte de las influencias literarias de Sade, Goethe o Georg Büchner, Marian Dora se siente deudor del cine italiano de los 70 y en especial de Gualtiero Jacopetti, uno de los artífices de la serie de películas Mondo Cane (Este perro mundo), producidas en los años 60, que establecerían el subgénero conocido como “mondo”. El término “mondo” englobaría a un tipo de cine de carácter pseudodocumental que buscaba el impacto mediante la fusión de violentas y/o escatológicas escenas verídicas con otras más bien manipuladas en un afán de conseguir una falsa sensación de realidad que generara una atracción morbosa en el espectador. La calidad estilística era más bien inexistente, ya que lo prioritario era la consecución de la truculencia con los mínimos medios posibles para asegurarse un rápido éxito comercial. Pese a la pobreza estética de estas películas es indudable la deuda visual y temática que han dejado en muchos realizadores, sobre todo en los campos del horror y el cine independiente, así como en determinados subgéneros, sin ir más lejos el mockumentary y el género de “metraje encontrado” (cuya película seminal sería la ya mencionada Holocausto caníbal), además de plantear de manera directa el siempre interesante debate sobre los límites del verismo en la imagen. 


Mítica escena de Holocausto caníbal.


  En el caso de Marian Dora, la dialéctica entre lo real y lo simulado constituye precisamente la auténtica columna vertebral de su cine. El propio artista alardea del carácter documental de sus rodajes y de que la mayoría de las situaciones que su cámara recoge no están en absoluto falseadas. Aunque esto no deje de ser una clara estrategia de autopromoción, sí que es cierto que su forma de filmar se presta a una enorme ambigüedad en cuanto a qué parte de lo que estamos viendo es cierta o no, puesto que la puesta en escena muchas veces presenta las imágenes más crudas de forma simultánea con la interpretación ficcional (o no) de los actores, sin que se lleguen a apreciar rastros de posibles efectos especiales. Esto se potencia también con el recurso al montaje interno y al uso de planos detalle extremos, por no hablar de la sensación de desasosiego que genera una textura visual por lo general vaporosa y oscura que fuerza la sensibilidad de las cámaras digitales, generando así una suciedad fotográfica general muy alejada de la ficcionalidad o de lo que se ha codificado tradicionalmente como tal. Técnicas todas ellas que buscan lograr la intención última del “mondo”, como es el establecimiento de un juego con el espectador mediante el que se le quiere convencer de que está asistiendo a una representación no figurada. Y por supuesto Dora se recrea también en buscar y mostrar lo truculento, lo repulsivo y desasosegante en una gran variedad de manifestaciones, que van desde el sexo explícito, hasta parafilias como la coprofilia, pasando por las mutilaciones reales de animales, la escatología de fluidos corporales, la violencia física y psicológica y, por supuesto, la sangre y las vísceras. Para muchos todo este cóctel escabroso no es más que sensacionalismo con el que provocar de forma gratuita el escándalo y los resultados comerciales pero, como veremos más adelante, en el cine de Dora todo esto obedece a unas intenciones expresivas que no son tan claras a primera vista, pero que dejan un poso en la conciencia del que se acerca a ellas con una mentalidad abierta y un estómago muy preparado. En una entrevista para la revista web Severed Cinema, Dora expresó con bastante claridad por qué mostraba situaciones así: 


«Normalmente hay tres razones por las que uso escenas como las que mencionas en tu pregunta. La primera razón es que esas escenas ayudan a clarificar la caracterización de los protagonistas. Personalmente, no creo que esta sea una buena justificación para el uso de la realidad. La segunda, más importante razón es crear la atmósfera apropiada. Cuanto más te acerques a la realidad, más intensas serán las imágenes. La tercera razón es la más importante de todas –escenas como esas son una declaración de que la película que estás viendo no está hecha para el entretenimiento. Puedes seleccionar a la audiencia –el que quiera ver una película para divertirse la rechazará.»



Escena de Melancholie der Engel.




Escatología del cuerpo 


  Tras su faceta cortometrajista, Dora trabajaría con Ulli Lommel, director, productor y actor también teutón no demasiado conocido dentro de Alemania, que viviría su particular exilio artístico para trabajar principalmente en Estados Unidos. Tras sus colaboraciones iniciales con Andy Warhol se ganaría prestigio internacional sobre todo como realizador de cine fantástico de serie B (en su haber títulos como The boogeyman (1980), Revenge of the stolen stars (1986) o Zombie nation (2004)). Junto a Lommel Dora desempeñaría labores de producción, montaje y director de segunda unidad. Entre los dos llegaría a establecerse una estrecha relación mentor-alumno que permitiría al último establecer los contactos profesionales necesarios para iniciar su propia carrera como autor. 





  
   Uno de estos contactos sería el actor, productor y director Carsten Frank, interesante figura independiente y autor de títulos de doble vertiente esotérica y extrema (Secrets of a soul (2012), The day of the purple sun (2017)) que acabaría resultando decisivo para el rodaje de los principales proyectos de Marian Dora. Frank sería el intérprete principal de sus tres primeras películas y productor de La melancolía del ángel, su obra magna y título más ambicioso. 

  Debris Documentar vio la luz en 2012 directamente en vídeo pese a ser rodada en 2003, por lo que se puede considerar su ópera prima. La premisa parte del supuesto seguimiento real de Carsten durante su proceso de producción y búsqueda de financiación para un film de horror. Lo que en principio podría parecer un clásico planteamiento de «cine dentro del cine» es en realidad una excusa para seguir las evoluciones del protagonista, entregándose a todo tipo de aberraciones sexuales y físicas que incluyen crueldad animal, violación y, en última instancia, homicidio y necrofilia en situaciones y actos que se van sucediendo sin demasiada justificación argumental. El producto final es difícil de clasificar y quizá funciona de forma demasiado incoherente como película. De vocación marcadamente trash, el resultado posee un cierto aire a las producciones de la factoría Warhol y los inicios de John Waters por su estrategia de narrativa sexualizada, su absoluta falta de complejos, escatología militante y parquedad visual entre el aburrimiento y la arcada. A destacar sobre todo la escena de coprofilia entre Carsten y otro de sus actores fetiches, la dominatrix fecal Patrizia Johann, en una performance marcada tanto por el humor como por el asco. Todo un experimento con el que Dora comienza a mostrar también sus aptitudes para el montaje. 





  Cannibal (2006) comenzó siendo un encargo de Ulli Lommel que, sin embargo, no quedó contento con el resultado por ser un material demasiado extremo y decidió rodar su propia versión, Diary of a cannibal (2006). Tras su visionado se entienden las razones de Lommel. Basada en la polémica historia real del caníbal alemán Armin Meiwes, Cannibal fue realizada para conseguir dinero con que poder financiar La melancolía del ángel, pero aún así es una película de gran fuerza personal que nos introduce de lleno mejor que la anterior en el malsano universo de su director. Partiendo de algunos de los hechos reales de la sesión antropófaga real que conmocionó al mundo, un homicidio pactado entre Meiwes y su víctima Bernd Jürgen Brandes, Marian Dora propone una versión más bien libre, una historia de amor basada en la más absoluta fisicidad, tratando de reflejar ese afán de posesión extrema de la esencia del otro que según él se esconde tras la motivación de los dos amantes caníbales. Para empresa tan difícil tienen especial mérito las interpretaciones de Carsten Frank (Meiwes), de nuevo, y Victor Brandl (Brandes) que hacen creíble la espiral que va del sexo homo-erótico hasta la orgía mucho más explícita de despiece humano final. Marian Dora consigue dar una insólita visión del canibalismo, casi ritual y mística, y lo consigue sin esconder nada y recreándose en la exhibición en planos detallados de órganos y vísceras con la que va deconstruyendo los sentimientos de los personajes, un desmembramiento que se apoya en un montaje muy fragmentado e in crescendo. Su director es un apasionado del cuerpo y lo acepta mostrando todo lo que forma parte de él, no importa lo desagradable que pueda resultar al espectador, una afirmación de fluidos que lo emparenta directamente con el llamado «arte abyecto». Hay también mucho del cine de Ruggero Deodato en esta cinta, pero no precisamente por la temática caníbal, sino por el uso de la música de tonalidad sentimental como contrapunto a lo atroz de lo mostrado, lo que genera una sensación de extrañamiento e implicación simultáneas que rompe la actitud moral convencional, por lo usual más pasiva y complaciente, con que se asistiría a un film normal. He aquí otro de los estilemas de Marian Dora, lo que podría denominarse como la «melancolía de lo extremo»



Escena de "Diary of a cannibal"



La melancolía de lo extremo


  La categoría estética de «lo siniestro», alumbrada por Sigmund Freud y mejor definida por Eugenio Trías, se refiere a aquello que provoca por igual atracción o repulsión, pero que sin duda mueve a una reacción emotiva y catártica. Este recurso es el que da sentido a la obra de artistas decadentistas como Poe o Baudelaire, que no desdeñan recurrir a lo terrorífico o a la fealdad como fuente de la belleza artística, para provocar un efecto aturdidor que permite un acceso directo al subconsciente y encadena el juicio ante la contundencia sensorial de la obra. En relación con estas premisas, el cine de Marian Dora se podría definir como una «melancolía de lo extremo», puesto que su esencia es establecer un contrapunto entre el horror de su contenido visual y la presentación emotiva del mismo, por medio de la música, el montaje y la interpretación de los actores. De esta forma se establece una coreografía de imágenes extremas que mueven de forma premeditada al asco y al miedo pero que se acompañan con música de cine romántico, planos cortos atentos al detalle más minucioso y actores que parecen experimentar de forma real lo que visionamos. Unos y otros elementos generan un juego de empatía perversa con el espectador en el que el punto culminante llega cuándo el mismo, o bien no sabe definir su reacción, o bien no sabe qué es lo que debería sentir ante lo que está asistiendo. 

  La melancolía del ángel (Melancholie der Engel, 2009) es la obra maestra de Marian Dora y su proyecto más ambicioso, un mosaico del horror en que se condensan todas sus obsesiones conceptuales y formales. Su autor define el rodaje como una experiencia traumática que no le gustaría volver a repetir. Parece ser que durante tres semanas puso a prueba sus límites psicológicos y físicos y los de sus intérpretes en, entre otras localizaciones (Munich, Stuttgart, Auschwitz), varias localidades del sur de Alemania famosas por crímenes y extraños sucesos, entregándose a una orgía continua de sexo, drogas y crueldad. En el documental Revisiting Melancholie der Engel (2017) Dora declara en un audio a su director Magnus Blomdahl que su intención era revivir las circunstancias que llevan a ciertos colectivos a anular sus valores éticos en aras a la sumisión total a la voluntad de un líder, teniendo en mente casos célebres como el de la familia Manson. Es de destacar también el interés del director por las conductas de psicópatas como Jeffrey Dahmer, el «Carnicero de Milwaukee», que explicaría su regodeo en el sadismo y la crueldad de los personajes. Y en todo momento, Dora insiste en que el film, por muy duro que pueda parecer, es el resultado de documentar los sucesos que ocurrieron en el seno del equipo y que culminaron con el enfrentamiento entre todos sus miembros y la ruptura de la amistad entre el director y el productor/actor Carsten Frank. El primero recibió varias amenazas de muerte y el segundo secuestró el material rodado para recortar treinta minutos de su metraje que podrían ocasionarle problemas legales, dejándolo en sus dos horas y media finales. Sea todo esto una estrategia de marketing o no, lo cierto es que la aureola que le proporcionan todos estos hechos hacen de ella una de las películas malditas de los últimos años. 





  La historia es tan simple que resulta casi inexistente y según el autor se inspira en un crimen ocurrido en las inmediaciones del valle de Eselsburg (Baden-Württemberg). Se centra en dos amigos, Katze (Carsten Frank) y Brauth (interpretado por el popular actor porno de origen marroquí Zenza Raggi), dos figuras que suponen uno de los numerosos y complejos juegos simbólicos del film, en este caso sobre la ambigüedad moral, puesto que visten respectivamente de negro y blanco, el primero posee una apariencia luciferina y el segundo recuerda físicamente a Cristo, pero luego resultarán intercambiables en sus intenciones. Tras su reencuentro, los dos anti-arquetipos conocerán a dos mujeres jóvenes a las que llevarán a su refugio en el campo, uniéndose a ellos tres variopintos personajes más: una desinhibida mujer de estética gótica, un atormentado artista anciano y una muchacha enferma en silla de ruedas. En la casa se desarrollará una auténtica exhibición de atrocidades entre ellos en cuya descripción se ocupará sobradamente el completo metraje de la película, un mapa de depravaciones que a muchos resulta repetitivo y sin sentido y que a otros provoca una extraña y ambigua fascinación. Y es que esta mínima premisa servirá de vehículo para una representación cargada de simbolismo y lirismo a partes iguales que no se puede despegar de la crudeza de lo mostrado, difícil de explicar pero impregnando los tuétanos estéticos de la película. En lo visual, Marian Dora recurre a imágenes poderosas de contundente belleza barroca, un estilismo de lo sucio que se apoya en cercanos y extraños encuadres, la construcción de naturalezas muertas en descomposición y nauseabundos bestiarios de insectos y animales muertos, la iluminación vaporosa y a medio camino entre la ensoñación y el delirio, y, sobre todo, el montaje picado y dialéctico en constante búsqueda de contrapuntos, con sublimes e intensas escenas paralelas que se fusionan hasta llegar un clímax de extraño orgasmo narrativo. Representativas de ello son las secuencias simultáneas de la iglesia y la violación, y la rememoración visual del poema baudelaireano La carroña, en versión zoofílica, a cargo de la inquietante Anja (de nuevo la osada Patrizia Johann) que se entrega a las caricias con el cadáver de un cerdo en descomposición. En lo sonoro el ya comentado uso melancólico y casi sinestésico de la música, utilizada en un contexto que contrasta con su tono, y el uso de la voz en off o los diálogos para presentar citas de diversos autores literarios y filosóficos, entre ellos Rilke, Sade, Goethe y Nietzsche, que dotan de cierta solemnidad oscura a lo que vemos y a la vez muestran destellos de la filosofía oculta que nos quiere proponer su autor, que siempre será subyacente y sugerida, puesto que su intención es que sean nuestras sensaciones las que nos la releven, después de haberlas sacudido y perturbado convenientemente. De todo ello se puede extraer una visión nihilista cuya principal obsesión es mostrar la amoralidad de la existencia a través de las retorcidas evoluciones de los personajes. El título puede darnos algunas pistas del contenido, puesto que «el ángel», encarnado en el personaje de Katze, sería aquí una suerte de figura ambigua que participa del ciclo de la vida y la muerte sin juzgarlo y, por supuesto, sin medir sus acciones. Por último y atendiendo a su supuesta naturaleza documental la labor de los actores es esencial para potenciar el impacto de la descarga emocional con que nos ataca la película y, aunque no estemos ante intérpretes impecables, sí que Dora sabe exprimir las potencialidades de su aspecto físico y carisma personal para dar una credibilidad y fuerza estremecedoras al conjunto. 









Terror moral 


  La melancolía del ángel bastaría para apuntalar el interés de la figura de Marian Dora, pero tras su éxito en los circuitos experimentales, algún que otro premio y su consideración de película de culto, este inquieto artista tenía toda la motivación necesaria para continuar con su controvertida filmografía. Así es como en esta década verían la luz Viaje a Agatis y Carcinoma

  Viaje a Agatis (Reise nach Agatis (2010)), estrenada también directamente en vídeo, es una pequeña producción que surgió cuando un amigo le propuso a Dora rodar en un barco durante un único fin de semana en Croacia con tan sólo tres personas, por lo que el proyecto presenta cierto carácter de reto. El resultado es un film minimalista muy cercano al espíritu Dogma, pero no exento de tensión y elementos simbólicos. La grabación en vídeo digital potencia la atmósfera de aislamiento y opresión de la situación, así como cierto toque de ensoñación que propone un cierto subtexto por debajo de la historia principal del crimen, con extrañas imágenes oníricas no exentas de belleza. Nuevamente la crueldad y el sadismo llevan a la catarsis por la sufrida labor de sus actores, en especial el rol masculino de Thomas Goersch, y hay una cierta intención mágica en el uso del nombre de Agatis, que aquí se relaciona con el mito del Triángulo de las Bermudas, refiriéndose a «lugares de poder» que alteran el comportamiento habitual de las personas. 




  Entremedias rodaría el segmento Mors in Tabula dentro del film de episodios The profane exhibit (2013), otra película maldita” que a día de hoy aún nadie parece atreverse a distribuir. Sin embargo su elección para este proyecto entre realizadores del calibre de Yoshihiro Nishimura, Andrey Iskanov, Ruggero Deodato, Michael Todd Schneider o Nacho Vigalondo es un hecho que denota ya su prestigio internacional. 





  Carcinoma (2014) es otro manifiesto corporal y escatológico que retorna a las pretensiones documentales con la historia del cáncer real de un conocido de Dora, recurriendo incluso a situaciones, diálogos y personajes sacados de la experiencia verídica de Dorian (un contundente y extraño, a partes iguales, Dorian Piquardt), afectado por un monstruoso tumor estomacal que resultará mortal. Marian Dora se recrea como sólo él sabe en el proceso de degradación física de Dorian sin escatimar en descripciones de los diferentes mecanismos de destrucción cancerígena, un calvario de heces, sudor, bilis y fluidos viscerales que se constituyen casi en un reportaje médico. Pero la misma fuerza empleará en la presentación del factor emocional y el sufrimiento, convirtiéndose el film en toda una oda al dolor humano y la muerte que de puro agónica acaba generando una empatía que esta vez no tiene la ambigüedad moral de La melancolía del ángel, aunque su punto de partida en el apartado visual sea similar, montaje in crescendo incluido. La fisicidad de la propuesta contrasta con el hálito religioso que impregna gran parte del film, con numerosas referencias a la culpa, el martirio o el pecado original en el Edén escondidas incluso en escenas de sexo hetero y homosexual. El cénit llegará en las secuencias finales que subliman las figuras de la madre penitente y su hijo enfermo y las equiparan con los iconos católicos en un tramo final donde la destrucción anatómica se llena de ecos místicos. 




  El cine de Marian Dora es inmisericorde con el espectador y no le da ninguna concesión. Su cámara es un aparato excretor que expulsa todos los demonios interiores acumulados sin filtro ni autocensura. Sería un error enmarcarle dentro del panorama del ultragore alemán, aunque sí que en cierta manera recoge el testigo de uno de sus mejores representantes, Jörg Buttgereit (Nekromantik), precisamente el que empezó a trascender tal corriente. Dora también busca abrir otros caminos y es por ello que no debería considerársele propiamente como un realizador de terror, porque lo que él propone es más bien un terror moral, una biopsia emocional que escarba dentro de los sentimientos más ocultos del espectador.



PARA SABER MÁS





PARA COMPLETAR LA TRILOGÍA DE CINE EXTREMO ALEMÁN: