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viernes, 16 de diciembre de 2022

Historias de Dämon Schwarze & Ópal Mond Volumen 7




¡Nuestro Sergio Vargsson regresa de nuevo a Caosfera! Como no, nos trae un nuevo capítulo de nuestra saga favorita. Esta vez tenemos mucho erotismo, una auténtica subida de tono...



¿Cuántas criaturas que la raza humana no conoce acoge la noche en su seno...? ¿Y cuantas de ellas son tan ajenas a la humanidad que de vivir en el mismo plano irresistiblemente causarían el colapso de la sociedad tal y como la conocemos hoy en día...?

    Hechas estas consideraciones, podemos pasar a los saludos. ¡Buenas noches, monstruitos y monstruitas...! una vez más soy yo, Dämon Schwarze, el ser más morboso y oscuro de este cementerio... que, llega a vosotros para relataros una nueva historia. Así que, acomodaos a mi lado en el interior de este viejo panteón, abrid bien vuestras orejas y disfrutad de cada palabra...

    Lentamente, aparté la mirada del marfileño círculo de la luna y echando mi mano hacia atrás ahuequé mi frondosa cabellera granate. Una leve brisa fresca pareció llegar de todas partes y de ninguna a la vez, para hacer ondear el leve camisón negro que cubría mi cuerpo. Los largos dedos del viento, como los de un amante etéreo, apretaron la vaporosa tela sobre mi silueta, delineando en el leve contraluz lunar mi breve cintura y mis largas piernas rematadas por anforadas caderas. Me estremecí agradecida de que el suave soplo de aire evaporara las pequeñas gotas de sudor que como joyas, constelaban mi suave piel en esta calida noche de agosto.

    Crucé los brazos sobre mis macizos pechos, redondos, suaves, con los pezones enhiestos y marcados que presionaban contra el fino tejido. Posé mis manos en mis redondos hombros, abrazándome... entrecerré la ardiente mirada de mis ojos verde jade intenso y al hacerlo, evoqué mi vida en los últimos años. Dejé vagar mi vista por los campos extendidos por nueva Inglaterra. La verdad, es que no había vuelto a Dunwich desde los extraños días de mi infancia. Al recordarlos, mi mente parecía salir de una extraña niebla y mostrar cada vez los detalles más claros, como una película antigua a la que se somete a reenfoque al proyectarla...

    Por lo que yo puedo recordar, mi madre era tan parecida a mí, que si estuviera viva hoy en día, probablemente, pareceríamos hermanas de una misma familia en lugar de madre e hija... oh sí!, la recuerdo alta y majestuosa. Vestida usualmente de negro, un unas altas cejas delineadas que enmarcaba unos ojos tan extraordinarios cono inteligentes. Con una figura espléndida a pesar de su edad y un cerebro privilegiado. Mi madre, estaba probablemente a un nivel que sus conciudadanos no alcanzarían nunca. Quizás fue por esto, o bien por el aire regio que revestía hasta el más mínimo de sus gestos, por lo que todo el mundo la solía llamar “la Duquesa”...

    Viuda desde muy temprana edad, mi madre era usufructuaria de enormes recursos financieros probablemente heredados de mi padre. Bienes, que nos permitían llevar una vida acomodada y sin fatigas. La familia de mi padre, por lo visto, había sufrido una extraña afección (alguna especie de virus desconocido que alguno de sus miembros había contraído en tierras extrañas), que la había extinguido progresivamente hasta no dejar más que a mi padre con vida, de forma que, al morir éste se extinguió con el linaje familiar. En cuanto a la familia de mi madre, residía toda en Europa, por lo que no pude conocerla hasta que mis viajes de estudios me llevaron allí.

    ¡Pero estoy divagando...! decía yo, que mi madre tenía una posición económica desahogada. Posición que parecía funcionar por si misma, dado que jamás vi a mi madre tomar una decisión de negocios. Una vez al mes se recibía en nuestra casa la visita de un extraño personaje al cual yo, había identificado siempre con una especie de secretario abogado que nos aportaba grandes cantidades de dinero en efectivo que servían para el pago de los criados y el sostenimiento de la hacienda.

    Este oscuro personaje era un hombre de tez clara y extraños ojos de un color indefinido entre el verde y el marrón. De estatura más que mediana y ancho de espalda. Su pelo, era de un tono rubio poco corriente y vestía siempre de negro. Parecía tener una edad comprendida entre los 25 y 35 años y jamás, por más años que pasaran, le vi envejecer ni un día. Recuerdo que un día cuando yo tenía seis años, entré en el despacho donde él y mi madre estaban hablando y girándose hacia mí con una extraña y cruel sonrisa en los labios dijo...

    ¡No puede negarse que es de la familia... !

    A lo que mi madre, después de soltar una carcajada cristalina, me hizo salir del despacho mientras continuaban hablando.

    Al cumplir los ocho años recuerdo que uno de los criados me regaló un conejito blanco al que llamé “Wally” y al que tomé un gran cariño. Desgraciadamente, un mes después sucedió un incidente que me marcó profundamente. Al levantare una mañana no encontré a “Wally” en su jaula. Lo busqué por el jardín y lo encontré entre unas matas muerto. Tenía la garganta destrozada y su cuerpo fláccido y exagüe presentaba señales de haber sido lacerado por los colmillos de una bestia feroz. Uno de los mozos de las cuadras comentó que probablemente, el pobre animal, se había escapado de su jaula para caer en las mandíbulas de alguno de los perros de guardia que de noche se soltaban por la propiedad. El incidente se grabó perennemente en mi mente infantil, y desde entonces he sido incapaz de soportar la visión de conejos en sus jaulas sin que un estremecimiento me recorra de arriba a bajo.

    Más tarde, al cumplir los doce años, fui enviada a Europa para completar mi educación. Fui llevada a un internado muy exclusivo en Suiza, donde bajo una disciplina férrea, aprendí desde Geografía e Historia hasta Física Cuántica, sin olvidar Griego, Latín, Francés, Alemán y Ruso. Tampoco podía faltar la Literatura y Filosofía, de las cuales, me doctoré en ésta última.

    También aprendí cómo debe comportarse una señorita y a tocar el piano a nivel de concertista. De hecho, la directora del internado pareció tomarse mi educación como algo personal. Era una mujer muy atractiva y casi intimidante, que podría, perfectamente, pasar por la hermana de mi madre si no fuera por algunas sutiles diferencias. De todas formas si que había algo que compartían las dos. Mi directora llevaba siempre puesta una joya antigua igual a la que siempre había llevado mi madre. Se trataba de una cadena de plata en cuyos extremos estaban fijadas sendas trencillas de lo que parecía cabello humano. A la vez que unas pequeñas figuras en miniatura de lo que parecía un extraño lagarto bípedo y alado con la cara llena de tentáculos. Los ojos de cada una de las efigies brillaban con la ultraterrenal luz que les prestaban unas amatistas engastadas en las órbitas. El metal, daba la impresión de ser muy antiguo y de tener aleado algún mineral que no era de este mundo. Al final opté por pensar que muy probablemente la Directora y mi madre se conocían y que tal vez las dos joyas procedieran de una misma fuente.

    Lentamente pasaron los años de mi aprendizaje siendo el único contacto con mi hogar, las periódicas visitas de aquel extraño hombre de negro, que parecía ostentar una gran familiaridad con la directora del centro. Y por fin, al cumplir los veintiún años fui llamada al despacho de la directora. Dónde, en presencia de ésta, el extraño secretario de mi madre, me comunicó que puesto que había cumplimentado ya mi educación, se me iba a facilitar el dinero suficiente para que viera mundo y fuera presentada en sociedad. Podría viajar tanto como quisiera y cuando me casara, sólo tendría que llamar al internado y hablar con la directora, y ésta, lo arreglaría todo para adquirir una casa, un coche y lo que necesitara en la ciudad de Europa que yo deseara. La única condición era que debía de pasar al menos un año residiendo independientemente antes de volver a mi casa en Dunwich. Se me comunicó que esto se hacía para que aprendiera a dirigir mi vida yo misma después de tantos años de dependencia de los demás.

    Así lo hice, y me dediqué durante seis meses a viajar por todo el mundo. Visité sitios tan dispares como Río de Janeiro y el Tíbet o Kenia y los bosques de Canadá. A veces, en algunos de estos diferentes parajes, me parecía entrever portadas por mujeres de singular belleza, joyas iguales a la de mi madre. Pero, si alguna vez quise comprobarlo, me fue imposible puesto que sus dueñas parecían evaporarse entre el gentío.

    Al fin decidí establecerme y escogí como ciudad París. En esta ciudad seguí las instrucciones del hombre de negro y compre un apartamento doble con vistas al Sena. Conseguí establecerme como crítica de arte en una galería y comencé a frecuentar la noche parisina... Al cabo de un tiempo era ya muy conocida tanto por mi trabajo, como por mi reputación de joven heredera millonaria. Lo cual me abrió la puerta a fiestas exclusivas de altísimo nivel y, fue allí donde finalmente lo encontré.

    Se llamaba Nikonos Arbulaitis, pero todo el mundo lo llamaba Niko. Era un joven de veintisiete años, de tez muy morena y cuerpo que haría palidecer de envidia a Apolo. Llevaba el pelo algo más largo de lo normal y recogido en una coleta. Con su profundo color ala de cuervo, todavía hacía más sensual su cara mediterránea. Un anillo de oro en su oreja izquierda le daba un cierto aspecto piratesco. Unos ojos de iris negrísimos y una boca bien delineada hacían irresistible el conjunto. A todos los efectos, era el relaciones públicas de varios de los locales nocturnos más importantes. Pero, todo en su aspecto, su traje Armani, sus colonias caras y su forma de tratar a las mujeres decía su verdadera ocupación... “gígolo”...

    Yo, ya había tenido mis experiencias con los hombres, de hecho, el viaje alrededor del mundo me había servido para evidenciar que mi figura y rostro resultaban muy atractivos para los varones. De todas formas, Niko me sedujo como nadie lo había hecho hasta el momento. Me dijo, que todas las demás mujeres eran sólo una forma de mantenerse, que la infancia, carente de casi todo en las calles de su Creta natal, le había volcado a explotar su único capital en esta vida, su físico. Que al poco de cumplir los dieciséis años se había dado cuenta que le vida le había negado. Tan solo tenía que ser amable y, complacer a las mujeres.

    Sus planteamientos llegaron a mi corazón y acabé justificando su actitud. Casi sin saber cómo, me encontré tomando la última copa con él en mi apartamento. Hacía rato que estábamos sentados en el sofá cuando de pronto, se giró a medias hacia mí para darme la cara y se me acercó. Su larga melena cayó hacia la izquierda, aún no había contacto entre nosotros.

    ¿Me deseas? —¡dijo susurrante como el oleaje¿Quieres hacer el amor conmigo...?

        —¡Sí.

    Dije trémulamente. Noté una extraña anticipación que nunca antes había sentido. Miré al fondo de sus ojos mientras mi vientre se tensaba. Pasé mi lengua por los labios resecos y noté un extraño estremecimiento en la base de la columna.

    Él, no dijo nada más. Sentí más que vi la proximidad de sus brazos mientras me envolvían. Vagamente intuí el ardor desenfrenado de la música “blues” que asomaba de fondo justo un instante antes de que sus labio cubrieran los míos. Inmediatamente mi boca se abrió bajo la suya y noté, como nuestros cuerpos, también se apretaban por entero haciéndome generar calor entre los senos, en el vientre y la unión de mis muslos.

    Casi parecí arder cuando sus labios me acariciaron el largo cuello y recorrieron la superficie redondeada de la clavícula. Sus manos tiraron de la parte superior de mi vestido. Yo, le apliqué los labios al lóbulo de la oreja y lo cosquilleé con la lengua dando vueltas y más vueltas como la última gaviota hambrienta sobre el cielo nocturno de la playa.

    Me hizo levantar los brazos y el vestido salió fácilmente por arriba. Con una mirada apreciativa a mis pechos, se inclinó adelante para lamer las axilas y continuar muy despacio hacia los enhiestos y enardecidos pezones.

    Mis dedos, con desesperación y urgencia, lo despojaron de su camisa y bajaron la cremallera de sus pantalones. Me puse en tensión de nuevo, cuando el me besó con los labios abiertos la suave curva de los senos y fue descendiendo hacia dentro en espiral.

    ¡Por favor...! —¡musité yo¡Por favor...!

    Y le hice salir de sus pantalones con el aparato genital casi erecto, con premura lo llevé a la excitación total acariciándolo delicadamente mientras él, me mordisqueaba los pezones.

    No podía esperar más. Cuando me disponía a bajarme las sutiles bragas de seda él, me detuvo y me levantó de la alfombra poniéndome una mano debajo de las nalgas y la rabadilla para dejarme caer de nuevo en el sofá. Luego, se inclinó sobre mis muslos y buscó con los labios las suaves aras internas de la misma, para moverse luego hacia arriba hasta mi monte de Venus cubierto de seda.

    Mis dedos se tornaron blancos al asir con fuerza los bordes del sofá. Su lengua, exploró la seda húmeda y yo, gemí otra vez mientras se arqueaba la espalda.

    Comenzó a lamerme salvando la tenue barrera de seda y mis manos le cogieron la cabeza acariciándole las orejas. El se movió un poco hacia arriba rodeando mi vulva con los labios a la vez que con sus manos arrancaba la seda. Yo, le arañé la espalda y crucé con fuerza mis piernas sobre su espina dorsal y, mientras me arqueaba hacia arriba, lancé un chillido inarticulado.

    A renglón seguido, y todavía húmeda y febril, le hice tenderse de espaldas cabalgando sobre él. Entonces, justo cuando sus manos se apoyaban restregando mis senos turgentes, perdí todo el dominio sobre mí misma y me llené de fuego hasta la garganta.

    Al cabo de una semana se había trasladado a mi apartamento y estabamos compartíamos una vida agitada. Por las noches, vivíamos una fiesta continua y durante el día, hacíamos el amor de una forma casi animal. Éste, era el estado de las cosa hasta que un día apareció él...

    En el umbral de la puerta se encontraba el hombre de negro. Sencillamente, alargó la mano hacia mí y me entregó un estuche de terciopelo negro. Al abrirlo, vi que dentro descansaba la antigua joya de mi madre. Le miré a los desvalidos ojos y me dijo...

    ¡Ella se ha ido... ! tras lo cual añadió—. Ha llegado el momento de que asumas el destino para el cual has sido preparada. Debes volver a Dunwich y hacerte cargo de la herencia familiar.

    Yo, seguía contemplándolo incapaz de llorar. Él me contempló impávido y añadió...

    —¡Debes hacer lo que tu interior te dicte. En todo caso, debes de saber que en el momento en que aceptes esta joya arcana, tendrás que estar dispuesta a aceptar las cosas como vengan sin fijarte ningún tipo de límite... y, vivir plena conscientemente sin sujetarte a más leyes morales que las que tu marques...

    Dicho lo cual, se dirigió a las escaleras bajando en dirección a la calle. Cuando me hube repuesto de la impresión me dirigí hacia la barandilla y miré hacia abajo, el extraño había desaparecido.

    Viví al interior del apartamento y le expliqué a Niko que mi madre había muerto y tenía que volver a los Estados Unidos, a lo que él me comentó que me acompañaría.

    Y ahora estoy aquí, en la terraza, intentando comprender el porqué de todo lo sucedido.

    Al llegar a la mansión familiar sentí el impulso de ponerme la joya y en cuanto lo hice, las cosa parecieron adquirir otra dimensión insospechada... las mentes y las almas de las personas parecían estar abiertas como libros para mí. Me estremecí al leer las verdaderas intenciones de Niko. Él, intentaba que yo lo nombrara heredero universal, y entonces, al cabo de unos meses, yo sufriría un inconveniente accidente. Después, al cabo de un tiempo, el joven heredero, podría volver a París a gastar su recién adquirida fortuna. Así se mantenía realmente, yo no sería nada más que una, en una larga lista.

    Aquella noche me vestí especialmente para él. Me puse un vestido negro que había pertenecido a mi madre, y bajo él, el más sugestivo conjunto de ropa interior que encontré en mi vestuario. Hecho lo cual y con la joya puesta, bajé al comedor. Tras una cena romántica con velas y en la que hablamos de cosas sin importancia, despedí a los criados y pasamos al salón. Allí, le hice sentar en un sofá y le pregunté si recordaba la primera vez que habíamos hecho el amor. Él me respondió...

    ¡Cómo no voy a recordarlo, fue en un sofá como este...! ¿por aquel entonces tu eras una chiquilla sin apenas experiencia...!.

    Yo le miré, entre sardónica y divertida y le dije...

    ¡Pues relájate y te demostraré lo que he aprendido...!.

    Me arrodillé ante él y le despojé de toda su ropa mientras yo me desnudaba conservando, tan sólo, e liguero y las negras medias de seda. Me incliné hacia adelante y atrapé en mi boca su masculinidad. Rodeé con los labios su glande... apretándolo suavemente. Mi lengua, lamió lasciva y suave recorriéndolo de arriba abajo mientras mi mano, acariciaba su escroto. Noté como gemía incontrolado y cada vez que él parecía eyacular yo, paraba un momento, apartaba la boca y le apretaba la base hasta que el espasmo remitía. AL final, casi borracho de placer, me pedía a gritos que terminara...

    Con un contoneo sensual me monté sobre él y cabalgando fieramente haciéndole llegar al clímax, justo en ese momento en el que la eyaculación embotaba todos sus sentidos, acerqué suavemente mi boca a su cuello y mordí violentamente su yugular con mis colmillos que creciendo de golpe, se habían desarrollado hasta tomar la apariencia de los colmillos de un lobo. Por supuesto, la neurotoxina segregada por mi saliva lo paralizó casi al instante pero, no amortiguaría para nada el dolor ni las demás sensaciones.

    Con una carcajada sardónica me bajé de su cuerpo dejándolo como una marioneta rota. Ahora que había bebido su sangre, todos sus síntomas serían los de un ataque cardíaco. En una última prueba de desdén, besé sus paralizados labios y le cerré los ojos. Por supuesto, le daría el mejor entierro que el dinero pudiese pagar, iba a ser muy estimulante pensar en su cerebro vivo por toda la eternidad mientras los gusanos hacían su trabajo.

    Y como os contaba, ahora estoy aquí, y tengo la seguridad de que mi madre no ha muerto. Probablemente se halle ahora en Suiza en un muy especial internado, y se, que cuando llegue el momento, yo también daré a luz una hija que criaré según la norma..., y tarde o temprano yo, también iré allí cuando llegue mi hora, aunque o moriré nunca, porque soy lo que los humanos llama un sucumbo, un vampiro demoníaco... una de las de la gran raza.

    Una última advertencia para todo aquel que oiga esta carta. Si alguna vez es publicada, significará que yo he abandonado la vieja casa de Dunwich y recorro el mundo cazando. Así pues, si alguna vez encontráis a una mujer que cumple lo que pensáis y nunca os atrevisteis a decir, cuidado... puedo ser yo...




¿Os ha gustado... viciosos seres de la noche...?

    En todo caso a mí si me gustó cuando lo oí. Recuerdo que me dio el manuscrito una extraña mujer que vino a depositar flores en este panteón en el que estoy sentado. Un panteón en cuya lápida pone algo así como... “Nikonos Arbulaitis... lleva mi beso durante toda la eternidad...”

    Por cierto, a menudo, en las noches tranquilas, parece que detrás de la lápida se oigan gemidos ahogados. Pero claro, seguro que se trata de las ratas... ¡Porque, nadie puede estar vivo en la mente mientras su cuerpo se corrompe! ¿no?...

    Y llega el momento de despedirse, no sin antes dedicar mis saludos a todos vosotros, los seres nocturnos…

                                                                            
Lou Cypher



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domingo, 13 de noviembre de 2022

Historias de Dämon Schwarze & Ópal Mond Volumen 6

 



¡Nueva entrada semanal! Ya tocaba un nuevo relato de nuestra saga favorita, a cargo del imaginativo Sergio Vargsson. Disfrutad de vuestra ración mensual de sensualidad y horror...


Era verano y en mi apartamento, situado a escasos metros del mar, decidí pasar unos días. Deseaba esa escapada ya que últimamente me habían sucedido demasiadas cosas. Necesitaba tiempo para mí misma, para aceptar y asimilar. Jamás me hubiese imaginado lo que allí sucedería y ni mucho menos lo que iba a descubrir...

    Bueno, todo había comenzado desde aquel sueño en el que …

    Era de noche, pero la oscuridad que me envolvía poseía un brillo especial. Yo me había despertado al entrar, por la mañana, la fresca brisa del mar. Me incorporé lentamente de la cama y dicha brisa envolvió mi cuerpo como si quisiera dibujar mi figura. Agitó mi cabello y lo dejó caer pacientemente a lo largo de mi espalda.

    Tras abrir los ojos, me hallaba frente a un espejo de grandes dimensiones donde mi imagen, se reflejaba nítidamente. Casi parecía que fuese yo misma de nuevo, como dos cuerpos separados de uno mismo.

    Mi imagen reflejada descubría de forma especial el rojo vivo de mis retorcidos cabellos, la misma mirada profunda de mis grandes ojos verdes y aquellos labios ni demasiado grandes ni demasiado pequeños pero a su vez, cargados de múltiples deseos.

    Alargué la mano y acariciando el frío cristal pude percibir la suavidad de mi piel. Sí, mi piel, ya que a la vez que acariciaba mi reflejo, notaba como algo acariciaba mi ser en la misma zona y tiempo que yo. Incluso juraría que con la misma intensidad.

    Mis pezones se endurecieron dándole un excitante aspecto a mi voluminoso, turgente y redondo pecho. Al volver a mirarme en el espejo pude contemplar la muerte de mis padres. No reflejaba cómo ni cuando, más bien era la imagen de sus tumbas repletas de preciosas flores violetas, y allí, a sus pies, estaba yo.

    Llevaba un vestido blanco y me acompañaba un hombre de tez pálida, cabello rubio y completamente vestido de negro. Lo más morboso fue que no sentía pena ni dolor en mi sueño ni en mi interior. Tan sólo en mi reflejo, una lágrima azulada resbaló por mi mejilla. Entonces, aquel hombre se aproximó a mí y tras tomar mis manos y besar aquella extraña lágrima depositó en ellas una peculiar caja de madera.

    Y tras esto, sin llegar a un final definido, me desperté con los ojos brillantes y con extrañas sensaciones que jamás habían recorrido de forma igual mi cuerpo. Durante una semana tuve el mismo sueño y noche tras noche lo sentía de forma más real hasta que... sucedió. Mis padres sufrieron un accidente de tráfico en el que ambos perdieron la vida. Siempre había pensado que nunca podría superar algo así pero, como en mi sueño, no me sentía dolida.

    Tras la ceremonia y todo lo demás me quedé sola, allí, frente a ellos. Una extraña sensación recorrió mi cuerpo al divisar cómo lentamente se acercaba hasta mí un hombre de tez pálida, cabellos rubios y completamente vestido de negro. Llevaba algo entre las manos y sus ojos no dejaban de mirarme fijamente.

    Llegó hasta mí y como si nos hallásemos en otra época pasada, tomó mi mano y la besó. Después depositó en ellas una vieja caja de madera. Ésta parecía latir al contacto con mi mano, como si algo vivo y con mucha fuerza habitase dentro de ella.

    Suavemente alzó mi cara y con voz grave me dijo...

     Eres distinta. No perteneces a esta precaria especie —,giró su cuerpo y señalando las tumbas de mis padres continuó diciendo...)—. Ellos no son tus padres biológicos, sólo tenían la misión de cuidar de ti y darte unos elevados conocimientos. Tan sólo ha sido un proceso en tu vida y es por ese motivo por el que no puedes sentir dolor por su muerte.

    Sus palabras eran crueles pero sabía que tenía razón, al menos en lo que se refería a mis sentimientos. En ese momento, sin saber cómo ni por qué, una lágrima se escapó de mis ojos y aquel intrigante hombre, mojando sus labios en ella, besó mi mejilla. Tras esto continuó diciendo...

    Tenemos un vínculo en común y destino que cualquier noche descubrirás. Ahora, abre la caja porque... todo llegará a su tiempo.

    Segura de mí misma y sin comprender muy bien lo que estaba sucediendo, sentía cómo se precipitaba mi destino. Abrí la caja y algo se despertó en mi interior al contemplar aquella joya arcana con sendos lazos de cierre rematados por lo que parecían trenzas de cabello humano. En cada extremo de la misma, había una figurita parecida a un escorpión. Se trataba de un ciclópeo, escamoso y bípedo, con vagas reminiscencias humanoides. Dos alas de murciélago se mantenían desplegadas desde su espalda y el lugar que debía ocupar su rostro, justo debajo de dos amatistas de un venenoso color violeta que representaba su cruel mirada, una acumulación de tentáculos serpentinos se desenroscaba hasta su pecho. Mientras contemplaba la joya, aquel hombre de negro rompió su silencio.

    Sientes su fuerza. Perteneció a tu pasado más lejano y generación tras generación ha continuado su existencia.

    Sin poder apartar la mirada de aquella peculiar joya le dije...

    Creo entender todo lo que esto significa. Sólo que, todo está sucediendo tan deprisa...

    Tras un breve silencio él me respondió

    No necesitas comprender, ya lo sabes. Hace tiempo que esperabas este momento. Inconscientemente tu verdadera identidad se está revelando. Sólo debes saber que en el momento que aceptes esta joya, tendrás que estar dispuesta también a aceptar las cosas tal y como vengan. Sin fijarte ningún tipo de límite vivirás plena y conscientemente sin sujetarte a más leyes morales que las que tu te marques.

    Sólo pude responder...

    Lo sé, No sé cómo pero lo sé...

    Y así, sin más, pasó a través de mí, desapareciendo de misma forma extraña en que había aparecido. Me dieron una semana libre en mi trabajo por todo lo sucedido, así que decidí pasar el tiempo entre el sol, el agua salada y sobretodo en pensar e mi verdadera existencia.

    Mis sueños también cambiaron. Solían ser perversiones sexuales en las que yo era la protagonista, la que aportaba toda la fuerza y decisión. Todos ellos, tenían un nexo en común: el extraño hombre de negro y aquella joya.

    En uno de aquellos deslumbrantes atardeceres, cuando el sol estaba casi ahogado en el océano, decidí desnudarme y dirigirme hacia la playa para introducirme en el mar. Pero justo antes de poder caminar hacia la playa alguien llamó a mi puerta...

   Hola! Y mirando asombrado mi cuerpo desnudo continuó—. Creo que... he llegado en un momento un poco... ¿inoportuno?

    ¿De veras lo crees así? respondí sutilmente.

    Bueno... y sin poder apartar su mirada de mi cuerpo continuó—, soy vendedor de seguros y...

    Pero, pasa. No te quedes en la puerta le dije inocentemente tras interrumpir su explicación.

    Él, entró en mi salón y mientras se acomodaba decidí cubrir mis encantos con algo de ropa. Ya había caído la noche y el mar perecía enfadado. Todas las ventanas del apartamento se hallaban abiertas por el exceso de calor, a pesar de que tras el enfurecimiento del mar, soplaba una suave brisa.

    De repente se fue la luz. Tome diversas velas de color rojo y las distribuí por el salón. Su luz emitía ligeros parpadeos ya que la suave brisa trataba de acabar con ella. Mientras, mi joven invitado se acomodó familiarmente en el sofá y yo rompí el silencio...

    ¿Quieres tomar algo?.

    No gracias —.Respondió inmediatamente y como si no esperase más que yo le prestase atención a sus palabras continuó hablando—, como te decía, soy vendedor de seguros y traigo varias propuestas.

    ¿Has asegurado tu vida? —le interrumpí de nuevo mientras me acomodaba sobre unos grandes cojines en el suelo. Justo enfrente de él.

  No, ni mi vida ni mi cuerpo sonrió y continuó ¿Y a ti?, ¿Te gustaría hacerlo...?.

    Le miré a los ojos y sin pensarlo ni un segundo me alcé del suelo y colocando mi cara frente a la suya le dije...

    Sí. Quiero hacerlo ahora mismo. Pero, antes quisiera que vieses una antigua joya. Quizás la asegure y luego... podemos hacerlo.

    Le tomé de la mano y acompañados por una de las velas le conduje a mi alcoba. Una vez allí saqué la joya de la caja y mientras mis ojos cobraban un brillo especial, se la mostré. Él totalmente sorprendido dijo...

    No sé que valor puede tener pero, como reliquia debe costar una fortuna —se acercó a mí y apartando mi cabello me la puso—. Se amolda a ti perfectamente. No realza tu belleza porque en ti no es necesario. Pero si parece como si ambas formaseis un mismo cuerpo.

    Me tomó de la cintura y tras despojarme de la única prenda que llevaba puesta, besó mi cuerpo. Le tumbé sobre la cama y lentamente, con dientes y uñas, le desgarré la ropa.

    Comenzamos a excitarnos cada vez más. Él deseaba con fuerte pasión poseerme y yo, me resistía a ello proporcionándole más juegos eróticos y con ellos, mayor excitación. Ya no se oía al mar enfurecido sino jadeos incontrolados de dos fieras que buscaban sin descanso saciar su apetito.

    Totalmente extasiada noté que unos enfurecidos ojos me observaban, Miré hacia la ventana y tras una sombra oscura se hallaba la luna llena. Aquella sombra era él. El hombre de negro. Sin poder controlarme y tras emitir un fuerte rugido, como si de un fiero felino se tratase, incruste mis uñas en su pecho, arranqué su corazón y tras mancharme con la sangre que escupía su cuerpo, salté de la cama dirigiéndome hacia aquello ojos de indescriptible color.

    Ambos, uno frente al otro, con una malévola sonrisa en los labios, comenzamos a devorar sensualmente de ambas bocas el corazón aún latiente de aquel vendedor de seguros. Una vez devorado, comencé a desnudarle y mientras una extraña magia nos envolvía, comenzamos a poseernos.

    Me entregué a su juego más que erótico, del cual, palabras menores que perversión, sólo definirían un breve cuento de niños.

    Mientras amanecía, desperté entre los brazos de aquel perfecto amante, y tras morderle dulcemente en el cuello, me desperecé sensualmente entre las poderosas caricias de sus manos. Camino de la ducha, contemplé mi cuerpo desnudo en el espejo. Estaba magullado, pero me causaba un morbo especial el acariciar aquellos finos arañazos y desgarros de mi piel. Tras ducharme y salir del baño pude comprobar que en mi alcoba no quedaba nada más que, sobre la cama, un corazón de cristal transparente con algo parecido a una lágrima azul en su interior.

    El resto de la habitación desvelaba la presencia de mi amante, a pesar de que él, ya no estaba. Se había desvanecido. Recordé que mi primer acompañante fue... sencillamente, devorado mientras apagaba mi sed con aquellos malévolos ojos. No quedaba nada de él y me resultó divertido pensar que mi pobre vendedor de seguros no hubiese asegurado su cuerpo.

    Tras recoger un poco el apartamento, regresé a la ciudad y a mi trabajo. ¿Ya conocía mi verdadera identidad y estaba dispuesta a aceptar mi destino. Pero, sin marcar ningún límite, es más pasaría por encima de todos ellos.




¡¡Buenas noches habitantes nocturnos!! Os saludo acompañada de mi joya arcana y deseando seguir relatandoos, lo que en las noches de luna llena, me cuentan de forma tan real ambos escorpiones.

Saludos a todas las criaturas de la noche, pero en especial a ti, Dämon Schwarze. Mi cuerpo espera con ansia tus poderosas caricias.


P.S. Cuidad la existencia de vuestro cuerpo y mente, ya que son los únicos que os aportarán placer en vuestra escasa vida...


Ópal Mond


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domingo, 16 de octubre de 2022

Historias de Dämon Schwarze & Ópal Mond Volumen 5





¡Nuestro querido Sergio Vargsson ataca de nuevo! Es un placer poder presentaros otro relato de la saga Dämon Schwarze & Ópal Mond, una saga llena de misterios, erotismo, terror y reminiscencias Lovecraftianas. Más completo, imposible...
 



¡El futuro siempre es intrigante...! Desde tiempos remotos la humanidad ha confiado sus temores acerca de lo que ha de venir a los oráculos, sibilas, adivinos y demás especialistas en el porvenir. Incluso, algunos sostienen la creencia de que, asomarse al futuro mediante medios tales como el tarot, puede dejar fijado para siempre el futuro de la persona.

    Por esto, hoy, cuanto los últimos atisbos de la luna llena mueren en el cielo tapados por nubes de mortecino color violáceo, Yo, Dämon Schwarze he regresado. Y vuelvo a estar con vosotros para mostraros la historia de una hembra poco común. De una mujer que tiene atisbos sobre el futuro...

    Con un leve giro de muñeca di la vuelta a la última de las cartas sobre la mesa. Las miré fijamente y luego respiré con profundidad. El significado parecía estar intuitivamente claro en mi mente. Algo extraño se avecinaba e iba a rodear mi vida al igual que la hiedra rodea un viejo muro derruido.

    Lentamente, recogí las cartas de encima de la mesa y procedí a barajarlas de nuevo. Era extraño y recurrente, desde hacía una larga temporada, cada vez que intentaba ver algo en mi futuro, tenía la misma sensación. Sin embargo, no siempre había sido así. Recuerdo cuando era una niña pequeña y vivía en aquella población, también pequeña y cercana a Massachusetts llamada Providence. Mis padres, habían muerto en un accidente de coche cuando yo era apenas un bebé por lo que me crié, con mi abuela materna.

    Ella, era una extraña mujer de adusto carácter, rasgos acusados y mirada intrigante. Probablemente, mi infancia no fuera especialmente diferente a la de cualquier niña de mi edad, salvo porque aquella anciana me hacía estudiar, a parte de las materias comunes que me enseñaban en el colegio, extraños textos que guardaba en una vieja arqueta de bisagras de hierro negro. Textos que hacían referencia a cuando la tierra era mucho más joven y deambulaban por ella seres primigenios que no se gobernaban por las leyes físicas que ahora rigen en el mundo material. Quizás fuera por esto o por una aguda predisposición hacia los temas ocultos, el caso es que fui desarrollando paulatinamente una especie de hipersensibilidad mística.

    Conforme iba madurando, cada vez iban siendo más frecuentes unos determinados flashes de conocimiento, en los cuales, me parecía ver el futuro más o menos lejano de la persona que tenía delante. Lo cual, causaba verdadero pavor entre mis condiscípulos y maestros, casi todos fruto de una educación aparejada con la nueva Inglaterra rural, de forma que al cabo de unos pocos meses, tuve como apodo susurrado a mis espaldas el apelativo de “la bruja, nieta de la vieja bruja”.

    Mi abuela, guardaba en un viejo cofre sobre su mesita de noche, los dos únicos objetos materiales a los cuales le vi tener apego. Tratábanse éstos, de una vieja y muy desgastada por el uso, baraja de “tarot” y de una extraña joya labrada en plata antigua. Era, una cadena rematada por dos a modo de trenzas de cabello humano en los cierres, que asimismo tenía colgando en cada extremo unas extrañas efigies en miniatura, de una figura bípeda y escamosa, con alas desplegadas de murciélago y venenosos ojos rojos violáceos producidos por la incursión en el metal de cuatro de las amatistas de más extraordinarias que jamás habían contemplado ojos humanos. Bajo esos ojos, una uniforme masa tentacular ocupaba lo que debería haber sido el rostro de las criaturas.

    Recuerdo que la primera vez que pude contemplar la joya, cuyo extraño brillo hacía pensar que había extraño metal de fuera de este mundo aleado con la plata, pensé que era hermosa y atrayente y que el diseño de los adornos me recordaba a algunas de las figuras de uno de los libros que había estudiado cuando era más joven. La imagen de un demonio Primordial llamado Cthulu. Pero, lo olvidé casi enseguida y mi abuela, con una extraña sonrisa en la boca, me dijo que esos dos objetos serían un día mi herencia, ya que, se transmitían siempre a la rama femenina desde hacía generaciones.

    A decir verdad, nunca supe muy bien de que vivía mi abuela. No poseíamos ningún tipo de cuentas bancarias, ni grandes propiedades y ni siquiera bonos del estado, pero sin embargo, dos veces al año, un extraño hombre de tez muy pálida, con ojos de color indefinido, el pelo rubio y vestido enteramente de negro, nos visitaba, dejando en manos de mi abuela, grandes cantidades de dinero en efectivo que parecían servir para permitirnos vivir de una forma desahogada durante largos meses.

    En un principio pensé que era una abogado o algún tipo de albacea testamentario, pero cuando fui algo mayor me di cuenta de la fría mirada apreciativa a la que me sometía mientras sus labios parecían flexionarse en un atisbo de una cruel sonrisa. Así mismo, también me llamó la atención el servilismo con el que lo trataba mi abuela.

    Más tarde tuve que ir a la universidad y dejé de ver definitivamente a mi abuela. Sus lacónicas cartas me hacían referencia a que todo estaba bien en la antigua casa. Entretanto mis estudios seguían discurriendo y pronto pude ostentar un título de licenciada en psicología por la universidad de Miskatonic.

    Y una noche, en la que me hallaba tranquilamente viendo la televisión en mi apartamento, tuve, de pronto, la extraña sensación de que mi abuela había muerto. Fue como un helado rayo de conocimiento que traspasó la barrera del inconsciente pero, sin embargo, tuve la seguridad de que no se trataba de una falsa impresión. Me levanté del sofá y agarré el abrigo y salí a respirar aire fresco.

    Anduve y anduve hasta que llegué a uno de los parques del centro de la ciudad. Allí mientras observaba la luna llena en el cielo, me vi envuelta por una extraña niebla que parecía sofocar los ruidos y opacar las sensaciones, y entonces, allí, del mismísimo corazón del vaho extraño, apareció él. Con un paso que parecía no mover si quiera la hierba bajo sus pies. Avanzó a mi encuentro. Parecía no haber envejecido ni un día después de la última vez que le vi. Seguía teniendo el mismo pelo rubio y corto, los mismos ojos insondables y el rictus de crueldad retorcida levemente en la punta de su sonrisa. La negra gabardina parecía ondear a su alrededor como las alas de un gigantesco murciélago infernal... se acercó a mí y con una voz cono el apagado tañido de un gong de bronce me dijo.

    —Tu abuela ha muerto. No es necesario que vayas a sus honras fúnebres ya que la mansión ardió hasta los sótanos, y no se pudo recuperar nada de su cuerpo. No obstante, ha llegado el momento de que asumas tu herencia y hagas honor a tus antepasados...

    Y diciendo esto me alargó el antiguo cofrecillo de madera que había reposado sobre la mesita de noche de mi abuela. Con un estremecimiento extraño lo abrí sabiendo en mi interior lo que iba a encontrar dentro. La tapa giró con un leve chirrido mostrando agazapada en el hueco como una serpiente venenosa la extraña cadena. Bajo ella, estaba el antiguo mazo de cartas, yo, levanté la cabeza y mirando sus fríos ojos pregunté...

    —¿Qué significa esto? ¿Qué es lo que se supone que tengo que hacer?

    Con una gélida calma me respondió...

    —Debes hacer lo que tu interior te dicte. En todo caso, debes saber que en el momento en el que aceptes esta joya arcana, tendrás que estar dispuesta a aceptar las cosas tal y como vengan sin fijarte ningún tipo de límite y vivir plena y conscientemente y sin sujetarte a más leyes morales que las que tu te marques...

    A lo cual yo nada pude reponer, bajé los ojos y volví a observar durante unos segundos el contenido de la caja y al levantar de nuevo los ojos, el hombre de negro ya se había marchado. Casi parecía que jamás hubiera estado allí, sólo la caja y su contenido daban visos de realidad con su existencia física a la realidad de lo sucedido.

    Regresé a mi piso y mientras cavilaba a cerca de lo que me acababa de ocurrir, amaneció, y con la salida del sol una extraña premura asaltó mi mente. Debía de abandonar Providence y buscar un lugar en el mundo exterior... un lugar en la soledad.

    Al cabo de un par de meses de gestiones conseguí un trabajo como psicóloga clínica en un Hospital de Los Ángeles, un apartamento y sin dudarlo más me trasladé. Viví sin más sobresaltos más o menos durante seis meses y al llegar la fecha de mi cumpleaños, todo pareció precipitarse.

    Hacía tiempo que mantenía una relación con uno de los médicos internistas. Un joven cirujano de Wisconsin. Me había invitado a cenar, habíamos tomado copas juntos y por fin la noche de mi veintidosavo cumpleaños nos acostamos juntos. Debo decir que hasta el momento, el sexo no me había importado demasiado, pero al llegar a esta fecha fue como si algo cambiara en mi interior. De hecho, en cuanto mi acompañante se hubo dormido, me levanté y fui hasta la sala donde tenía un armario con un espejo de cuerpo entero, y una vez allí, me contemplé detenidamente, como nunca antes lo había hecho.

    Por primera vez en mi vida fui consciente de la carga erótica que tenía mi ondulada y larga melena, mis ojos de un verde fulgido, pasé despacio mi mano por el lateral de mi garganta de piel suavísima y muy blanca y, continué bajando la mano razonado mis pechos grandes, turgentes, redondos y alzados con los pezones largos y que el orgasmo aún mantenía enhiestos.

    Suavemente llevé mi mano sobre mi plano vientre y mis caderas y al final la introduje entre mis muslos , justo bajo el rojizo pelo pubiano que semejaba una llamarada sensual. Y de allí, retiré mis dedos manchados de sangre. La sangre de mi virginidad.

    Con un súbito impulso abrí el armario sacando el pequeño cofre de su interior. Abriéndolo saqué la baraja y la antigua joya. Me sorprendí al ver que tanto las cartas como la cadena no resultaron manchadas de sangre y que, la que ensuciaba mis dedos, había desaparecido cono absorbida por el material de los dos objetos sin dejar rastro.

    Lentamente, dejé los naipes sobre la mesita y me puse la joya y... al hacerlo, todo pareció cambiar. Las cosas parecían vibrar con auras desconocidas y mi visión abarcaba más dimensiones de las usuales. Invadida por un extraño sopor me volví a la cama y me dormí en un sueño agitado y lleno de visiones.

    Por la mañana nada había cambiado. Anthony y yo volvimos a hacer el amor y al terminar él pasó a la ducha, mientras, yo me demoraba desperezándome sensualmente sobre la cama. De pronto, algo pareció llamar mi atención. Era la baraja del tarot, que sobre la mesita parecía llamarme. Al cabo de un rato de indecisión, me decidí a cogerla y sin otra intención, empecé a tirar las cartas tal y como mi abuela me había enseñado. Al terminar de echarlas, no pude por menos sentir que las cartas me decían que lo mío y de Anthony no duraría mucho.

    El joven cirujano salió en ese momento de la ducha y al encontrarme embelesada con cartas empezó a reír de buena gana, a la vez que, me hacía groseros comentarios sobre el nivel cerebral de la gente que cree en el ocultismo. Después de un rato se vistió y salió para ir a trabajar, no obstante quedamos para vernos después del trabajo.

    Pasaron los meses y nuestra relación fue haciéndose más tempestuosa. Pasamos a compartir apartamento y Anthony, comenzó a iniciarme paulatinamente en una serie de prácticas sexuales a las cuales era muy aficionado, aún a despecho de que a mí, algunas de ellas me parecieran dolorosas y humillantes.

    Nuestra vida en común se fue degradando paulatinamente. Él se dedicó a traer otras mujeres a nuestro apartamento para practicar sexo en grupo y juegos de dominación. Yo, cada vez, me sentía peor. Iba cayendo paulatinamente en un pozo de depresión sin fondo. Cada vez dependía más de mis cartas para encontrar el centro de mi ser. Por supuesto, efectuaba mis prácticas a escondidas ya que Anthony me había pegado varias veces al encontrarme consultándolas llamándome aldeana, retrasada mental y otras lindezas.

    Hasta que por fin un día en el que fui humillada de forma cruel, siendo sometida a diferentes tipos de degradaciones físicas, con la cara manchada de diversos fluidos de entre los que se encontraba mi propia sangre, decidí dejarlo.

    Mi amante, había salido poco después de terminar nuestra sesión amorosa para acompañar a la profesional que había estado compartiendo con nosotros nuestro lecho, cuando me decidí a echar las cartas. Pero, mientras estada abstraída empapándome de las extrañas vibraciones que parecían surgir de ellas, Anthony volvió.

    Al ver lo que estaba haciendo montó en cólera y empezó a pegarme de forma brutal mientras de su boca, brotaban las peores injurias. Lentamente retrocedí de espaldas arrastrándome por el suelo hasta llegar a un rincón. Allí, me acurruqué como un bebé y mientras recogía mis piernas, hecha un ovillo, llorando histéricamente, agarré instintivamente la joya que colgaba de mi cuello y justo en ese momento...

    Una silueta negra pareció emerger de la baraja de cartas diseminada por el suelo. La sombra tomó entidad para transformarse en la macabra imagen de la carta de la muerte. Un descarnado esqueleto avanzó hacia Anthony blandiendo una afilada guadaña. Mientras este, todavía con el rostro congestionado por la ira no se apercibía de nada. Con los ojos desmesuradamente abiertos vi como demoníacos brazos de hueso blandían la curvada hoja para descargarla en un movimiento fulgurante. Al iniciarse el cual, sólo pude gritar mientras un piadoso velo negro caía sobre mis ojos privándome de la consciencia.

    Al despertar, me encontré en la sala de urgencias del hospital general. Por lo visto, mi grito había alertado a los vecinos que a su vez habían avisado a la policía, quién forzó la puerta del apartamento y nos había encontrado, a mí, tendida en el suelo con los rastros visibles de los golpes recibidos y a él, tumbado boca abajo en el suelo, víctima aparente de un ataque al corazón.

    Al cabo de unos días me dieron por fin el alta. Mientras abandonaba el hospital y me trasladaba a mi apartamento, deduje que la visión que había contemplado, muy probablemente había sido fruto de la tensión histérica del momento. De lo único que estaba segura es de que nunca nadie, volvería a tratarme como él lo había hecho.

    Por fin abrí el bolso que la policía me había traído al hospital desde mi casa junto con algunas prendas de ropa, cuando en el interior pude apreciar la silueta de la baraja del tarot y el mortecino brillo lunar de la extraña joya. Bañada en una calma interior que nunca antes había sentido, saqué del interior del bolso la antigua cadena y con una extraña sonrisa en mis labios me la puse, mientras que con los pensamientos cada vez más claros, devanaba lentamente la baraja pude advertir que faltaba en el mazo una única carta. La muerte.

    Y mientras me alejaba taconeando avenida adelante, exclamé en voz alta...


    ¡Qué diablos... parece que tendré que conseguir una baraja nueva si quiero que nadie me vuelva a tratar como él lo hizo...!

    Y con una cristalina carcajada dejé que la ciudad me tragara en su manto movedizo.




INFORME EXPEDIENTE FORENSE KW/678933421

A las 17:00 horas de hoy, ha sido conducido al depósito el cuerpo de un varón caucasiano de pelo castaño, constitución media, ojos claros, aproximadamente 80 kg. de peso y 180 cm de alto.

    Al serle practicado el reconocimiento preliminar se diagnosticó como causa aparente de la muerte, un fallo del músculo cardíaco o una fibrilación completa de la válvula mitral. De todas formas, al ser practicada la disección del órgano para comprobarlo se constató que la causa real del deceso fue, la intrusión de un cuerpo extraño en la víscera cardiaca. Concretamente, se extrajo del interior del tejido orgánico del centro del músculo del corazón, una carta de aproximadamente 10 x 6 cm. Perteneciente a una baraja clásica del tarot (según queda reflejado en el anexo 1 se rata en particular de la carta denominada “la muerte”), que fue la causante real del fallecimiento de la víctima. A decir verdad, se carece por completo de ninguna pista de cómo pudo llegar semejante objeto a dicho lugar, ya que, no se encuentran en el cuerpo señales de cortes, lesiones, rasgaduras u orificios de entrada a través de los cuales, pudiera ser depositada ahí.

    Visto lo cual, el equipo médico forense ha decidido dar como primera causa de la muerte, simplemente, infarto de miocardio, y dejar el expediente como anomalía científica y caso sin resolver.




    ¡Bien... bien... bien...!

    Resulta evidente que a partir de ahora va a haber que tomarse mucho más en serio el Tarot. Y si te acuestas con una mujer y ésta se empeña en echarte las cartas, mejor que midas y pese lo que dices, ya que, a pesar de que todas las adivinadoras suelen decir que “las cartas influyen pero no obligan...” al pobre Anthony, una carta le obligó a pasar a mejor vida...

    ¡Buenas noches, seres de la noche...!, espero que la luna os guarde. En todo caso, me voy a despedir hasta la próxima carta pero no sin antes saludaros a todos, mis pequeños monstruos.

Lou Cypher



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domingo, 12 de junio de 2022

Historias de Dämon Schwarze & Ópal Mond Volumen 4

 







¡Nueva entrada semanal! Después de mucho tiempo, por fin, Caosfera recupera el serial terrorífico/erótico que nos llegó de la mano de mi estimado amigo Sergio Vargsson (Conversaciones con un vampiro). Las terroríficas y tórridas historias de Dämon Schwarze y Ópal Mond regresan, y esta vez han llegado para quedarse. Os prometo que las tendréis de forma regular, no habrá más retrasos. Si todavía no conocéis la saga, os dejo un enlace a pie de página para que disfrutéis de los capítulos anteriores. 




Estaba cansada del ruido, luces y olor a ciudad. Necesitaba paz interior o quizás una aventura fuera del alcance de los altos edificios y de las grandes masas.

    Decidí viajar y sin saber cómo ni porqué, acabé en un antiguo balneario. Allí, envuelta de un denso bosque sólo se respiraban días de profundo sol y noches de maravillosa oscuridad excepto cuando brillaba la Luna llena.

    No quise cargar con mucho equipaje, pero lo que sí era fundamental para mi comodidad era llevar aquella joya arcana de plata labrada con una especie de trenzas de cabello humano en sus cierres, en los que colgaban unas extrañas figuritas con la forma de una especie de deidad exótica parecida a un lagarto bípedo, con alas de murciélago y la cara llena de tentáculos. En los ojos, habían incrustadas sendas amatistas de venenoso color violeta que, destacaban sobre el frío brillo del lunar metal. De hecho, jamás dejó de adornar mi cuerpo desde que nada más heredarla, generación tras generación, la había adosado en mi piel.

    Una de aquellas oscuras noches en las que solía salir a pasear por los alrededores, noté que alguien más caminaba tras de mí. Una fría mano recorrió mi espalda.

    ―Buenas noches

  Noté cómo mientras acariciaba mi pelirrojo cabello comenzaban a endurecerse mis pezones

   ―Como te prometí, siempre estaré cerca de ti y deseándote como tu deseas poseer mi cuerpo.

    Me giré lentamente hacia él

  ―Quiero que sea aquí y ahora, no puedo esperar ni lo deseo.

    Y mirando sus ojos de indescriptible color, leí su mente

    Me estaba amando como jamás nadie lo había hecho; cargándome de pasión y desenfreno hasta tal punto que parecía ser una pura perversión.

    Con su dedo pulgar, acarició mis labios y tras humedecerlo en mi boca pasó a través de mí y se desvaneció de nuevo dejando mi cuerpo completamente húmedo.

    Regresé al balneario jadeando y sin dejar de pensar en lo sucedido. A lo lejos, en la entrada, divisé a un corpulento hombre vestido con uniforme. A medida en que me iba aproximando a la entrada del balneario percibía como el apuesto guardia vigilaba mis pasos minuciosamente.

    ―Buenas noches señorita. ¿Está usted alojada en este recinto?

    Me preguntó con voz grave. Y con la más encantadora inocencia le respondí.

    ―Sí, pero, me gustaría recibir un trato algo más cordial ya que, tras este pequeño y casual encuentro supongo y... espero que nos volvamos a ver de nuevo.

    A lo que él respondió por mi pequeño atrevimiento

   ―Gracias. Porque, jamás desearía no mirar de nuevo esos ojos verdes tan profundos, que hieren el alma.

    Tras cederme el paso caballerosamente, y consciente de mis apreciables atributos, contoneé mis caderas sensualmente y una vez dentro le regalé una última mirada mientras regresaba a mi alcoba.

    Dos días después, coincidí, casualmente, en una de las múltiples saunas nocturnas, con aquel apuesto guardia jurado. Entablamos una calurosa conversación entre la alta temperatura, el sudor de nuestros cuerpos y la densa niebla de vapor que nos envolvía.

    Tras un largo rato de acalorada conversación, decidí ir a por algo que nos refrescase un poco. Así que, salí de la sauna en busca de un poco de agua fresca. Regresaba ya, con el agua, cuando una maliciosa sonrisa se dibujó en mis labios al recordar cómo, minutos antes, en la sauna me había dejado conquistar sutilmente. De repente algo me llamó desde el cielo. Era ella... la poderosa e irresistible Luna llena, que con su brillo ilumino mis ojos despertando así mis más ocultos instintos.

    El metal de mí adorada joya, ardía en mi pecho y aquellas figuras parecían poseer vida en sus ojos. A mí alrededor vibraba pura energía y sin pensarlo más continué mi regreso hacia la sauna.

    A pesar de que no era la primera vez que recorría el mismo camino, éste, sí parecía serlo ya que, a cada uno de mis pasos se envolvía de una magia tenebrosa y excitante.

    Abrí la puerta de la sauna y tras una ola de vapor sólo se encontraba mi interesante guardia jurado totalmente bañado en sudor. Le miré a los ojos y mientras lentamente me aproximaba a él me fui despojando de la única prenda que cubría mi cuerpo. Sin más, tras dejar caer la toalla al suelo alcé la mano y le dije

    ―Tienes sed.

   Él se incorporó lentamente. Parecía haber perdido su mirada en mis ojos como si estuviese bajo los efectos de un hechizo.

    ―Sí.

    Respondió seguro de sí mismo y yo, derramé el agua por mi cuerpo mientras sus ojos contemplaban como las gotas se iban evaporando lentamente sobre mi piel. Me tomó entre sus brazos y comenzó a lamer los restos de agua que quedaban sobre mi piel. La temperatura continuaba subiendo. Sentada sobre él, cara frente a cara, comencé a poseerle y entonces fue cuando todo comenzó de veras...

    Mis uñas desgarraron su espalda mientras sus gritos se quedaban atrapados en mis besos y sus ojos continuaban hechizados mientras sus manos oprimían con fuerza mis senos. Nos revolcamos por el suelo como si de dos fieras se tratase y cuando parecíamos llegar al clímax del placer, mordí su cuello y dejé que su sangre impregnase mi cuerpo.

    Finalmente se desvaneció. Aún poseía vida cuando le arranqué las cuerdas vocales y él, horrorizado, abrió los ojos.

    ―No mereces morir. Mírame a los ojos por última vez, para no olvidarlos jamás ya que serán los únicos que hieran, con su profunda mirada, tu alma.

    Acaricié con ternura su cabello y tras besar sus ojos quedó ciego. Además de su mirada, mi beso, se llevó su alma.

    Sin poder mediar palabra, ciego y sin alma, dejé aquel apuesto guardia en la sauna. Mientras lamía mi cuerpo impregnado con la sangre de aquel ser, pensé en lo bonito que sería el hecho de que jamás, él, me olvidaría. En fin, lo que sí tenía claro es que sus ojos también se hallaban perdidos, pero en esta ocasión... perdidos eternamente en la oscuridad.


    Saludos a mis adoradas criaturas de la noche y en especial a ti Dämon Schwarze, el señor de mi cuerpo, mente y alma.

    Cuidad de no perderos y si por casualidad os ocurre, que no sea en los ojos de una inocente mujer de mirada profunda...



Ópal Mond



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