viernes, 21 de septiembre de 2018

En las ruinas de lo sagrado



Imagen sujeta a derechos de autor

Como adelanto del contenido que os estamos preparando para Gritos sucios, nuestra antología Splatterpunk os presentamos a uno de los autores seleccionados: Francisco Negrete, alias El conde de Betancourt, devorador de libros y reseñador en su canal de YouTube Señor muerte. Francisco nos presenta su relato En las ruinas de lo sagrado. No perdáis la oportunidad de saborear este terror atávico y de prosa cuidada 





Pero, ¿sabe alguien quiénes son los sabios y quiénes 

los locos en esta vida donde la razón debería 

llamarse a menudo “necedad” y la locura “genio”? 

El miedo [La Peur (1884)]: Guy de Maupassant 




Las palabras que estás a punto de leer se encuentran muy dentro de mi cabeza, ya que el lugar en el que me hallo no hay papel, no hay pluma y no hay medio alguno para plasmarlas. ¿Qué es esto que difumina mis brazos, mis piernas y mi cordura? ¿Son acaso tinieblas o es alguna otra fuerza infrahumana que no alcanzo a discernir? Para ser honesto sigo sin descubrirlo; y por ende, creo que sólo malgasto el tiempo con estas divagaciones inútiles. ¡Maldita sea la curiosidad del ser humano por querer comprenderlo todo! ¡Por eso mismo sufro de esta manera! En fin… Será mejor que me apresure a narrarles esta historia, pues sé que muy pronto me veré subyugado por la ausencia de luz y por el dolor. 


  Mi nombre era —o mejor dicho, es, puesto que el asunto es confuso—, Doroteo Migoni, y me ganaba la vida como historiador, columnista y periodista independiente. Redactaba, en su mayoría, artículos que solían centrarse en el apartado pluricultural de México. Toda mi vida fui aficionado al modus vivendi de las distintas poblaciones indígenas —o con origen indígena— de la república; me generaba un especial interés el apartado de sus creencias religiosas y demás elementos de su folclore. 

  Aquel día fatídico de verano me encontraba realizando mi segunda expedición hacia el decrépito estado de Las Profundidades; una región enigmática y de ensueño con un pasado siniestro, oscuro y tremebundo. ¿Y por qué digo mi segunda expedición? Pues porque hace ya algunos años, mientras escribía mi libro, Mitologías locales de Mesoamérica, había intentado empaparme con los antecedentes históricos de dicho territorio para incluirlos dentro de mi obra, ya que hasta ese entonces, no hubo publicación que osara hacerles referencia. No obstante, durante ese primer viaje, fracasé de una manera harto miserable; y eso propició, dentro de mi desdichado espíritu, la convicción inquebrantable de la redención. 

  Así pues, ¿qué provoca que un hombre sienta tanta deshonra hasta el punto de querer componer su pasado? Bueno, existe un sinnúmero de factores en común: las burlas, las difamaciones, el desprestigio, el desprecio... Y sin embargo, ninguno de ellos puede compararse con la vergüenza y el odio que nacen dentro de la víctima que los experimenta. Y es que cuando una persona malogra su propia Magnum opus, las emociones negativas que lo invaden pueden llevarla a tomar decisiones muy poco congruentes. 

  Lo que trato de decir con estas crípticas palabras es que yo mismo había cavado la tumba de mi propio texto antes de que éste naciera. ¿Y por qué? ¿Por haberme involucrado con la gente equivocada o por estar en el tiempo y en los lugares erróneos? Tal vez así haya sido, ya que los anticuarios y los profesores que visité, además de los sitios que pisé, no fueron los “indicados”, por así decirlo. 

  ¿Acaso fue mi obra una indeseable blasfemia? Bueno, si no hubiese sido por ese capítulo que le dediqué a los antiguos miembros de la civilización de Ichnelixliztlitlhaxn —los aborígenes precolombinos que radicaron en Las Profundidades—, posiblemente no. Y es que el factor que corrompió su contenido se encuentra ligado al conflictivo pasado de la entidad federativa, además de la dudosa información en la que me basé y de la que dependía mi investigación. Según los mutilados códices que consulté, aquella cultura no fundamentó el concepto místico de sus creencias en fuerzas cosmogónicas opuestas que al mismo tiempo se complementan, sino que lo hicieron a partir de fuerzas cosmogónicas que se oponen y luchan. Este hecho, sumado al cambio de nombre que sufrieron los Dioses de La Sangre —la manifestación de todo lo bueno—, a partir del Siglo XIX, al adoptar la identidad de otras deidades como lo son Quetzalcóatl, Tláloc y Tezcatlipoca; además de latinizar los nombres de Los Dioses Negros (la representación del mal) dada su ambigüedad, dio hincapié a un confuso génesis que parecía tomar elementos tanto del judeocristianismo así como de las tradiciones nahuas. Ninguno de mis lectores simpatizó con los resultados de ese estudio, a pesar de que intenté explicar todas mis limitaciones al principio. Tal vez haya sido porque soy un mal escritor y por eso merezco convulsionarme bajo el ala oscura del escarnio. 

  Excitado por este anhelo poco inteligente, decidí encaminar mis pasos una vez más hacia las temibles y laberínticas Profundidades. A pesar de que deseaba reescribir el libro, sabía que de nada serviría, pues una mancha indeleble lo había mancillado para siempre; empero, de alguna forma, muy dentro de mí ardía un deseo ultraterreno de corroborar que yo estaba en lo cierto; y de ser tal caso, podría sanar al menos un poco mi alma herida. 

  Por aquellos días transcurría la década de 1990. Se vivía una época de lo más abrumadora dado el frenesí que ocasionaba el fin del milenio. Había adelantos científicos y tecnológicos en casi todos los rincones del globo y un aumento demográfico como no se había visto antes en la historia. Las Profundidades no estaban exentas de este drástico ajetreo modernista; y sin duda alguna, no negaré que de alguna manera me embargaba un cierto sentimentalismo que fusionaba la incertidumbre y el miedo. 

  ¿Miedo? ¿Y por qué miedo? Porque, según algunos reportes de ese entonces, en Las Profundidades acechaba un extraño asesino que dejaba sin cerebro a sus víctimas, además de raptar y/o violar a las jóvenes de la región. Las noticias sobre el asunto eran casi nulas en el resto de la república; sin embargo, quienes tenían la pena de referirlas lo hacían aterrados, alterados y excesivamente nerviosos. Muchas de las personas que sentían una sincera estimación por mí, pese a mis errores, se opusieron cuando les comuniqué mis intenciones de volver a esa tierra olvidada por Dios. Dijeron que era un mal momento debido a las calamidades que estaban teniendo lugar; por desgracia, decidí hacer caso omiso a lo que me decían. 

  Horts Schüller, un amigo de origen alemán, quien además era mi editor, fue uno de los que más insistió para que desistiera de mis intenciones. Se sentía demasiado culpable por lo que me había sucedido y no quería que me siguiera hundiendo más. Pero… ¿Qué tenía que ver él en todo esto? Pues que al ser su fundación y su museo las que financiaron mi proyecto, una mega enciclopedia de esas proporciones dentro de sus bienes haría que sus acciones aumentaran considerablemente, y esto daría lugar a que se entablasen relaciones empresariales con ciertos socios clave de Alemania. De cualquier forma, al hallarme en la ruina, hambriento y casi exánime, no me importó en lo más mínimo desobedecer las advertencias de mi amigo puesto que, hasta cierto punto, también quería redimirme ante él por haberle fallado. ¿Tenía acaso algo que perder? Ya de por sí no tenía opciones para sobrevivir ante el frío, la podredumbre y el hambre. 

  Un hombre de mediana edad con una manía enfermiza nunca termina bien; un hombre obstinado que nunca escucha los avisos de sus semejantes acaba en desgracia. Mi travesía comenzó justamente cuando abordé el autobús que me encarrilaría nuevamente hacia Las Profundidades. Puede resultar siniestro y hasta lamentable, pero nadie se percató de mi partida, excepto mis familiares más cercanos y Horts. A manera de despedida, eché una última mirada hacia atrás y la quietud de mi hogar solamente aumentó mi melancolía. 

  Después de sentir el incremento de la presión atmosférica, y de contemplar los grandes cerros que estaban a mí alrededor, supuse que por fin había llegado a mi destino. Los brujos y los chamanes de la antigüedad afirmaban fervientemente que cuando un hombre se adentraba hasta lo más recóndito de los montes siempre terminaba por aprender algo nuevo, como puede ser el don para sanar a los demás, o bien, cualquier otra habilidad mística; y bajo esa premisa, yo me encontraba más que motivado a seguir mi plan, puesto que también deseaba adquirir un nuevo nivel de lucidez que estuviese enfocado hacia mis intereses. 

  El aroma virgen del pasto, el perfume de las jacarandas y los frutos de los árboles de mezquite levantaron mis expectativas de sobremanera. El solsticio estival estaba en pleno apogeo (creo que era día de San Juan); y aunque elevada, la temperatura no era insoportable. Una moderada humedad se sentía en el ambiente junto a una sensación de frescura y éxtasis. El paisaje era paradisiaco y propio del mismo Edén; era inmaculado y daba la sensación de estar pisando otro mundo. 

  Un par de kilómetros más allá de mi punto de llegada, encontré una comunidad rural ubicada entre los municipios de Tznicpallitlan y San Sebastián, perteneciente a ésta última. El lugar era conocido como Pradera Esmeralda, debido al color vivo de sus lomas y sus planicies. Durante mi anterior investigación de campo, descarté esta enigmática zona gracias a que me había enfocado totalmente en analizar los datos que se resguardaban en las bibliotecas de San Sebastián y El Calvario. Me negué a explorar lo que yacía más allá de los bulevares y los callejones góticos y barrocos de ambas ciudades. No se molesten en averiguar cómo fue que conocí la existencia de tan inigualable sitio; sería detallar algo que es sumamente trivial. Ya fuese por uno u otro motivo, ahí me encontraba yo; de pie sobre una callejuela que parecía transportarme a los tiempos remotos de La Colonia, al Imperio de Maximiliano o incluso más allá. Sus refinadas viviendas parecían ser del Siglo XIV o más recientes; algunas aún poseían puertas de madera, y sus amplias ventanas estaban adornadas con marcos de bellos arabescos y protegidas con gruesos enrejados de hierro fundido. 

  No conocía a nadie ni se atrevían a invitarme; era un alma perdida en un mar de incógnitas. Y de repente, a las afueras de una humilde casita de añeja fachada, una amigable y cortés señora, que descansaba apacible en su pórtico, me llamó haciéndome una seña poco después de regalarme una sonrisa. Era una persona de avanzada edad con una postura rígida y curtida; algunas arrugas en sus manos y en su frente le otorgaban un cierto aire de finura. 


  —Parece un poco desorientado señor —dijo la mujer—. ¿Por qué no viene, toma asiento y se relaja con un buen tazón de To-Nacayo? 

  —¿To-Nacayo? —Pregunté confundido—. ¿Es una especie de platillo local? 

  —Algo así señor. Vamos, venga y averígüelo usted mismo. 

  Entonces, luego de arrimar un pequeño banco de madera y de acurrucarme entre ella y el brasero donde se cocinaba el singular guiso, rápidamente me vi cautivado por la hospitalidad y amabilidad que ahí se proliferaba. 

  —A propósito, mi nombre es Clotilde Belmonte—, dijo mientras me pasaba un humeante cuenco de barro—, pero puedes llamarme Doña J. 

  —Es un gusto conocerla Doña J, aunque he de declarar que me es muy extraño que le digan de esa forma. 

  —Sí… a mí también me causa cierta incertidumbre. Jamás comprenderé los apodos que las personas suelen darle a sus semejantes. Pero dígame, ¿qué le trae por estos lares? Por su asombro poco disimulado concluyo que no es de por aquí. 

  Y en efecto, pues después de contarle con todo lujo de detalle mi tragedia, Doña J pudo confirmar sus sospechas y dejarme bastante claro que no era para nada tonta. Había escuchado hablar de mí, eso era evidente; y en lugar de reprenderme por darle mala fama a Las Profundidades, me alentó en mi labor diciendo que el tratar de redimirme significaba bastante para ella, puesto que mostraba un interés por su pueblo como nunca antes nadie lo había hecho. 

  —Si quiere adentrarse seriamente en nuestra sociedad, primero debe comprender algunos elementos de suma importancia para nosotros, como por ejemplo, el To-Nacayo que se está comiendo. 

  —A primera instancia parece maíz común y corriente —comenté con naturalidad. 

  —Y lo es. Su contexto mitológico y la importancia que encierra para nosotros son bastantes similares a las de otros mitos del país. El To-Nacayo es nuestra principal fuente de alimento y la planta que surgió luego de que el cuerpo de Tetragramatron, el creador, muriese en la Tierra para que nosotros pudiésemos existir. Lo preparamos de diversas maneras y su presencia en las festividades locales siempre se hace notar. 

  —Conozco ciertos datos de la planta —dije maravillado—, aunque he de declarar que ignoraba su nombre, su similitud con el maíz y lo icónico que es para ustedes actualmente. 

  Después de conversar varias horas sobre ciertos temas tan parecidos, me percaté que lo que yo sabía acerca de Las Profundidades era apenas comparable con un grano de arena en el desierto. Todo el estado compartía, de cierta forma, las mismas creencias milenarias; y a pesar de encontrarse algo arraigadas gracias al catolicismo —sobre todo en las grandes ciudades—, ninguno de sus pobladores podían negar quiénes eran en verdad. 

  Doña J era un claro ejemplo. Pese a tener un nombre y un apellido oriundos de la Europa Occidental, las actividades que desempeñaba en su comunidad demostraban que el interés por su cultura era sincero. Ella era esposa del brujo del clan de los Spekhuladoorez, que junto a los Ptneuhmáticos, los Nciklopedhistaz, los Planntheos y los Skemhátycos, tenían el deber de resguardar el conocimiento antiguo y demás datos de su pueblo, además de mantener una comunicación cercana con el Sumo Sacerdote, cuyo nombre, graciosamente, me fue negado. Como ya he mencionado, las creencias religiosas de las grandes urbes se basaban más en el catolicismo romano que en otro dogma; pero ese indescriptible choque cultural, que combinaba elementos europeos e indígenas a una misma vez, y que caracterizaba a toda la nación, parecía tener arraigado su nexo en Pradera Esmeralda. 

  Luego de pasar una semana en ese lugar, y de aprovecharme, en cierta forma, de la hospitalidad de los Belmonte, seguía sin saber algunos temas sobre el folclore de Las Profundidades gracias a los códigos de confidencialidad que tenían; sin embargo, me sentía sumamente satisfecho con mis progresos ya que eran, indudablemente, superiores en comparación a todo lo que había recopilado la vez anterior. De este modo, decidí reanudar mi viaje que todavía no llegaba a su fin para proseguir con mi investigación. Nadie me preguntó cuál sería mi próximo destino, lo que me hizo recordar, hasta cierto punto, mi desdicha. Los últimos sonidos que alcancé a percibir mientras me retiraba fueron el simpático sonido de la flauta del afilador de cuchillos —una tradición que se ha ido perdiendo con el tiempo—, y las campanadas de la catedral principal cuyas torres arqueadas sobresalían majestuosas sobre las demás construcciones. 

  Tras haber hecho caso a mi instinto, continué todo recto hasta llegar a la parte occidental de Pradera Esmeralda para tomar la única salida que estaba allí. Al principio, me extrañé al ver las montañas desnudas sin un rastro de civilización. No había viviendas, iglesias o pilar alguno que evidenciara la presencia humana; solamente estaban los árboles, el manto celeste y una frescura silvestre inacabable. Aunque no tuviera nada antropológico que estudiar, decidí quedarme en medio de la nada para recabar algunas fotografías de los alrededores, ya que dicha información también era importante. 

  Intenté recorrer todo el sistema montañoso lo mejor que pude sin dejar de documentarme ni un instante; y poco tiempo después de que el camino plano se terminase para mostrame montes empinados de colosales proporciones, supe que mi empresa había concluido. No tenía forma de continuar; la espesa naturaleza que estaba frente a mis ojos me lo impedía y no sabía si detrás de ello estaba otro pueblo, otra ciudad o mínimo algún cementerio. Todo era tan siniestro y misterioso que la desesperación no tardó en invadirme. 

  Pero de pronto, para mi sorpresa, distinguí un conjunto de cerros que estaban distribuidos sobre la corteza terrestre de una forma un tanto peculiar. Parecía que intentaban decirme algo en un lenguaje mudo y muerto; sin embargo, mi intelecto no lo comprendía. Después de intentar discernir lo que Doña J y su esposo me relataron, los latidos de emoción que batían mi corazón no tardaron en aparecer y en moldear una sonrisa de alegría como no la había tenido en mucho, mucho tiempo, pues deduje que, por pura casualidad, me hallaba dentro del secreto mejor guardado de Las Profundidades: Las Siete Luces. 

  Las Siete Luces es un sistema montañoso conformado por una cadena de siete volcanes dormidos cuya distribución, curiosamente, se asemeja a la que poseen las estrellas de la constelación Osa Mayor. Anteriormente, el lugar servía como recinto de oración en el que se llevaban a cabo ceremonias religiosas de diversa índole; pero por algún siniestro motivo, toda la región fue abandonada y se perdió en los anales del tiempo. 

  Poco después de exhalar un bien merecido aire de triunfo y satisfacción, decidí dar por terminada mis labores de ese día y volver a Pradera Esmeralda para resguardarme de la noche; oscurecía y continuar bajo esas condiciones sólo entorpecería mis acciones. Sin embargo, cuando intenté encarrilarme sobre el camino de regreso, contemplé horrorizado que éste había desaparecido de la tierra como si alguien lo hubiese borrado o arrancado de raíz. 

  Aquello no podía ser posible; todo parecía ser un mal sueño dentro de una gloriosa fantasía. La lógica no actuaba, para nada, sobre las cosas que tenía frente a mí, puesto que no hacía mucho tiempo que mis pies habían tocado ese suelo. La vegetación tenía un tamaño verdaderamente descomunal y me imposibilitaba, de alguna forma, orientarme adecuadamente; y para agravar aún más mis desgracias, mi brújula parecía haberse averiado ya que la aguja se movía violentamente sin control alguno. La rapidez de su giro fue tan potente, que del interior del artefacto se escuchó un zumbido alucinante y ensordecedor; fueron tantas las emociones negativas que me provocó ese sonido, que terminé por arrojar el aparato bastante lejos para luego verlo con una aterradora expresión de asombro. ¿Qué es lo que estaba sucediendo? ¿Algún campo magnético de gigantescas proporciones estaba a mí alrededor o es que existía algo más? Sinceramente no lo sabía, o mejor dicho, no lo comprendía. Todo lo que mi mente procesaba en ese momento se basaba en una cosa: el miedo. No obstante, aquel no era un miedo normal, no era un espasmo convencional; se trataba de una sensación de intranquilidad excitada por la sorpresa e imbuida por el desconocimiento. Nunca antes me había sentido así; y para ser totalmente honesto, era algo muy abrumador. Si tan sólo hubiesen visto esa brújula poseída por el diablo, sabrían que lo que les digo no es una exageración ni mucho menos. 

  De pronto, en medio del pandemónium, una leve sombra se posó sobre el valle y lo oscureció de una manera tenue y fútil. Al principio, creí que se trataba de un pequeño grupo de nubes que surcaba los cielos de manera habitual; mas cuando alcé la cabeza para confirmar mi suposición, observé una densa masa de humo en forma de espiral —si es que se le puede definir así—, que oscurecía por completo la bóveda celeste. No se trataba de nubosidades, de lluvia o de algo equiparable; su consistencia era muy diferente, así como los chocantes movimientos que realizaba. Daba la impresión de que aquellos cuerpos etéreos poseían voluntad propia. Los tallos de las plantas, las ramas de los árboles y las raíces en el subsuelo se alzaron hacia el vacuo firmamento como tristes almas en pena. Su viperino contoneo se asemejaba a una alabanza de un culto anticristiano de carácter ludibrio. 

  A nadie le gusta sentirse acorralado; esa maldita y desesperante sensación de no saber a dónde huir o en dónde ocultarse es algo que no quisiera volver a recordar. Estaba aprisionado en un sitio ignoto del que ni siquiera las autoridades forestales tenáían conocimiento; pero ante todo, me hallaba perdido en medio de la lobreguez del monte bajo el influjo de unas circunstancias muy singulares que me hicieron enloquecer. Estaba más que claro que debía escapar, ya que si no lo hacía, moriría. La turbación me hizo olvidar mis investigaciones; en ese preciso momento, todo lo que ansiaba era poder decir: estoy a salvo. 

  Muchos autores de ficción suelen hacer alusión al terminó "locura" durante el desarrollo de sus historias sin siquiera saber qué es lo que significa realmente. Poseer un déficit mental de esa magnitud no se reduce simplemente a estar encerrado en un manicomio y babear detrás de cuatro paredes luego de haber pasado por una experiencia sobrenatural. La locura representa más el hecho de no tener control sobre tus pensamientos; implica dejar a un lado la identidad propia y obrar sin sentido. En mi caso, el desajuste de mis facultades mentales se originaba por las cosas tan fuera de lo común que había visto: ese cielo fantasmagórico, esa brújula maldita y esas plantas aberrantes no podían salir de mis pensamientos. Puede que ustedes no comprendan bien todo esto; no obstante, para mí, que era un escéptico, no saben lo terrible que fue este golpe sensitivo. Mi filosofía nunca antes había sufrido una ruptura de esas proporciones; ni siquiera cuando decidí enfocarme en los aspectos folclóricos y míticos que resguardaba el país. Ahora luchaba por mantenerme cuerdo, calmo, frío y calculador. 

  En primer lugar, sabía que no podía quedarme ahí por más tiempo. Debía salir de la maleza, encontrar una planicie despejada, una guarida y la manera de hacer fuego. La noche estaba cada vez más cerca y no contaba con ninguna manera de saber las horas. Me molestaba tener que reprimir mi turbación al no encontrar la salida, puesto que únicamente caminaba en círculos en medio de la oscuridad. Comenzaba a experimentar un pavor desgarrador que me paralizaba. Era una tortura no saber hacia dónde ir, ni en qué lapso temporal estaba; si era de día, de noche o si todo era producto de un sueño. Resultaba imposible no flaquear bajo tanta presión. 

  La tensión no paraba de jugarme malas pasadas. Me sentía como un esclavo de las tinieblas. Recordé la frase de un admirable escritor francés: Sólo se tiene miedo realmente de lo que no se comprende; y en base a esas palabras tenía todo el derecho a sentirme atemorizado. 

  Pero de pronto, muy al fondo de ese limbo enmarañado, vi brillar una luz cuyo fulgor parecía efectuar una danza luctuosa. Por instantes, sus destellos me hacían recordar las tiernas luciérnagas de la selva que, según una antigua leyenda maya, habían creado su luz en base a su nobleza e inteligencia. 

  Por tal motivo, corrí frenéticamente hacia ese punto centelleante con la esperanza de encontrar un refugio que me resguardara hasta la salida del sol. Poco a poco fui adquiriendo más valentía y seguridad y , al mismo tiempo, fui desechando toda mi zozobra y el resto de mis oscuros pensamientos. Sin embargo, en ese momento de euforia y para mí terrible sorpresa, surgió una abominable imagen entre la negrura. Se trataba de una distorsión sin igual; era un rostro deformado de carácter acuoso que aparentaba derretirse con violencia. Debido al entorno de azabache en el que me hallaba, los falsos rasgos humanos de ese espantajo eran enteramente horripilantes. No sabía quién era ni por qué estaba delante de mí; tan sólo pensaba, agazapado cobardemente sobre el suelo, que aquello no era una persona y, mucho menos, un ser viviente. Y en efecto tenía razón, ya que luego de percatarme de que mi cuerpo se mantenía sano y salvo sin ningún tipo de rasguño, me reincorporé nuevamente y observé embobado al espectro. Se trataba, nada más ni nada menos, que de mi propio reflejo maltrecho por un vidrio. ¡Me había espantado de mí mismo! ¡Qué tontería! 

  Sin motivo aparente, comencé a reír por culpa de un arranque de nerviosismo y de burla hacia mí mismo. Me sentía como un estúpido. Y entonces, al examinar los hechos con más detalle, me di cuenta de que ese vidrio pertenecía a una ventana, y esa ventana a una choza. ¡Alegría! ¡Por fin había encontrado un resguardo! Mi nuevo refugio parecía más bien un tejabán que un palacio onírico: sus paredes, todas de ladrillo, no tenían ningún tipo de recubrimiento; el moho salía por doquier; y el techo de lámina despedía un aroma intolerable de óxido malsano. En medio de la podredumbre y el desaliento, sobre una mesa de madera rodeada de sillas metálicas, radicaba el origen de mi brillo salvador; la iluminación que habría de devolverme mi humanidad. Era una simple velita, pequeña e insignificante, cuya radiación no podía calentar ni un ápice de carne. 


  Tomé una de las sillas y me dispuse a descansar de una vez. La fatiga y el sueño no tardaron en cobrarse factura. El silencio que se vivía ahí era tan inaguantable, que el sonido del aire entrando y saliendo de mis pulmones adquiría propiedades huracanadas. Estaba completamente solo, en la oscuridad, más de lo que un hombre podría, o mejor dicho, debería estar. Ese aislamiento comenzaba a sacarme de mis cabales, tanto que una nueva sensación de terror germinó en mi pecho. Pero… ¿Pánico a qué? ¿A la quietud, a las tinieblas o a mí mismo? Bien se dice que un hombre, por lo regular, teme tener contacto consigo mismo porque se da cuenta de sus pecados, de su verdadera cara y de todas las mentiras que ha creído y cosechado. La ansiedad de despertar de esa alucinación, de esa… dantesca comedia… es imposible de expresar. 

  Para tranquilizarme un poco, intenté realizar un sin número de actividades al azar, desde repasar todos y cada uno de mis apuntes hasta tararear el segundo movimiento de la obra Nocturnes, de Chopin. Inclusive, intenté recordar una poesía escrita por un joven poeta, que en su rudimentaria métrica, decía más o menos así: 


  El demonio sin rostro viene bajando por la montaña roja, 

  Descubriendo sus cuernos de manera grosera y alto tortuosa. 

  Los sacerdotes y sus diáconos lo esperan en el añejo bosque 

  Adornando el follaje con pieles y calaveras de animales sin nombre. 

  Los pueblerinos y los campesinos huyen aterrados, 

  Atravesando una bruma bajo un cielo cuasi estrellado. 

  “¡Alabado sea nuestro salvador!” Gritan sus viles y tontos fieles, 

  Mientras un ente blasfemo se alzaba tras una legión de nubes inertes. 


  Curiosamente, el poema no me reconfortaba en absoluto; al contrario, me hacía sentir más incómodo dado que me recordaba el dilema en el que estaba metido. En medio de toda esa confusión, era todo en cuanto podía pensar y razonar. 

  De pronto, tras mirar nuevamente la llama que yacía frente a mí, comencé a recobrar un poco más el sentido común y dejé de enfrascarme en pensamientos irracionales. La vela apenas era ya un trozo minúsculo de cera, y si no hacía uso de mi razonamiento, me quedaría en esa espesa negrura hasta el alba. Sin demorarme ni un sólo segundo, me dispuse a revisar todos los rincones del lugar. Los examiné de izquierda a derecha y de arriba abajo sin que quedara ni una esquina que no pasase por delante de mis ojos. Y fue justo ahí, para mi total sorpresa, que me topé con una cajonera de metal, completamente abollada, oxidada y con varios bordes filosos en su parte superior. Era un miserable cacharro, a mi parecer; y aunque en ese momento no lo supiera, muy pronto me enteraría que en una de sus secciones estaban ocultos los objetos que serían mi salvaión. 

  Apiladas unas tras otras como pequeños troncos de madera, un gran puñado de velas y cirios —posiblemente benditos—, emergieron de la penumbra luego de que posicionara mi candela en el lugar adecuado. Era una cantidad exorbitante y ridícula la de aquellos cilindros de color perlado, tanto así, que la lógica no estaba presente. De hecho, nada de ese lugar poseía una justificación congruente: la choza, las velas, la oscuridad… Todo parecía salido de un caleidoscópico sueño en el que la física y el orden no tenían relevancia. Sin otra alternativa a mi alcance, tomé dos cirios, los coloqué sobre la mesa y los encendí con el fuego de la primera velita que hallé al principio; su claridad y su calor eran sanadores. 

  El tiempo transcurrió y el Sol jamás salió por el horizonte. Pasaron una, dos, tres horas… y en cambio, el triste tinte de ébano seguía ahí, sin desvanecerse. No obstante, y como recordarán, al yo no tener reloj u otro certero instrumento que me permitiese medir aquella vital magnitud, esas dichosas horas que mencioné únicamente fueron meros cálculos salidos de mis siniestras especulaciones. En realidad, yo no sabía si habían pasado minutos, segundos o lo que fuese; únicamente tenía la noción de que había tinieblas infinitas a mi alrededor. Estaba comenzando a perder la paciencia y la locura no cesaba de seducirme con sus fantasmagóricas manos. Sin previo aviso fui presa de la fatiga y el cansancio; y en menos de lo que imaginé, me tumbé nuevamente sobre una de las sillas y me quedé dormido. 

  Cuando se disipó mi cansancio desperté y maldije el encontrarme en la misma situación desalentadora. La oscuridad todavía estaba ahí; ¿Qué era ese lugar? ¿Dónde estaba? ¿Cómo y por qué había llegado hasta ahí? Todas y cada una, preguntas que hubiese querido responder. Me dejé llevar por un abatimiento insoportable; quería romper en llanto, anhelaba gritar desesperado, e inclusive, deseaba morir de una vez. Esas tinieblas eran un veneno, jamás había codiciado tanto la muerte. Sin previo aviso, en una sección del tejabán que pasó desapercibida ante mis ojos, apareció una delgada línea de luz que me sacó de mis negativas reflexiones. Era recta, vertical y tenía la apariencia de una grieta que se extendía a lo largo de aquella pared sin forma. ¿Había estado ahí todo el tiempo o acaso la agitación provocada por los hechos me mantuvo ignorante? Sea como fuere, decidí acercarme a ella un tanto indeciso para poder inspeccionarla meticulosamente; y cuán grande fue mi sorpresa al ver que una pared de madera se interponía entre yo y una especie de túnel que apenas podía atisbar. Quería saber qué diablos había ahí dentro; una vez más, la indeseable curiosidad me había vuelto a tender su mano. 

  Después de embestir con violencia esa barrera astillada, logré acceder al pasadizo secreto, aunque algo aturdido a causa de los impactos. Una vez recuperado, me asombré enormemente cuando fui capaz de admirar los bellos detalles del lugar: su superficie estaba revestida por una capa de piedras multicolor, cuya consistencia se asemejaba mucho a la del mármol pulido; formaba un patrón muy bien definido de figuras en espiral hechas a partir de trazos rectos. Lo que más captaba mi atención es que esos dibujos eran muy parecidos a los de otros pueblos indígenas ya conocidos; mas tengo que decir, que había algo en ellos que los hacía ligeramente diferentes. Parecían más primitivos y daba la sensación, al mismo tiempo, de que se trataba de ornamentos de otras civilizaciones anteriores. ¿Eran en realidad vestigios de la vieja Ichnelixliztlitlhaxn o eran acaso de la misma Atlántida? La cuestión no era tan descabellada, ya que la leyenda de una ciudad utópica es tan universal como la agricultura misma. Bajo mis pies estaba un cuerpo de cristalina agua que permanecía estancada gracias a un leve hundimiento del suelo; era tan transparente, que podían verse mis calzas y otros detalles a su alrededor. La tensión superficial del fluido se reflejaba en la parte superior del conducto que ocasionaba un espectáculo maravilloso; su destello se extendía hasta el lóbrego confinamiento en el que me encontraba. ¿Qué luz provocaba dicho fenómeno? Sin Sol, sin luna y sin estrellas la lógica estaba en mi contra nuevamente. Intenté no preocuparme más tras deducir que era inútil desvelar el misterio, me limité a tomar fotos y a caminar. Esperaba encontrar una salida, y con ella, El Cielo. 

  Luego de emerger de ahí tras recorrer aproximadamente medio kilómetro, un puente carcomido de cantera gris se abría frente a mí; parecía tan frágil, que la sola idea de su inminente derrumbe no era tan absurda. Al otro lado, se erguía una aglomeración de ciclópeas montañas, cuyas cumbres en forma de pico les brindaba una apariencia vil y demoniaca. Y justo en el momento en el que di un giro completo para observar mejor el siniestro paisaje, me percaté de que a mis espaldas había un montículo de polvo y rocas muy idéntico a aquel que me helaba la sangre. Fácilmente, pude conjeturar que me encontraba en la parte interna de un cañón o algo parecido. Un par de antorchas gigantes que estaban en los extremos del enlace ardían sin consumirse; su escasa luminiscencia apenas era suficiente para cubrir los objetos con una leve tonalidad sepia. 

  El viento soplaba con fuerza durante mis torpes intentos para llegar hasta el extremo opuesto, al mismo tiempo que el colérico silbido de las ráfagas pernetraba en mis oídos. Un umbral rocoso me abría el camino hacia el interior de ese rústico palacio. Osé exorcizar todo rastro de cobardía que moraba en mi seno, y decidí registrar cualquier cosa que estuviera a mi alcance. Un presentimiento me decía que no tardaría en encontrar algo sin igual; y cuando lo hice, no pude contenerme por el asombro. Tuve el privilegio de presenciar albinos pilares de marfil e infinitos escombros de procedencia desconocida; todos los muros estaban embellecidos por ese tapiz de mármol irisado. Aquellas eran, sin duda, unas ruinas de calidad surrealista. Eran… ¡Unas ruinas de lo sagrado! 

  Caminé lenta y animosamente alrededor de todo el recinto, tomé más fotografías y mis pies chapotearon en el agua. Algunas paredes poseían en su parte central una cenefa con jeroglíficos de tipo esotérico, haciéndome suponer que muy probablemente contaban alguna especie de historia. Por desgracia, por ningún motivo podía quedarme a desvelar el misterio de esos pictogramas; si en algún momento se me presentaba la menor oportunidad para poder regresar a mi hogar, debía aprovecharla cuanto antes. 

  De manera imprevista, un olor metálico penetró en lo más profundo de mis fosas nasales y una sensación de nausea me ocasionó un vértigo que me nubló la vista por completo. Estuve a punto de perder el equilibrio y sufrir una dura caída; no obstante, al apoyarme en una gran roca que estaba detrás de mí, pude recobrar el aliento. Mientras intentaba recuperarme, mis oídos se pusieron en modo de alerta por unos extraños sonidos de procedencia anónima. Parecían lamentos cavernosos, y no sé si la estancia les confería algún tipo de efecto mórbido, pero su sonido era inhumano y monstruoso. 

  Con los ojos lacrimeantes y una leve jaqueca, comencé a caminar a tientas para poder ubicarme. Mientras andaba, sentí que el agua bajo mis pies había cambiado significativamente; ahora era más viscosa, más densa y más fría. Cuando al fin me hube recuperado del todo, el sonido de los lamentos volvió a pertrbarme, aunque ahora era mucho más estridente e insoportable. Y justo cuando creí que unas plantas vivientes, una oscuridad perpetua y unas llamas eternas no podían desafiar más a la razón, vi aparecer sobre mi cabeza una verdadera monstruosidad; un ser ajeno a cualquier hábitat terrestre conocido, inclusive para la misma zona afótica. Sin extremidades aparentes, su cuerpo se asemejaba al de una concha marítima con una capa de piel similar a la de un mamífero sin pelo, y su color era de pigmentación rojiza con manchas negras. De su centro, sobresalían seis huesos puntiagudos a manera de costillas o crestas —tres por cada extremo—, unidos por otro perfectamente circular que desempeñaba el papel de nexo. En su parte inferior, la cual era la más cartilaginosa, había un hueco profundo en cuyo interior luminoso burbujeaban miles de ampollas que segregaban sangre y carne, motivo por el que el líquido a mis pies ya no era el mismo. Concluí que de ahí se escapaba ese sollozo infernal, que para agravar aún más el asunto, se adicionaba a otros que provenían de fuentes semejantes. 

  Repentinamente, algo tomó mi pierna con fuerza y la estrujó tanto que por poco me cortó la circulación. Me precipité y pronto mi cuerpo fue uno con el estanque carmesí. No sabía a precisión qué demonios era lo que me atacaba tan agresivamente. ¿Era acaso una mano cadavérica o una grotesca criatura? Sólo Dios lo sabía. Quedé completamente inmóvil e incapaz de gritar, respirar y pestañear. Sentí una sensación que me hacía recordar lo que muchos aquejados por la parálisis del sueño suelen denominar como subida del muerto. Era una sensación terrible; y fue ahí cuando me di cuenta que ya no existía escape posible. Al cabo de unos segundos, sentí otra de esas manos sujetar mi brazo izquierdo, luego otra que se aferraba al derecho y así hasta que emulé ser un esclavo al que sujetan con grilletes. Por último, me sumergí poco a poco en la repugnancia hasta que mi cuerpo se hubo desvanecido por completo; y después la oscuridad se quedó junto a mí para siempre. 

  ¿Qué es esto que difumina mis brazos, mis piernas y mi cordura? ¿Serán acaso Las ruinas de lo sagrado? 




Epílogo 


  —No hay duda Isabel. Esta es la cámara fotográfica y a su lado está la cabeza del pobre Doroteo Migoni. ¿Dónde los encontraste? 


  —A pocos metros del primer volcán de Las Siete Luces. Lamento mucho lo que sucedió Doña J. Sé que le habías tomado apreció a este individuo. 


  —No lo sientas por mí; habrá personas que sufrirán horriblemente por la muerte de este honorable historiador. No quiero ni imaginar lo que sucederá cuando le comunique al señor Horts Schüller sobre el paradero de su amigo. Tiene dos semanas preguntándome por él. 

  —Vaya, ¿en serio? Yo creía que este tal Migoni era un desdichado al que todos detestaban. 

   —Pues ya ves que no. ¿Revelaste las fotos de la cámara? Estupendo. Permíteme revisarlas. Sí, mira, ahí estoy yo, el valle de Las Siete Luces y las callejuelas de nuestra villa. Sin duda alguna sí se trataba de él. 

  —¡Pero que calamidad! ¡Sigo sin creerlo! Lo que todavía no me explico es cómo fue que murió. ¿Dónde está el resto de su cuerpo? ¿Por qué pudimos encontrar solamente su cabeza unida a su espina dorsal y su cámara? 

  —Tengo mis leves sospechas; pero creo que, posiblemente, el señor Migoni tuvo la mala suerte de cruzar el umbral del Abismo Celeste. Tú lo sabes; la misma dimensión en donde moran Los Dioses Negros y donde se encuentra el Cementerio de Las Bestias. 

  —Pero eso es imposible Doña J. Tenemos todo un ritual para abrir un portal hacia ese mundo, y sólo lo hacemos cuando necesitamos encerrar alguna entidad maligna. 

  —Lo entiendo perfectamente Isabel, pero echa un vistazo a esa otra foto. 

  —¡Pero si es el Santuario de Mhüh! ¿Cómo es posible? Se supone que fue sellado hace miles de años cuando la humanidad comenzó a corromperse. 

  —El mundo cambia querida niña. ¿Te has percatado de cómo en las grandes ciudades de Las Profundidades y en el resto del planeta están ocurriendo cada vez más situaciones carentes de moral? Tan sólo presta atención hacia San Sebastián con ese loco que les succiona el cerebro a sus víctimas. Estoy segura que algo tiene que ver con El Rito de La Primavera y su manía de traer a Los Dioses Negros de vuelta. ¿Crees acaso que Valverde, tu marido, abandonaría su puesto de Sumo Sacerdote para convertirse en detective nada más por puro capricho? Por supuesto que no; existe un propósito. Espero equivocarme, pero intuyo que el fin se acerca; pues todo en el universo nace, vive, agoniza y muere. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario