El último producto televisivo que nos llega bajo la rúbrica de Ryan Murphy, se ha convertido en toda una sensación. Un fenómeno que ha logrado, inclusive, desbancar a productos de primera línea como la exitosa serie El juego del calamar o la queridísima Stranger things. Murphy ha sabido hacerlo, algo que francamente era fácil de deducir, no obstante a lo largo de su carrera ha sabido mantenerse en la línea del éxito con títulos como American Horror Story,American Crime Story, u otros títulos que nada tienen que ver con estas series antológicas, como la reconocida Nick/Tup, Glee o Scream Queens, entre muchas otras. En definitiva: estamos ante un director con interesantes proyectos y buenas ideas que, además, ha trabajado junto a una interesante caterva de guionistas, actores, directores y gente del mundo de la producción. Por lo tanto no, no era difícil imaginar que este hombre nos traería un true crime como mandan los cánones.
Puede decirse que el estreno de Dahmer ha sido toda una sorpresa, pues no ha gozado de grandes campañas publicitarias, sino todo lo contrario. A finales de septiembre pudimos disfrutar de su enigmático tráiler y, pocos días después, Netflix nos la ponía en bandeja. Las andanzas del carnicero de Milwaukee han despertado verdadero furor, tanto que su figura, ya de por sí mediática hasta el extremo, se ha vuelto a convertir en foco de controversias. Tratándose de un producto tan exitoso, la polémica no se ha hecho esperar: familiares de las víctimas han explotado contra su director, vertiendo contra él acusaciones de lucro, reprochándole el no haber intentado ponerse en contacto con ellos. Incluso, según algunos medios, el propio padre del asesino aseguró tener motivos de sobra para querellarse contra Netflix ya que, según sus propias palabras, al igual que el resto de familias, nunca fue contactado. No obstante, Murphy lanzó un comunicado asegurando que, tres años atrás, cuando nació la idea del proyecto, intentó ponerse en contacto con más de una veintena de personas involucradas en el caso, pero jamás obtuvo respuestas. Estas declaraciones, por el momento, parecen haber silenciado a todas las partes afectadas.
Durante los tres años de gestación de esta serie de diez episodios, se llevó a cabo un completo trabajo de investigación. Según el propio director, un equipo de investigadores privados sacaron a la luz detalles de la vida de Jeff Dahmer que, en sus propias palabras, ignora cómo pudieron encontrar, y lo cierto es que todo ese trabajo de investigación está magníficamente representado a todos los niveles. Su puesta en escena es excelente, los escenarios están muy bien recreados y a nivel técnico se ve impecable. Si hay algo que me ha llamado la atención, especialmente, es su ambiente malsano, un ambiente que contrasta con la elegancia de ciertas escenas en las que más que mostrar, sugiere, aunque esta decisión se nota premeditada, pues no es una serie que busque única y exclusivamente el morbo.
Pero si hay algo especialmente destacable, sin duda, es el magnífico trabajo de Evan Peters en la piel del asesino. En todo momento, Peters resulta terrorífico y gélido como un témpano. Ayuda bastante el hecho de que su caracterización sea impecable, así como su forma de involucrarse en el papel de Dahmer, según sus palabras, uno de los papeles más difíciles de su vida. Aunque no es la primera vez que vemos a Peters en estas lides, pues hasta el momento se ha puesto en la piel de un buen número de personajes perturbados. El resto del reparto también resulta convincente, haciendo especial hincapié en el maravilloso trabajo de Richard Jenkins como Lionel Dahmer.
Desde un punto de vista objetivo, pocos peros se le pueden sacar, tal vez su ritmo pausado y su montaje, algo complejo, fundamentado en saltos temporales. En definitiva, estamos ante uno de los mejores trabajos de los últimos años, no exento de florituras, como algunas licencias narrativas, pero que cumple con su intención o, mejor dicho, intenciones: ofrecernos una historia fascinante, dar protagonismo a las víctimas y, sobre todo, cargar contra la incompetencia de las autoridades.
Aprovechando el éxito desmesurado de este true crime, la plataforma decidió lanzar, con carácter inmediato, una docuserie de tan solo tres capítulos, dirigida por Joe Berlinger. Conocemos bien a Berlinger por su serie antológica Conversaciones con asesinos, estrenada en dos temporadas anteriores con Las cintas de Ted Bundyy Las cintas de John Wyne Gacy. Esta nueva temporada, titulada Las cintas de Jeffrey Dahmer, se estrenó el pasado siete de octubre, también con gran éxito. No es para menos, pues se trata de un documento excepcional que contiene fragmentos de entrevistas, algunos de ellos inéditos, con el asesino en cuestión, así como testimonios de psiquiatras, forenses, juristas y, en definitiva, personas que tuvieron una importante implicación en el caso.
Hemos de reconocer, para bien o para mal, que hablar de la figura de Dahmer es hablar de un icono en toda regla, recordemos que no todos los iconos tienen por qué ser positivos, y sería imperdonable terminar esta reseña sin hablar directamente de ella. Es esta la excusa perfecta para traer de vuelta a Caosfera a uno de nuestros más queridos colaboradores: Gabriel Pombo, abogado de profesión, experto en la figura de Jack el destripador, pero, sobre todo, un hombre a que le fascina desmenuzar las mentes de los más depravados asesinos en serie. Será, pues, Gabriel, quien nos ponga tras la pista del asesino, con una cuidadosa cronología.
Y para todas aquellas personas que deseen conocer los pormenores del proceso judicial al que fue sometido Dahmer, Caosfera les trae una grata sorpresa: Gabriel Pombo nos habla de las particularidades de este proceso, analiza la estrategia de defensa llevada a cabo por sus abogados y la actuación fiscal. Todo un lujo.
BIBLIOGRAFÍA
El hombre que no mató lo suficiente (Schwartz, Anne)
Asesinos en serie (Ressler, Robert)
Dentro del monstruo (Ressler, Robert)
Mi vida con los asesinos en serie (Morrison, Helen)
¡Ya tenéis disponible la nueva entrada semanal! Y en esta ocasión Caosfera os trae una suculenta novedad: Gabriel Pombo regresa con su último vídeo, en el que nos ofrece una dramatización de la ejecución pública de Carl Ferdinand Feigenbaum, sospechoso de ser el asesino conocido por el sobrenombre de Jack el destripador. Tanto si sois "riperólogos" aficionados como si no, os recomiendo encarecidamente este vídeo. Y si queréis conocer más sobre este caso, aquí os dejo un enlace donde el propio Gabriel Pombo habla del tema en profundidad:
El pasado martes, 31 de agosto del año 2021, se cumplieron 133 años de uno los crímenes más tristemente célebres de la historia: el cruel homicidio de Mary Ann "Polly" Nichols, la primera víctima de Jack el destripador. La leyenda negra había dado comienzo, trasladándose, inevitablemente, muchos años después, a la ficción en forma de cómics, libros o peliculas. A día de hoy, los crímenes de este asesino siguen siendo un misterio, además de muy rentables. Se trata de un fenómeno sin precedentes, una cruel historia que hoy queremos rememorar en Caosfera con la ayuda, como no, de nuestro colaborador y gran experto: Gabriel Pombo.
En esta ocasión, os traemos un curioso relato titulado La verdadera historia de Jack el destripador, relato que podemos encontrar a su vez dentro de la novela más conocida de Gabriel: El animal más peligroso. Sin más dilación, aquí lo tenéis:
Aquel otoño de 1888 había sido espantoso para los habitantes de Londres. Y no porque la niebla y el frío resultasen más agobiantes que de costumbre, pues al mal clima los ciudadanos británicos estaban acostumbrados. Lo que llenaba de terror a la población inglesa consistía en unos sucesos mucho más macabros. No era para menos. Desde aquel mes de agosto los periódicos no paraban de informar que en los barrios bajos del este de la capital -sobre todo en el maltrecho distrito de Whitechapel- un maníaco venía asesinando a mujeres de vida alegre. Los crímenes tuvieron su inicio en la noche del 7 de agosto cuando Martha Tabran murió violentamente, tras recibir treinta y nueve puñaladas. A esa desdichada la acompañaron en fatídico destino Mary Ann Nichols, el 31 de agosto, Annie Chapman, el 8 de septiembre, Elizabeth Stride y Catherine Eddowes, ambas durante la madrugada del 30 de ese mes y -después de una engañosa interrupción- la joven y bella Mary Jane Kelly el 9 de noviembre.
Con cada nuevo homicidio el ejecutor se tornaba más feroz y más convencido de que nunca lo iban a detener. La espantosa lista de víctimas, lejos de concluir, proseguía agrandándose, y la policía británica -la famosa Scotland Yard- se mostraba impotente para capturar al sádico delincuente. Por si fuera poco, esa tarde se volvió inesperadamente sombría: una falla en el sistema de farolas a gas, que por entonces iluminaba a la Inglaterra gobernada por la reina Victoria, sumergió a los londinenses en la más tétrica de las penumbras.
Ese atardecer, el asesino que la prensa bautizaba con el alias de "Jack el Destripador" estaba decidido a atacar de nuevo. Se vistió muy despacio con elegantes ropas oscuras: pantalón, camisa y saco negro, y corbatín de seda gris. Por último, tras echar encima de sus hombros una amplia capa, se cubrió la testa con su sombrero de copa favorito.
Salió de su residencia con paso firme, casi presuroso, sin olvidar llevar consigo el maletín de cuero -similar al que usaban los médicos de esa época- en cuyo interior escondía un juego de cuchillos de recia empuñadura que, con mucho esmero, acababa de afilar. Una vez que avanzaba sobre las adoquinadas calles llamó su atención la cerrada oscuridad que inundaba todo a su alrededor, aunque aún faltaba bastante para que cayera la noche.
—¡Maldito apagón! —, se dijo contrariado.
Esperaba que la ausencia de luz no perjudicara el trabajo en las tabernas. Allí era donde solía ir a beber una copas, y desde las barras de esos antros escudriñaba a las prostitutas.
Cuando las mujeres se marchaban con algún cliente, las acechaba sigilosamente y aguardaba que el ocasional compañero de aquellas se retirase. Instantes después, por sorpresa, sin darles tiempo a oponer la menor resistencia, se abalanzaba sobre ellas y les cercenaba la garganta.
—Esta noche no va a ser la excepción —pensó, y una cruel sonrisa se dibujó en su rostro.
Sin embargo, esta vez Jack, quien usualmente apenas bebía alcohol, precisaba un trago de whisky. No lo necesitaba a fin de infundirse coraje antes de matar, pues para él la vida humana nada significaba. Deseaba ingerir una generosa ración de licor antes de ponerse a conversar con un extraño al cual contarle las ideas que rondaban por su cabeza. Quería jactarse de sus tristes hazañas, y anunciar a otros las maldades que, en un futuro cercano, planeaba cometer.
—Uno será muy asesino, pero es un ser humano al fin y al cabo —se dijo.
La ocasión le venía de perillas porque no se veía nada a causa del apagón, por lo cual nadie lo iría a reconocer ni podría, por ende, denunciarlo. Llegaría a una taberna, pediría al cantinero que le sirviera un trago, y hallaría a algún parroquiano a quien hacer partícipe de sus confidencias y, de paso, pegar un gran susto.
Caminó y caminó, hasta advertir unas luces muy tenues cuyo reflejo le permitió vislumbrar una entrada. Una taberna abierta y oscura, sin duda. Ingresó, y enseguida oyó el parloteo de varias personas dialogando. Voces masculinas todas ellas, ninguna voz femenina alcanzó a percibir.
Tal cosa era normal porque a esa hora tan temprana las mujeres de vida alegre aún no comenzaban su labor. Sólo había hombres: marineros, oficinistas aburridos, y obreros que cansados de su jornada en las fábricas acudían a las cantinas para relajarse bebiendo licor.
Tropezó en medio de la penumbra con una silla sobre la cual se sentó, al tiempo que se quitaba su sombrero de copa.
—¡Boby! —llamó con voz autoritaria.
Cuando no conocía el nombre del tabernero nunca le fallaba requerir ser atendido por algún empleado que se llamara Boby, dado que el diminutivo de Robert era muy común en la Inglaterra victoriana.
No fue diferente esta vez, y de inmediato escuchó el rumor de unos pasos aproximarse.
—¿Qué se le ofrece mister?
—Pues que me sirvan una jarra de cerveza. ¡No! mejor sírveme un vaso de whisky. Escocés por supuesto. Esta noche tengo muchas ganas de hablar con alguien, y beberme un whisky será un buen comienzo.
Hizo una pausa mientras procuraba distinguir entre las sombras las facciones de su interlocutor.
—En realidad mister, no creo que aquí podamos ayudarlo. Si usted busca con quien hablar deberá dirigirse a otro sitio.
Fue la fría respuesta.
Jack hirvió en cólera. Era hombre de pocas pulgas al cual le disgustaba que lo contradijesen.
—Claro que me servirás, cantinerito de cuarta —, rugió con mal humor. —Me traerás el trago que te ordeno, y me escucharás muy atento, te guste o no.
Realizó un paréntesis a fin de dar más énfasis a sus amenazas.
—¿Sabes con quién estás tratando mocito? Pues nada menos que con el tipo al cual todos llaman Jack el Destripador. No necesito aclararte porqué me apodan así. ¿No crees?
Las rudas palabras del criminal parecieron surtir efecto. El sujeto anónimo pareció tragar saliva, y cambiando de tono le dijo respetuosamente:
—Disculpe usted. Con esta tremenda oscuridad uno no puede saber con quien está tratando. Claro que haremos todo lo posible por servirlo.
Repuso, y con un gesto rápido de su mano llamó a un compañero. Cuando unos pasos se aproximaron Jack oyó que el primero le decía al otro:
—El señor es Jack el Destripador. Nos hace el honor de visitarnos. Ve a la trastienda en busca de una botella de scotch, de la máxima calidad.
Más calmado, al comprobar que sus órdenes eran obedecidas, el delincuente prosiguió:
—Bien muchacho, así está mejor... Bueno, como te decía, no sé porqué razón, pero mientras caminaba rumbo a esta taberna me vinieron una enormes ganas de hablar con alguien, con un desconocido. Y ahora que te has puesto amable creo que te elegiré a ti para hacerte algunas confesiones...
Jack pudo sentir que la respiración de su anónimo oyente se tornaba más pesada...
—Este pobre cantinerito debe estar muerto de miedo, ja, ja.
Pensó, y esa idea lo puso de ánimo alegre. Siempre resultaba bueno sentirse distendido en aquellas noches cuando se aprestaba a salir a "trabajar" provisto de sus filosos cuchillos. Consideraba cosa positiva la adrenalina que le corría al oír los gritos de sus víctimas, y mientras emprendía la huida por las estrechas callejuelas burlando a los estúpidos policías. No obstante, sabía que soportar mucho stress era malo para su salud.
—Lo escucharé con toda la atención que usted se merece.
Respondió suavemente el otro.
—Bien Bobby, te contaré porqué maté a la primera. A esa gorda fea, la cual,al día siguiente leyendo los periódicos, supe que se llamaba Martha Tabran. Yo estaba en la taberna "El Angel y La Corona" y me aprontaba para retirarme cuando la mujer iba saliendo del brazo con un guardia de la Torre de Londres. Un muchachito que, se veía a la legua, estaba gozando de su día franco, y al cual no se le ocurrió mejor idea que gastarse la paga con una apestosa como esa. ¿Sabes? La muy furcia estaba borracha, y al pasar me dio un pisotón. Sé que lo hizo sin querer. Pero, ¡por mil diablos! ¡cómo me dolió!, me apretó justo la uña encarnada. Bueno, claro que no decidí matarla sólo por eso. Pero la seguí hasta la calle para insultarla a ella y al mequetrefe que tenía por cliente, y al aproximarme logré verle bien la cara...y ahí fue que me vinieron unas ganas bárbaras de cortar su grueso pescuezo. ¿Quieres saber por qué?
— No me puedo imaginar. Dígamelo Mister
—Pues porque la cretina era idéntica a mi tía Etelvina. La muy zorra de mi tía que me hacía la vida imposible cuando yo era chico. La vieja hace años que está muerta. De niño siempre quise vengarme de ella, pero se murió antes de que yo llegase a ser adulto. Y ahora, al verle el rostro bajo la luz de aquella farola a gas a Martha Tabran, supe que mi tía se había reencarnado en ella. Esa fue la primera vez que lo hice. Treinta y nueve tajos le pegué. Tuve que darle tantos para liquidarla porque el puñal lo llevaba desafilado.
Después de esa vez siempre voy preparado y llevo al menos un par de cuchillos bien afiladitos, ja, ja.
—Y a las demás mujeres: ¿También las asesinó porque se parecían a su tía?
—No te hagas el chistoso Bobby Las maté porque le agarré el gustito a la sangre, ja,ja. Además, con lo idiota que es nuestra policía de seguro nunca me van a atrapar,
—No tengo el gusto de compartir su mala opinión sobre la policía de Londres.
—¿Y tú que sabes de eso infeliz?
Como ya hemos dicho al criminal no le agradaba que lo contradijeran.
—Aquí en Inglaterra todos los policías son idiotas, ¿me oyes? Y dicho sea de paso: ¿para cuándo el whisky?
—Disculpe Mister, mi compañero demora porque fue hasta la bodega a buscar un whisky acorde a la calidad de un distinguido visitante como usted.
—Bueno, pero que no tarde. Me muero de ganas por beber un buen trago. Como te venía contando, una vez que uno le agarra la mano a esto de cortar cuellos y destripar ya no se puede parar.
Hizo una interrupción teatral para asustar a su interlocutor, y remató:
—Y esta noche, cuando salga de esta taberna, pienso despachar a un par de prostitutas más, por lo menos.
Se quedó aguardando el efecto que surtían sus amenazas.
—El tipo a esta altura debe haberse hecho encima de los pantalones , ja,ja.
Supuso, mientras saboreaba la agradable sensación de causar miedo. Sin embargo, un nuevo comentario de "Boby" volvió a sacarlo de sus casillas.
—Como ya le dije, pienso que la policía de acá no es tan tonta como usted cree. Es más, me parece que su carrera criminal ha terminado, y que ya no podrá asesinar a ninguna mujer más.
Le retrucó con inesperada serenidad el otro.
—Claro que seguiré despanzurrando prostitutas a diestra y siniestra. ¡No dejaré de matarlas hasta que me harte!
Bramó el homicida múltiple.
—¿Quién se piensa este desgraciado que es? —se dijo—. Como me siga llevando la contraria abriré mi maletín, tomaré uno de mis cuchillos y le rebanaré el cuello. Lástima que no puedo verlo con esta maldita oscuridad...
Pero antes de que pudiera ejecutar movimiento alguno escuchó a su oponente repetir:
—Le aseguro que su carrera criminal ha terminado y que ya no volverá a lastimar a nadie más.
El timbre del otro sonaba curiosamente muy seguro.Tanta rabia le provocó esa afirmación y el tono con que la misma fue dicha que, por instinto, Jack adelantó sus manos con ambos puños crispados amenazando hacia las sombras, hacia donde provenía la voz de aquel impertinente fastidioso.
—¿Cómo te atreves a decirme que ya no podré volver a matar a quien a mí se me antoje?
Rugió totalmente fuera de sí el Destripador.
—Porque usted no se encuentra dentro de una taberna. ¡Estas son las oficinas de la jefatura de policía de Scotland Yard!
Le espetó secamente el agente, al tiempo que cerraba un par de esposas en torno a las muñecas del atónito asesino en serie.
Si sois más de audiorelatos, aquí tenéis la versión narrada de esta historia por parte del equipo de Lux Ferre Audios:
También podéis escuchar los especiales de Martes de terror, con los relatos de Robert Bloch: Atentamente Jack el destripador, y Un juguete para Juliette, amén de la intervención de Gabriel Pombo:
¡Sorpresa literaria! No sé si recordáis que hace algún tiempo tuve el placer de reseñar la novela más conocida de nuestro querido colaborador Gabriel Pombo. En cualquier caso, y si no lo recordáis, podéis encontrar la reseña de este thriller victoriano de alto voltaje en el siguiente enlace:El animal más peligroso
Nuestro compañero ha tenido el detalle de subir a su canal un segmento de la obra dramatizado en su propia voz. En palabras del propio autor, y como veréis en la descripción del libro:
Este video recrea el sacrificio humano que dio lugar al hallazgo de "El torso de la calle Pinchin", por el trozo de cadáver femenino descubierto en esa calle de Whitechapel, este de Londres, el 10 de septiembre de 1889.
Un regalo ideal para todos los amantes del audiorelato, de la novela victoriana, del misterio, de lo sobrenatural y, por supuesto, de la intriga en general. Os animo a escuchar este terrorífico segmento y, cómo no, a disfrutar de la lectura de El animal más peligroso. Si tenéis interés en adquirirlo, recordad que tenéis toda la información en el enlace que os he dejado más arriba. En caso de que lo estéis dudando, os dejo por fin este segmento narrado por Gabriel, con la esperanza de que, por fin, os decidáis:
No es la primera vez que se expone este tema en Caosfera, de hecho se ha tratado en más ocasiones y con la debida atención. Pero lo cierto es que es todo un lujo escuchar a nuestro compañero Gabriel Pombo, sin duda el experto con más información en torno a la enigmática figura del terrible asesino de Whitechapel. Hemos podido ver a Gabriel varias veces en conferencias aquí, en España. También nos hemos hecho eco de ello en este espacio. Cuando Gabriel me escribió para compartir este audio recientemente subido a su canal de Youtube, en seguida pensé en hacerle un hueco y compartirlo con todos vosotros, porque no merece menos. En él, podréis conocer los fatídicos acontecimientos que tuvieron lugar durante el llamado otoño del terror del año 1888, época en la que este popular asesino actuó de la manera más impune y, por qué no decirlo, tristemente celebre.
Os dejo, pues, con las palabras de Gabriel Pombo, tras la pista del destripador, y ya de paso os recomiendo que visitéis su canal de Youtube, os suscribáis y le regaléis un me gusta y un comentario, no cuesta nada y le ayudaremos a continuar generando contenido. No me dilato más:
¡Viernes de criminología! Hoy tenemos el gusto de tener con nosotros a nuestro amigo y colaborador Gabriel Pombo. Aunque a estas alturas Gabriel no necesita presentación, me gustaría señalar que se trata de uno de los más valorados especialistas en la figura de Jack el destripador que nos ha dado la actualidad. Pero no os preocupéis, si todavía no le conocéis al final de este post os dejaremos sus enlaces de participación en Caosfera y en muchos otros espacios interesantes.
En esta ocasión, Gabriel nos habla de uno de los casos más interesantes y espeluznantes: El descuartizador de Cleveland o el asesino del torso de Cleveland. Para ello os traemos, en primicia, un audio detallado que Gabriel nos ha brindado en exclusiva. Todo un lujo:
Para quienes prefieran consultar la versión escrita, aquí está el enlace del blog de Gabriel, donde también ha analizado el caso en profundidad:
Así mismo, os recomiendo encarecidamente la colaboración de Gabriel para el programa Informe Enigma, donde también trata el tema con rigurosidad durante más de una hora:
Me gustaría dar las gracias a Gabriel por sus aportes a Caosfera e, igualmente, por toda la información que brinda desinteresadamente. Como decía al inicio de esta entrada, si todavía no conocéis su trayectoria aquí os dejo algunas de sus más interesantes colaboraciones, que no son pocas:
2019 está siendo un año de grandes noticias para nuestros colaboradores y amigos. Si hace unos meses os traíamos un vídeo con la participación de Gabriel Pombo en el congreso Escena del crimen, celebrado el viernes 21 de junio en Quart de Poblet (Valencia), hoy rescatamos las imágenes de su intervención para la televisión uruguaya, donde fue entrevistado el 6 de agosto en relación al caso Pablo Goncálvez. Además de estudiar el caso en profundidad, Gabriel redactó una monografía del asesino que puede leerse aquí.
Desde aquí deseamos a Gabriel todos los éxitos del mundo, y esperamos seguir contando con su colaboración durante muchos años.
El pasado viernes 21 de junio, nuestro compañero y colaborador Gabriel Pombo, impartió una charla en la conferencia "Escena del crimen", celebrada en la sala del ayuntamiento de Quart de Poblet, Valencia. El resto de participantes fueron Ramón Moles y Elena Merino.
Fiel a su especialidad, Gabriel habló sobre los crímenes de uno de los más misteriosos asesinos de la historia: Jack el destripador. Además de disfrutar de las palabras de Gabriel, encontraréis los enlaces de sus intervenciones en Caosfera. Sin más, os dejo con su charla titulada: Jack el destripador, la leyenda continúa.
Retrato de Mary Jane Kelly. Imagen sujeta a derechos de autor
El 9 de noviembre del año 1888 el cadáver de la Joven Mary Jeannette Kelly fue hallado a las 10:45 de la mañana en la habitación número trece de Mille´s Courts. El crimen fue brutal: le habían seccionado la nariz, los senos y las orejas; tenía el vientre abierto y los órganos habían sido extraídos y esparcidos alrededor del cuerpo. Algunos pedazos de carne arrancados de los muslos y de la faz descarnada flotaban sobre la sanguinolenta mezcla. Hoy se cumplen ciento treinta años de este terrorífico suceso, que conmocionó a todo Londres. El último y más depravado crimen atribuido a uno de los asesinos más enigmáticos de la historia: Jack el destripador.
Muchas han sido las conjeturas vertidas alrededor de este turbio y enigmático suceso. Fueron varios los testimonios registrados en la encuesta judicial, uno de los más notorios el del obrero George Hutchinson, amigo de la víctima, además del último en verla con vida, que fue considerado altamente sospechoso. Hutchinson se presentó en comisaría cuatro días después del macabro descubrimiento, y este retraso fue tomado por las autoridades como un intento de malograr la investigación. Fue el sargento Edward Badham el encargado de tomarle declaración, en la cual el denunciante asegura haber visto a la víctima poco antes de su muerte: con un señor de aspecto respetable, muy elegantemente vestido y con pinta de extranjero. Quién sabe, tal vez un judío.
El cuerpo de Kelly fue examinado a conciencia por dos médicos forenses de alto prestigio: Thomas Bond y George Bagster, quienes redactaron un detallado informe.
Certificado de defunción en el que la víctima fue registrada como Marie Jeannette Kelly Davis
Documento real de la escena del crimen. Imagen sujeta a derechos de autor.
Con motivo de la conmemoración de este ciento treinta aniversario, en Caosfera hemos decidido recurrir al buen hacer de Gabriel Pombo, como ya sabéis, colaborador habitual además de uno de los investigadores más prestigiosos en torno al tema. Recordemos el fragmento que Gabriel dedicó a este emblemático suceso en su novela El animal más peligroso:
Aquella madrugada varias vecinas y colegas de oficio la vieron entrar y salir incansablemente de su pieza, llevando a ésta candidatos muy diversos. La señora Mary Ann Cox, una viuda de treinta y un años, también prostituta, la halló asida del brazo de un sujeto desarreglado, bajo, gordo, de mejillas sonrosadas por el exceso de alcohol y bigote rubio. Para tornarlo más ridículo aún, el cliente aferraba una jarra de cerveza. Jeannette abrió la puerta del número 13 y lo hizo pasar, pero antes de entrar ella misma vio a Cox que se retiraba de su habitación –que quedaba próxima a la ocupada por la pelirroja– y le anunció: –Amiga, te voy a dedicar una canción – tras lo cual se puso a entonar una balada titulada «Una violeta que arranqué de la tumba de mi madre». Aparte de que la melodía era triste, la intérprete desafinaba. Al rato la viuda volvió a verla salir en busca de otro cliente. El último testigo que la habría avistado en esa velada fue un obrero amigo suyo: George Hutchinson, quien más tarde describiría al presunto último acompañante que esa noche ella tuviera como un individuo muy elegantemente vestido y «con pinta de extranjero, tal vez un judío». El domingo 9 de noviembre era un día festivo para los londinenses en el cual se celebraba la fiesta del Lord Mayor, distinción que recibe el alcalde de Londres, York y otras ciudades importantes del Reino Unido. Pero no todos se sentían de espíritu alegre esa mañana. Mientras oía el paso de la carroza que transportaba al Lord Mayor y los vítores de la muchedumbre, John McCarthy –locador de aquella joven meretriz, y dueño de un bazar con frente a las covachas del edificio designado «La Corte del Molino»– refunfuñaba al revisar sus cuadernos de cuentas. Ocurría que, desde semanas atrás, los números no le cerraban y únicamente se venía sosteniendo gracias a las ventas de su negocio. En una situación normal sus ingresos primordiales derivaban de las habitaciones que alquilaba a las prostitutas en el edificio del número 26 de la calle Dorset, y ahora la mayoría de ellas le estaban adeudando.
Al reflexionar acerca de la razón que provocaba esos atrasos masculló para sí: «¡Es por culpa de ese maldito de Jack el Destripador! Las mujerzuelas tienen miedo de salir a las calles a trabajar, y cada vez consiguen menos plata. Por eso les cuesta tanto pagar ahora.» El arrendador se consideraba un hombre razonable. Entendía que había surgido una causa que justificaba que sus inquilinas ganaran menos, y por el momento haría la vista gorda y no las acosaría. Sin embargo, al puntear con su lápiz repasó la deuda que mantenía la pensionada del número 13. El valor ascendía a una libra y nueve chelines. Eso era mucho dinero. Por poco que estuviera trabajando le parecía claro que la irlandesa se estaba pasando de lista. –¡Indian Harry! – voceó, identificando por el seudónimo a Thomas Bowyer, su empleado de cobranzas, que había salido del bazar para contemplar el desfile. –Ven aquí de una vez hombre, que te necesito. –Sí señor, a la orden – contestó aquél, entrando con paso desganado y encaminándose hacia el escritorio donde su empleador hacía las cuentas. –No te voy a mandar lejos. Quiero que cruces la calle y vayas hasta lo de la Kelly para que, de una vez por todas, me pague el alquiler que me debe – levantó el cuaderno, y apuntando con su dedo índice señaló el importe que la muchacha adeudaba. –Si no puedes obtener el total cuando menos no regreses con las manos vacías.
El otro asintió y fue hasta el perchero en procura de su abrigo. No es que hiciera mucho frío esa mañana, pero el gabán oscuro que ahora se ceñía completaba su apariencia de hombre serio, y él se figuraba que lo volvía más digno de respeto ante los morosos. A las 10.45 el cobrador aporreó a la puerta número 13. Tres, cuatro veces. No hubo respuesta. ¿Estaría la mujer adentro y fingiría no escuchar? A efectos de salir de dudas, Indian Harry se dirigió hacia la parte lateral de la vivienda para husmear por la ventana. El vidrio tenía una rotura que permitía introducir la mano y descorrer la cortina. Cuidando no lastimarse apartó la sucia tela, y aplicó un ojo a la abertura con el fin de escrutar hacia el interior. Lo que vio le hizo proferir un grito de terror, y retiró tan rápido su mano que se raspó el dorso, el cual empezó a sangrar levemente. Su miedo estaba justificado. El macabro hallazgo, que tuvo la desgracia de hacer, resultó uno de los más espantosos y depravados que consignan los anales de la criminología mundial. Encima de la cama bañada en sangre reposaban maltrechos despojos de aquella que en vida fuera una sensual cortesana. Únicamente llevaba puesto un menguado camisón, que dejaba ver el atroz estropicio infligido a su organismo. Su estómago lucía abierto en canal, y habían seccionado su nariz, sus senos y sus orejas. Trozos de su muslo y fragmentos de piel de su cara yacían junto al cuerpo descarnado. Los riñones, el hígado y otros órganos se esparcían en torno al cadáver y sobre la mesa de luz. El dantesco cuadro llenó de horror al cobrador, quién fue corriendo hasta el bazar de su patrón y le comunicó el espantoso descubrimiento. Ambos hombres se dirigieron a la pensión y, escudriñando desde la ventana, volvieron a comprobar el hecho. El dueño envió a su empleado a buscar ayuda a la comisaría de la calle Comercial, mientras él se quedaba montando guardia. Al rato, arribaron los inspectores Beck y Abberline, y el superintendente Arnold. También convocaron a los forenses Phillips y Bond. Entre otros agentes sin rango, se hizo presente Barrett de la división H de Whitechapel. Ninguno de los detectives se decidía a impartir la orden de forzar la puerta para acceder al teatro del crimen, pues aguardaban instrucciones de Sir Charles Warren. Pasaban las horas sin tenerse noticias de éste, hasta que se supo la sorprendente novedad de que el jefe supremo había presentado su dimisión esa misma mañana. A las 13.30 por fin el superintendente asumió la responsabilidad de mandar quitar la ventana para fotografiar el interior. Una vez concretada esta medida, se requirió al propietario que rompiera la puerta a fin de hacer posible el ingreso; labor que éste hizo valiéndose de una piqueta. «¡Parecía más la obra de un demonio que de un hombre!» exclamó McCarthy al testimoniar en la instrucción subsiguiente
Con esas palabras dejó constancia de la tremenda impresión que le produjo el monstruoso hallazgo, que estremeció incluso a los más endurecidos policías que concurrieron a la tétrica habitación.
Por supuesto, no podíamos olvidarnos de preguntarle a Gabriel su opinión sobre los posibles móviles y sus conclusiones al respecto de este espantoso hallazgo como perfecto cierre de este artículo:
El espeluznante crimen de la bella Mary Kelly, con el atroz ensañamiento ejercido por el homicida sobre el cadáver, deja la sensación de que el victimario actuó poseído por una visión apocalíptica. En su mente perturbada no estaba destrozando un cuerpo humano sino realizando una especie de ritual sólo comprensible para él mismo, lo cual condice con lo que la actual criminología conoce sobre los asesinos en serie. Visto desde el ángulo de los actuales estudios criminalísticos y de las opiniones de los perfiladores de la talla de Robert Ressler, John Douglas y otros expertos del FBI no resulta extraño que el asesino haya considerado que con ese acto daba "culminación" a la "misión" que se impuso a sí mismo al acometer su sanguinaria serie criminal. Este crimen, donde el victimario dispuso de suficiente tiempo y de la tranquilidad de estar a solas con su víctima en un lugar a resguardo (no en la vía pública como sucediera en sus anteriores homicidios) le permitió concretar a pleno su fantasía de dominación y le indujo a creer que su "obra" ya estaba concluida, y que ya ningún nuevo crimen que perpetrase podría superar a éste. No sería causal entonces que no se detectasen más asesinatos atribuibles a Jack the Ripper. Este psicópata (fuera quien fuera) ya no volvió a asesinar, porque ya no tenía "motivos" para hacerlo. No volvió nunca más, tras consumar este crimen, a arriesgarse a ser atrapado in fraganti, y así fue que se pudo mantener impune y desconocido hasta nuestros días.
Una semana más, el doctor Pombo nos adentra en la cara más abyecta del Londres victoriano. Si hace unas semanas nos reveló las claves de los crímenes más célebres de Whitechapel y nos habló también del terrible asesino que cohabitó junto al famoso destripador -el asesino del torso del Támesis-, hoy nos trae la historia del doctor Harvey Crippen, un cirujano que horrizó a la sociedad londinense con su espantoso crimen. Recordad que podéis encontrar esta y otras impactantes historias en el blog de Gabriel Pombo & Pombo
El doctor Hawley Harvey Crippen, a pesar de haber nacido en Norteamérica, parecía el prototipo del sobrio científico británico de la época victoriana. Sus fotografías, en las cuales destaca su semblante adusto, enmarcado bajo gruesas gafas que lo dotan de un aire intelectual, así lo atestiguan.
Sin embargo, al igual que sucediera en otros casos, las apariencias eran engañosas. Y es que el buen doctor, que llevaba más de una década casado con Cora, una cantante y corista que respondía al sobrenombre artístico de Belle Elmore, se enamoró perdidamente de su juvenil secretaria, Ethel Le Neve. En lugar de tramitar el divorcio, optó por un método más veloz y radical: asesinar a su molesta cónyuge.
Se sacó en conclusión que el médico vivía bajo el dominio de su mujer, que lo maltrataba y le hacía la vida imposible.
Ethel Le Neve
En la autopsia se comprobó que el homicidio se produjo por envenenamiento causado por la ingestión de cinco gramos de hioscina. En el ulterior juicio se supo que el 7 de enero de 1910 el galeno compró esa substancia en la farmacia de los señores Lewis y Burrows para, cinco semanas después, administrarsela a su mujer.
Cuando el crimen fue llevado a cabo, la pareja de amantes procedió al desmembramiento del tieso organismo de la víctima. Acto seguido se disfrazaron (Ethel se vistió con ropas de muchacho) y se marcharon de Londres a bordo de un vapor con destino a los Estados Unidos de Norteamérica. Sin embargo, para desgracia del dúo, el capitán del buque demostró ser una especie de detective aficionado y avisó a Scotland Yard con el recientemente patentado telégrafo sin hilos.
La policía británica localizó unos cuantos fragmentos de Cora Crippen sepultados bajo el sótano, descubrimiento que propició la acería de los prófugos. El Inspector Walter Dew —también convenientemente disfrazado— fue el encargado de detener a la pareja criminal en fuga y de escoltarla de regreso a Inglaterra.
Walter Dew
Años atrás, cuando todavía era un joven policía, Walter Dew había acudido, en la gris mañana del 9 de noviembre de 1888, a la tétrica habitación número 13 de la pensión de Miller´s Court. Allí presenció la visión horrible de un cuerpo tan destrozado como el de Cora Crippen: el cadáver pertenecía a la atractiva prostituta llamada Mary Jane Kelly. Cuando le preguntaron si el asesino de aquella desgraciada, el mítico Jack el Destripador, podía ser un cirujano, Dew declaró a la prensa: «Si esa es la obra de un cirujano, entonces resulta muy fácil ser cirujano».
Pero ahora el destino le ponía cara a cara con un médico que sí era un vil descuartizador. La captura de aquel homicida —detallada años más tarde en un libro de su autoría titulado Yo atrapé a Crippen—, aparecería como uno de los méritos más notables en la hoja de servicios del tenaz detective victoriano. Y es que al policía nuevamente le había tocado ser partícipe de un hallazgo macabro. Al levantar los ladrillos que tapaban el suelo del sótano de la residencia de Hilldrop Crescent —hogar del matrimonio Crippen—, Dew se topó con los restos de la faena del doctor. Se trataba de una masa putrefacta recubierta por una costra de cal, aplicada a efectos de agilitar la descomposición.
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Esos despojos humanos constituían lo único que quedaba de la esposa del terrible doctor. Aquel cuerpo carecía de cabeza, de miembros y de huesos; para facilitar la desaparición del cadáver el médico había deshuesado a su mujer. Pese a la exhaustiva investigación llevada a cabo jamás aparecieron las partes que faltaban de la anatomía de Cora Crippen.