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viernes, 3 de septiembre de 2021

La verdadera historia de Jack el destripador

 




El pasado martes, 31 de agosto del año 2021, se cumplieron 133 años de uno los crímenes más tristemente célebres de la historia: el cruel homicidio de Mary Ann "Polly" Nichols, la primera víctima de Jack el destripador. La leyenda negra había dado comienzo, trasladándose, inevitablemente, muchos años después, a la ficción en forma de cómics, libros o peliculas. A día de hoy, los crímenes de este asesino siguen siendo un misterio, además de muy rentables. Se trata de un fenómeno sin precedentes, una cruel historia que hoy queremos rememorar en Caosfera con la ayuda, como no, de nuestro colaborador y gran experto: Gabriel Pombo. 

 En esta ocasión, os traemos un curioso relato titulado La verdadera historia de Jack el destripador, relato que podemos encontrar a su vez dentro de la novela más conocida de Gabriel: El animal más peligroso. Sin más dilación, aquí lo tenéis:


Aquel otoño de 1888 había sido espantoso para los habitantes de Londres. Y no porque la niebla y el frío resultasen más agobiantes que de costumbre, pues al mal clima los ciudadanos británicos estaban acostumbrados. Lo que llenaba de terror a la población inglesa consistía en unos sucesos mucho más macabros. No era para menos. Desde aquel mes de agosto los periódicos no paraban de informar que en los barrios bajos del este de la capital -sobre todo en el maltrecho distrito de Whitechapel- un maníaco venía asesinando a mujeres de vida alegre. Los crímenes tuvieron su inicio en la noche del 7 de agosto cuando Martha Tabran murió violentamente, tras recibir treinta y nueve puñaladas. A esa desdichada la acompañaron en fatídico destino Mary Ann Nichols, el 31 de agosto, Annie Chapman, el 8 de septiembre, Elizabeth Stride y Catherine Eddowes, ambas durante la madrugada del 30 de ese mes y -después de una engañosa interrupción- la joven y bella Mary Jane Kelly el 9 de noviembre.

  Con cada nuevo homicidio el ejecutor se tornaba más feroz y más convencido de que nunca lo iban a detener. La espantosa lista de víctimas, lejos de concluir, proseguía agrandándose, y la policía británica -la famosa Scotland Yard- se mostraba impotente para capturar al sádico delincuente. Por si fuera poco, esa tarde se volvió inesperadamente sombría: una falla en el sistema de farolas a gas, que por entonces iluminaba a la Inglaterra gobernada por la reina Victoria, sumergió a los londinenses en la más tétrica de las penumbras.

  Ese atardecer, el asesino que la prensa bautizaba con el alias de "Jack el Destripador" estaba decidido a atacar de nuevo. Se vistió muy despacio con elegantes ropas oscuras: pantalón, camisa y saco negro, y corbatín de seda gris. Por último, tras echar encima de sus hombros una amplia capa, se cubrió la testa con su sombrero de copa favorito.

  Salió de su residencia con paso firme, casi presuroso, sin olvidar llevar consigo el maletín de cuero -similar al que usaban los médicos de esa época- en cuyo interior escondía un juego de cuchillos de recia empuñadura que, con mucho esmero, acababa de afilar. Una vez que avanzaba sobre las adoquinadas calles llamó su atención la cerrada oscuridad que inundaba todo a su alrededor, aunque aún faltaba bastante para que cayera la noche.

  —¡Maldito apagón! —, se dijo contrariado.

  Esperaba que la ausencia de luz no perjudicara el trabajo en las tabernas. Allí era donde solía ir a beber una copas, y desde las barras de esos antros escudriñaba a las prostitutas.

  Cuando las mujeres se marchaban con algún cliente, las acechaba sigilosamente y aguardaba que el ocasional compañero de aquellas se retirase. Instantes después, por sorpresa, sin darles tiempo a oponer la menor resistencia, se abalanzaba sobre ellas y les cercenaba la garganta.

 —Esta noche no va a ser la excepción —pensó, y una cruel sonrisa se dibujó en su rostro.

  Sin embargo, esta vez Jack, quien usualmente apenas bebía alcohol, precisaba un trago de whisky. No lo necesitaba a fin de infundirse coraje antes de matar, pues para él la vida humana nada significaba. Deseaba ingerir una generosa ración de licor antes de ponerse a conversar con un extraño al cual contarle las ideas que rondaban por su cabeza. Quería jactarse de sus tristes hazañas, y anunciar a otros las maldades que, en un futuro cercano, planeaba cometer.

 —Uno será muy asesino, pero es un ser humano al fin y al cabo —se dijo.

  La ocasión le venía de perillas porque no se veía nada a causa del apagón, por lo cual nadie lo iría a reconocer ni podría, por ende, denunciarlo. Llegaría a una taberna, pediría al cantinero que le sirviera un trago, y hallaría a algún parroquiano a quien hacer partícipe de sus confidencias y, de paso, pegar un gran susto.

  Caminó y caminó, hasta advertir unas luces muy tenues cuyo reflejo le permitió vislumbrar una entrada. Una taberna abierta y oscura, sin duda. Ingresó, y enseguida oyó el parloteo de varias personas dialogando. Voces masculinas todas ellas, ninguna voz femenina alcanzó a percibir.

 Tal cosa era normal porque a esa hora tan temprana las mujeres de vida alegre aún no comenzaban su labor. Sólo había hombres: marineros, oficinistas aburridos, y obreros que cansados de su jornada en las fábricas acudían a las cantinas para relajarse bebiendo licor.

Tropezó en medio de la penumbra con una silla sobre la cual se sentó, al tiempo que se quitaba su sombrero de copa.

 —¡Boby! —llamó con voz autoritaria.

 Cuando no conocía el nombre del tabernero nunca le fallaba requerir ser atendido por algún empleado que se llamara Boby, dado que el diminutivo de Robert era muy común en la Inglaterra victoriana.

 No fue diferente esta vez, y de inmediato escuchó el rumor de unos pasos aproximarse.
—¿Qué se le ofrece mister?

—Pues que me sirvan una jarra de cerveza. ¡No! mejor sírveme un vaso de whisky. Escocés por supuesto. Esta noche tengo muchas ganas de hablar con alguien, y beberme un whisky será un buen comienzo.

 Hizo una pausa mientras procuraba distinguir entre las sombras las facciones de su interlocutor.

  —En realidad mister, no creo que aquí podamos ayudarlo. Si usted busca con quien hablar deberá dirigirse a otro sitio.

  Fue la fría respuesta.

  Jack hirvió en cólera. Era hombre de pocas pulgas al cual le disgustaba que lo contradijesen.

 —Claro que me servirás, cantinerito de cuarta —, rugió con mal humor. —Me traerás el trago que te ordeno, y me escucharás muy atento, te guste o no.

  Realizó un paréntesis a fin de dar más énfasis a sus amenazas.

  —¿Sabes con quién estás tratando mocito? Pues nada menos que con el tipo al cual todos llaman Jack el Destripador. No necesito aclararte porqué me apodan así. ¿No crees?

 Las rudas palabras del criminal parecieron surtir efecto. El sujeto anónimo pareció tragar saliva, y cambiando de tono le dijo respetuosamente:

 —Disculpe usted. Con esta tremenda oscuridad uno no puede saber con quien está tratando. Claro que haremos todo lo posible por servirlo.

  Repuso, y con un gesto rápido de su mano llamó a un compañero. Cuando unos pasos se aproximaron Jack oyó que el primero le decía al otro:

  —El señor es Jack el Destripador. Nos hace el honor de visitarnos. Ve a la trastienda en busca de una botella de scotch, de la máxima calidad.

 Más calmado, al comprobar que sus órdenes eran obedecidas, el delincuente prosiguió:

  —Bien muchacho, así está mejor... Bueno, como te decía, no sé porqué razón, pero mientras caminaba rumbo a esta taberna me vinieron una enormes ganas de hablar con alguien, con un desconocido. Y ahora que te has puesto amable creo que te elegiré a ti para hacerte algunas confesiones...

Jack pudo sentir que la respiración de su anónimo oyente se tornaba más pesada... 

  —Este pobre cantinerito debe estar muerto de miedo, ja, ja. 

  Pensó, y esa idea lo puso de ánimo alegre. Siempre resultaba bueno sentirse distendido en aquellas noches cuando se aprestaba a salir a "trabajar" provisto de sus filosos cuchillos. Consideraba cosa positiva la adrenalina que le corría al oír los gritos de sus víctimas, y mientras emprendía la huida por las estrechas callejuelas burlando a los estúpidos policías. No obstante, sabía que soportar mucho stress era malo para su salud.

  —Lo escucharé con toda la atención que usted se merece. 

 Respondió suavemente el otro.

 —Bien Bobby, te contaré porqué maté a la primera. A esa gorda fea, la cual,al día siguiente leyendo los periódicos, supe que se llamaba Martha Tabran. Yo estaba en la taberna "El Angel y La Corona" y me aprontaba para retirarme cuando la mujer iba saliendo del brazo con un guardia de la Torre de Londres. Un muchachito que, se veía a la legua, estaba gozando de su día franco, y al cual no se le ocurrió mejor idea que gastarse la paga con una apestosa como esa. ¿Sabes? La muy furcia estaba borracha, y al pasar me dio un pisotón. Sé que lo hizo sin querer. Pero, ¡por mil diablos! ¡cómo me dolió!, me apretó justo la uña encarnada. Bueno, claro que no decidí matarla sólo por eso. Pero la seguí hasta la calle para insultarla a ella y al mequetrefe que tenía por cliente, y al aproximarme logré verle bien la cara...y ahí fue que me vinieron unas ganas bárbaras de cortar su grueso pescuezo. ¿Quieres saber por qué?

 — No me puedo imaginar. Dígamelo Mister

 —Pues porque la cretina era idéntica a mi tía Etelvina. La muy zorra de mi tía que me hacía la vida imposible cuando yo era chico. La vieja hace años que está muerta. De niño siempre quise vengarme de ella, pero se murió antes de que yo llegase a ser adulto. Y ahora, al verle el rostro bajo la luz de aquella farola a gas a Martha Tabran, supe que mi tía se había reencarnado en ella. Esa fue la primera vez que lo hice. Treinta y nueve tajos le pegué. Tuve que darle tantos para liquidarla porque el puñal lo llevaba desafilado.
Después de esa vez siempre voy preparado y llevo al menos un par de cuchillos bien afiladitos, ja, ja.

  —Y a las demás mujeres: ¿También las asesinó porque se parecían a su tía?

  —No te hagas el chistoso Bobby Las maté porque le agarré el gustito a la sangre, ja,ja. Además, con lo idiota que es nuestra policía de seguro nunca me van a atrapar,

  —No tengo el gusto de compartir su mala opinión sobre la policía de Londres.

  —¿Y tú que sabes de eso infeliz?

  Como ya hemos dicho al criminal no le agradaba que lo contradijeran.

  —Aquí en Inglaterra todos los policías son idiotas, ¿me oyes? Y dicho sea de paso: ¿para cuándo el whisky?

  —Disculpe Mister, mi compañero demora porque fue hasta la bodega a buscar un whisky acorde a la calidad de un distinguido visitante como usted.

  —Bueno, pero que no tarde. Me muero de ganas por beber un buen trago. Como te venía contando, una vez que uno le agarra la mano a esto de cortar cuellos y destripar ya no se puede parar.

  Hizo una interrupción teatral para asustar a su interlocutor, y remató:

  —Y esta noche, cuando salga de esta taberna, pienso despachar a un par de prostitutas más, por lo menos.

  Se quedó aguardando el efecto que surtían sus amenazas. 

  —El tipo a esta altura debe haberse hecho encima de los pantalones , ja,ja.

 Supuso, mientras saboreaba la agradable sensación de causar miedo. Sin embargo, un nuevo comentario de "Boby" volvió a sacarlo de sus casillas.

  —Como ya le dije, pienso que la policía de acá no es tan tonta como usted cree. Es más, me parece que su carrera criminal ha terminado, y que ya no podrá asesinar a ninguna mujer más.

  Le retrucó con inesperada serenidad el otro.

  —Claro que seguiré despanzurrando prostitutas a diestra y siniestra. ¡No dejaré de matarlas hasta que me harte!

  Bramó el homicida múltiple.

  —¿Quién se piensa este desgraciado que es? —se dijo—. Como me siga llevando la contraria abriré mi maletín, tomaré uno de mis cuchillos y le rebanaré el cuello. Lástima que no puedo verlo con esta maldita oscuridad...

  Pero antes de que pudiera ejecutar movimiento alguno escuchó a su oponente repetir:

  —Le aseguro que su carrera criminal ha terminado y que ya no volverá a lastimar a nadie más.

  El timbre del otro sonaba curiosamente muy seguro.Tanta rabia le provocó esa afirmación y el tono con que la misma fue dicha que, por instinto, Jack adelantó sus manos con ambos puños crispados amenazando hacia las sombras, hacia donde provenía la voz de aquel impertinente fastidioso.

  —¿Cómo te atreves a decirme que ya no podré volver a matar a quien a mí se me antoje?

  Rugió totalmente fuera de sí el Destripador.

 —Porque usted no se encuentra dentro de una taberna. ¡Estas son las oficinas de la jefatura de policía de Scotland Yard!

  Le espetó secamente el agente, al tiempo que cerraba un par de esposas en torno a las muñecas del atónito asesino en serie.


 Si sois más de audiorelatos, aquí tenéis la versión narrada de esta historia por parte del equipo de Lux Ferre Audios:




 También podéis escuchar los especiales de Martes de terror, con los relatos de Robert Bloch: Atentamente Jack el destripador, y Un juguete para Juliette, amén de la intervención de Gabriel Pombo:







OTROS ENLACES DE INTERÉS






viernes, 10 de abril de 2020

Al filo del cuchillo









¡Nuevo relato splatterpunk! Y hoy os traemos algo muy especial, ya que se trata de un homenaje en toda regla al gran Bret Easton Ellis. Su autor: Alexis Brito Delgado, poeta además de reseñista y autor de las novelas Wolfgangang stark: el último templario (2011, Seleer), Gravity Grave (2014, Palabras de agua) y Némesis (2018, Serial ediciones). Disfrutad de este genial homenaje.





PRIMERA PARTE

Al amanecer me quité las sábanas Calvin Klein de encima, salté del colchón de látex y me puse unos shorts Adidas de licra negros. Un delgado hilo de luz penetraba por las persianas de la habitación e iluminaba los muebles de ébano: cama de 2,90 x 2,50 con detalles de acero en la bancada, mesas de noche a juego con patas metálicas, espejo de 90 x 190 colgado de la pared encima del cabezal con luces incrustadas, sillón de cuero, palisandro y acero, y una alfombra azabache (regalo de un cliente satisfecho). 

   En el salón efectué mis estiramientos matinales, mientras por el equipo Philips retumbaba Bone Machine de Tom Waits. Primero, método estático pasivo, para calentar los músculos. Después, al entrar en calor, método dinámico pasivo. Acto seguido, pasé a las máquinas de musculación sin molestarme en descansar. Piernas: cinco tandas de diez repeticiones. Abdominales: diez series de veinte repeticiones. Bíceps: quince tandas de treinta repeticiones. Pecho: diez series de cuarenta repeticiones.

   Entré en la cabina de hidromasaje. Ajusté la barra deslizante en la primera posición, la temperatura y el sistema de espuma. El agua chocó contra el plato de porcelana, mientras las boquillas de masaje dorsal, lumbar, cervical y lateral, masajeaban mis miembros. Primero, un exfoliante Nickel y un gel Calvin Klein para el cuerpo. De inmediato, un champú Yves Rocher y un acondicionador de L’Oreal para el pelo. Corrí las mamparas de fibra de vidrio, salí del compartimento lleno de vaho, me sequé con una toalla Ralph Laurent y utilicé un hidratante Deadsea spa Magik y un reafirmante abdominal Biotherm. Ante el espejo del baño, pasé al cuidado de mi cara, saltándome la bolsa de hielo para los ojos. Primera parte: gel exfoliante Anthony Logistics y mascarilla Vitaman (de aceite de sándalo australiano y arcilla) para pieles grasas. Cinco minutos más tarde, pasé a la segunda parte: hidratante Lancôme y crema antibolsas Shiseido. 

Al llegar al vestidor, me quité el albornoz. Camisa Versace negra, Levi’s azules, calcetines, ropa interior Emporio Armani y unas zapatillas deportivas Nike (de trescientos dólares). Tom Waits cantaba Going Out West: 



Well I'm going out west 

Where the wind blows tall 

'Cause Tony Franciosa 

Used to date my ma... 



   Satisfecho, estudié mi imagen en el espejo: rostro afilado, cabellos rubios, perilla bien recortada, pómulos salientes y ojos castaños. En cuanto a mi físico, un metro ochenta de altura. Las horas de gimnasio empezaban a dar resultado: mis abdominales, bíceps, tríceps, piernas, antebrazos, pectorales y hombros estaban duros como piedras. Vanitas vanitatis et omnia vanitas. 

   La cocina de diseño tiene este aspecto: una barra americana laminada en roble antracita, rinconero de lavado lacado en pomelo con puerta abatible, una despensa con giro de 90º extraíble, cinco vitrinas de aluminio, divididas en módulos, con vidrieras mateadas al ácido, un armario de acero, con puertas de cristal, que ocupa una pared y los electrodomésticos básicos: horno, nevera, cafetera eléctrica, microondas, placa de vitrocerámica. Mi desayuno consiste en lo siguiente: zumo de piña, dos manzanas reinetas, una barra de muesli, un vaso de leche desnatada y un descafeinado, solo, sin sacarina. 

   Con un Marlboro Light en los labios, me aproximé al IPhone 11 Pro Max —procesador Apple 13 Bionic, 512GB de almacenamiento, Triple cámara 12MP, iOS 13— dispuesto a atender la llamada. El rostro sin afeitar de Jack apareció en la pantalla de 6.5 pulgadas, encuadrado por las familiares paredes de su despacho. 

—Buenos días, Nathan. ¿Qué tal estás? —inquirió. 

  Jack llevaba un traje de tres botones, camisa blanca y corbata (con nudo Windsor) de lunares, todo de Armani. Conociéndolo, los zapatos estarían a juego con el cinturón, la corbata y las gafas de sol Ray Ban que llevaría en la funda correspondiente en el bolsillo interior izquierdo de la chaqueta. 

—Genial —respondí—. ¿Y tú? 

—He tenido un día espantoso —resopló—. Tengo una hora para almorzar antes de volver a la oficina. 

  Medité las posibilidades: Hugo Boss, Gucci o Prada. Dudaba que llevara otra marca de calzado. Conocía sus gustos perfectamente. Mi tono fue burlón: 

—Supéralo —dije—. Todo sea por la empresa. 

   Jack frunció el ceño. 

—Gracias, Nathan, no sé lo que haría sin ti. 

  Sonreí. 

—¿Tu jefe no te ha comentado nada de la barba? 

—Se encuentra de vacaciones en Hawái. 

   Decidí seguir pinchándolo. 

—Necesitas un buen afeitado. Lo sabes, ¿verdad? 

   Jack ignoró mi comentario. 

—¿A qué hora quedaste con tus clientes? 

   Su cuestión me extrañó. 

—A la una. ¿Por qué lo preguntas? 

—Me han llegado rumores. 

   Enarqué las cejas. 

—Sorpréndeme. 

Jack bajó la voz: 

—No te fíes de ellos. Tengo entendido que son colegas de Bryan. ¿Lo captas? 

   Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. 

—Lo tendré en cuenta. 

  Jack se dispuso a colgar. 

—Llámame cuando termines, ¿de acuerdo? 

—No te preocupes —lo tranquilicé—. Por cierto, ¿qué zapatos llevas? 

—Tod’s. ¿Y eso a qué viene? 

   Sentí vergüenza ajena. 

—Estás de coña, ¿verdad? 

   Jack sonrió. 

—Hugo Boss, idiota. 

   Comprobé mi Rolex de oro: eran las 12:45 PM. Tenía quince minutos para prepararme. De un cajón de mi dormitorio saqué una Taurus de 9mm, semiautomática, cargador extra de 13 tiros, doble acción, mira nocturna de tritio, armazón de polímero y cachas de carbono, que compré en Michigan el año pasado. Revisé el tambor, amartillé el arma y la guardé dentro de un módulo en la mesa del salón: la desconfianza era una de mis mejores virtudes. 

   Un cuarto de hora después, dos hombres y una mujer tomaron asiento sobre el sofá de cuero de tres plazas. El primero, un francés de la vieja escuela, llevaba un traje Christian Dior hecho a medida, corbata Versace (con doble nudo simple) y zapatos Gucci. El segundo, un gorila de dos metros de altura con cara de pocos amigos, vestía un traje Tommy Hilfiger color pastel, corbata (con nudo Windsor) Raffaello Excellence y calzado perforado de Prada. En cuanto a la joven, una japonesa de curvas sinuosas y ojos gélidos, un traje Yves Saint Laurent de lana, zapatos Rene Caovilla de tacón alto, un cinturón Dolce & Gabbana, bolso de piel Salvatore Ferragamo y gafas de pasta Chanel (era la primera vez que veía aquel modelo). Clase, mucha clase. Serví tres copas de Blackstone Pinot Noir (cosecha del 2006) mientras estudiaba las piernas de la joven, firmes y bien torneadas, producto de intensas sesiones de aeróbic. El franchute tomó la palabra: 

—Gracias por recibirnos con tan poco tiempo de antelación. ¿Cuándo vas a sacar el material, Nathan? 

   No se había molestado en probar el vino. Él se lo perdía. Aquella añada era cojonuda. 

—¿Qué es lo que quieres? 

  Su réplica no dejó lugar a dudas: 

—Cocaína, evidentemente. 

   Al gorila le abultaba la chaqueta a la altura del corazón, dudaba que utilizara marcapasos. Lo más probable era que llevara una pipa de gran calibre, algo tosco con silenciador incluido: típico de los guardaespaldas profesionales. La chica hizo un gesto de desagrado. 

—No perdamos el tiempo —comentó—. En dos horas tenemos una reunión en Shinjuku. 

    Su franqueza me agradó, me gustaban las mujeres que iban al grano. En la cama solían ser las mejores; eran tan exigentes como en el trabajo. 

—Tienes razón —suspiró el francés—. Los negocios no dejan margen de diversión. 

   Fui práctico: 

—¿Cuánto quieres? 

   Los ojos gélidos del franchute se entrecerraron. 

—Primero deseo probarla. 

   Esbocé una sonrisa torcida. 

—¿No te fías de mi reputación? 

   La japonesa intervino: 

—No podemos permitirnos el lujo de confiar en un camello. 

   Su tono despectivo me resultó indiferente. Estaba acostumbrado a comentarios peores. Procuré bajarle los humos. 

—Estupendo —asentí—. A mí tampoco me gustan las secretarias fracasadas, ¿entiendes? 

   El gorila reprimió una carcajada. Una corriente de hostilidad emanó de la mujer, palpable como una descarga eléctrica. El comentario había herido su amor propio. 

—No me molestaré en sacar nada —continué—, si no pillas más de un kilo. ¿Te interesa o no? 

   Las cartas estaban sobre la mesa. 

—No te gusta andarte con rodeos, ¿verdad? 

   Fui arrogante: 

—Tú lo has dicho. 

—Si me gusta me llevaré dos, ¿te parece bien? 

—Perfecto. 

   El franchute sostuvo el tubo de plata con el índice y el pulgar, me miró a los ojos, inclinó la cabeza y esnifó la línea de tres centímetros delineada sobre la mesa de cristal. Primero utilizó el orificio derecho, de inmediato, al llegar a la mitad, la ventanilla contraria. Al terminar, se echó hacia atrás, se frotó la nariz y esbozó una mueca de éxtasis: la pegada lo había dejado con la boca abierta. 

—¿Qué te parece? 

—Magnífica. 

   Una sensación de aprensión invadió mi cuerpo, notaba un peligro inminente. Las palabras de Jack regresaron a mi cabeza: aquellos bastardos querían mi pellejo. 

—Levanta las manos, colega —El guardaespaldas tenía una pipa en la diestra—. O te volaré la tapa de los sesos. 

   La chica encendió un Winston. 

—Hazle caso, Nathan. Por favor. 

  Tranquilo, obedecí sus órdenes, sin perder de vista al franchute. 

—¿A qué viene esto? 

—Bryan me ha dado recuerdos de su parte. 

   Sonreí. 

—¿Sabías que ese maldito negro me debe treinta de los grandes? Nunca ha sido lo suficientemente hombre para dar la cara. ¿Cómo te ha convencido para que le hagas el trabajo sucio? 

   La ira coloreó sus mejillas. 

—Eso es asunto mío, Nathan. 

  Sostuve la respiración, preparado para saltar sobre el gorila. Mi ataque debería ser rápido, letal. 

—Deberías informarte antes de meterte en follones, imbécil. Podrías diñarla por culpa de un estúpido niño de papá y mamá que no paga sus deudas. 

    El franchute se cabreó por mis palabras. 

—Estás acabado, Nathan. 

   Inesperadamente, propiné una patada a la mesa. La superficie de cristal estalló contra la cara del gorila: su rostro quedó convertido en un amasijo sanguinolento cubierto de cortes menores. Sin pensarlo, me incliné y aferré la culata de la Taurus: el arma se convirtió en una extensión de mi brazo. El guardaespaldas lanzó una imprecación, levantó la pistola (una Glock de 45mm) y abrió fuego: la detonación me rozó la mejilla. Con una rodilla en el suelo apreté el gatillo: el disparo acertó en su pómulo izquierdo, le reventó la cara y esparció su masa encefálica. El franchute levantó las manos, indefenso, mientras gritaba como un imbécil: 

—¡No dispares! 

   El proyectil le perforó el pecho y le atravesó el corazón, dejándolo con la palabra en la boca: fue demasiado tarde para suplicar por su asquerosa vida. Una sombra se movió detrás de mí. De manera instintiva, me eché a un lado y esquivé el ataque: una navaja me rasgó el bíceps hasta el hueso. Apreté los dientes de dolor. Mi sangre salpicó la alfombra y las planchas de roble blanco. La japonesa se movió con diabólica rapidez. La hoja afilada me arañó la frente; todo se volvió rojo durante unos segundos. Apreté el gatillo frente a sus facciones distorsionadas por la bruma que enturbiaba mi visión. La cabeza le estalló a la altura del hueso malar: piel, materia cerebral y huesos mostraron el interior del cráneo. Herida de muerte se desplomó de bruces. Implacable, el arma tronó y reventó lo poco que le quedaba de cabeza. 

—Descansa en paz, muñeca. 

   En el baño, curé la espantosa herida lo mejor que pude con un botiquín de primeros auxilios. Lo peor de toda la historia, aparte de haber estado a punto de perder la vida, era que mi piso había quedado hecho un asco. Suerte que la japonesa no me había acertado en ninguna vena o tendón importante, el apaño serviría hasta deshacerme de los cadáveres: la visita al hospital estaba pospuesta por el momento. Respecto a los vecinos no tendría que preocuparme por ellos, habían escuchado cosas peores: las fiestas que solía organizar en mi piso duraban semanas enteras. 

   El móvil llevaba un buen rato sonando. Al descolgarlo, Jack lanzó una exclamación ahogada; mi rostro continuaba manchado de sangre. 

—¡Maldita sea! ¿Estás bien? 

   Inconscientemente, me pasé la mano por el apósito que llevaba en la frente. Ignoré su tono de preocupación. 

—No pasa nada —lo tranquilicé—. Me los he cargado a todos. 

—Te dije que tuvieras cuidado —protestó—. ¿Por qué no me hiciste caso? 

—¡Olvídalo! —encendí un pitillo—. Esto no va a quedar así. Bryan tendrá que pagar por lo que ha hecho. ¿A qué hora sales? 

   Jack respondió sin pensarlo: 

—A las cuatro. 

—Perfecto —asentí—. Tenemos trabajo que hacer. 

—¿Podrás aguantar hasta entonces? 

—Sí. 

—¿Vas a contarme que ha pasado? 

   Prefería hablar del tema en privado. 

—Más tarde —acoté—. Tengo que librarme de los cuerpos. 

—De acuerdo —admitió—. Te llamaré cuando llegue a casa. 

    Le guiñé el ojo antes de colgar. 

—Como quieras, Jack. 




SEGUNDA PARTE

Jack se quitó la chaqueta y la arrojó descuidadamente sobre una silla. Con movimientos precisos, abrió el minibar y se preparó un whisky de malta con varias piedras de hielo. Después del primer trago, recorrió con la mirada los confines de su apartamento. Tenía la sensación de que había viajado en el tiempo; el mobiliario y diseño Art Déco, propio de los años 20 del milenio anterior, de bordes redondos y estilizados, eran un anacronismo en pleno Siglo XXI. Con una sonrisa burlona en los labios, observó la araña de cristal colgada en el techo y el piano blanco, las paredes adornadas con papel pintado que evocaban animales extintos en la actualidad, las alfombras espesas de vívidos colores y las lámparas de latón con pantallas de papel ecológico. Filosófico, pensó que a pesar de los avances tecnológicos, las redes sociales y la tecnología espacial, el ser humano siempre terminaba volviendo a los orígenes. Aquella era la paradoja intrínseca de las modas: tarde o temprano, cuando los diseñadores agotaban las ideas, regresaban al punto de partida para vender lo antiguo por nuevo. 

   Comprobó la hora y decidió llamar a Nathan: había prometido ponerse en contacto con él cuando saliera de la oficina. Jack sacó el móvil del bolsillo, marcó el número de nueve dígitos y esperó a que su colega contestara. Al tercer timbrazo el rostro familiar de Nathan, moreno y atractivo, inundó la pantalla. 

—Hola —saludó—. Has tardado.

    Jack esbozó una sonrisa cansada. 

—Pille un atasco tremendo —explicó—. ¿Cómo ha ido todo?

    Nathan encogió los anchos hombros con autosuficiencia.

—De fábula —explicó—. Jim me ha echado una mano para solucionar el pequeño problemilla que tuve esta mañana.

  El hermano de Nathan siempre tenía remedio para cualquier situación comprometida. Largos años trabajando para la Yakuza lo habían enseñado a estar preparado para lo inesperado. Imaginó los cuerpos cortados en pedazos, metidos en cubos llenos de cemento y arrojados en alta mar al fondo del océano. Solía ser el modus operandi habitual. 

  Un escalofrío le puso la piel de gallina. Jack se pasó la mano por el cabello desordenado. 

—Ningún problema por lo que veo. 

—En absoluto —dijo—. He reservado una suite en el Plaza Keio para esta noche. Corre el rumor de que Bryan está haciendo negocios con los peces gordos de la zona. ¿Podrás venir?

—Por supuesto. Tenemos que zanjar este asunto cuanto antes. 

—Te recogeré a las ocho, ¿entendido?

   Jack asintió. 

—De acuerdo. 

  Al terminar la llamada, apuró la copa de un trago. Satisfecho, avanzó hacia los ventanales panorámicos y contempló las avenidas abigarradas de Tokio: los enormes edificios, los destellos publicitarios de neón, los dragones modelados con fluorescentes y el cielo encapotado. En las calles atestadas de tráfico, los burdeles y las discotecas se daban de la mano, formando un calidoscopio de líneas punzantes; placer y consumismo para todos los públicos, fueran nativos del lugar o turistas en busca de emociones fuertes. Los transeúntes formaban un crisol de todos los colores y estilos posibles: mendigos en las esquinas, prostitutas con abrigos de piel artificial, jóvenes vestidos a la última moda, vendedores, policías, tendederos que ofrecían sus dudosas mercancías al público, ejecutivos con camisetas de cuellos almidonados. Humo, estruendo de motores, haces de luz, olor a pescado frito, eslóganes publicitarios, griterío incesante: Tokio seguía siendo la misma de siempre. Jack estudió los vehículos que avanzaban, a duras penas, por la carretera abarrotada; coches, ricksaws de tejados de bambú, limusinas, transportes públicos, carrozas tiradas por caballos. Enfrente, a través el hueco que dejaban dos rascacielos, los sampanes y los navíos mercantes, las chalupas de pescadores y los acorazados militares, se mecían sobre las olas bañadas por los últimos rayos de sol de la jornada. 

   Jack cerró la cortina aislándose premeditadamente de la caótica visión de la ciudad. Acto seguido, tomó una ducha rápida y se lavó los dientes; tenía la desagradable impresión de que los efluvios del exterior habían ensuciado su anatomía. Más tarde, se puso un albornoz Versace y se sirvió otro Glenffidich; disfrutaba con el lujo y la disipación que dominaban su existencia. El confort daba sentido a un universo que había sucumbido bajo los dictados de una tecnología deshumanizadora. Se encontraba nervioso: faltaba menos de una hora para que Nathan pasara a buscarle. 




TERCERA PARTE

Al llegar al Hotel Plaza Keio, subimos a nuestra suite compartida y dejamos las bolsas de equipaje sobre la cama. Nathan no había querido que el botones tocara sus cosas: guardaba una remesa de MDMA capaz de tumbar a un elefante. El edificio, un imponente rascacielos blanco y ocre de 1450 habitaciones, se alzaba como un fantasma sobre los bloques de oficinas y centros comerciales de Shinjuku. Curioso, tomé asiento y ojeé el folleto informativo que descansaba sobre la mesa lacada con incrustaciones florales de nácar. 

—¿Alguna novedad? —inquirió Nathan.

—Lo de siempre —admití—. Puerto de datos con conexión a Internet 24 horas, aire acondicionado, televisión por cable con 300 canales, secador de cabello, jacuzzi, minibar, películas de pago y teléfono. 

—Salgamos a tomar una copa —propuso—. Quiero ver que se cuece. 

   De inmediato, abandonamos la habitación y nos dirigimos a la piscina. Mientras descendíamos hacia la primera planta en un ascensor forrado de espejos, percibí que parecía un hombre de negocios: traje de tres botones Ralph Laurent, corbata Versace (con doble nudo simple), camisa blanca Calvin Klein, y cinturón y zapatos (perforados) Hugo Boss. 

   Nathan pareció leerme la mente. 

—¿No podías haber venido un poco más informal?

   Hice caso omiso a sus pullas. 

—Sabes que vas a desentonar en la fiesta, ¿verdad? —inquirió, sarcástico. 

   Me encogí de hombros.

—Me da igual. 

   Al llegar abajo, pasamos de largo la recepción, bajamos unas escaleras, avanzamos por un corto pasillo y salimos al exterior. Por el camino, nos encontramos con los invitados y clientes del hotel: jóvenes que iban de alternativos vestidos con ropas de marca, puestos de éxtasis hasta las orejas. Subproductos de la cultura del baile que había vuelto a florecer con la misma intensidad que a mediados de los noventa. 

—Voy a vomitar —gruñí—. No soporto a esta gentuza. 

   Nathan me dio por loco. 

—No seas tan duro con ellos —dijo—. Cuando hayas tomado un par de copas, cambiarás de opinión. 

—Lo dudo. —Señalé a la peña que bailaba alrededor de la inmensa piscina con forma de riñón—. Pasé por todo esto cuando tenía veinte años y no me gustó. 

   Mi colega meneó la cabeza y añadió con sorna: 

—Hablas como mi madre…

   Llegamos frente a la barra y pedimos unas copas: un whisky de malta para mí y un Bloody Mary para Nathan. El DJ pinchaba un viejo tema de Trip Hop en la cabina situada entre las tumbonas de plástico y el servicio de catering. Los gorrones de turno estaban devorando los entremeses de woton con salmón, las brochetas de bambú, y los Chutney de piña delineados sobre la mesa de madera de imitación. La canción me resultaba familiar. 

—¿De quién es el tema?

   Mi colega vació la copa hasta la mitad. 

—Massive Attack —explicó—. Angel.

—Un poco desfasado, ¿no te parece?

   Nathan esbozó una mueca burlona.

—La música de hoy en día es basura —opinó—. Las industrias discográficas solo sacan productos comerciales a la calle. Seleccionan a un imbécil elegido entre miles de candidatos durante un casting. Lo visten a la moda, le dicen cómo debe cantar, y le escriben las canciones. Después, tienen unos cuantos sencillos de éxito gracias a una monstruosa campaña de promoción y se acabó. No se sabe nada de ellos al cabo de un año. 

   Al acabar la segunda ronda salimos al exterior. Una brisa helada corría entre las palmeras y los jardines artificiales. Una treintena de hombres y mujeres danzaban delante de la cabina del DJ como muñecos de resorte tirados por hilos invisibles. Dentro, inclinado sobre los platos, un pavo ataviado con ropas holgadas y un gorro con los colores de la bandera de Jamaica, animaba a los capullos que flipaban con su bazofia. El tema en cuestión era Livin' On A Prayer de Bon Jovi. 

   Nathan masculló: 

—Como se atreva a pinchar a Bob Marley te juro que le pego un tiro.

   Ambos detestábamos la música reggae con todas nuestras fuerzas: paz y amor, legalización de la marihuana, política y religión; temas para fracasados escritos por fumetas perdedores. Flotar en una nube de euforia causada por hierba de mala calidad no era nuestro estilo. El hedor, seco y áspero de la marihuana, flotaba por toda la piscina. 

—¿Entramos? —propuso mi colega—. Justine acaba de enviarme un Whatsapp. Está en el interior del hotel. 

   Justo en aquel momento, las primeras notas de No Woman, No Cry de Vincent Ford, versionada por Bob Marley And The Wailers llegaron a nuestros oídos. Un griterío alborozado y ensordecedor afloró de los bailarines. Nathan temblaba a mi costado, furioso, con los ojos abiertos como platos.

—No lo puedo creer —susurré al borde de la desesperación—. Es imposible… 

—No perdamos el tiempo —insistió Nathan—. Larguémonos. 

   De vuelta al ascensor, nos tropezamos con una pareja conocida, que caminaba cogida de la mano. Justine había adelgazado y tenía un moreno que le quedaba bastante bien. Llevaba unas Ray Ban polarizadas, camisa Dolce & Gabanna, falda vaquera Emilio Pucci, sandalias Vogue y un bolso Emporio Armani. Se había cortado el pelo y parecía completamente distinta.

—Hola, Nathan —saludó—. ¿Qué tal estás?

   Mi colega fue directo al grano: 

—¿Dónde puedo encontrar a Bryan?

   Como de costumbre, Noel se mostraba tan incómodo como cada vez que se encontraba con Nathan; tenía la impresión de que le consideraba una especie de competidor o algo por el estilo. Éste vestía un polo Burberry, pantalón Paul Smith, y zapatillas Prada Sport. No había abierto la boca y tampoco pensaba hacerlo. No olvidaba que su mujer y mi amigo fueron amantes hacía tiempo. Justine, con sus contactos e influencias, lo puso en la órbita de los ricachones de Japón. Esta no le quitaba los ojos de encima, llena de admiración por el buen aspecto físico que presentaba. Para mis adentros, tuve la certeza de que continuaba enamorada de Nathan. 

—En el Atom Tokyo Club sobre las doce de la noche. Tiene negocios que atender. 

   Mi colega esbozó una enorme sonrisa. 

—Gracias, Justine. 

—Ten cuidado, Nathan. 

   Este le dio un cálido beso en la mejilla.

—Nos vemos, cielo. Gracias otra vez. 

   Ignoró a Noel y se volvió hacia mí. Su rostro se había endurecido. En la suite, Nathan abrió la bolsa de viaje y sacó dos pastillas: una cara manga aparecía dibujada en uno de los laterales. Abrí el minibar y me serví un generoso Glenlivet con tres piedras de hielo. 

—Nunca entenderé porqué se casó con ese subnormal —rezongó—. El tiempo que estuvimos juntos nos fue muy bien. ¡Te juro que tuve ganas de partirle la cara al muy cretino!

    No me extrañaba; Noel era imbécil por naturaleza. Nathan me quitó la copa de las manos y bebió un sorbo para bajar el MDMA. Ahora estaba preparado para lo que tenía que hacer. 

—¿Qué hacemos? —pregunté mientras ingería una pastilla—. ¿Vamos a por Bryan directamente?

—Faltan unas horas para las doce. Demos otra vuelta hasta que nos suba el tema, ¿te parece bien?

—Sí. 

   Treinta minutos más tarde, estábamos en la zona vip del rascacielos, sentados alrededor de una mesa de granito de Bando con patas de aluminio. En frente, un centenar de personas de todos los sexos y nacionalidades del planeta bailaban al ritmo de la música: una mala mezcolanza de Gagaku contemporáneo, Bossa Nova, Jungle, Northern Soul y Big Beat. Los temas, sin orden ni concierto, saltaban de los colosales altavoces Marshall y se deslizaban por la pista abarrotada, haciendo retumbar las paredes. El MDMA había hecho efecto, me encontraba en un estado puramente contemplativo, con los sentidos despiertos y amodorrados por la cresta ascendente de la metilendioximetanfetamina. La mandanga, como de costumbre, era una maravilla. Nathan podía presumir de ser el mejor camello de Tokio y con diferencia.

—¿Dónde pillaste el material? —pregunté. 

—Me lo pasó mi contacto de Nueva York. ¿Te gusta?

—Le doy un diez.

   Luces estroboscópicas y haces de niebla artificial cubrieron la pista de baile. El frenesí colectivo se acrecentó, según las drogas, el alcohol y la intensidad de la atmósfera sobrecargada aumentaba por momentos. Tuve la impresión de que me encontraba ante hileras de estatuas de hielo, ralentizadas y congeladas en movimientos programados, siluetas de origami que buscaban con desesperación un atisbo de olvido entre la neurosis multitudinaria. Inhalé una bocanada de aire y me miré las palmas de las manos: cada línea impresa sobre la carne me resultaba tan ancha como una autopista transcontinental. Nathan comprobó su Rolex y se puso en pie. 

—Hora de marcharnos —dijo—. Será un trabajo fácil.

   Asentí. 

—De acuerdo. 



CUARTA PARTE

«Será un trabajo fácil»…

   Las palabras de Nathan regresaron a su memoria cuando salieron del brillante BMW negro metalizado con todos los accesorios correspondientes: llantas de aleación ligera, volante deportivo multifunción, motor diesel, sistema de navegación Steptronic, cambio automático de seis velocidades, manecillas del color de la carrocería, ochocientos caballos, equipo de música Toshiba. Una hermosa obra maestra de la tecnología alemana, regalo de un turbio magnate nipón que le debía ciertos favores. Como de costumbre, Nathan guardó silencio al respecto; su discreción significaba que no se molestara en hacerle preguntas. Ambos sabían que en aquellos tiempos agitados, la ignorancia era una virtud que escaseaba. 

    El portero les permitió pasar al interior de la discoteca. Se ahorraron la cola interminable que llenaba la calle y dejaron atrás el conglomerado de luces de la ciudad. Tokio parecía un panel de abejas: 23 barrios, 8.340.000 habitantes, 14.000 personas por kilómetro cuadrado, 1.894 horas de sol anuales, producto interior bruto de 1.315 billones de yens. Sin percibirlo, cifras técnicas invadieron la cabeza de Jack. Llevaba demasiado tiempo en Shinjuku, evaluando a competidores de bolsa en despachos insonorizados, mientras el sol se hundía en el Océano Pacífico. 

   Nathan avanzaba entre la multitud, balanceando los hombros con arrogancia, como una imagen de cómic de Jiro Tanigu-chi. Jamás pertenecería a los niños ricos que atestaban el local; su nihilismo no le permitía abrazar las consignas de lo políticamente correcto. Su vestimenta obligó a sonreír a Jack: chaqueta de cuero roja, camiseta Nike, gastados Levi’s negros, botas militares de caña alta con remaches de acero y omnipresentes gafas de sol Imatra talla XXL oscuras. Jack entornó los ojos, las luces estroboscópicas herían sus retinas. Se encontraba rodeado de riqueza: Calvin Klein, Gucci, Versace, Hugo Boss, Dolce & Gabbana, Ralph Laurent, Prada y Tommy Hilfiger. Ensordecido por los altavoces Sony colocados en los cuatro puntos cardinales, Nathan ignoró los carteles de prohibido fumar y prendió un Marlboro Light con un Zippo de oro. El DJ pinchaba viejos discos de Big Beat en la cabina, el volumen del tema era insoportable, probablemente una canción de los Chemical Brothers, Prodigy, Fatboy Slim, Propellerheads, Apollo 440 u Orbital. 

   Un arma hubiera aportado seguridad a Jack. Una Beretta 9.000 sería perfecta: calibre de 9 mm, doble acción, 168 mm de largo, cañón de 88 mm, seguro ambidiestro, armazón de polímero, 780 gramos de peso. Procuró pegarse a Nathan y lo siguió a través de la pista de baile, fascinado por los efectos que bañaban a los clientes: filtros de colores, luces de policía, destellos de niebla artificial. Con las manos en los bolsillos de la americana, contempló a los maniquís que oscilaban alrededor de su figura con movimientos ralentizados, irreales. Parecían cuadros de Edward Hooper en el siglo XXI: muestras de la sofisticación que absorbía el presente y borraba los recuerdos del milenio anterior. Nathan se detuvo y señaló el escenario: una mueca burlona iluminó su rostro bronceado por los UVA de la MegaSun 4000 Super. Distraído, miró a las gogós que descendían desde el techo, deslizándose boca abajo por los tubos metálicos, uniformadas con botas de piel de serpiente, escasa ropa interior y máscaras de jugadores de hockey sobre hielo. Frenéticas, las mujeres danzaban en torno a las barras, ofrecían sus encantos al público con los cuerpos sudorosos bañados de aceite solar. 

   Nathan continuó adelante sin molestarse en esperarle; tenían trabajo que hacer. Inconscientemente, Jack envidió el físico que había conseguido durante los últimos meses. Las horas de gimnasio resultaban efectivas, sus abdominales, bíceps, tríceps, piernas, antebrazos, hombros y pectorales estaban esculpidos en mármol, endurecidos por horas de ejercicios sin necesidad de esteroides. Torcieron a la derecha y bajaron una rampa bordeada por parejas, los cócteles de diseño eran de ciencia ficción: Alexander, Dry Martini, Bloody Mary, Havana Planters, Upper-Cut, Long Island. Las bebidas no le impresionaron, solo le gustaba el whisky de malta; ciertas costumbres eran difíciles de romper. El consumismo exacerbado de la multitud lo asqueó. Suerte que Nathan le había abierto los ojos al respecto, estaba por encima de aquellos esnobs. Su colega detuvo a un portero, susurró unas palabras en su oreja, y le pasó unos billetes sin llamar la atención. El gigante asintió, estaba a punto de reventar el esmoquin, sus abultados músculos apretaban la tela. Demasiados wisterols, en breve no podría ni tener una erección. Terreno libre: su objetivo les esperaba; no podían perder el tiempo. La lista Saturn de suplementos alimenticios que tomaba Nathan volvió a su mente: Amino Acid, C-1000 Complex, Join Aid, Mineral-Active y Tribex; estaba seguro que el gorila consumía los mismos nutricionales. 

   Al abandonar el piso superior, descendieron unas escaleras en espiral y se dirigieron a los lavabos. Nathan se hizo a un lado con fingida amabilidad, permitió pasar a un japonés borracho y le birló la cartera del bolsillo trasero de los pantalones. Incómodo, visualizó su traje Ralph Laurent de lana color gris, corte francés, talla cuarenta, de solapas estrechas, idéntico al suyo, con cierto desdén. Nathan rio, sardónico, al adivinar sus pensamientos. Sacó un fajo de yens de la Salvatore Ferragamo y la arrojó al suelo.

—Te han copiado el modelo, hermano.

   Faltaba poco para llegar. La adrenalina acrecentó su sistema nervioso simpático, disparó las reservas de glucógeno hepático, aumentó la presión arterial y le bombeó el corazón a mil por hora. Tenía la boca seca, pupilas dilatadas, manos sudorosas y ritmo cardíaco en cien pulsaciones por minuto. Nathan parecía tranquilo. Sus palabras aún latían en su subconsciente; un mantra que no me aportaba la seguridad que necesitaba.

«Será un trabajo fácil»…

    Se despreocupó y aceptó el momento actual. La venganza es un néctar que se servía frío. La ecuación era sencilla: comprar material de primera calidad, cortar la mercancía, venderla a terceros que quieren drogarse y cobrar por sus servicios, veinte por ciento de interés incluido. En aquel momento descubrió que la zona vip era cliente de su amigo. En caso contrario, lo hubieran echado a la calle por no llevar un maldito traje de marca. A veces las influencias son beneficiosas. Nathan era el camello del momento en Tokio: anfetaminas, cocaína apenas cortada, MDMA con dibujos manga en una de las caras, heroína cubana de las montañas de Nipe-Sagua-Baracoa, morfina industrial, opio chino, setas alucinógenas, benzodiacepinas, LSD y cannabis jamaicano, eran su especialidad. La clientela que les compraba era nutrida, variada, y forrada de pasta, que ingería drogas para escapar del tedio que invadía sus existencias. 



And you open the door and you step inside

We're inside our hearts

Now imagine your pain as a white ball of healing light

That’s right

Your pain, the pain of self is a white ball of healing light

I don’t think so... 1


  Nathan desenfundó la navaja Jester: 112 mm de longitud, 15’7 gramos, hoja de acero AUS-6 y mango negro de fibra de vidrio reforzado con nylon. El acero absorbió la luz de su entorno y anticipó una promesa de muerte. Entraron de golpe en los servicios y asustaron a su objetivo. Bryan se encontraba inhalando una línea de cocaína. Nathan le golpeó la cabeza, el tubo de platino se le hundió en la nariz, haciendo que lanzara un espantoso aullido de dolor. Jack cerró la puerta para evitar interrupciones. Tenía que ser una operación limpia; daría ejemplo aquellos que no quisieran pagar.

—¡Nathan! —berreó el negro—. ¡No me hagas daño!

   Sus ojos estaban llenos de lágrimas. El Armani color beige de tres botones empapado de sangre. No podía escapar de su destino: los 30.000 mil yens que les debía, junto a la escoria que había enviado a por su colega aquella misma mañana, significaban su certificado de muerte. 

—¡Tengo tu guita! —gritó—. ¡Te pagaré!

   Nathan ignoró sus palabras.

—Demasiado tarde, Bryan.

   Rápidamente, lo arrinconó contra la pared, con la Jester levantada. Una estela carmesí manchó el espejo. Su rostro quedó dividido en dos: la hoja afilada creó una segunda sonrisa y mostró los dientes perfectos. Bryan levantó las manos y bramó como un cerdo. Nathan lo derribó, la patada lo hizo vomitar; sus entrañas ensuciaron las baldosas impolutas.

—¡Nathan! —suplicó a duras penas—. ¡Por el amor de Dios!

   Nathan se inclinó sobre el negro y le clavó una rodilla en el esternón, inmovilizándolo. La navaja se hundió en su ojo izquierdo; el globo ocular seccionado saltó de la órbita y supuró un desagradable líquido carmesí. El segundo tajo le abrió las fosas nasales. Jack Tuvo que apartar la mirada; la mezcla de nieve, mucosa nasal y sangre le revolvió el estómago. Bryan chilló, un círculo de orina cubrió su entrepierna, demandando un auxilio que nunca recibiría. Bajo los efectos del éxtasis, la violencia del acto le resultó excitante, mientras Nathan desfiguraba a su víctima, convirtiendo su rostro en picadillo. 

«Será un trabajo fácil»…

   Segundos después, todo terminó; las deudas estaban saldadas. El negro fue incapaz de resistir el terrible castigo y se desvaneció en la inconsciencia. Satisfecho, Nathan encendió un pitillo y comprobó su ropa, que milagrosamente estaba intacta; la carnicería ni siquiera lo había rozado. 

—¿Lo has grabado?

—Claro.

   De manera automática, guardó el Nokia 9 PureView con procesador Snapdragon 845, 128GB de almacenamiento y cinco cámaras traseras de 12 megapíxeles, con manos temblorosas. El dantesco espectáculo, al ser colgado en Internet, llegaría a recibir la respetable cifra de dos millones de visitas en menos de 24 horas. Aunque era una opción arriesgada airear los trapos sucios, daría de que hablar a la competencia y, lo más importante, disuadiría a posibles gorrones. 

   Bryan se desangraba, su rostro era una masa desecha; la cirugía no podría reconstruir los daños irreparables ocasionados por los navajazos. Frankenstein, en comparación, sería el supermodelo masculino del año. Su colega escupió sobre el cuerpo inerte.

—Hasta nunca, Narciso —masculló burlonamente. 

   Hora de desaparecer del mapa; la bofia podía aparecer cuando menos lo esperaran. Estaban en paz; aquel desgraciado no volvería a joder a nadie. 



1 “This Is Your Life (Feat. Tyler Durden)”, Dust Brothers (Restless Records, 1999).