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viernes, 26 de febrero de 2021

¿Qué es lo lovecraftiano?: verdades y mitos sobre el Necronomicón

 





¡Viernes literario! Tengo el gusto de volveros a presentar a nuestro colaborador Francisco Negrete, alias El conde de Betancourt que nos trae esta interesante desmitificación del Necronomicón, como bien nos dice Francisco la obra más famosa de Lovecraft y sobre la que, sin duda, pesan más leyendas y supersticiones. Os invitamos a leer y sacar vuestras propias conclusiones. 



¡El Necronomicón! Quizás la obra más famosa de Lovecraft. Voy a ir directo al grano para evitar a toda costa los rodeos: este libro ha sido una de las principales causas que ha malformado por entero lo Lovecraftiano y Los Mitos de Cthulhu por igual. Basta con poner las tan temidas palabras clave en el buscador de Youtube, o de cualquier otra plataforma que albergue contenido audiovisual, para ser bombardeados con cientos y cientos de aportes sin sentido que únicamente desinforman a los ingenuos, haciéndolos pensar que esta obra se trata de un auténtico libro de hechizos.

  No voy a negar que la literatura ocultista y esotérica existe en el mundo real. Hablar sobre este tema es como intentar buscar una aguja en un pajar, siendo el asunto muy similar al de otras polémicas de porte equiparable y que no quiero mencionar porque terminaríamos por quedar varados en un punto muerto. No obstante, esto no pasa con el Necronomicón: un libro de magia ficticio que no es otra cosa que un elemento que explica varias «lagunas literarias» que existen dentro de Los Mitos Cthulhu y que los lectores de Lovecraft bien podrían aprovechar en lugar de estar actuando como imbéciles. Sí, he dicho imbéciles.

  Quizás algunos puedan estar pensando que es ahora cuando donde comenzaré a echar pestes sobre el contenido de DrossRotzank y del resto de hacedores de creepypastas, ¿cierto? Si bien merecido se lo tienen, la verdad es que la leyenda urbana del Necronomicón se remonta mucho antes del uso del internet tal y como lo conocemos en la actualidad, y esto no lo digo para sonar profundo o convincente; es que es la verdad. ¿O es que ya se olvidaron de la trilogía original de Evil Dead?

  Supongo que cualquier mexicano que se respete conocerá el tan afamado programa radiofónico de La mano peluda: unos episodios que aún hoy se transmiten durante las noches en la estación de Radio Fórmula, en donde se tocan temas de lo insólito como los espectros, los troles, y por supuesto, el Necronomicón. Al menos para mí, es imposible no reírme de la veracidad de ciertos temas aquí tratados y de algunos testimonios que han aportado determinados radioescuchas, aunque lo que sí no me causa gracia es la muerte que sufrió su más entrañable anfitrión, Juan Ramón Sáenz, misma que está rodeada de un halo macabro.

  El documento que nos deja ver con más claridad cómo Lovecraft fue construyendo El Necronomicón es la famosa carta del 27 de noviembre de 1927 que le envió a Clark Ashton Smith en donde describe levemente el fondo de la trama principal, es decir, la historia de Abdul Alhazred, el libro en sí y El horror de Dunwich, además de otros datos interesantes. Les recuerdo que gran parte de las cartas de Lovecraft han sido publicadas por Hippocampus press, todas ellas en varios volúmenes que cuentan con la participación del genial S.T. Joshi, aunque claro, cabe resaltar que el tema de la correspondencia Lovecraftiana es bastante extenso, y que hablar de él es casi imposible a raíz de que algunas misivas forman parte de colecciones privadas. En fin, según el mensaje:

  No he tenido ninguna oportunidad de producir material nuevo este otoño, pero he estado clasificando apuntes y sinopsis como preparación para algunos cuentos monstruosos más luego. En particular, he elaborado algunos datos sobre el célebre e inconfesable Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred. Parece que esta blasfemia espantosa se produjo por un autóctono de Sanaá, en Yemen, quien florecía alrededor del año 700 d.C. y hacía muchas peregrinaciones misteriosas a las ruinas de Babilonia, las criptas de Memfis y los estériles páramos llenos de diablos de los grandes desiertos del sur de Arabia — en Roba de Khaliyeh— donde afirmaba haber hallado señales de cosas más viejas que la raza humana, y aprendido la adoración de Yog-Sothoth y Cthulhu.

  El libro fue un resultado de la vejez de Abdul, que pasaba en Damasco, y el título original fue Al Azif — azif (cf. las notas a Vathek de Henley) era el nombre que se ponía a esos extraños ruidos de la noche (de insectos) que los árabes atribuyen al aullido de demonios. Alhazred murió —o desapareció— bajo circunstancias terribles en el año 738. En el año 950, Al Azif se tradujo al griego por el bizantino Theodorus Filetas bajo el título Necronomicón, y un siglo después el libro fue quemado por orden de Miguel, Patriarca de Constantinopla. Se tradujo al latín por Olaus en el año 1228, pero fue puesto en el Index Expurgatorius por el Papa Gregorio IX en 1232. El texto original se perdió antes del tiempo de Olaus, y la última copia conocida de la versión griega se estalló en Salem en 1692. La obra fue publicada en los siglos XV, XVI y XVII, pero pocas copias son existentes. Dondequiera que exista, se guarda cuidadosamente por el bien de la sensatez y bienestar del mundo. Una vez, un hombre leyó la copia en la biblioteca de la Universidad Miskatonic, en Arkham —lo leyó y huyó desenfrenadamente al campo—... ¡Pero eso es otro cuento!

  Me resulta bastante curioso cómo alguien que se dedicó a resaltar en demasía los defectos del género gótico en su célebre ensayo, El horror sobrenatural en la literatura, haya utilizado un elemento tan característico de éste al escribir el Necronomicón y atribuirle un pasado tan tumultuoso como el del Codex Gigas, sin olvidarnos de que también nos hace creer que lo que tenemos en nuestras manos es una traducción de un libro bastante añejo.

  A partir de aquí es que debo de hacer un pequeño paréntesis, ya que al contrario de lo que mucha gente piensa, Lovecraft jamás formuló esta serie de «prácticas mágicas», ya que no existe un dato en sus biografías o fuentes validadas por S.T. Joshi que haga constatar que haya concebido un libro de tal contenido. Sólo se hace mención de que escribió el relato de Historia del Necronomicón en 1938 —fecha que está muy próxima a la de la carta dirigida a Clark Ashton Smith— y cuya premisa ya mencioné por accidente. Lo pueden leer tranquilamente en el Volumen II de la Narrativa completa, impresa por Valdemar.

  Este inciso me estaba provocando un gran quebradero de cabeza, hasta que mi buen amigo Mario Garcéz —el chico que me vendió el ejemplar de Más allá de los eones— me recordó la existencia de El Necronomicón de Simon. Pero, ¿qué es El Necronomicón de Simon? Básicamente es una miscelánea del relato que he mencionado hace unos instantes y varios preceptos de la Magi(k) ceremonial de Crowley, es decir, una sofisticada estructura psicológica para entablar contacto con el Sí más elevado del iniciado, vinculando a los personajes de Lovecraft con los dioses del panteón sumerio y babilónico. De ahí que se mencionen entidades como Marduk, Pazuzu o Lilith, además de ciertas pronunciaciones fonéticas como Kutulu, destinada para nuestro cefalópodo favorito, Dios Loco del Caos para Nyarlathotep y Azag-Thoth, para el Caos Nuclear.

  Podríamos pensar que su asombrosa estructura no termina aquí, puesto que, si nos acercamos y tomamos un ejemplar de cualquier librería, seremos capaces de advertir que su estética literaria tira por emular la de determinados «grimorios» que rondan por ahí, como por ejemplo, la típica Clavícula Menor y Mayor del Rey Salomón, El Grimorio De Aka Paimon y varios ejemplares que se pueden conseguir sin mucho esfuerzo a través de la editorial Manus Sinistra. Mi amiga Nieves Guijarro concuerda en este punto. Les recuerdo que ella, además de su labor literaria, sube a su blog Caosfera lo que tiene a la mano sobre magia del caos, tótems, sin olvidar de que comulga con la doctrina del luciferismo. Tal y como lo dije en el vídeo anterior: el verdadero conocimiento arcano no se distribuye tan fácil y únicamente se limita a ser compartido por miembros de grupos muy selectos.

  Se mezclan también otros conceptos como el HADES, presente en algunas malas traducciones para el término Sheol (o Infierno judío) en las creencias cristianas y como nombre del carismático dios griego de la antigüedad. Yo sé que tras revisar las supuestas invocaciones uno se puede llegar a impresionar en demasía, pero el «¡IA! ¡IA! ¡Cthulhu!» de algunos rezos, terminan por delatarlo.





  La idea de entrelazar los caminos de Crowley y Lovecraft no es tan vieja tampoco. Si bien el blog de El espejo gótico tiene un artículo sobre ello, la información y análisis completo lo pueden consultar en la primera sección del propio Necronomicón de Simon impreso por La Factoría de Ideas —no confundirla con una antología de relatos del mismo nombre y editorial— cuyo enlace de compra en su versión digital de la Google Playstore voy a dejar en el comentario fijado.

  Cabe resaltar también, como dato curioso, que existe una secta denominada como La Orden Tifoniana que mira a nuestro hombre como un auténtico profeta. Esto último no me extraña, sabiendo que existe una religión en torno al canon de Star Wars llamada Jediismo. Ya lo comentaban los verdaderos sabios: el abuso del politeísmo llevó al monoteísmo, el abuso del monoteísmo al ateísmo, y mi aporte para tal idea es que el ateísmo se desvió hacia estas cosas. Y ahora que me atreví a mencionar al ateísmo, tengo serias cuestiones sobre lo que Lovecraft, un duro ateísta, habría pensado sobre lo que se cree actualmente de su persona si nos basamos en la declaración que le hizo a Clark Ashton Smith al momento de escribir El horror de Red Hook, diciendo que tales congragaciones no eran sino un nido de gente inculta que solía estar relacionado con los inmigrantes.

  Si voy un paso más allá, considerando una misiva hacia Willis Conover del 29 de julio de 1936, Lovecraft dice:

  Ahora bien, sobre «los libros terribles y prohibidos», me fuerzan a decir que la mayoría de ellos son puramente imaginarios. Nunca existió ningún Abdul Alhazred o el Necronomicón, porque inventé estos nombres yo mismo. Luwdig Prinn fue ideado por Robert Bloch y su De Vermis Mysteriis, mientras que el Libro de Eibon es una invención de Clark Ashton Smith. Robert E. Howard debe responder de Friedrich von Junzt y su Unaussprechlichen Kulten.... En cuanto a libros escritos en serio sobre temas oscuros, ocultos, y sobrenaturales, en realidad no son muchos. Esto se debe a que es más divertido inventar trabajos míticos como el Necronomicón y el Libro de Eibon.

  Me hace mucha gracia que De Vermis Mysteriis aparezca en el Necronomicón de Simon de La Factoría de Ideas como un trabajo de Lovecraft cuando, tal y cómo se apreció, es una inventiva de Robert Bloch que aparece en El vampiro estelar. En resumen, al menos por parte de sus verdaderos padres, no existe ningún Necronomicón, De Vermis Mysteriis o Libro de Eibon. Al menos no físicamente.

  Para rematar con la serie de inconsistencias que he estado enumerando, me gustaría citar a un «hermano gemelo» de El Necronomicón de Simón que se hace llamar Grimorium Imperium o El libro de los viejos espíritus de un tal John Dee. Creo que no existe discusión cuando una obra literaria está bien realizada, pues ésta llega a tener a varios admiradores que intentan reproducirla, algo que, como ya repasamos, también hizo Lovecraft con Dunsany, Poe y Machen. Le pasó también a Ann Radcliffe, a Cervantes y a Conan Doyle. Lo que me sorprende es que el problema no sólo persiste en el habla hispana: los angloparlantes tienen también sufren por él. Veamos, gracias a la herramienta de traducción instantánea, lo que un comprador de Amazon opina tras haberlo adquirido…

  Si nos apoyamos en una versión electrónica que tengo a la mano, veremos que aparece muchas veces la palabra de Nyarlathotep…

  Regresando al verdadero Necronomicón, al ficticio, la condición de libro maldito es algo que Lovecraft utilizó muy bien y que los más versados en el terror saben que tomó de la genial novela de El rey de amarillo, de Robert William Chambers; así que las supuestas maldiciones que podrían ocurrir tras leerlo no son lo que aparentan. Pero entonces, ¿qué son todos esos hechos inexplicables, esas calamidades que ocurren luego de que la gente lea estos supuestos conjuros? Tantas personas no podrían estar equivocadas, ¿o sí? Al menos dentro de lo poco que yo entiendo de estas cosas, esas «fuerzas misteriosas» son una manifestación del poder energético de la propia mente, y no me refiero a la sugestión y otros problemas psiquiátricos y psicológicos, sino a algo parecido al fenómeno poltergeist. Al final, lo que Juan Ramón Sáenz decía en su programa no estaba del todo tan incorrecto; únicamente mal enfocado. En serio, deberían de tenerle más consideración al poder del pensamiento humano.

  Sin embargo, me estoy olvidando de lo verdaderamente importante: del valor literario del Necronomicón dentro de Los Mitos de Cthulhu. Me sorprende que BitielAventura, un creador de contenido que se enfoca por entero a los videojuegos, entienda mucho mejor lo Lovecraftiano que otros que se dedican a subir vídeos de terror. Y es que en la comparativa que hace entre Bloodborne y la literatura de El solitario de Providence, Bitiel comenta que al igual que Los Grandes en la obra de Fromsoftware, los Great Old Ones de Lovecraft, o Los Grandes Antiguos, no son dioses en su totalidad, sino extraterrestres que se encuentran en un plano superior de la existencia y que aparentan ser deidades a nuestros débiles ojos porque no somos capaces de comprender su naturaleza. Y es aquí en donde entra Abdul Alhazred y el Necronomicón, demostrando a leguas nuestro estéril entendimiento. Los Great Old Ones son entidades a las que se les puede hacer daño, como a Cthulhu en la parte final de la novela, o a la mismísima aberración de El horror de Dunwich. De hecho, algunos piensan que los poderes de los Great Old Ones no son otra cosa que tecnología avanzada que aparenta ser magia, aspecto que se hace constatar en Las montañas de la locura con los shoggoths. Siempre que veo la litografía de H. R. Giger llamada también Necronomicón, se me viene mucho a la cabeza todo esto.

  Regresando al Necronomicón de Simon, diré que me estoy basando en la segunda edición de 2008 publicada por Editorial TOMO. Sí, he dicho bien: la marginal Editorial TOMO. Mucho he especulado sobre por qué este libro no se encuentra en mejores condiciones. Tras mirar este meme sobre Los hornos de Hitler, creo entender el motivo.

  Y es que para empezar, las mismas editoriales y librerías también han alentado a esta ola de desinformación al colocar al Necronomicón de Simon junto a los ejemplares de santería, horóscopos y tarot. El maquetado, empastado e imagen de cubierta que le dan no ayudan mucho tampoco pues aparenta ser un libro de ese estilo, sin descartar que se lo atribuyen totalmente a Lovecraft y de que tampoco tiene el nombre correcto.

  Existe, no obstante, una alternativa hispanoamericana que se ha arriesgado a darle una cara lujosa a la obra y rescatarla de esta podredumbre. Me estoy refiriendo, faltaba menos, al colectivo peruano llamado Editorial Cthulhu. Ellos lo dotaron con un empastado de madera asombroso. Honestamente, pese a las diferencias que tengo con la editora y algunos de sus escritores, animo a toda mi audiencia peruana a que lo compren, dado a que es una edición muy bonita que admito que yo mismo quisiera tener. Eso sí queridos paisanos y resto de espectadores: absténganse de preguntar en su página de Facebook sobre si hacen envíos al extranjero, que esta editorial suele mostrarse bastante hostil por ello (si lo sabré yo). Intentan ser profesionales en el ramo, aunque realmente no lo son. De cualquier modo, la mala publicidad es siempre nula.





  Los chicos de Editorial Mirlo también apuestan por darle un enfoque adecuado al Necronomicón, quiero decir, meramente literario. No tengo su creación, pero por lo que sé, se encuentra ilustrada. En mi opinión, este rasgo le da un toque muy artístico que me llama mucho la atención. Por lo poco que he visto de su índice en un par de fotos, parece que también cuenta con algunos cuentos como Los otros dioses, lo que podría reforzar la experiencia.

  Regresando a la edición de TOMO, el libro comienza muy bien con la explicación de cómo fue el verdadero proceso de imprenta de Historia del Necronomicón; según nos dicen, Lovecraft no tenía pensado publicar ya que sólo era para distribuirla a sus amigos. En 1938 se editaron 80 ejemplares como panfleto conmemorativo de la Rebel Press, después la reimprimiría Derleth en 1943 en la antología Beyond the Wall Sep y de ahí en adelante iría publicándose de manera subsecuente. Me gusta mucho un fragmento de una carta dirigida a Harry O. Fischer de 1937 que dice:

  El nombre Necronomicón (nekros: cadáver; nomos: ley; icon: imagen = Una imagen [o representación] de la ley de los muertos) se me ocurrió durante un sueño, aunque la etimología es perfectamente válida.

  Desgraciadamente, este genial punto se ve rápidamente dilapidado cuando se mezcla la historia del árabe loco sin detenerse a explicar dónde comienza la realidad y dónde la ficción. Todos conocemos la trama: Abdul Alhazred se interna en las ruinas de la vieja Babilonia, entonces, aparecen unos seres de naturaleza desconocida, que en lugar de matarlo para preservar su conocimiento, se lo transmiten a lo largo de los años. Al final, el erudito muere despedazado de día, a ojos de miles de testigos, por culpa de una bestia invisible. Las páginas siguientes son sólo un compilado de sellos, embrujos y demás rituales varios que sirven, como no, para fines netamente materialistas.

   Pero, ¿quién es Abdul Alhazred? El tipo no es más que otro alter ego de Lovecraft al igual que Randolph Carter. La creencia popular dice que es una referencia hacia Las Mil y una noches —aspecto que dudo en demasía porque no encontré ningún nombre parecido ahí en la Edición de Edhasa, la más fiel—; mientras que Spregue De Camp nos dice que no era más que un sobrenombre que Lovecraft utilizaba en su infancia durante sus juegos y que fue sugerido por un viejo amigo de la familia; y por último, S.T. Joshi nos comenta en un libro de la Hippocampus Press del 2017 —mismo que reúne todas las cartas dirigidas, nuevamente, a Harry O. Fischer— la relación del poeta loco con el libro y el motivo por el que se complementan perfectamente entre sí:

   El nombre Necronomicón se me ocurrió en el curso de un sueño. Al asignar un autor árabe a un libro de nombre griego, estaba invirtiendo caprichosamente la condición por la cual el monumental trabajo astronómico del griego Ptolomeo (Megalê Syntaxis Tês `Astronomias) se conoce comúnmente por el nombre árabe Almagesto (o más verdaderamente, Tabrir al Magesthi), el cual, se desarrolló a partir de la corrupción del título original cuando los árabes hicieron su traducción…

  A manera de conclusión, volveré a repetir de que si bien la gran mayoría de creadores de creepypastas son culpables de difundir una mala información sobre el Necronomicón, y que las ofensas que algunos le lanzan están más que justificadas —en donde algunos como Dross no les queda otra cosa sino que que admitir, en letra muy pequeña, que sus vídeos son solamente para entretener— la realidad es que los verdaderos culpables en todo esto son ustedes: los espectadores, puesto que se quedan con la primera información que encuentran sin siquiera tener la iniciativa de compararla con otra, aunque tampoco ayuda mucho si esa «otra» son también puras mentiras. Un refrán que decimos en la ingeniería que se aplica por entero aquí es que cuestionen siempre lo que escuchen. De hecho, únicamente créanme la mitad de lo que les acabo de decir y de la otra duden, pero traten de averiguarlo ustedes. Recuerden que estaba por equivocarme con el nombre de El Necronomicón de Simon.

  Quizás no soy el más original o el más pacífico al momento de mostrar mi contenido; sin embargo, si trato de ser el más honesto debido a que yo mismo pasé por esto cuando me adentré al mundo de la literatura de terror; y sinceramente, sentí mucho coraje cuando me di cuenta del tipo de ideas absurdas que tenía en la cabeza por culpa de unos idiotas. Vulgarmente diré que me vieron «la cara de oaxaco». Así que todos, en algún momento, hemos llegado a pensar que El Necronomicón es un libro real de magia y que entre sus páginas moran las fórmulas mágicas para hacer aparecer a los Great Old Ones.


versión audio en el canal de El conde de Betancourt






viernes, 11 de diciembre de 2020

Ghost Story: ruidos extraños al final de la escalera

 





¡Viernes literario! Caosfera no podía faltar a su cita de cada viernes y esta semana contamos con una colaboración deluxe: Francisco Negrete (El conde de Betancourt), a quien ya os presentamos en una larga e interesante entrevista que podéis leer aquí, nos regala un extenso artículo en el que disecciona al completo la idiosincrasia de la llamada Ghost Story tradicional. Al final de este artículo tenéis los enlaces de sus respectivos espacios donde podréis encontrar interesantes críticas literarias y estudios de las mejores obras de género.




Hablar para mí de este estilo literario en su estado más puro y bruto (en el buen sentido) supone echar una mirada rápida hacia un puñado de autores consagrados dentro del género: M. R. James, Wilkie Collins, Edward Frederich Benson, Henry James, William Wymark Jacobs, Charles Dickens, Bram Stoker, Joseph Sheridan Le Fanu, entre otros. 

  La lista de estas personalidades es bastante extensa, ciertamente, tomando en cuenta que la mayoría de ellas son de un muy obvio origen anglosajón e irlandés; una región que posee una amplia gama de tradiciones terroríficas desde los tiempos de Horace Walpole, Matthew Lewis y compañía. Siempre he dicho, y no me cansaré de repetirlo, que a la Ghost Story siempre habrá que leerla como unos bien portados caballeros. 

  Un libro que por regular me gusta citar para ocasiones como estas, aunque he tenido poco contacto con él, debido a las limitantes que supone comercializarlo en las tierras de Los hijos del Sol, es Classic Ghost Stories editado por la Dover Publications en el remoto año del 2012; un tomo que, según sus descripciones, intenta ser una antología rica en detalles e incidentes macabros. Compila todas esas figuras que, por varios años, aterrorizaron a los ciudadanos ingleses ya sea a través de autopublicaciones o apariciones en revistas. 

  Aquí podremos encontrar varias obras imprescindibles tales como Explicación de algunos disturbios extraños en la calle Aungier del propio Le Fanu, en el que dos jóvenes, ambos estudiantes de medicina, alquilan la vivienda de un tío con el único propósito de estar más próximos a sus aulas y diversiones, sin siquiera sospechar que estarán bajo el constante acecho de un juez; o de igual manera, en El fantasma perdido de Mary E. Wilkins, apreciaremos la historia sobre una presencia infantil y perturbadora que infunde miedo y malos presagios a todos aquellos con los que ha de toparse. 

  Me gustaría hacer un pequeño paréntesis para hablar con más atención de un autor que ya he mencionado anteriormente: Joseph Sheridan Le Fanu o El príncipe invisible, como también se le conocía. Una persona de evidente carácter melancólico y a quien a menudo se le atribuye ser el padre del género. Abogado de profesión, su pasión por las letras terminó por ponerle a la cabeza de la Dublin University Magazine en 1861. El mismo M. R. James solía referirse a Le Fanu de la siguiente manera: «absolutamente está en el primer lugar como un escritor de historias de fantasmas». Tal elogio no es para menos, ya que si prestamos atención a uno de sus trabajos más famosos llamado In a Glass Darkly, o Los archivos del doctor Hesselius, tal y como se le conoce en nuestro idioma, podremos comprobarlo con narraciones del calibre de Té Verde, Carmilla o El familiar (el favorito de M. R. James). Otras entregas igualmente importantes a destacar serían El fantasma y el colocahuesos, El espectro de Madame Crowl, El gato blanco de Drumgunniol y Schalken el pintor, mi favorito. Aunque claro, no sería hasta la aparición de la novela de El tío Silas, con la que Le Fanu se ganara por fin ese grado de honor que lo convertiría en el más famoso escritor de esta tradición. 

  Una novela corta que se sale un poco de esta estética, aunque no del todo, es una de las obras más famosas de Robert Louis Stevenson llamada El ladrón de cadáveres, un clásico imperdible donde dos personajes de dudosa moralidad conocidos como Fettes y el doctor Wolfe Macfarlane no se tentarán el corazón al momento de profanar las tumbas para llevar a cabo sus prácticas de anatomía. Aunque si de inspirar temor se trata, supongo que el relato de Janet la torcida es un exponente bastante más ligado al canon, debido a que el protagonista se mirará acosado de una manera mucho más constante por apariciones espectrales. 

  A partir de este punto es que la cosa toma un rumbo un poco más orientado hacia los autores de culto al atreverme a nombrar a Wilkie Collins: un profundo admirador de Mrs. Radcliffe y amigo íntimo de Charles Dickens, otro escritor que ya nombraré más adelante. Classic Ghost Stories incluye entre sus páginas el cuento de La señorita Zant y el fantasma en el que, durante una caminata por el parque, un padre y su hija atisban a una inusual mujer vestida en sombras y cuyo aura no hace más que despedir un halo de misterio sobrenatural. 



ALGUNOS DE LOS PRINCIPALES AUTORES DE GÉNERO



Henry James
                             
Charles Dickens

Bram Stoker


Matthew Lewis

 

Mary Shelley

 

 




  Y es que es precisamente Charles Dickens, si me lo preguntan, alguien a quien quizás pueda parecer extraño que lo incluya dentro de este grupo. El tomo de El guardavías y otros cuentos de fantasmas publicado por Valdemar nos ha dicho que, últimamente, se le ha reconocido a esta leyenda la importancia de incluir bastantes elementos macabros en su obra. Resulta muy curioso que narraciones que a nuestros ojos hoy podrían parecernos tontas como Un cuento de Navidad, sean el ejemplo más rápido al que pueda recurrir (misma obra que han prostituido de manera abismal junto a El príncipe y el mendigo de Mark Twain); sin embargo, si queremos tomar un ejemplo que realmente nos inspire miedo, supongo que el mismo cuento de El guardavías sería el más apropiado dado que los aspectos del otro mundo torturan al protagonista de una manera hartamente psicológica. Es un hecho que muchas de estas entregas fueron publicadas durante las vísperas de Nochebuena, por lo que ya saben qué hacer en esos tiempos dedicados al amor, la paz y el nacimiento de Nuestro Señor. 

  A partir de aquí me pongo serio, puesto que hablar de Edward Frederich Benson no es cosa de risa. Si bien no poseo el material que quisiera referente a este escritor, eso no significa que no sea capaz de hablar de él. Benson abordó el concepto de lo fantasmagórico a partir de elementos propios de la creciente modernidad del siglo pasado con los relatos de La confesión de Charles Linkworth, La reconciliación y Monos. 

  Posiblemente, dadas mis limitantes, estaría dejando fuera ciertas curiosidades que no vendría mal mencionar. El alquiler espectral, de Henry James, trata sobre un joven sin escrúpulos que descubre una casa embrujada ubicada en los límites de la ciudad; La habitación que silbaba, de William Hope Hodgson, nos pone en la piel de Carnacki, su cazador de fantasmas, en una misión en donde tendrá que encarar al espectro del castillo de Iastrae que no deja en paz a sus habitantes; Las tres hermanas de William Wymark Jacobs (el creador de la célebre Pata de mono) expone una premisa de venganza y avaricia entre un trío de señoritas en donde el humor más cruel y los fantasmas danzarán sin parar; Había un hombre que vivía junto a un cementerio, de M. R. James, se desarrolla durante el periodo Isabelino y nos cuenta la forma tan tortuosa en la que un espectro (delgado, enano y peludo tal y como él solía describirlos) atormenta a un desgraciado ladrón de tumbas; y por último, La casa del juez de Bram Stoker, donde un estudiante que necesitado de paz y tranquilidad, alquila en su ignorancia una casa habitada por el espíritu demoníaco de un señor justicia. 






  Para concluir, cabe mencionar que sería imposible nombrar, en tan poco espacio, a una escuela en donde hubo una cantidad abrumadora de escritores. Es tanta la variedad, de hecho, que varios se convirtieron en meros clichés hasta el punto de ser referidos como parodias por Frank Belknap Long en Los devoradores del espacio. No abrigo la menor duda de que esto pueda ser cierto, dado que varios de estos representantes aún hoy son un tanto olvidados; empero, poco a poco han comenzado a surgir de entre los rincones más oscuros del mundo al igual que los aparecidos que por tanto tiempo fuesen sus modelos estéticos. 




Referencias: 


Briggs, Julia (1986). "James, M(ontague) R(hodes)". In Sullivan, Jack, ed. The Penguin Encyclopedia of Horror and the Supernatural. New York: Viking. pp. 233–35. ISBN 0-670-80902-0 


Classic Ghost Stories. Dover Publications. United States. 2012. ISBN: 0486404307. ASIN: B00A62HA3M. 


Los archivos del doctor Hesselius. Valdemar. Madrid, España. 2002. ISBN-10: 847702412X. 


La habitación del «Dragón Volador» y otros cuentos de terror y misterio. Valdemar. Madrid, España. 2015. ISBN: 978-84-7702-798-0. 


El tío Silas. Siruela. Madrid, España. 1988. ISBN-10: 84-85876-94-6. 


El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde y otros relatos de terror. Valdemar. Madrid, España. 2003. ISBN-10: 84-7702-426-X. 


El guardavías y otros cuentos de fantasmas. Valdemar. Madrid, España. 2012. ISBN: 978-84-7702-727-0. 


Cuentos de Navidad. Penguin Clásicos. 2016. ISBN-10: 8491052046. ISBN-13: 978-8491052043. 


El santuario y otras historias de fantasmas. Valdemar. Madrid, España. 1999. ISBN-10: 84-7702-270-4. 


Corazones perdidos. Cuentos completos de fantasmas. Valdemar. Madrid, España. 2014. ISBN: 978-84-7702-765-2. 


Carnacki, el cazador de fantasmas. Valdemar. Madrid, España. 2011. ISBN: 978-84-7702-694-5. 


Henry James: 13 cuentos de fantasmas. Valdemar. Madrid, España. 2000. ISBN: 978-84-7702-674-7. 


Bram Stoker: Cuentos completos. Páginas de Espuma. Madrid. España. 2018. ISBN: 978-84-8393-242-1. 


La pata de mono y otros cuentos macabros. Valdemar. Madrid, España. 2000. ISBN-10: 84-7702-313-1. 


Cthulhu. Una celebración de los mitos. Valdemar. Madrid, España. 2015. ISBN: 97884-7702-787-4.




ENLACES DE INTERÉS







viernes, 8 de mayo de 2020

Entrevista a Francisco Negrete






¡Viernes de entrevista! Como sabéis, una vez al mes os traemos el interesante punto de vista creativo y autores y, en general, artistas. En esta ocasión, le ha tocado el turno a Francisco Negrete, autor en varios medios (Revista PenumbriaRevista EntropiaThe WaxRevista Letras y demonios) y antologías (Gritos sucios de Ed. Vernacci, Líneas de cambio 3 de Ed. Solaris) amén de crítico literario en su canal de Youtube  El conde de Bethancourt. Si queréis seguir todas las entradas culturales y novedades de Francisco, podéis hacerlo a través de la página de Facebook Señor muerte. Sin más que decir, os dejo conocerle mejor.




1. ¿De dónde surgió tu amor por la literatura? 

Desde mi más tierna infancia, si mal no recuerdo. Siempre fui elogiado como alguien con mucha capacidad, y al ser el menor de 4 hermanos, mi madre tenía bastante tiempo libre conmigo e insistía mucho en que desarrollase algunas habilidades académicas, entre las que destacaban las matemáticas y la lectura. Aún recuerdo esas tardes en las que me ponía a leer en voz alta los cuentos de mi libro de lecturas; media hora al día, precisamente. Fue algo más por imposición, y curiosamente, le cogí el gusto sin siquiera notarlo. Recuerdo con anhelo cuentos como La sopa de piedra, Juan sin miedo, La leyenda de El Tajín y Los siete truenos (un cuento tradicional de México) y un resumen de El fantasma de Canterville. También solía hacerme con ciertas revistas usadas y enciclopedias. Todos los domingos, mi madre, mi hermana y yo íbamos a un mercado ambulante y le compraba este tipo de material a un señor, que por cierto, todavía vende. Las revistas sobre dinosaurios destacaban ante todo, pues su aspecto monstruoso siempre se me hizo llamativo. 



2. ¿Recuerdas cuál fue el primer libro que disfrutaste? 

Por supuesto; esas cosas jamás se olvidan. El primero de ellos fue Frankenstein o el moderno Prometeo. Iba en 5to grado de primaria. Editores Mexicanos Unidos, mejor conocidos como EMU, habían establecido un pequeño kiosco en las afueras de la escuela para hacerle competencia a las tarjetitas de Yu-Gi-Oh y demás chucherías. Recuerdo que mi madre adquirió una buena cantidad de libros para seguir inculcándome el hábito de la lectura. En realidad son libros bastante baratos, incluso hoy en día; no obstante, dado el poco poder adquisitivo que teníamos en ese entonces, digamos que fue una gran inversión. 

  En fin, como iba diciendo, ese lote destacaba por la inmensa variedad de folclore local que contenía, en donde había leyendas y mitos sobre duendes mexicanos (aluxes y chaneques), naguales, brujas, dioses y guerreros míticos. Entre ellos había dos libros: Cuentos de amor, locura y muerte de Horacio Quiroga y el de Frankenstein; opté por este último. Lo recuerdo bien porque, dadas las influencias de películas y videojuegos previos, el interés en ver el desarrollo del personaje de Igor siempre me intrigó (no por eso la banda homónima es una de mis favoritas también), y al percatarme que en toda la maldita novela éste no aparecía, concluí que las historias que habían tenido sus raíces en los libros (como esta) eran muy diferentes de sus primos audiovisuales. Fue entonces cuando verdaderamente me interesó la lectura, dado que esos ligeros cambios me inquietaron de verdad. Finalmente realicé las actividades de lectura de comprensión que venían al final del ejemplar, algo muy gratificante, por cierto, dado que me hizo recordar las mejores partes de la novela. 



3. ¿Y la primera historia que se perfiló en tu mente e hizo que cogieses la pluma por vez primera? 

Vaya… ¡Que recuerdos! Bueno, siempre me han estimulado las pesadillas. Casi siempre me sobresalto a raíz de un sueño malsano. Esto fue más o menos a los 17 años. Siendo honesto, no había leído lo suficiente, mi ortografía y retórica eran terribles por aquellos años, y aún así, me animé a escribir. Trataba sobre mí mismo, en uno de los tantos valles semi-paradisiacos que todavía se pueden ver cerca de mi hogar, aunque ahora yacen ultrajados por paisajes industriales. Había grandes arboledas verdes que lo cubrían todo con una sombra esmeraldina. Y la muerte, tan presente en la cultura mexicana, me habló de forma incomprensible. Entonces recuerdo haber escalado un cerro y llegar a una casa; una casa tan marginal como todas las de la zona. Entré y divisé a una bestia “sin forma” devorando a una niña mientras sus padres se mostraban vacuos e indiferentes. Antes de despertarme horrorizado, recuerdo que los despojos de la criatura, especialmente su cabeza, comenzaron a flotar y hablarme de forma aún más incomprensible a como lo hizo La muerte. 

  En cuanto abrí los ojos salté de la cama, me dirigí al computador y empecé a teclear como loco, sin que me importaran detalles y aspectos tan técnicos, que para mí, ahora son muy importantes. 



4. ¿Influyó en tu decisión algún autor o autora en particular? 

Realmente sí. Creo que sería bastante evidente decir que fue Howard Phillips Lovecraft, dado que cuando descubrí su literatura (y más tarde a todo su círculo e influencias, incluido recientemente a Lord Dunsany), me di cuenta que existía una literatura que poseía todo lo que me inquietaba y gustaba por igual, es decir: dioses extraños y siniestros, lugares fantásticos e irreales, situaciones extremas de estremecimiento y un inminente amor por lo onírico y la naturaleza. Y bueno, cabe resaltar que, si lo vemos desde cierta perspectiva, la primera fue Mary Shelley, aunque Lovecraft y su círculo lo terminó por reforzar. 



5. ¿En qué género te sientes más cómodo a la hora de elegir una lectura y de crear? 

La fantasía oscura, y por supuesto, aquella que presente ciertos elementos viscerales del gore y el erotismo. Creo que es un campo que me permite explorar y explotar todo lo que tengo dentro de mi cabeza: esas situaciones de seres corrompidos por preceptos, que para nuestra mente, parecen divinos, aunque sean siniestros en realidad. 

  

6. Antes te he preguntado si influyó en tu decisión algún autor en particular, ¿tienes preferencia por algún autor del panorama actual? 

Es difícil decidirlo, sabes, pues como quizás hayas advertido ya, me inclino más por lo clásico, aunque te podría decir que siento un gusto especial por Thomas Ligotti y por Clive Barker (aunque sus tres primeros tomos de Libros de Sangre no hayan sido mucho de mi predilección). El uno es por su clara esencia y referencia a los clásicos que tanto me gustan, además de su visión tan clara sobre el papel tan insignificante que jugamos en el universo. El segundo es por la inclusión de elementos Gore y Splatterpunk en sus obras, todo a raíz de que, durante mi adolescencia, me interesé por el cine que exploraba estas facetas, topándome, como no, con Hellraiser o cintas como August Underground y Guinea Pig. Digamos, que para mí, convergen en cierta forma. 



7. En tu canal de Yoututube: El conde de Betancourt, te especializas en reseñas literarias. ¿Cómo surgió este proyecto? 

Con el paso de los años, y conforme mi poder adquisitivo se fue pronunciando más, adquirí una cantidad inimaginable de libros, especialmente de la editorial Valdemar. No es que le tenga manía a esa editorial, sino que simple y sencillamente se dio la casualidad de que ellos imprimen todo lo que a mí me interesaba (luego descubrí otras). En fin. Un día que mi viejo librero comenzó a pandearse por el peso de mis tomos, y de que muchos de estos no habían sido reseñados, me dije a mi mismo: «Sería buena idea reseñar estos libros, al menos para que la gente sepa de su existencia». Y bueno, creo que el resto es historia. 



8. ¿Qué criterios sigues a la hora de elegir las obras que vas a reseñar? 

En primera instancia, tiene que ser un libro que me guste. Realmente nunca voy a reseñar un libro que me haya causado cierta aversión. Anteriormente sí que hice eso con una recopilación de cuentos de Robert Bloch y con los tres primeros tomos de Libros de Sangre, y los resultados no fueron muy favorables que digamos. En segundo lugar, tiene que ser un libro encasillado dentro de los géneros que tanto nos gustan que es el terror, y en mi caso, el gótico de la vieja escuela. Con el paso del tiempo fui leyendo libros de filosofía y ocultismo (porque vamos, el terror y el horror te terminan llevando a eso); pero por obviedad, esos nunca los voy a reseñar, ya que además de parecer pretencioso, son temas un poco más delicados que uno no puede ir hablando a los siete vientos. Al menos yo no me animo. 



9. Eres una persona creativa en el ámbito de la escritura, ¿dirías que la creatividad es algo realmente alimentado por la cultura y el conocimiento, o corresponde más a impulsos? 

Bueno, ciertamente la creatividad abarca estos aspectos que dices. Necesitas cultura (que yo definiría como educación) y conocimiento para poder hablar sobre algún tema específico, pues de lo contrario, terminarás recitando puros trabalenguas. Sin embargo, creo que puedes tener toda la disposición e intelecto para poder crear algo, pero si no tienes los hábitos de la constancia, de la responsabilidad y el compromiso, creo que es muy poco probable que llegues a ser algo. Los maestros no nacen, se hacen. 



10. Según tu opinión, ¿qué género literario está actualmente en boga? 

Bueno, si revisamos la historia literaria, cada país, por muy globalizados que estemos hoy, tendrá siempre una literatura muy particular. Si queremos analizar el asunto de forma más generalizada, parece ser que aunque el realismo y los libros de reflexión y autoayuda son los dominantes en las librerías (o al menos las que yo frecuento) la literatura fantástica y de terror ha estado gozando de buena salud, sobre todo por las editoriales independientes de habla hispana que veo que rondan por el mercado. 



11. Estás participando en diversos proyectos literarios con relatos y artículos de tu cosecha, ¿dónde podemos encontrarte? 

Las reseñas las pueden encontrar en formato escrito en el blog de Penumbria. Recientemente Editorial Solaris lanzó Líneas de Cambio 3, que es un especial de fantasía épica al más puro estilo de Robert Howard. Siguiendo esa premisa, creo que es más sabido por ti y tus lectores que me pueden encontrar en Gritos Sucios, además de leer un relato de suspenso en el primer número de la Revista Entropía. En la revista Letras y demonios No.8 también me pueden encontrar con un relato de terror fantástico sobre nahuales (o algo parecido a ello) y otros sitios más, que podrán encontrar en la descripción de mis vídeos. 



12. ¿Qué les dirías a los lectores para convencerles de que se acercasen a tu canal y a tus proyectos? 

En cuanto al canal de Youtube, les diría que si quieren acercarse a reseñas donde se traten y se desmenucen con simpleza algunos elementos intrincados de los libros del terror clásico, creo que el espacio les gustará, además de que estos temas son tratados con seriedad, y sobre todo, de una forma bastante didáctica, sin caer obviamente en el tedio. En cuanto a mi obra literaria, bueno, les diría que si lo que buscan son historias largas con elementos inquietantes, fuera de lo común, oscuros, llenos de referencias a la sangre, los temas sacros, situaciones irreales y que además se toquen tópicos de manera sutil como la mística, entonces creo entonces que dichos cuentos son para ustedes. Por cierto, todas las historias están conectadas, porque vamos, a mi me gusta hacer referencia a mis otras entregas. 



13. Háblanos acerca de tus futuros proyectos y añade todo lo que desees. 

En estos tiempos de cuarentena estaré dándole duro a las reseñas en el canal, y por otra parte, a intentar participar en alguna que otra convocatoria de relatos cortos. Ya por el mero gusto de escribir, creo que continuaré con los cuentos largos de una serie de historias sobre un detective de lo paranormal: algo parecido a John Silence (aunque con más dramatismo) la cual sería una saga de 7 u 8 cuentos que estarán igualmente conectados con todo lo que he escrito hasta ahora, inclusive con el relato de Gritos Sucios. Tengo entre mis planes lanzar igualmente una revista literaria, aunque eso es más un proyecto a largo plazo dado otras actividades que debo desempeñar. 

  Y bueno, como conclusión a esto, simplemente les hago una atenta invitación a seguir disfrutando de estos, nuestros géneros: el terror, la fantasía y el splatterpunk pese a todos los cánones literarios de hoy. Después de muchos años, algunos críticos siguen considerándola como una literatura de segunda categoría; como desvaríos de meros locos. Yo digo que nos acerquemos más a ella, que demostremos lo contrario y que no importa si sólo eres un lector o te interesa aportar algo con un escrito. Existen muchas maneras para enriquecerla, como bien puede ser un pequeño blog como este, un canal muy de nicho como el mío o las revistas y sitios que albergan el trabajo de autores principiantes y amateurs. 


Muchas gracias por responder esta entrevista.


viernes, 21 de septiembre de 2018

En las ruinas de lo sagrado



Imagen sujeta a derechos de autor

Como adelanto del contenido que os estamos preparando para Gritos sucios, nuestra antología Splatterpunk os presentamos a uno de los autores seleccionados: Francisco Negrete, alias El conde de Betancourt, devorador de libros y reseñador en su canal de YouTube Señor muerte. Francisco nos presenta su relato En las ruinas de lo sagrado. No perdáis la oportunidad de saborear este terror atávico y de prosa cuidada 





Pero, ¿sabe alguien quiénes son los sabios y quiénes 

los locos en esta vida donde la razón debería 

llamarse a menudo “necedad” y la locura “genio”? 

El miedo [La Peur (1884)]: Guy de Maupassant 




Las palabras que estás a punto de leer se encuentran muy dentro de mi cabeza, ya que el lugar en el que me hallo no hay papel, no hay pluma y no hay medio alguno para plasmarlas. ¿Qué es esto que difumina mis brazos, mis piernas y mi cordura? ¿Son acaso tinieblas o es alguna otra fuerza infrahumana que no alcanzo a discernir? Para ser honesto sigo sin descubrirlo; y por ende, creo que sólo malgasto el tiempo con estas divagaciones inútiles. ¡Maldita sea la curiosidad del ser humano por querer comprenderlo todo! ¡Por eso mismo sufro de esta manera! En fin… Será mejor que me apresure a narrarles esta historia, pues sé que muy pronto me veré subyugado por la ausencia de luz y por el dolor. 


  Mi nombre era —o mejor dicho, es, puesto que el asunto es confuso—, Doroteo Migoni, y me ganaba la vida como historiador, columnista y periodista independiente. Redactaba, en su mayoría, artículos que solían centrarse en el apartado pluricultural de México. Toda mi vida fui aficionado al modus vivendi de las distintas poblaciones indígenas —o con origen indígena— de la república; me generaba un especial interés el apartado de sus creencias religiosas y demás elementos de su folclore. 

  Aquel día fatídico de verano me encontraba realizando mi segunda expedición hacia el decrépito estado de Las Profundidades; una región enigmática y de ensueño con un pasado siniestro, oscuro y tremebundo. ¿Y por qué digo mi segunda expedición? Pues porque hace ya algunos años, mientras escribía mi libro, Mitologías locales de Mesoamérica, había intentado empaparme con los antecedentes históricos de dicho territorio para incluirlos dentro de mi obra, ya que hasta ese entonces, no hubo publicación que osara hacerles referencia. No obstante, durante ese primer viaje, fracasé de una manera harto miserable; y eso propició, dentro de mi desdichado espíritu, la convicción inquebrantable de la redención. 

  Así pues, ¿qué provoca que un hombre sienta tanta deshonra hasta el punto de querer componer su pasado? Bueno, existe un sinnúmero de factores en común: las burlas, las difamaciones, el desprestigio, el desprecio... Y sin embargo, ninguno de ellos puede compararse con la vergüenza y el odio que nacen dentro de la víctima que los experimenta. Y es que cuando una persona malogra su propia Magnum opus, las emociones negativas que lo invaden pueden llevarla a tomar decisiones muy poco congruentes. 

  Lo que trato de decir con estas crípticas palabras es que yo mismo había cavado la tumba de mi propio texto antes de que éste naciera. ¿Y por qué? ¿Por haberme involucrado con la gente equivocada o por estar en el tiempo y en los lugares erróneos? Tal vez así haya sido, ya que los anticuarios y los profesores que visité, además de los sitios que pisé, no fueron los “indicados”, por así decirlo. 

  ¿Acaso fue mi obra una indeseable blasfemia? Bueno, si no hubiese sido por ese capítulo que le dediqué a los antiguos miembros de la civilización de Ichnelixliztlitlhaxn —los aborígenes precolombinos que radicaron en Las Profundidades—, posiblemente no. Y es que el factor que corrompió su contenido se encuentra ligado al conflictivo pasado de la entidad federativa, además de la dudosa información en la que me basé y de la que dependía mi investigación. Según los mutilados códices que consulté, aquella cultura no fundamentó el concepto místico de sus creencias en fuerzas cosmogónicas opuestas que al mismo tiempo se complementan, sino que lo hicieron a partir de fuerzas cosmogónicas que se oponen y luchan. Este hecho, sumado al cambio de nombre que sufrieron los Dioses de La Sangre —la manifestación de todo lo bueno—, a partir del Siglo XIX, al adoptar la identidad de otras deidades como lo son Quetzalcóatl, Tláloc y Tezcatlipoca; además de latinizar los nombres de Los Dioses Negros (la representación del mal) dada su ambigüedad, dio hincapié a un confuso génesis que parecía tomar elementos tanto del judeocristianismo así como de las tradiciones nahuas. Ninguno de mis lectores simpatizó con los resultados de ese estudio, a pesar de que intenté explicar todas mis limitaciones al principio. Tal vez haya sido porque soy un mal escritor y por eso merezco convulsionarme bajo el ala oscura del escarnio. 

  Excitado por este anhelo poco inteligente, decidí encaminar mis pasos una vez más hacia las temibles y laberínticas Profundidades. A pesar de que deseaba reescribir el libro, sabía que de nada serviría, pues una mancha indeleble lo había mancillado para siempre; empero, de alguna forma, muy dentro de mí ardía un deseo ultraterreno de corroborar que yo estaba en lo cierto; y de ser tal caso, podría sanar al menos un poco mi alma herida. 

  Por aquellos días transcurría la década de 1990. Se vivía una época de lo más abrumadora dado el frenesí que ocasionaba el fin del milenio. Había adelantos científicos y tecnológicos en casi todos los rincones del globo y un aumento demográfico como no se había visto antes en la historia. Las Profundidades no estaban exentas de este drástico ajetreo modernista; y sin duda alguna, no negaré que de alguna manera me embargaba un cierto sentimentalismo que fusionaba la incertidumbre y el miedo. 

  ¿Miedo? ¿Y por qué miedo? Porque, según algunos reportes de ese entonces, en Las Profundidades acechaba un extraño asesino que dejaba sin cerebro a sus víctimas, además de raptar y/o violar a las jóvenes de la región. Las noticias sobre el asunto eran casi nulas en el resto de la república; sin embargo, quienes tenían la pena de referirlas lo hacían aterrados, alterados y excesivamente nerviosos. Muchas de las personas que sentían una sincera estimación por mí, pese a mis errores, se opusieron cuando les comuniqué mis intenciones de volver a esa tierra olvidada por Dios. Dijeron que era un mal momento debido a las calamidades que estaban teniendo lugar; por desgracia, decidí hacer caso omiso a lo que me decían. 

  Horts Schüller, un amigo de origen alemán, quien además era mi editor, fue uno de los que más insistió para que desistiera de mis intenciones. Se sentía demasiado culpable por lo que me había sucedido y no quería que me siguiera hundiendo más. Pero… ¿Qué tenía que ver él en todo esto? Pues que al ser su fundación y su museo las que financiaron mi proyecto, una mega enciclopedia de esas proporciones dentro de sus bienes haría que sus acciones aumentaran considerablemente, y esto daría lugar a que se entablasen relaciones empresariales con ciertos socios clave de Alemania. De cualquier forma, al hallarme en la ruina, hambriento y casi exánime, no me importó en lo más mínimo desobedecer las advertencias de mi amigo puesto que, hasta cierto punto, también quería redimirme ante él por haberle fallado. ¿Tenía acaso algo que perder? Ya de por sí no tenía opciones para sobrevivir ante el frío, la podredumbre y el hambre. 

  Un hombre de mediana edad con una manía enfermiza nunca termina bien; un hombre obstinado que nunca escucha los avisos de sus semejantes acaba en desgracia. Mi travesía comenzó justamente cuando abordé el autobús que me encarrilaría nuevamente hacia Las Profundidades. Puede resultar siniestro y hasta lamentable, pero nadie se percató de mi partida, excepto mis familiares más cercanos y Horts. A manera de despedida, eché una última mirada hacia atrás y la quietud de mi hogar solamente aumentó mi melancolía. 

  Después de sentir el incremento de la presión atmosférica, y de contemplar los grandes cerros que estaban a mí alrededor, supuse que por fin había llegado a mi destino. Los brujos y los chamanes de la antigüedad afirmaban fervientemente que cuando un hombre se adentraba hasta lo más recóndito de los montes siempre terminaba por aprender algo nuevo, como puede ser el don para sanar a los demás, o bien, cualquier otra habilidad mística; y bajo esa premisa, yo me encontraba más que motivado a seguir mi plan, puesto que también deseaba adquirir un nuevo nivel de lucidez que estuviese enfocado hacia mis intereses. 

  El aroma virgen del pasto, el perfume de las jacarandas y los frutos de los árboles de mezquite levantaron mis expectativas de sobremanera. El solsticio estival estaba en pleno apogeo (creo que era día de San Juan); y aunque elevada, la temperatura no era insoportable. Una moderada humedad se sentía en el ambiente junto a una sensación de frescura y éxtasis. El paisaje era paradisiaco y propio del mismo Edén; era inmaculado y daba la sensación de estar pisando otro mundo. 

  Un par de kilómetros más allá de mi punto de llegada, encontré una comunidad rural ubicada entre los municipios de Tznicpallitlan y San Sebastián, perteneciente a ésta última. El lugar era conocido como Pradera Esmeralda, debido al color vivo de sus lomas y sus planicies. Durante mi anterior investigación de campo, descarté esta enigmática zona gracias a que me había enfocado totalmente en analizar los datos que se resguardaban en las bibliotecas de San Sebastián y El Calvario. Me negué a explorar lo que yacía más allá de los bulevares y los callejones góticos y barrocos de ambas ciudades. No se molesten en averiguar cómo fue que conocí la existencia de tan inigualable sitio; sería detallar algo que es sumamente trivial. Ya fuese por uno u otro motivo, ahí me encontraba yo; de pie sobre una callejuela que parecía transportarme a los tiempos remotos de La Colonia, al Imperio de Maximiliano o incluso más allá. Sus refinadas viviendas parecían ser del Siglo XIV o más recientes; algunas aún poseían puertas de madera, y sus amplias ventanas estaban adornadas con marcos de bellos arabescos y protegidas con gruesos enrejados de hierro fundido. 

  No conocía a nadie ni se atrevían a invitarme; era un alma perdida en un mar de incógnitas. Y de repente, a las afueras de una humilde casita de añeja fachada, una amigable y cortés señora, que descansaba apacible en su pórtico, me llamó haciéndome una seña poco después de regalarme una sonrisa. Era una persona de avanzada edad con una postura rígida y curtida; algunas arrugas en sus manos y en su frente le otorgaban un cierto aire de finura. 


  —Parece un poco desorientado señor —dijo la mujer—. ¿Por qué no viene, toma asiento y se relaja con un buen tazón de To-Nacayo? 

  —¿To-Nacayo? —Pregunté confundido—. ¿Es una especie de platillo local? 

  —Algo así señor. Vamos, venga y averígüelo usted mismo. 

  Entonces, luego de arrimar un pequeño banco de madera y de acurrucarme entre ella y el brasero donde se cocinaba el singular guiso, rápidamente me vi cautivado por la hospitalidad y amabilidad que ahí se proliferaba. 

  —A propósito, mi nombre es Clotilde Belmonte—, dijo mientras me pasaba un humeante cuenco de barro—, pero puedes llamarme Doña J. 

  —Es un gusto conocerla Doña J, aunque he de declarar que me es muy extraño que le digan de esa forma. 

  —Sí… a mí también me causa cierta incertidumbre. Jamás comprenderé los apodos que las personas suelen darle a sus semejantes. Pero dígame, ¿qué le trae por estos lares? Por su asombro poco disimulado concluyo que no es de por aquí. 

  Y en efecto, pues después de contarle con todo lujo de detalle mi tragedia, Doña J pudo confirmar sus sospechas y dejarme bastante claro que no era para nada tonta. Había escuchado hablar de mí, eso era evidente; y en lugar de reprenderme por darle mala fama a Las Profundidades, me alentó en mi labor diciendo que el tratar de redimirme significaba bastante para ella, puesto que mostraba un interés por su pueblo como nunca antes nadie lo había hecho. 

  —Si quiere adentrarse seriamente en nuestra sociedad, primero debe comprender algunos elementos de suma importancia para nosotros, como por ejemplo, el To-Nacayo que se está comiendo. 

  —A primera instancia parece maíz común y corriente —comenté con naturalidad. 

  —Y lo es. Su contexto mitológico y la importancia que encierra para nosotros son bastantes similares a las de otros mitos del país. El To-Nacayo es nuestra principal fuente de alimento y la planta que surgió luego de que el cuerpo de Tetragramatron, el creador, muriese en la Tierra para que nosotros pudiésemos existir. Lo preparamos de diversas maneras y su presencia en las festividades locales siempre se hace notar. 

  —Conozco ciertos datos de la planta —dije maravillado—, aunque he de declarar que ignoraba su nombre, su similitud con el maíz y lo icónico que es para ustedes actualmente. 

  Después de conversar varias horas sobre ciertos temas tan parecidos, me percaté que lo que yo sabía acerca de Las Profundidades era apenas comparable con un grano de arena en el desierto. Todo el estado compartía, de cierta forma, las mismas creencias milenarias; y a pesar de encontrarse algo arraigadas gracias al catolicismo —sobre todo en las grandes ciudades—, ninguno de sus pobladores podían negar quiénes eran en verdad. 

  Doña J era un claro ejemplo. Pese a tener un nombre y un apellido oriundos de la Europa Occidental, las actividades que desempeñaba en su comunidad demostraban que el interés por su cultura era sincero. Ella era esposa del brujo del clan de los Spekhuladoorez, que junto a los Ptneuhmáticos, los Nciklopedhistaz, los Planntheos y los Skemhátycos, tenían el deber de resguardar el conocimiento antiguo y demás datos de su pueblo, además de mantener una comunicación cercana con el Sumo Sacerdote, cuyo nombre, graciosamente, me fue negado. Como ya he mencionado, las creencias religiosas de las grandes urbes se basaban más en el catolicismo romano que en otro dogma; pero ese indescriptible choque cultural, que combinaba elementos europeos e indígenas a una misma vez, y que caracterizaba a toda la nación, parecía tener arraigado su nexo en Pradera Esmeralda. 

  Luego de pasar una semana en ese lugar, y de aprovecharme, en cierta forma, de la hospitalidad de los Belmonte, seguía sin saber algunos temas sobre el folclore de Las Profundidades gracias a los códigos de confidencialidad que tenían; sin embargo, me sentía sumamente satisfecho con mis progresos ya que eran, indudablemente, superiores en comparación a todo lo que había recopilado la vez anterior. De este modo, decidí reanudar mi viaje que todavía no llegaba a su fin para proseguir con mi investigación. Nadie me preguntó cuál sería mi próximo destino, lo que me hizo recordar, hasta cierto punto, mi desdicha. Los últimos sonidos que alcancé a percibir mientras me retiraba fueron el simpático sonido de la flauta del afilador de cuchillos —una tradición que se ha ido perdiendo con el tiempo—, y las campanadas de la catedral principal cuyas torres arqueadas sobresalían majestuosas sobre las demás construcciones. 

  Tras haber hecho caso a mi instinto, continué todo recto hasta llegar a la parte occidental de Pradera Esmeralda para tomar la única salida que estaba allí. Al principio, me extrañé al ver las montañas desnudas sin un rastro de civilización. No había viviendas, iglesias o pilar alguno que evidenciara la presencia humana; solamente estaban los árboles, el manto celeste y una frescura silvestre inacabable. Aunque no tuviera nada antropológico que estudiar, decidí quedarme en medio de la nada para recabar algunas fotografías de los alrededores, ya que dicha información también era importante. 

  Intenté recorrer todo el sistema montañoso lo mejor que pude sin dejar de documentarme ni un instante; y poco tiempo después de que el camino plano se terminase para mostrame montes empinados de colosales proporciones, supe que mi empresa había concluido. No tenía forma de continuar; la espesa naturaleza que estaba frente a mis ojos me lo impedía y no sabía si detrás de ello estaba otro pueblo, otra ciudad o mínimo algún cementerio. Todo era tan siniestro y misterioso que la desesperación no tardó en invadirme. 

  Pero de pronto, para mi sorpresa, distinguí un conjunto de cerros que estaban distribuidos sobre la corteza terrestre de una forma un tanto peculiar. Parecía que intentaban decirme algo en un lenguaje mudo y muerto; sin embargo, mi intelecto no lo comprendía. Después de intentar discernir lo que Doña J y su esposo me relataron, los latidos de emoción que batían mi corazón no tardaron en aparecer y en moldear una sonrisa de alegría como no la había tenido en mucho, mucho tiempo, pues deduje que, por pura casualidad, me hallaba dentro del secreto mejor guardado de Las Profundidades: Las Siete Luces. 

  Las Siete Luces es un sistema montañoso conformado por una cadena de siete volcanes dormidos cuya distribución, curiosamente, se asemeja a la que poseen las estrellas de la constelación Osa Mayor. Anteriormente, el lugar servía como recinto de oración en el que se llevaban a cabo ceremonias religiosas de diversa índole; pero por algún siniestro motivo, toda la región fue abandonada y se perdió en los anales del tiempo. 

  Poco después de exhalar un bien merecido aire de triunfo y satisfacción, decidí dar por terminada mis labores de ese día y volver a Pradera Esmeralda para resguardarme de la noche; oscurecía y continuar bajo esas condiciones sólo entorpecería mis acciones. Sin embargo, cuando intenté encarrilarme sobre el camino de regreso, contemplé horrorizado que éste había desaparecido de la tierra como si alguien lo hubiese borrado o arrancado de raíz. 

  Aquello no podía ser posible; todo parecía ser un mal sueño dentro de una gloriosa fantasía. La lógica no actuaba, para nada, sobre las cosas que tenía frente a mí, puesto que no hacía mucho tiempo que mis pies habían tocado ese suelo. La vegetación tenía un tamaño verdaderamente descomunal y me imposibilitaba, de alguna forma, orientarme adecuadamente; y para agravar aún más mis desgracias, mi brújula parecía haberse averiado ya que la aguja se movía violentamente sin control alguno. La rapidez de su giro fue tan potente, que del interior del artefacto se escuchó un zumbido alucinante y ensordecedor; fueron tantas las emociones negativas que me provocó ese sonido, que terminé por arrojar el aparato bastante lejos para luego verlo con una aterradora expresión de asombro. ¿Qué es lo que estaba sucediendo? ¿Algún campo magnético de gigantescas proporciones estaba a mí alrededor o es que existía algo más? Sinceramente no lo sabía, o mejor dicho, no lo comprendía. Todo lo que mi mente procesaba en ese momento se basaba en una cosa: el miedo. No obstante, aquel no era un miedo normal, no era un espasmo convencional; se trataba de una sensación de intranquilidad excitada por la sorpresa e imbuida por el desconocimiento. Nunca antes me había sentido así; y para ser totalmente honesto, era algo muy abrumador. Si tan sólo hubiesen visto esa brújula poseída por el diablo, sabrían que lo que les digo no es una exageración ni mucho menos. 

  De pronto, en medio del pandemónium, una leve sombra se posó sobre el valle y lo oscureció de una manera tenue y fútil. Al principio, creí que se trataba de un pequeño grupo de nubes que surcaba los cielos de manera habitual; mas cuando alcé la cabeza para confirmar mi suposición, observé una densa masa de humo en forma de espiral —si es que se le puede definir así—, que oscurecía por completo la bóveda celeste. No se trataba de nubosidades, de lluvia o de algo equiparable; su consistencia era muy diferente, así como los chocantes movimientos que realizaba. Daba la impresión de que aquellos cuerpos etéreos poseían voluntad propia. Los tallos de las plantas, las ramas de los árboles y las raíces en el subsuelo se alzaron hacia el vacuo firmamento como tristes almas en pena. Su viperino contoneo se asemejaba a una alabanza de un culto anticristiano de carácter ludibrio. 

  A nadie le gusta sentirse acorralado; esa maldita y desesperante sensación de no saber a dónde huir o en dónde ocultarse es algo que no quisiera volver a recordar. Estaba aprisionado en un sitio ignoto del que ni siquiera las autoridades forestales tenáían conocimiento; pero ante todo, me hallaba perdido en medio de la lobreguez del monte bajo el influjo de unas circunstancias muy singulares que me hicieron enloquecer. Estaba más que claro que debía escapar, ya que si no lo hacía, moriría. La turbación me hizo olvidar mis investigaciones; en ese preciso momento, todo lo que ansiaba era poder decir: estoy a salvo. 

  Muchos autores de ficción suelen hacer alusión al terminó "locura" durante el desarrollo de sus historias sin siquiera saber qué es lo que significa realmente. Poseer un déficit mental de esa magnitud no se reduce simplemente a estar encerrado en un manicomio y babear detrás de cuatro paredes luego de haber pasado por una experiencia sobrenatural. La locura representa más el hecho de no tener control sobre tus pensamientos; implica dejar a un lado la identidad propia y obrar sin sentido. En mi caso, el desajuste de mis facultades mentales se originaba por las cosas tan fuera de lo común que había visto: ese cielo fantasmagórico, esa brújula maldita y esas plantas aberrantes no podían salir de mis pensamientos. Puede que ustedes no comprendan bien todo esto; no obstante, para mí, que era un escéptico, no saben lo terrible que fue este golpe sensitivo. Mi filosofía nunca antes había sufrido una ruptura de esas proporciones; ni siquiera cuando decidí enfocarme en los aspectos folclóricos y míticos que resguardaba el país. Ahora luchaba por mantenerme cuerdo, calmo, frío y calculador. 

  En primer lugar, sabía que no podía quedarme ahí por más tiempo. Debía salir de la maleza, encontrar una planicie despejada, una guarida y la manera de hacer fuego. La noche estaba cada vez más cerca y no contaba con ninguna manera de saber las horas. Me molestaba tener que reprimir mi turbación al no encontrar la salida, puesto que únicamente caminaba en círculos en medio de la oscuridad. Comenzaba a experimentar un pavor desgarrador que me paralizaba. Era una tortura no saber hacia dónde ir, ni en qué lapso temporal estaba; si era de día, de noche o si todo era producto de un sueño. Resultaba imposible no flaquear bajo tanta presión. 

  La tensión no paraba de jugarme malas pasadas. Me sentía como un esclavo de las tinieblas. Recordé la frase de un admirable escritor francés: Sólo se tiene miedo realmente de lo que no se comprende; y en base a esas palabras tenía todo el derecho a sentirme atemorizado. 

  Pero de pronto, muy al fondo de ese limbo enmarañado, vi brillar una luz cuyo fulgor parecía efectuar una danza luctuosa. Por instantes, sus destellos me hacían recordar las tiernas luciérnagas de la selva que, según una antigua leyenda maya, habían creado su luz en base a su nobleza e inteligencia. 

  Por tal motivo, corrí frenéticamente hacia ese punto centelleante con la esperanza de encontrar un refugio que me resguardara hasta la salida del sol. Poco a poco fui adquiriendo más valentía y seguridad y , al mismo tiempo, fui desechando toda mi zozobra y el resto de mis oscuros pensamientos. Sin embargo, en ese momento de euforia y para mí terrible sorpresa, surgió una abominable imagen entre la negrura. Se trataba de una distorsión sin igual; era un rostro deformado de carácter acuoso que aparentaba derretirse con violencia. Debido al entorno de azabache en el que me hallaba, los falsos rasgos humanos de ese espantajo eran enteramente horripilantes. No sabía quién era ni por qué estaba delante de mí; tan sólo pensaba, agazapado cobardemente sobre el suelo, que aquello no era una persona y, mucho menos, un ser viviente. Y en efecto tenía razón, ya que luego de percatarme de que mi cuerpo se mantenía sano y salvo sin ningún tipo de rasguño, me reincorporé nuevamente y observé embobado al espectro. Se trataba, nada más ni nada menos, que de mi propio reflejo maltrecho por un vidrio. ¡Me había espantado de mí mismo! ¡Qué tontería! 

  Sin motivo aparente, comencé a reír por culpa de un arranque de nerviosismo y de burla hacia mí mismo. Me sentía como un estúpido. Y entonces, al examinar los hechos con más detalle, me di cuenta de que ese vidrio pertenecía a una ventana, y esa ventana a una choza. ¡Alegría! ¡Por fin había encontrado un resguardo! Mi nuevo refugio parecía más bien un tejabán que un palacio onírico: sus paredes, todas de ladrillo, no tenían ningún tipo de recubrimiento; el moho salía por doquier; y el techo de lámina despedía un aroma intolerable de óxido malsano. En medio de la podredumbre y el desaliento, sobre una mesa de madera rodeada de sillas metálicas, radicaba el origen de mi brillo salvador; la iluminación que habría de devolverme mi humanidad. Era una simple velita, pequeña e insignificante, cuya radiación no podía calentar ni un ápice de carne. 


  Tomé una de las sillas y me dispuse a descansar de una vez. La fatiga y el sueño no tardaron en cobrarse factura. El silencio que se vivía ahí era tan inaguantable, que el sonido del aire entrando y saliendo de mis pulmones adquiría propiedades huracanadas. Estaba completamente solo, en la oscuridad, más de lo que un hombre podría, o mejor dicho, debería estar. Ese aislamiento comenzaba a sacarme de mis cabales, tanto que una nueva sensación de terror germinó en mi pecho. Pero… ¿Pánico a qué? ¿A la quietud, a las tinieblas o a mí mismo? Bien se dice que un hombre, por lo regular, teme tener contacto consigo mismo porque se da cuenta de sus pecados, de su verdadera cara y de todas las mentiras que ha creído y cosechado. La ansiedad de despertar de esa alucinación, de esa… dantesca comedia… es imposible de expresar. 

  Para tranquilizarme un poco, intenté realizar un sin número de actividades al azar, desde repasar todos y cada uno de mis apuntes hasta tararear el segundo movimiento de la obra Nocturnes, de Chopin. Inclusive, intenté recordar una poesía escrita por un joven poeta, que en su rudimentaria métrica, decía más o menos así: 


  El demonio sin rostro viene bajando por la montaña roja, 

  Descubriendo sus cuernos de manera grosera y alto tortuosa. 

  Los sacerdotes y sus diáconos lo esperan en el añejo bosque 

  Adornando el follaje con pieles y calaveras de animales sin nombre. 

  Los pueblerinos y los campesinos huyen aterrados, 

  Atravesando una bruma bajo un cielo cuasi estrellado. 

  “¡Alabado sea nuestro salvador!” Gritan sus viles y tontos fieles, 

  Mientras un ente blasfemo se alzaba tras una legión de nubes inertes. 


  Curiosamente, el poema no me reconfortaba en absoluto; al contrario, me hacía sentir más incómodo dado que me recordaba el dilema en el que estaba metido. En medio de toda esa confusión, era todo en cuanto podía pensar y razonar. 

  De pronto, tras mirar nuevamente la llama que yacía frente a mí, comencé a recobrar un poco más el sentido común y dejé de enfrascarme en pensamientos irracionales. La vela apenas era ya un trozo minúsculo de cera, y si no hacía uso de mi razonamiento, me quedaría en esa espesa negrura hasta el alba. Sin demorarme ni un sólo segundo, me dispuse a revisar todos los rincones del lugar. Los examiné de izquierda a derecha y de arriba abajo sin que quedara ni una esquina que no pasase por delante de mis ojos. Y fue justo ahí, para mi total sorpresa, que me topé con una cajonera de metal, completamente abollada, oxidada y con varios bordes filosos en su parte superior. Era un miserable cacharro, a mi parecer; y aunque en ese momento no lo supiera, muy pronto me enteraría que en una de sus secciones estaban ocultos los objetos que serían mi salvaión. 

  Apiladas unas tras otras como pequeños troncos de madera, un gran puñado de velas y cirios —posiblemente benditos—, emergieron de la penumbra luego de que posicionara mi candela en el lugar adecuado. Era una cantidad exorbitante y ridícula la de aquellos cilindros de color perlado, tanto así, que la lógica no estaba presente. De hecho, nada de ese lugar poseía una justificación congruente: la choza, las velas, la oscuridad… Todo parecía salido de un caleidoscópico sueño en el que la física y el orden no tenían relevancia. Sin otra alternativa a mi alcance, tomé dos cirios, los coloqué sobre la mesa y los encendí con el fuego de la primera velita que hallé al principio; su claridad y su calor eran sanadores. 

  El tiempo transcurrió y el Sol jamás salió por el horizonte. Pasaron una, dos, tres horas… y en cambio, el triste tinte de ébano seguía ahí, sin desvanecerse. No obstante, y como recordarán, al yo no tener reloj u otro certero instrumento que me permitiese medir aquella vital magnitud, esas dichosas horas que mencioné únicamente fueron meros cálculos salidos de mis siniestras especulaciones. En realidad, yo no sabía si habían pasado minutos, segundos o lo que fuese; únicamente tenía la noción de que había tinieblas infinitas a mi alrededor. Estaba comenzando a perder la paciencia y la locura no cesaba de seducirme con sus fantasmagóricas manos. Sin previo aviso fui presa de la fatiga y el cansancio; y en menos de lo que imaginé, me tumbé nuevamente sobre una de las sillas y me quedé dormido. 

  Cuando se disipó mi cansancio desperté y maldije el encontrarme en la misma situación desalentadora. La oscuridad todavía estaba ahí; ¿Qué era ese lugar? ¿Dónde estaba? ¿Cómo y por qué había llegado hasta ahí? Todas y cada una, preguntas que hubiese querido responder. Me dejé llevar por un abatimiento insoportable; quería romper en llanto, anhelaba gritar desesperado, e inclusive, deseaba morir de una vez. Esas tinieblas eran un veneno, jamás había codiciado tanto la muerte. Sin previo aviso, en una sección del tejabán que pasó desapercibida ante mis ojos, apareció una delgada línea de luz que me sacó de mis negativas reflexiones. Era recta, vertical y tenía la apariencia de una grieta que se extendía a lo largo de aquella pared sin forma. ¿Había estado ahí todo el tiempo o acaso la agitación provocada por los hechos me mantuvo ignorante? Sea como fuere, decidí acercarme a ella un tanto indeciso para poder inspeccionarla meticulosamente; y cuán grande fue mi sorpresa al ver que una pared de madera se interponía entre yo y una especie de túnel que apenas podía atisbar. Quería saber qué diablos había ahí dentro; una vez más, la indeseable curiosidad me había vuelto a tender su mano. 

  Después de embestir con violencia esa barrera astillada, logré acceder al pasadizo secreto, aunque algo aturdido a causa de los impactos. Una vez recuperado, me asombré enormemente cuando fui capaz de admirar los bellos detalles del lugar: su superficie estaba revestida por una capa de piedras multicolor, cuya consistencia se asemejaba mucho a la del mármol pulido; formaba un patrón muy bien definido de figuras en espiral hechas a partir de trazos rectos. Lo que más captaba mi atención es que esos dibujos eran muy parecidos a los de otros pueblos indígenas ya conocidos; mas tengo que decir, que había algo en ellos que los hacía ligeramente diferentes. Parecían más primitivos y daba la sensación, al mismo tiempo, de que se trataba de ornamentos de otras civilizaciones anteriores. ¿Eran en realidad vestigios de la vieja Ichnelixliztlitlhaxn o eran acaso de la misma Atlántida? La cuestión no era tan descabellada, ya que la leyenda de una ciudad utópica es tan universal como la agricultura misma. Bajo mis pies estaba un cuerpo de cristalina agua que permanecía estancada gracias a un leve hundimiento del suelo; era tan transparente, que podían verse mis calzas y otros detalles a su alrededor. La tensión superficial del fluido se reflejaba en la parte superior del conducto que ocasionaba un espectáculo maravilloso; su destello se extendía hasta el lóbrego confinamiento en el que me encontraba. ¿Qué luz provocaba dicho fenómeno? Sin Sol, sin luna y sin estrellas la lógica estaba en mi contra nuevamente. Intenté no preocuparme más tras deducir que era inútil desvelar el misterio, me limité a tomar fotos y a caminar. Esperaba encontrar una salida, y con ella, El Cielo. 

  Luego de emerger de ahí tras recorrer aproximadamente medio kilómetro, un puente carcomido de cantera gris se abría frente a mí; parecía tan frágil, que la sola idea de su inminente derrumbe no era tan absurda. Al otro lado, se erguía una aglomeración de ciclópeas montañas, cuyas cumbres en forma de pico les brindaba una apariencia vil y demoniaca. Y justo en el momento en el que di un giro completo para observar mejor el siniestro paisaje, me percaté de que a mis espaldas había un montículo de polvo y rocas muy idéntico a aquel que me helaba la sangre. Fácilmente, pude conjeturar que me encontraba en la parte interna de un cañón o algo parecido. Un par de antorchas gigantes que estaban en los extremos del enlace ardían sin consumirse; su escasa luminiscencia apenas era suficiente para cubrir los objetos con una leve tonalidad sepia. 

  El viento soplaba con fuerza durante mis torpes intentos para llegar hasta el extremo opuesto, al mismo tiempo que el colérico silbido de las ráfagas pernetraba en mis oídos. Un umbral rocoso me abría el camino hacia el interior de ese rústico palacio. Osé exorcizar todo rastro de cobardía que moraba en mi seno, y decidí registrar cualquier cosa que estuviera a mi alcance. Un presentimiento me decía que no tardaría en encontrar algo sin igual; y cuando lo hice, no pude contenerme por el asombro. Tuve el privilegio de presenciar albinos pilares de marfil e infinitos escombros de procedencia desconocida; todos los muros estaban embellecidos por ese tapiz de mármol irisado. Aquellas eran, sin duda, unas ruinas de calidad surrealista. Eran… ¡Unas ruinas de lo sagrado! 

  Caminé lenta y animosamente alrededor de todo el recinto, tomé más fotografías y mis pies chapotearon en el agua. Algunas paredes poseían en su parte central una cenefa con jeroglíficos de tipo esotérico, haciéndome suponer que muy probablemente contaban alguna especie de historia. Por desgracia, por ningún motivo podía quedarme a desvelar el misterio de esos pictogramas; si en algún momento se me presentaba la menor oportunidad para poder regresar a mi hogar, debía aprovecharla cuanto antes. 

  De manera imprevista, un olor metálico penetró en lo más profundo de mis fosas nasales y una sensación de nausea me ocasionó un vértigo que me nubló la vista por completo. Estuve a punto de perder el equilibrio y sufrir una dura caída; no obstante, al apoyarme en una gran roca que estaba detrás de mí, pude recobrar el aliento. Mientras intentaba recuperarme, mis oídos se pusieron en modo de alerta por unos extraños sonidos de procedencia anónima. Parecían lamentos cavernosos, y no sé si la estancia les confería algún tipo de efecto mórbido, pero su sonido era inhumano y monstruoso. 

  Con los ojos lacrimeantes y una leve jaqueca, comencé a caminar a tientas para poder ubicarme. Mientras andaba, sentí que el agua bajo mis pies había cambiado significativamente; ahora era más viscosa, más densa y más fría. Cuando al fin me hube recuperado del todo, el sonido de los lamentos volvió a pertrbarme, aunque ahora era mucho más estridente e insoportable. Y justo cuando creí que unas plantas vivientes, una oscuridad perpetua y unas llamas eternas no podían desafiar más a la razón, vi aparecer sobre mi cabeza una verdadera monstruosidad; un ser ajeno a cualquier hábitat terrestre conocido, inclusive para la misma zona afótica. Sin extremidades aparentes, su cuerpo se asemejaba al de una concha marítima con una capa de piel similar a la de un mamífero sin pelo, y su color era de pigmentación rojiza con manchas negras. De su centro, sobresalían seis huesos puntiagudos a manera de costillas o crestas —tres por cada extremo—, unidos por otro perfectamente circular que desempeñaba el papel de nexo. En su parte inferior, la cual era la más cartilaginosa, había un hueco profundo en cuyo interior luminoso burbujeaban miles de ampollas que segregaban sangre y carne, motivo por el que el líquido a mis pies ya no era el mismo. Concluí que de ahí se escapaba ese sollozo infernal, que para agravar aún más el asunto, se adicionaba a otros que provenían de fuentes semejantes. 

  Repentinamente, algo tomó mi pierna con fuerza y la estrujó tanto que por poco me cortó la circulación. Me precipité y pronto mi cuerpo fue uno con el estanque carmesí. No sabía a precisión qué demonios era lo que me atacaba tan agresivamente. ¿Era acaso una mano cadavérica o una grotesca criatura? Sólo Dios lo sabía. Quedé completamente inmóvil e incapaz de gritar, respirar y pestañear. Sentí una sensación que me hacía recordar lo que muchos aquejados por la parálisis del sueño suelen denominar como subida del muerto. Era una sensación terrible; y fue ahí cuando me di cuenta que ya no existía escape posible. Al cabo de unos segundos, sentí otra de esas manos sujetar mi brazo izquierdo, luego otra que se aferraba al derecho y así hasta que emulé ser un esclavo al que sujetan con grilletes. Por último, me sumergí poco a poco en la repugnancia hasta que mi cuerpo se hubo desvanecido por completo; y después la oscuridad se quedó junto a mí para siempre. 

  ¿Qué es esto que difumina mis brazos, mis piernas y mi cordura? ¿Serán acaso Las ruinas de lo sagrado? 




Epílogo 


  —No hay duda Isabel. Esta es la cámara fotográfica y a su lado está la cabeza del pobre Doroteo Migoni. ¿Dónde los encontraste? 


  —A pocos metros del primer volcán de Las Siete Luces. Lamento mucho lo que sucedió Doña J. Sé que le habías tomado apreció a este individuo. 


  —No lo sientas por mí; habrá personas que sufrirán horriblemente por la muerte de este honorable historiador. No quiero ni imaginar lo que sucederá cuando le comunique al señor Horts Schüller sobre el paradero de su amigo. Tiene dos semanas preguntándome por él. 

  —Vaya, ¿en serio? Yo creía que este tal Migoni era un desdichado al que todos detestaban. 

   —Pues ya ves que no. ¿Revelaste las fotos de la cámara? Estupendo. Permíteme revisarlas. Sí, mira, ahí estoy yo, el valle de Las Siete Luces y las callejuelas de nuestra villa. Sin duda alguna sí se trataba de él. 

  —¡Pero que calamidad! ¡Sigo sin creerlo! Lo que todavía no me explico es cómo fue que murió. ¿Dónde está el resto de su cuerpo? ¿Por qué pudimos encontrar solamente su cabeza unida a su espina dorsal y su cámara? 

  —Tengo mis leves sospechas; pero creo que, posiblemente, el señor Migoni tuvo la mala suerte de cruzar el umbral del Abismo Celeste. Tú lo sabes; la misma dimensión en donde moran Los Dioses Negros y donde se encuentra el Cementerio de Las Bestias. 

  —Pero eso es imposible Doña J. Tenemos todo un ritual para abrir un portal hacia ese mundo, y sólo lo hacemos cuando necesitamos encerrar alguna entidad maligna. 

  —Lo entiendo perfectamente Isabel, pero echa un vistazo a esa otra foto. 

  —¡Pero si es el Santuario de Mhüh! ¿Cómo es posible? Se supone que fue sellado hace miles de años cuando la humanidad comenzó a corromperse. 

  —El mundo cambia querida niña. ¿Te has percatado de cómo en las grandes ciudades de Las Profundidades y en el resto del planeta están ocurriendo cada vez más situaciones carentes de moral? Tan sólo presta atención hacia San Sebastián con ese loco que les succiona el cerebro a sus víctimas. Estoy segura que algo tiene que ver con El Rito de La Primavera y su manía de traer a Los Dioses Negros de vuelta. ¿Crees acaso que Valverde, tu marido, abandonaría su puesto de Sumo Sacerdote para convertirse en detective nada más por puro capricho? Por supuesto que no; existe un propósito. Espero equivocarme, pero intuyo que el fin se acerca; pues todo en el universo nace, vive, agoniza y muere.