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domingo, 30 de octubre de 2022

Nazis en Mar del Sud

 



¡Ya tenéis disponible la nueva entrada semanal! David López Cabia nos habla nos habla de la investigación llevada a cabo por Laureano Clavero, Julio Mutti y el periodista Facundo Di Genova. Esta interesante entrada, es un magnífico entrante para lo que os traeré la próxima semana...



A primera vista, Mar del Sud es un pueblo apacible, remoto, donde nunca ocurría nada. Sin embargo, ¿quién iba a decir que la pequeña localidad argentina iba a ser puerta de entrada y refugio de nazis fugados de Europa? Gracias al incansable trabajo del cineasta e investigador Laureano Clavero, arrojaremos luz sobre este gran enigma.

    Todo comenzó la noche del 10 de junio de 1945. Por aquel entonces, el Tercer Reich ya había sido derrotado y, misteriosamente, el submarino alemán U-570 salió a la superficie frente a las costas argentinas. Dos días después, el también sumergible alemán U-977 emergió a la superficie. Los comandantes de ambos submarinos terminaron entregándose a las autoridades argentinas en la localidad de Mar del Plata.

    Pero, ¿qué hacían los temibles submarinos germanos merodeando tan lejos de su patria cuando Alemania ya había perdido la Segunda Guerra Mundial?

    Otto Wermouth y Heinz Schäffer, los oficiales de la Kriegsmarine que comandaban el U-570 y el U-977, negaron haber desembarcado a nazis en territorio argentino. Pero los periódicos, los testigos y la documentación disponible evidenciaba una realidad muy distinta. Un claro ejemplo es el testimonio de Osvaldo Aramendi, que afirma haber visto cómo, en julio de 1945, un submarino alemán emergía cerca del pequeño pueblo de Mar del Sud.


Otto Wermouth


Heinz Schäffer

 
    No era la primera vez que los agentes alemanes ponían pie en las playas de Mar del Sud. Ya en 1943 los espías alemanes Wilhelm Seidlitz y Friedrich Wolff llegaron a Argentina y descubrieron en Mar del Sud la clase de enclave apartado que buscaban, la puerta perfecta para la entrada de nuevos agentes nazis.

    Ambos agentes se pusieron en contacto con el empresario de ascendencia alemana Karl Gustav Eickenberg, cuyas propiedades en Mar del Sud servirían como escondrijo para los alemanes que desembarcasen en Argentina.

    De hecho, durante el invierno austral de 1945, el ciudadano argentino Justo Rodolfo Charra recordó haber visto cómo grupos de hombres salían de los submarinos para subir a bordo de los botes y echar a correr al llegar a las arenas de las playas de Mar del Sud. No solo eso, sino que también vio cómo los fugitivos se ocultaban en las propiedades del mismísimo Eickenberg.

    Pese a que era más que evidente la presencia de los nazis en Mar del Sud era más que evidente, se ordenó a los campesinos que llevaban alimentos a las propiedades de Eickenberg que mantuvieran en secreto la presencia de los misteriosos huéspedes alemanes.

    Mucho tiempo después de la llegada de los alemanes a Mar del Sud, la hija de Eickenberg fue preguntada por los desembarcos de nazis huidos de Europa. Inngeborg, la hija mayor de Eickenberg, cargó la culpa sobre alguien a quien conocían como “el piernas” debido a las prótesis que utilizaba. Ingeborg añadió que “el piernas” acusó a Eickenberg de refugiar a nazis, circunstancia por la que fue condenado a un año de cárcel.

    Más allá de los desembarcos clandestinos de nazis en Mar del Sud, el pequeño pueblo también fue lugar de residencia de un destacado jerarca nacionalsocialista.

   Todo comenzó mientras estaban realizando reformas en una apartada casa de Mar del Sud. El albañil se percató de que su taladró no le permitía perforar la superficie. Bajo el suelo halló una lápida con dos nombres alemanes Clara Probst y Richard Schmidt.


Registros del partido nazi argentino en los que figura Richard Schmidt



    Pero había más piezas de aquel inquietante rompecabezas, pues bajo el salón fueron descubiertos desgastados libros en lengua alemana. No cabía duda de que aquellas evidencias habían sido escondidas a conciencia por algún oscuro motivo.

    Fue así como Laureano Clavero decidió seguir indagando. En su investigación contó con la inestimable colaboración de Julio Mutti, quien conoce en profundidad la historia de los nazis fugados a Argentina. Así pues, Mutti se zambulló en archivos y documentos. Fue entonces cuando hallaron el nombre de Richard Schmidt en los registros del Partido Nacionalsocialista argentino.

    Schmidt era mucho más que un simple militante, pues llegó a ser el número dos de las finanzas del Partido Nazi argentino. Más aún, su nombre también figuraba en la documentación de la Sociedad Alemana de Gimnasia, una organización con estrecha relación con el nazismo.

    Laureano Clavero prosiguió atando cabos y solicitó las escrituras de propiedad de la vivienda en la que se encontró la lápida. Uno de los anteriores propietarios era Juan Jorge Leopoldo Augusto Erico Erdmann, militante del sindicato nazi DAF.






Más pruebas fueron halladas, pues dieron con numerosas fotografías de los 60 y de los 70 de los propietarios alemanes. Tras examinar los documentos relacionados con Schmidt, dos nombres llamaron la atención de Julio Mutti: Max Ratlaff y Karl Ratlaff. Ambos habían sido los primeros nazis en llegar a Sudamérica y en difundir la ideología nazi en el continente.

    Desde luego, la investigación sobre la lápida hallada en la apartada casa de Mar del Sud no termina ahí y Laureano Clavero, Julio Mutti y el periodista Facundo Di Genova aún deben ensamblar las piezas de este complejo y enigmático rompecabezas.







domingo, 9 de octubre de 2022

Frontera sangrienta

 




¡Se abre la nueva temporada de Caosfera! Con el otoño, llegan las novedades, y que mejor manera de arrancar que con un nuevo lanzamiento literario. Nuestro compañero David López Cabia, nos habla, al detalle, de su última novela: Frontera sangrienta, una obra histórica, descarnada, y muy bien documentada que no os podéis perder...




Con la contundente victoria aliada en Normandía y la liberación de París, el final de la guerra en Europa parecía encauzado. Todas estas esperanzas se vieron defraudadas en el otoño de 1944, cuando los aliados se aproximaron a las fronteras del Reich alemán.

    Una de estas amargas batallas tuvo lugar en el bosque de Hürtgen, un enclave situado al este de la frontera entre Bélgica y Alemania. Este duro enfrentamiento ha quedado olvidado. De hecho, son muchos los que parecen ver un paseo triunfal en el intervalo que transcurre desde la campaña de Normandía hasta la derrota definitiva del Tercer Reich. Por ello, para honrar la memoria de los caídos en el bosque de Hürtgen, decidí escribir mi novela Frontera sangrienta.

   Entre septiembre y diciembre de 1944, alemanes y estadounidenses se desangraron en una cruenta lucha en el barro. El bosque de Hürtgen, era un lugar frondoso, de aspecto fantasmal, poblado por un sinfín de enormes árboles, salpicado por quebradas y barrancos y escasamente poblado. El tiempo era gélido, las lluvias, el aguanieve e incluso las nevadas eran muy frecuentes, lo que hacía más miserable la vida de los combatientes, que languidecían entre el barro.

    Este es el trasfondo infernal que plantea la novela Frontera sangrienta y que deberá afrontar el teniente Boyle, un joven oficial con un incipiente pie de trinchera, al borde del derrumbe moral y con pocas esperanzas de sobrevivir. La moral de sus hombres es baja, se sienten enviados al matadero y deben obedecer las órdenes de oficiales carentes de toda empatía.

    En Hürtgen, la humedad era constante y las botas y calcetines de los soldados quedaban empapados. Todo ello dio lugar a una temida afección conocida como pie de trinchera. El roce del calzado, la humedad y la falta de transpiración de los calcetines de lana provocaban heridas en los pies que podían llegar a infectarse. Si la infección se extendía podía desembocar en gangrena y conllevar la amputación de los pies. Huelga decir que en Hürtgen, con unas lluvias casi constantes, mantener los pies secos se antojaba francamente complicado.

    Sin embargo, el pie de trinchera no fue el único problema que tuvieron que afrontar quienes combatieron en aquel bosque. La meteorología adversa, los constantes bombardeos, la pérdida de buenos compañeros, la brutalidad de la lucha y la falta de descanso podían llevar a los soldados a la locura. Era la temida neurosis de guerra, que se manifestaba en forma de llantos incontrolables, embotamiento, temblores y ataques de pánico.

    La particular dureza de las condiciones de batalla en Hürtgen provocó que proliferasen los casos de neurosis de guerra y las deserciones. De hecho, la 28ª División de Infantería, que en poco más de una semana de combate en Hürtgen sufrió más de 6.000 bajas, registró un alto índice de deserciones. Eran muchos los que preferían ganarse la vida como fugitivos en París que perder la vida en un gélido bosque.

    Resulta llamativo el caso del soldado Eddie Slovik, perteneciente a la 28ª División de Infantería. Si bien desertó antes de que su unidad fuese destinada al bosque de Hürtgen, fue arrestado y condenado a muerte. Pese a que apeló al general Eisenhower para librarse de su ejecución, el comandante en jefe de las fuerzas aliadas en Europa ratificó la sentencia. Fue así como Slovik fue el primer soldado estadounidense en ser ejecutado por deserción desde 1864. Con su fusilamiento, los mandos aliados buscaban una ejecución ejemplar que disuadiese a los soldados de desertar.

    Sin embargo, Hürtgen fue una campaña horriblemente dirigida desde el punto de vista táctico, pues la espesura del bosque dificultaba el desarrollo de las operaciones y neutralizaba el poderío aéreo aliado. Igualmente, el general Hodges, responsable de la campaña de Hürtgen y comandante del 1º Ejército de Estados Unidos, insistió en una absurda estrategia de ataques frontales que dieron lugar a continuas masacres.

    En vista de esta funesta estrategia, no he escatimado en críticas hacia Hodges. Y estas críticas se hacen visibles a través de los protagonistas, un puñado de soldados de infantería a los que los días se les hacen años, que viven atemorizados, y que, tras desfilar triunfalmente por las calles de París, ven cómo sus esperanzas se hacen trizas en un deprimente escenario de barro, lluvia y muerte.

    No menos desesperada es la situación de los defensores alemanes. El Tercer Reich se encuentra al borde de la catástrofe. Alemania ha perdido 1.200.000 soldados en el aciago verano de 1944. Sus tropas están desmoralizadas, luchan en su propia patria y Hitler recurre a cualquier hombre. Prueba de ello es la 275ª División de Infantería alemana, formada por hombres demasiado viejos para hacer la guerra. Baste como ejemplo su denominada “compañía de los padres de familia”, donde no había un soldado menor de 45 años.

    Para colmo de males, los soldados alemanes, estaban mal alimentados, aunque pese a su estado físico, y como decía un combatiente estadounidense, tenían fuerzas para sentarse tras una ametralladora y apretar el gatillo.

    Así, en mi novela Frontera sangrienta, en el bando alemán, encontraremos a dos despiadados francotiradores. Su leyenda causa verdadero pavor entre los estadounidenses, no tienen piedad y a sus espaldas cargan con una larga lista de muertos. Se trata de dos tiradores implacables que se convertirán en los peores enemigos a los que debe enfrentarse un mentalmente castigado teniente Boyle.

    Estos son los ingredientes de Frontera sangrienta. Un bosque gélido, una lluvia constante, las astillas de los árboles volando en medio de salvajes bombardeos, un héroe que debe luchar contra sus demonios interiores y salvar el pellejo, dos francotiradores maquiavélicos y una joven que se ha ocultado de los nazis en un pequeño pueblo de Hürtgen y aguarda impacientemente el final de la guerra.

Los corazones de los hombres palpitan acelerados, mientras el vaho brota de sus bocas, cae la lluvia, las bocas de los cañones escupen proyectiles sin cesar y los soldados de infantería tratan de atisbar el peligro entre los árboles. El teniente Boyle amartilla su subfusil Thompson. ¡Ha llegado el momento de combatir!


Contacto: info@davidlopezcabia.es









domingo, 15 de mayo de 2022

Incidente del paso Dyatlov, más de sesenta años de misterio

 

Última fotografía de la expedición. Imagen sujeta a derechos de autor


¡Ya está aquí la entrada semanal de Caosfera! Tenemos hoy, el honor, de volver a tener con nosotros a David López Cabia, que nos trae uno de los más grandes enigmas de la historia: el Incidente del paso Dyatlov. Y no solo eso, sino que además hoy David nos presenta al autor y cineasta Laureano Clavero, a quien esperamos tener próximamente en Caosfera. No os perdáis la última obra de Laureano: El enigma del paso de Dyatlov, recomendada a todos los amantes de los grandes misterios. 



Corría el año 1959 y el mundo estaba sumido en la guerra fría. En la opaca Unión Soviética, un grupo de diez veteranos alpinistas rusos se había marcado como objetivo coronar el monte Ortoten, situado en los Urales.

    Uno de los integrantes de la expedición, Yuri Yudin, tuvo que abandonar debido a los intensos dolores de espalda que padecía. Sin embargo, sus nueve compañeros, siete hombres y dos mujeres, prosiguieron con su gélida travesía hacia el monte Ortoten.

    A comienzos de febrero, el grupo se detuvo e instaló su campamento en el Jólat Siajl (que significa montaña muerta). En la noche del 1 al 2 de febrero de 1959, los experimentados alpinistas se dispusieron a descansar.

    Pasaron los días y no había noticias de los alpinistas. Desesperados, el 20 de febrero, los familiares organizaron una operación de búsqueda.

    El 26 de febrero, entre la nieve, encontraron los restos del campamento que los jóvenes montañistas habían erigido sobre el Jólat Siajl. El tejido de la tienda de campaña estaba desgarrado y unas huellas conducían hasta un bosque próximo.

    Encontraron dos cadáveres en ropa interior y descalzos, presentando signos de haber sufrido una muerte violenta. La sangre también estaba presente en un árbol. Era evidente que ambos montañistas habían huido apresuradamente de la tienda de campaña.

    A unos 600 metros aparecieron otros tres cadáveres. De nuevo, los alpinistas mostraban signos de violencia, pues tenían los cráneos fracturados y sus posiciones parecían indicar que se habían defendido de algo o alguien.

    Meses después, en mayo, los equipos de búsqueda dieron con los últimos cadáveres. Cuatro cuerpos fueron descubiertos sepultados bajo varios metros de nieve. Las heridas de sus cuerpos indicaban que habían sufrido una agresión y sus cadáveres yacían con ropas de otros compañeros.

    Para añadir más misterio a aquel macabro suceso, uno de los miembros de la expedición mostraba elevados niveles de radiación en sus ropas.

    Las autoridades soviéticas realizaron una investigación oficial y concluyeron que la muerte de los nueve jóvenes alpinistas se debía a una “fuerza incontrolable”. En otras palabras, la versión oficial zanjaba el escabroso incidente determinando que las muertes de los nueve jóvenes se debían a un alud. El caso había sido cerrado en falso.



Imagen sujeta a derechos de autor



    Un aura de oscurantismo rodea al incidente del paso de Dyatlov (conocido así por el montañista que encabezaba la expedición). El modo en que se realizaron las autopsias presenta deficiencias, por no hablar de que los documentos relativos a la investigación se guardaron en secreto hasta los 90. De hecho, cuando la documentación salió a la luz, se descubrió que faltaban páginas.

    Resulta evidente que faltan numerosas piezas en el gran puzle de esta tragedia, sobre todo, teniendo como telón de fondo el contexto de una hermética Unión Soviética.

    Desde entonces, se han formulado muchas teorías para tratar de explicar cuál fue la causa de la muerte de Dyatlov y sus compañeros.

  Algunos atribuyeron sus muertes a los lugareños, argumentando que los mansi habían asesinado a los alpinistas. Otros creen que el frío extremo llevo a los nueve jóvenes a creer que estaban sufriendo un calor extremo, por lo que se despojaron de sus ropas y murieron de hipotermia.

    Hay quienes incluso creen que las nueve muertes se deben a un asunto relacionado con el espionaje. Los partidarios de esta versión defienden que Aleksandr Zolotariov, Aleksandr Kolevátov y Yuri Krivoníschenko, pese a trabajar para el KGB, eran en realidad dobles agentes al servicio de la CIA que debían entregar una serie de pruebas que evidenciaban la existencia de fábricas de armas nucleares.

    Las teorías más fantasiosas aluden a la presencia de una especie de yeti que atacó salvajemente hasta la muerte a los nueve alpinistas. Otros hablan de extraños experimentos de teletransporte, de la presencia de alienígenas e incluso de un pánico extremo provocado por ultrasonidos.

    En cualquier caso, los signos de violencia que presentaban los cuerpos hace que se cuestione el resultado de la investigación oficial. Son muchos los interrogantes que planean sobre el incidente del paso de Dyatlov.


    Sin duda, es difícil dar con la respuesta a este macabro embrollo. Sin embargo, el incombustible cineasta y escritor Laureano Clavero ha tenido la valentía de abordar este misterio en su libro El enigma del paso de Dyatlov.

    Frente a explicaciones dignas de obras de ficción, Clavero apuesta por un modo racional de analizar los hechos, apoyándose en técnicas de investigación forenses y policiales. Así, Clavero invita al lector a plantearse las preguntas adecuadas, preguntas que pueden ayudar a descartar conjeturas absurdas.

    ¿Qué pudo ocurrir aquella fría noche de febrero de 1959 en la Montaña de la Muerte? ¿Por qué faltan documentos oficiales? ¿Por qué se atribuye la muerte a una avalancha cuando los cuerpos presentan signos de violencia y se hallaban en posiciones defensivas? ¿Es fiable una investigación oficial que presenta varias deficiencias? ¿Por qué se dio carpetazo al incidente del paso de Dyatlov?

   Con un estilo directo y ampliamente documentado, Laureano Clavero convierte al lector en un investigador, todo ello sin dejar de lado la tragedia humana que supuso la muerte de los nueve alpinistas rusos, a quienes pone rostro.


Laureano Clavero en la presentación del libro
El enigma del paso Dyatlov.
World Trade Center, Barcelona.


    Por todo ello, les invito a acompañar a Laureano Clavero en el que es uno de los grandes enigmas del siglo XX. Acompañen a los nueve alpinistas en su trágica noche en la Montaña de la Muerte, investiguen entre las autopsias oficiales junto a Clavero y saquen sus propias conclusiones gracias a un magnífico libro como El enigma del paso de Dyatlov.


Enlace de venta en Amazon.



 

domingo, 24 de abril de 2022

Operación Stösser: maniquíes sobre Stavelot

 


Imagen sujeta a derechos de autor
Imagen sujeta a derechos de autor



¡Buenas noticias! Nuestro colaborador David López Cabia regresa a Caosfera, con uno de sus excelentes artículos sobre operaciones secretas y otras curiosidades bélicas. Ya lo echábamos de menos. En esta ocasión, nos habla de una de las ofensivas Alemanas más bizarras jamás vistas: la Operación Stösser. Y lo cuenta muy bien, así que no os lo podéis perder.




A finales de 1944 la catástrofe se cernía sobre Alemania. Los aliados acechaban el Reich desde el oeste mientras que los soviéticos avanzaban desde el este. Desesperado, Hitler decidió jugar una de sus últimas bazas para dar un vuelco a la guerra. El Führer había planeado una contraofensiva en Las Ardenas, Bélgica.

    El plan consistía en concentrar el grueso de las fuerzas alemanas sobre Las Ardenas, el sector más débil de los aliados. Arrollando a los estadounidenses, llegaría hasta la estratégica ciudad portuaria de Amberes y dividirá a los ejércitos aliados. Creía Hitler que, si lo lograba, podría pactar una paz por separado con los aliados y volcarse contra su gran enemigo ideológico: la Unión Soviética.

   Como parte de la contraofensiva de las Ardenas, los alemanes echaron mano de sus fuerzas especiales, lo que incluía a los paracaidistas. Uno de sus más destacados hombres era el coronel Friedrich August von der Heydte, un audaz aristócrata alemán cuyas pasiones en la vida eran la aventura y el lujo.

    Así pues, Von der Heydte fue convocado por el mariscal de campo Von Rundstedt. Se le comunicó que debía saltar en paracaídas sobre Bélgica, tras las líneas aliadas. Para ello dispondría de 1.200 hombres, de los cuáles solo una reducida tenía experiencia en saltos de combate.


Von der Heydte



   El objetivo asignado a Von der Heydte era una encrucijada estratégica en Baraque-Michel. Debía tomar dicha encrucijada para cortar la retirada estadounidense y después enlazaría con las tropas de la 12ª División de las SS.

   Para sembrar el desconcierto entre los estadounidenses, estaba previsto lanzar maniquíes sobre Stavelot. Este alocado plan recibió el nombre de Operación Stösser.

  En una gélida noche del 17 de diciembre de 1944, los hombres de Von der Heydte despegaron desde Paderborn. La operación tenía muy escasas posibilidades de éxito, pero el ánimo de los paracaidistas alemanes era bueno y entonaban cánticos a bordo de los aviones.

    Entonces, el fuego enemigo acechó a los Ju 52 alemanes. Los inexpertos pilotos, se desviaron para esquivar las descargas antiaéreas. El lanzamiento resultó desastroso y los hombres de Von der Heydte cayeron muy diseminados.

   Ateridos, pequeños grupos de hombres trataban de reunirse en medio de un mar de nieve, abetos y pinos. Para colmo de males, en medio de tan aciago y brutal salto, eran muchos los paracaidistas que se habían fracturado algún hueso. De hecho, el propio Von der Heydte tenía un brazo roto.

    El coronel Von der Hedyte, después de dar con seis de sus hombres, caminó hacia un cruce de caminos entre Eupen, Malmédy y Vervier. Los americanos, al verlos, creyeron que se trataba de soldados amigos, por lo que no dispararon.

    El minúsculo grupo de Von der Heydte era insuficiente para entablar combate, por lo que se ocultaron en la espesura de un bosque. Pasaron las horas y a media mañana del 18 de diciembre de 1944, Von der Heydte solo disponía de 300 hombres.

    Todo lo que le quedaba era tender pequeñas emboscadas a los estadounidenses, llevando a cabo una guerra de guerrillas. Si dichos ataques no causaron grandes daños, sí que sembraron el pánico entre los norteamericanos, que creían estar combatiendo a grandes contingentes de paracaidistas alemanes.

    Pero la falta de alimento, el frío y la escasez de armas y municiones jugaban en contra de los hombres de Von der Heydte. Exhaustos, los paracaidistas germanos se dividieron en pequeños grupos para regresar a Alemania.


Imagen sujeta a derechos de autor


      Un extenuado Von der Heydte logró alcanzar la localidad de Monschau. Estaba herido, enfermo y aterido. Acogido por Herr Bouschery, cayó profundamente dormido. Poco importaba que Monschau estuviese controlado por las tropas estadounidenses, pues Von der Heydte estaba demasiado débil para proseguir la lucha.

    Un día después, entregó una nota al hijo de Herr Bouschery en la que presentaba su rendición a los norteamericanos. El muchacho dijo a Von der Heydte que era miembro de las Juventudes Hitlerianas. A pesar del entusiasmo del muchacho, el aristócrata, muy debilitado físicamente, ya no tenía fuerzas para continuar combatiendo. Mientras tanto, las unidades estadounidenses patrullaban la zona en busca de los temidos paracaidistas alemanes.

    Más tarde, dos oficiales del ejército de Estados Unidos acudieron a la casa de Herr Bouschery para arrestar a Von der Heydte. Encontraron al macilento oficial alemán aquejado de principio de neumonía y congelación en los pies. Tras ser interrogado, recibió asistencia sanitaria.

   Así concluía la desastrosa Operación Stösser, que, si bien no había logrado alcanzar sus objetivos militares, sí que había contribuido a sembrar el terror y el desconcierto entre los estadounidenses.




BIBLIOGRAFÍA

La guerra secreta, Charles Whiting

Los héroes de Hitler, Jesús Hernández

La batalla de las Ardenas, Michel Herubel

Ardenas 1944: La última apuesta de Hitler, Antony Beevor




ENLACE DE INTERÉS




sábado, 30 de octubre de 2021

Ofensiva sobre Hong Kong: mafias, sabotajes y saqueos.

 


Ataque japonés a la base naval de Pearl Harbor


¡Mañana como siempre tendréis entrada especial de Halloween! Pero mientras tanto, vamos a desconectar un poquito y a tomar una ración de historia. Como siempre, nos llega a través del gran David López Cabia, que nos cuenta en esta ocasión el apoyo de la mafia china a los japoneses, en su afán por conquistar Hong Kong. Un episodio que no debemos olvidar...



Ya antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, China y Japón estaban enzarzadas en la Segunda Guerra sinojaponesa que había comenzado en 1937. Mientras tanto, Hong Kong, como colonia británica, se mantenía neutral, aunque lo cierto es que, a través de su puerto, se abastecían las fuerzas nacionalistas chinas de Chiang Kai-shek.

  A medida que transcurrían los años, Japón fue dando prueba de sus ansias expansionistas. Los británicos eran conscientes de la amenaza que se cernía sobre sus posesiones en Hong Kong, pero disponían de escasas fuerzas para defender la colonia. Doce mil soldados británicos, los voluntarios del Cuerpo de Defensa de Hong Kong y tres mil guerrilleros comunistas chinos engrosaban las filas aliadas en Hong Kong. A pesar de que los nacionalistas chinos de Chiang Kai-shek les ofrecieron ayuda, los arrogantes británicos la rechazaron. Y es que, temían que Chiang Kai-shek y sus nacionalistas aprovechasen la situación para recuperar Hong Kong.

  Mientras tanto, los japoneses optaron por sacar beneficio del sentimiento antibritánico que reinaba en un importante sector de la colonia. Así, los japoneses afincados en Hong Kong les proporcionaron información sobre las defensas británicas. Incluso reclutaron de manera una fuerza paramilitar para llevar actos de sabotaje en la colonia británica. Hasta tal punto llegaban los planes japoneses que estaban dispuestos a recurrir a la ayuda de las tríadas, las temibles mafias chinas que controlaban el juego, la prostitución y la extorsión.

  El origen de las tríadas se remonta al siglo XVII y, desde entonces, habían estado presentes en todas las capas de la sociedad china. Precisamente fue el comercio legal del opio fue lo que llevó a las tríadas a un enclave como Hong Kong, donde su poder era manifiesto. De ahí que los nipones quisieran ganarse el apoyo de aquellas temidas organizaciones criminales.

  Para poder contar con el apoyo de la mafia china, los agentes japoneses sobornaron a sus miembros. De este modo, terminaron creando una fuerza de unos diez mil hombres provistos de revólveres y granadas que se denominó Grupo del Cielo y Grupo de ayuda.

  Por su parte, el primer ministro británico Winston Churchill sabía que, si los japoneses atacaban Hong Kong, la colonia no tardaría mucho en caer. La intención británica consistía en mantener la posición hasta ser evacuados por la marina estadounidense.


Soldados canadienses en Hong Kong


  Los temores británicos no tardarían en hacerse realidad. El 7 de diciembre de 1941 los japoneses atacaban Pearl Harbor y un día después las tropas niponas iniciaban su ofensiva sobre Hong Kong.

  Cuando los japoneses atacaron, los barcos británicos recibieron órdenes de poner rumbo a Singapur. Para mayor desgracia de los defensores, no solo perdieron el apoyo naval, sino que también se quedaron sin cobertura aérea.

  No cabía duda de que los japoneses estaban logrando sacar partido del sentimiento antibritánico que mostraba buena parte de la población de Hong Kong. Los policías chinos e indios abandonaron sus puestos, al igual que los conductores chinos que trabajaban para el ejército británico. Resultaba evidente que un amplio sector de la población local no estaba dispuesto a derramar sangre por defender los intereses coloniales británicos.

  En este desastroso escenario, las tríadas irrumpieron dedicándose al sabotaje y al saqueo. Sin dudarlo un instante, los británicos ofrecieron suculentos sobornos a las tríadas para ganarse su favor. Tras reunirse con los jefes de las tríadas en el Hotel Cecil, les ofrecieron colosales cantidades de dinero para poder llegar a un acuerdo. A pesar de ello, a medida que la situación militar británica se deterioraba en Hong Kong, las tríadas fueron cambiando su lealtad, apostando finalmente por los nipones.

  Mientras los británicos perdían terreno, cientos de quintacolumnistas fueron ejecutados en las calles de Hong Kong. Prueba de ello es la matanza del callejón sangriento, donde doscientos prisioneros fueron fusilados, mientras que los hombres del almirante nacionalista chino Chan Chak acabaron con la vida de seiscientos colaboracionistas.


Almirante Chan Chak


  Las tríadas y las fuerzas paramilitares hostigaban a los británicos, hacían de guías para los japoneses y recurrían a astutos ardides, izando banderas niponas para hacer creer a los británicos que ciertas posiciones habían sido tomadas por el enemigo.

  A medida que transcurrían los días, la situación militar británica en Hong Kong se tornaba insostenible, pues el agua potable escaseaba. En vista de ello, el 25 de diciembre de 1941, el general Maltby y el gobernador Mark Aitchinson Young se reunieron con el general Sakai en el Hotel Penísula para formalizar la rendición de Hong Kong.


Famosa reunión en el hotel Península


  A la rendición británica le sucedieron saqueos, asesinatos y violaciones. Las propiedades de los europeos eran asaltadas y saqueadas. Las tríadas se sumaron al pillaje y los soldados japoneses deambularon por las calles cometiendo toda clase de atrocidades.

  Uno de los capítulos finales de la batalla de Hong Kong lo compone la épica huida del almirante Chan Chak. Pensando que los nipones no tendrían piedad, Chan Chak decidió escapar con setenta y dos oficiales británicos y varios soldados chinos a bordo de una serie de lanchas torpederas. A pesar de que las lanchas fueron atacadas y hundidas, los náufragos fueron rescatados por guerrilleros comunistas chinos y trasladados a territorio seguro.





BIBLIOGRAFÍA

-Eso no estaba en mi libro de la Segunda Guerra Mundial, Jesús Hernández

-Eso no estaba en mi libro de la guerra del Pacífico, Rubén Villamor

-Los ejércitos del dragón, Rubén Villamor

-La Segunda Guerra Mundial, Antony Beevor




ENLACES DE INTERÉS







sábado, 25 de septiembre de 2021

Peter Brill: memorias de gran altura

 


Fotograma de El diario de Peter Brill, una producción de
Amazon PrimeVídeo


¡Nueva entrada! Hoy toca una nueva lección de historia: David López Cabia regresa de nuevo a Caosfera para contarnos otra de sus apasionantes historias de la Segunda Guerra Mundial. En esta ocasión nos habla de Peter Brill, un piloto alemán entrenado en secreto para bombardear Nueva York. Nos presenta, también, al autor Laureano Clavero, experto en el tema y, además director del documental El diario de Peter Brill, para Amazon Prime Vídeo. ¡Atentos, porque esperamos poder hablar con Laureano próximamente! Por lo pronto, empapaos de esta curiosa y apasionante historia...




La Segunda Guerra Mundial ha dado lugar a situaciones insospechadas y planes absurdos. Precisamente el cineasta y escritor argentino Laureano Clavero, desveló una de las misiones más descabelladas cuando contactó con Peter Brill, un piloto alemán entrenado para bombardear Nueva York.

  Laureano quería arrojar luz sobre el misterioso aviador alemán que se había estrellado a bordo de un bombardero en el Pirineo catalán. Así, en 2010, este enigma condujo a Laureano hasta Peter Brill Sander, un piloto alemán de la Segunda Guerra Mundial que residía en la Avenida Mitre, en la ciudad de Barcelona.

  El antaño aviador de la Luftwaffe, volviendo la vista atrás, dejándose llevar por los recuerdos del pasado, comenzó a narrar sus vivencias mientras el cineasta se encargaba de rodar la entrevista para un documental que posteriormente sería conocido como El diario de Peter Brill.

  Nacido en 1924 en la localidad germana de Bald-Salzhausen, Peter Brill vivió una infancia en una Alemania castigada por los estragos de la pobreza. Para mayor desgracia, el crack del 29 trajo consigo la gran depresión y, en este contexto de descontento social y con una Alemania humillada por el Tratado de Versalles, terminó por abrirse camino el Partido Nazi, liderado por Adolf Hitler.

  Con Hitler en el poder, el 1 de septiembre de 1939 comenzó la Segunda Guerra Mundial, un acontecimiento que cambiaría para siempre la vida de Peter Brill. Dejándose llevar por el fervor patriótico que propagaba la guerra, Brill ansiaba servir en la Luftwaffe como piloto. Pese a que sus padres le negaron aquella posibilidad, terminaron por ceder ante las amenazas de abandonar el hogar. De este modo, en 1941, este joven de tan solo diecisiete años, pasaba a engrosar las filas de la Luftwaffe.

  En sus etapas iniciales de formación como piloto se entrenó con un rudimentario planeador SG-38, que simplemente permitía volar unos cientos de metros. Llegado 1942, Peter Brill ingresó en la escuela de Fürstenfeldbruck, situada cerca de Munich. La Luftwaffe tenía planes mucho más ambiciosos para el joven Brill, pues el joven alemán fue seleccionado para participar en una misión de bombardeo sobre Nueva York.

  La descabellada operación consistía en emplear un modelo desconocido hasta aquel entonces, el Heinkel 177. En primer lugar, comenzarían utilizando cuatro motores, después dos y, al llegar a Nueva York, arrojarían las bombas sobre la ciudad y regresarían a casa.

  En 1943, en la academia de Thorn, Peter Brill continuó preparándose para bombardear Nueva York. Allí aprendió a navegar a través de las estrellas y las constelaciones. Un ambiente de secretismo rodeaba aquellos entrenamientos, sin embargo, el joven piloto aún no sabía que había sido elegido para atacar Nueva York.

  Brill formaba parte de un selecto grupo de cinco pilotos que debían golpear en el corazón de los Estados Unidos, causando una honda conmoción en el enemigo al bombardear una urbe tan emblemática. Sin embargo, los problemas que presentaban los prototipos de los aviones y la larga distancia que debían recorrer hasta llegar a Estados Unidos resultaron ser obstáculos infranqueables.

  Pese a que el proyecto de bombardear Nueva York quedó descartado, Peter Brill continuó al servicio de la Luftwaffe, participando en la desastrosa Operación Boddenplate a los mandos de un caza Messerschmitt Bf 109. Brill y sus compañeros de la Luftwaffe destruyeron numerosos aviones en tierra, pero aquel esfuerzo supuso el agotamiento definitivo de la aviación alemana. Y es que, mientras que los aliados podían reponer sus pérdidas rápidamente, los alemanes no.

  Tras el fiasco de Boddenplate, Peter Brill fue enviado a combatir a las fuerzas soviéticas. Con la guerra terminando en Europa y tratando de alcanzar la zona estadounidense, fue apresado por los rusos en Checoslovaquia. Fue así como Brill tuvo que soportar tres duros años de cautiverio en el Cáucaso, padeciendo numerosas vejaciones durante su etapa como prisionero de guerra.

  Puesto en libertad en 1948, comenzó a trabajar como curtidor, llegando a España en 1952 e instalándose en la ciudad de Valencia. En 1956, al contactar con un instructor de vuelo, le comentó su experiencia como piloto de la Luftwaffe y no tuvo ningún problema para superar todos los exámenes que requería su licencia de vuelo.

  Él y su mujer Ilse, residiendo en lugares como Barcelona, Sitges y Jávea fueron padres de dos hijos, Jochen y Werner. Sin embargo, la vida de nuestro protagonista tocó a su fin con su fallecimiento en el año 2013. Pero su historia no termina aquí, pues legó sus memorias a Laureano Clavero, que se encargó de dejar constancia de las vivencias de Peter Brill en el documental El diario de Peter Brill y en el libro de idéntico título.

  Un emotivo recuerdo permanece sobre la placa de la tumba de Peter Brill: se trata de una miniatura de un caza Bf109, como el que pilotó durante la Segunda Guerra Mundial.



BIBLIOGRAFÍA

-El diario de Peter Brill. Pere Cardona, Laureano Clavero.

-Segunda Guerra Mundial: 10 historias apasionantes. Laureano Clavero.




PARA SABER MÁS









viernes, 9 de julio de 2021

Combate en la jungla

 





¡Nuestro querido David López Cabia regresa a Caosfera! Y, como siempre, nos trae una interesante lección de historia. Como bien nos explica, Birmania es uno de los escenarios más olvidados de la Segunda Guerra Mundial, y también de los más escalofriantes a mi juicio. Toda una pesadilla para los aliados que revivimos hoy aquí, en Caosfera. 




Uno de los teatros de operaciones más olvidados de la Segunda Guerra Mundial es Birmania, la actual Myanmar. Entre sus selvas, combatieron y murieron soldados británicos, japoneses, indios, nepalís, australianos, africanos y de muchas otras nacionalidades. Pero, para los soldados aliados, el japonés no era el único enemigo, pues también debían sobrevivir a la jungla.

  Internarse en las junglas birmanas era peligroso, y desplazarse a través de ellas resultaba terriblemente complicado. El relieve estaba plagado de toda clase de accidentes geográficos, sobre todo de carácter montañoso y, en numerosas ocasiones, la densidad de la maleza ralentizaba el movimiento de las columnas.

  Así pues, el manual del Ejército de la India distinguía tres tipos de jungla que podían encontrarse en Birmania. En primer lugar, la “delgada”, donde los soldados podían desplazarse fácilmente, después señalaba que en la jungla “gruesa” un hombre necesitaría apartar la maleza con un palo para poder avanzar y por último en la selva “densa” sería imprescindible un machete para cortar la maleza y abrirse camino.

  En ocasiones, la vegetación era tan densa o se enmarañaba de tal modo que las columnas podían desorientarse y perderse. La frondosidad del paisaje hacía las marchas tan lentas que recorrer un kilómetro y medio en una hora se consideraba una buena progresión.

  El desgaste físico resultaría terrible para quienes combatieron en Birmania y las enfermedades llegarían a ser en muchas ocasiones la principal causa de las bajas. Entre las numerosas patologías que podía contraer un soldado se encontraban la anemia tropical, la fiebre amarilla, la disentería y la malaria. De entre todas las cepas de esta última enfermedad, la más temida era la malaria cerebral, que podía causar la muerte.

  Para protegerse de la malaria, las tropas aliadas disponían de quinina y de pastillas mepacrina. Ahora bien, algunos soldados aliados, creyéndose los embustes lanzados por la propaganda japonesa, prefirieron no ingerir la mepacrina temiendo que les provocase problemas de impotencia.

  Un claro ejemplo del impacto de las enfermedades son los registros de la 20ª División India después de seis meses de lucha. Esta fuerza de combate tenía 1.118 hombres hospitalizados por malaria y tifus, 197 por disentería y 210 por problemas cutáneos.


Hombres de la 20ª División en Birmania
(3 de mayo de 1945)



  No solo existía el riesgo de contraer las enfermedades anteriormente mencionadas, sino que cualquier rozadura o corte podía provocar infecciones o dolorosas úlceras.

 La malnutrición también causaba estragos entre los combatientes que subsistían en lo más profundo de la jungla. Aun así, los aliados estaban mucho mejor abastecidos que sus aliados japoneses. En este sentido, las raciones británicas contenían galletas, pasas, queso, leche en polvo, fruta enlatada, carne enlatada y huevos. Ahora bien, los gurkhas nepalís, por cuestiones religiosas, se abstenían de comer las raciones de carne de vacuno. Y si las raciones no bastaban, también había quienes echaban mano de la bencedrina para sacar fuerzas de flaqueza.

 Sin embargo, las raciones no siempre cubrían las necesidades nutricionales, sobre todo en un terreno tan exigente como el de Birmania. Por ello, muchas veces los soldados recurrían al trueque con los nativos, denominados nagas y conseguían hacerse con arroz, pollos y cerdos.

  En el peor de los casos, también podían recurrir a la propia jungla para alimentarse. Plantas, raíces, serpientes, ranas, lagartijas y palomas podían añadirse a la dieta del soldado. Las palomas resultaban especialmente sabrosas a los soldados británicos. No obstante, tras disparar con una bala de fusil Enfield a una paloma, no quedaba mucho de ella, por lo que era necesario cazar al menos seis palomas para disponer de una ración consistente.

  Las criaturas que habitaban aquellos inhóspitos parajes también representaban una amenaza para los combatientes. Birmania es un país en el que abundan las serpientes venenosas. Un claro ejemplo fue lo que le sucedió al general británico William Slim, que comandaba el 14º Ejército. Slim, en medio de la noche, se desplazó hasta la sala de mapas del cuartel general y estuvo a punto de pisar una serpiente cuya picadura era mortal. Desde entonces, Slim no caminaría por la noche sin una antorcha.


William Slim



  Los insectos eran igualmente peligrosos. Por la selva pululaban arañas, escorpiones, ciempiés venenosos y hormigas rojas y blancas cuyas picaduras podían resultar muy molestas.

  No todas las amenazas estaban en tierra, pues al adentrarse en humedales, ríos y tierras pantanosas podían sufrir las picaduras de mosquitos que transmitían la malaria. También en este tipo de terrenos húmedos las sanguijuelas se adherían a la piel, pudiendo llegar a causar úlceras. Los soldados aliados empleaban dos técnicas para desprenderse de las sanguijuelas; utilizaban sal o bien las quemaban con cigarrillos y encendedores.

  Ciertas áreas de Birmania eran verdaderamente intransitables, por lo que no se podían introducir medios mecanizados para transportar los suministros y el material pesado a través de la jungla. En este sentido, el lanzamiento de suministros y armamento desde el aire resultó fundamental para aprovisionar a unidades como los Chindit, que combatían en lo más profundo de la selva.

  En las largas marchas a través de las selvas, las bestias de carga tuvieron un papel clave. Bueyes, mulas y elefantes ayudaron a los soldados de infantería a transportar el material más pesado. Es curioso el caso de los bueyes blancos, que fueron pintados de verde para facilitar su camuflaje. En cuanto a las mulas, podían cargar con hasta 70 kilos de pertrechos. Ahora bien, era fundamental colocar correctamente los arreos de las mulas y no cargarlas en exceso.

  Existiría un gran apego entre aquellos animales de carga y los soldados. Durante la Operación Longcloth, llevada a cabo por la 77ª Brigada de Infantería india (conocida como los Chindit) en 1943, fueron varios los soldados que rompieron a llorar cuando tuvieron que ejecutar a sus mulas para poder comer.


Los Chindit en Birmania



  Los elefantes también servirían como animales de carga, aunque no podían acarrear muchos más kilos que una mula. Sin embargo, se revelarían especialmente útiles en la construcción de puentes, pues con su trompa podían levantar troncos que superaban los doscientos kilos de masa. A pesar de esta imagen romántica de los paquidermos en la guerra, se estima que unos 4.000 elefantes murieron durante la campaña de Birmania.



BIBLIOGRAFÍA

-Los Chindit y otras fuerzas británicas del frente asiático, Tim Moreman.

-Némesis, la derrota del Japón, Max Hastings

-War in the Wilderness, Tony Redding




ENLACES DE INTERÉS







viernes, 30 de abril de 2021

Operación Biting: asalto al radar de Hitler

 


Imagen sujeta a derechos de autor.




¡Nueva entrada! Necesitábamos una lección de historia y aquí la tenemos: David López Cabia regresa, siempre bienvenido, y nos habla sobre una de las operaciones más exitosas de la Segunda Guerra Mundial: Operación Biting, más conocida como The Bruneval Raid, una serie de operaciones combinadas cuyo fin consistía en robar el radar de Hitler. Toda una hazaña. 




Con la Europa continental bajo el yugo del Tercer Reich, una acosada Gran Bretaña tenía pocas opciones de respuesta. Una de esas escasas opciones eran los ataques aéreos.

  Sin embargo, las pérdidas de los bombarderos británicos comenzaron a aumentar a finales de 1940. La razón del incremento de las pérdidas británicas se encontraba en la tecnología de radar alemana. Así, los alemanes empleaban el radar Freya para detección de aviones a larga distancia, pues su alcance era de unos 120 kilómetros. El radar Würzburg, venía a complementar al Freya, aportando la altitud y el rumbo de los aviones enemigos. No cabía duda de que esta combinación de radares se estaba mostrando muy eficaz a la hora de detectar a los bombarderos de la Royal Air Force.

  En noviembre de 1941, los vuelos de reconocimiento británicos tomaron fotografías en los acantilados de Le Havre (Francia), cerca de Bruneval. Allí, las fotografías revelaron el emplazamiento de un objeto en forma de parábola. Se trataba de un radar Würzburg.

  Ante semejante hallazgo, Operaciones Combinadas comenzó a idear un plan para robar el Würzburg de Bruneval. Si la misión tenía éxito, podían conocer el desarrollo de la tecnología de radar alemana y copiarla, más aún, incluso podían diseñar contramedidas para burlar la vigilancia de los temidos radares alemanes.


Radar Freya. Imagen sujeta
a derechos de autor.


Radar Wüzburg. Imagen sujeta a derechos
de autor.



   Ahora bien, el terreno que rodeaba a la estación de radar alemana era complejo y entrañaba riesgos para la misión. Se trataba de una zona llana que se alzaba tras unos acantilados de unos noventa metros de altura. Por su parte, los alemanes habían establecido búnkeres en la costa para impedir cualquier asalto desde el mar.

   Ante la imposibilidad de efectuar un desembarco, todo lo que les quedaba a los británicos era una incursión aérea mediante el lanzamiento de paracaidistas. El plan de lord Louis Mountbatten, al mando de Operaciones Combinadas, planteaba lanzar a los paracaidistas tierra adentro, tras las líneas enemigas. Una vez tomasen tierra, los paracaidistas debían robar los componentes del radar, atacar desde atrás las fortificaciones enemigas (que estaban orientadas a la costa) y ser evacuados por mar.

  La Operación Biting, el robo del radar de Hitler, debía ser ejecutada por la compañía C del 2º Batallón Paracaidista del mayor John D. Frost. A los paracaidistas se sumarían ingenieros y un especialista en tecnología de radar, el sargento E.W.F Cox, de la Royal Air Force. Unos 150 paracaidistas saltarían sobre territorio enemigo la noche del 27 de febrero de 1942.


John Frost



  Mientras tanto, los bombarderos Whitley fueron enviados a la zona. De este modo, cuando llegase el verdadero ataque, los alemanes creerían que se trataba de una misión rutinaria.

  Siguiendo el plan, el 27 de febrero de 1942, los paracaidistas, a bordo de los bombarderos Whitley, surcaron los cielos. Era una noche gélida y cuando llegó el momento, el fuego antiaéreo provocó que algunos de los aviones se desviasen y que varios paracaidistas terminasen tomando tierra lejos de sus zonas.

  A pesar de no contar con todos sus hombres, el mayor Frost sabía que el tiempo apremiaba, por lo que, sin dudarlo un instante, se dirigió con sus hombres hacia el objetivo.

  Así pues, la fuerza de ataque se dividió en varios grupos.

  -Primera sección: Toma del radar y de la casa próxima.

  -Segunda sección: Asaltar las fortificaciones que protegen la costa.

 -Tercera sección: Proteger a los asaltantes de posibles contraataques alemanes.

  Los hombres de Frost se lanzaron al asalto, sorprendiendo a los defensores alemanes, tomando la casa con facilidad y haciéndose con el radar. Mientras tanto, el sargento Cox se dispuso a desmontar el radar para extraer los tan necesarios componentes. Pero, a medida que transcurría el tiempo, la situación comenzó a empeorar y las balas comenzaron a volar alrededor de Cox y de los paracaidistas.

  A pesar del fuego enemigo, Cox continuó impávido, desmontando el radar con una impavidez pasmosa. Sabía que debía ser delicado en su trabajo, pues no podía destrozar el radar. A pesar del chisporroteo de las balas que impactaban contra la superficie metálica, se consiguió desmontar el radar y cargar sus piezas en varios carros.

  Con su gran objetivo cumplido, los británicos colocaron explosivos en la estación del radar. Debían hacer creer a los alemanes que su objetivo era destruir la estación de radar en lugar de robar los tan preciados componentes.

  Sin embargo, para el grupo que debía atacar las fortificaciones costeras, las cosas no marchaban también. Los alemanes continuaban resistiendo y, para colmo de males, los refuerzos enemigos se aproximaban. La misión pendía de un hilo, pues los británicos estaban atrapados en una ratonera, sin poder salir al mar para ser evacuados.

  Sin embargo, el grupo de paracaidistas que había caído demasiado lejos de sus zonas de lanzamiento llegó justo a tiempo para sumarse al ataque. Finamente, los británicos consiguieron abrirse camino y llegar hasta la playa.



Teniente coronel Charles Pickard conversando
con algunos de los paracaidistas.



  Los paracaidistas de Frost, ocultos tras las rocas, lanzaron bengalas para solicitar la extracción, pero la marina británica no aparecía. La situación estaba tornándose angustiosa para los paracaidistas, con los alemanes disparándoles desde lo alto de los acantilados. Sabían que no podrían resistir durante mucho tiempo, acorralados en la playa.

  Afortunadamente, las lanchas terminaron perfilándose en el horizonte. El sargento Cox y las piezas del radar fueron los primeros en ser evacuados. A continuación, subieron a bordo el resto de los paracaidistas. La misión había concluido satisfactoriamente, al coste de un muerto, cinco heridos y siete hombres desaparecidos.

  Gracias al material robado por los paracaidistas de Frost, los expertos británicos pudieron diseñar contramedidas efectivas contra los radares alemanes. El éxito del ataque aerotransportado sobre Bruneval fue decisivo para que el ejército británico continuase desarrollando sus fuerzas paracaidistas.

  En los meses y años venideros, las fuerzas aliadas lanzarían grandes ofensivas aerotransportadas. Precisamente la contribución de los paracaidistas resultaría de gran valor en el desembarco de Normandía.


Plan esquemática de la maniobra, de los cinco grupos de
asalto. Extraído de la web: lasegundaguerra.com




BIBLIOGRAFÍA

Operaciones especiales de la Segunda Guerra Mundial, Manuel J. Prieto

Operaciones secretas de la Segunda Guerra Mundial, Jesús Hernández

Comandos y raids, Pere Romanillos

La guerra secreta, Max Hastings

The Bruneval Raid, Stealing Hitler’s Radar, George Millar




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